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PAPA LEÓN XIV

ÁNGELUS

Plaza de San Pedro
Domingo, 18 de enero de 2026

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Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Hoy el Evangelio (cf. Jn 1,29-34) nos habla de Juan el Bautista, que reconoce en Jesús al Cordero de Dios, el Mesías, diciendo: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (v. 29). Y añade: «He venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel» (v. 31).

Juan reconoce en Jesús al Salvador, proclama su divinidad y su misión al pueblo de Israel y luego se aparta, una vez cumplida su tarea, como atestiguan estas palabras suyas: «Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo» (v. 30).

El Bautista es un hombre muy querido por las multitudes, hasta el punto de ser temido por las autoridades de Jerusalén (cf. Jn 1,19). Le habría sido fácil aprovecharse de esta fama; en cambio, no cede en absoluto a la tentación del éxito y la popularidad. Frente a Jesús, reconoce su propia pequeñez y le da espacio a su grandeza. Sabe que ha sido enviado para preparar «el camino del Señor» (Mc 1,3; cf. Is 40,3), y cuando el Señor viene, reconoce su presencia con alegría y humildad y se retira de la escena.

¡Qué importante es para nosotros hoy su testimonio! De hecho, a menudo se le da una importancia excesiva a la aprobación, al consenso y a la visibilidad, hasta el punto de condicionar las ideas, los comportamientos y los estados de ánimo de las personas, causando sufrimiento y divisiones, y produciendo estilos de vida y de relación efímeros, decepcionantes y oprimentes. En realidad, no necesitamos estos “sucedáneos de la felicidad”. Nuestra alegría y nuestra grandeza no se basan en ilusiones pasajeras de éxito y de fama, sino en sabernos amados y deseados por nuestro Padre que está en los cielos.

El amor del que nos habla Jesús es el de un Dios que aún hoy viene entre nosotros, no para sorprendernos con efectos especiales, sino para compartir nuestro esfuerzo y asumir nuestras cargas, revelándonos quiénes somos realmente y cuánto valemos a sus ojos.

Queridos hermanos, no nos dejemos distraer ante su paso. No malgastemos tiempo y energías persiguiendo lo que es mera apariencia. Aprendamos de Juan el Bautista a mantener alerta el espíritu, amando las cosas sencillas y las palabras sinceras, viviendo con sobriedad y profundidad de mente y de corazón, conformándonos con lo necesario y encontrando cada día, en cuanto sea posible, un momento especial en el que detenernos en silencio para rezar, reflexionar, escuchar; en definitiva, para “ir al desierto”, y allí encontrarnos con el Señor y estar con Él.

Que nos ayude en esto la Virgen María, modelo de sencillez, sabiduría y humildad.

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy comienza la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Los orígenes de esta iniciativa se remontan a dos siglos, y el papa León XIII fue quien tanto la alentó. Hace precisamente cien años se publicaron por primera vez las “Sugerencias para la Octava de oración por la unidad de los cristianos”. El tema de este año está tomado de la Carta a los Efesios: “Uno solo es el cuerpo y uno solo el Espíritu, como una es la esperanza a la que han sido llamados” (cf Ef 4,4). Las oraciones y reflexiones han sido preparadas por un grupo ecuménico coordinado por el Departamento de Relaciones Interreligiosas de la Iglesia Apostólica Armenia. Invito, por lo tanto, a todas las comunidades católicas a reforzar, en estos días, la oración por la plena unidad visible de todos los cristianos.

Nuestro compromiso con la unidad debe ir acompañado de manera coherente con el compromiso por la paz y la justicia en el mundo. Hoy deseo recordar en particular las grandes dificultades que sufre la población del este de la República Democrática del Congo, obligada a huir de su país a causa de la violencia, generalmente hacia Burundi, enfrentando así una grave crisis humanitaria. Recemos para que entre las partes en conflicto prevalezca siempre el diálogo por la reconciliación y la paz.

Deseo además asegurar mis oraciones por las víctimas de las inundaciones que, en los últimos días, han azotado el sur de África.

¡Dirijo mi cordial saludo a todos ustedes, romanos y peregrinos!

Me complace saludar al grupo de la Piggot School de Wargrave, en Inglaterra, así como al grupo “Fratres” de la comunidad parroquial de Compitese. Saludo a los fieles de los distintos países, a las familias y a las asociaciones. ¡Gracias por su presencia y oraciones!

A todos les deseo un buen domingo.