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PAPA LEÓN XIV

ÁNGELUS

Plaza de San Pedro
Domingo, 9 de agosto de 2026

[Multimedia]

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Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Hoy el Evangelio nos habla de Jesús, quien, en el lago de Galilea, caminando sobre las aguas, se une a los discípulos en medio de una tormenta (cf. Mt 14,22-33).

Tras el milagro de los panes y los peces (cf. Mt 14,13-21), el Maestro insta a sus discípulos a subir a la barca y a hacerse a la mar, mientras Él se retira al monte a solas para orar. Lejos de la orilla, sin embargo, se encuentran a merced del viento y les cuesta avanzar. Tras una experiencia exitosa, en la que habían sido protagonistas de un signo prodigioso, ahora se encuentran frágiles y asustados ante la amenaza de las olas y el viento en contra.

Hacia el final de la noche, Jesús les sale al encuentro sobre las aguas agitadas, y ellos, asustados, lo confunden con un fantasma (v. 26). Pero Él les dice: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!» (v. 27). La presencia del Señor lo cambia todo: Pedro incluso logra dar unos pasos sobre las olas hacia Él; luego se asusta, comienza a hundirse y Jesús lo salva. Cuando el Maestro sube a la barca, la tormenta se calma, y entonces brota espontáneamente del corazón de los discípulos la profesión de fe: «En verdad tú eres el Hijo de Dios» (v. 33).

Para llegar a esto, no les bastó haber presenciado un milagro, ni haber tenido éxito ante la gente: tuvieron que pasar por la experiencia de su debilidad y, en ella, reconocer la presencia de Dios. Sólo de este modo realmente pudieron abrir los ojos y el corazón a su cercanía, encontrando paz incluso en medio de la tempestad.

Tiempo después, un día Jesús les dirá: «Si ustedes tienen fe y no dudan […], dirán a este monte: “¡Quítate y lánzate al mar!”, y así sucederá» (Mt 21,21). Y eso mismo es lo que experimentaron en el lago: la paz de Cristo, que había estado en la montaña orando, los alcanzó en medio de la furia de las aguas.

Este milagro nos enseña algo importante: ante todo, a no dejarnos llevar por el éxito y a no ser nunca presuntuosos; y, al mismo tiempo, a no desesperarnos, ni siquiera en los momentos de oscuridad, cuando nos sentimos impotentes ante los problemas y, a pesar de nuestros esfuerzos, nos parece que vamos más hacia atrás que hacia adelante. En cualquier circunstancia, Jesús no nos abandona y, si lo acogemos con humildad en la barca de nuestra vida —con la oración, con los sacramentos, con la escucha de su Palabra—, en Él encontraremos la paz, encontraremos luz y fuerza para nuestro camino.

Que nos ayude María a vivir así, abandonados confiadamente en Dios, ella, que fue llamada dichosa por su fe (cf. Lc 1,45).

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Hoy el Evangelio nos habla de Jesús, quien, en el lago de Galilea, caminando sobre las aguas, se une a los discípulos en medio de una tormenta (cf. Mt 14,22-33).

Tras el milagro de los panes y los peces (cf. Mt 14,13-21), el Maestro insta a sus discípulos a subir a la barca y a hacerse a la mar, mientras Él se retira al monte a solas para orar. Lejos de la orilla, sin embargo, se encuentran a merced del viento y les cuesta avanzar. Tras una experiencia exitosa, en la que habían sido protagonistas de un signo prodigioso, ahora se encuentran frágiles y asustados ante la amenaza de las olas y el viento en contra.

Hacia el final de la noche, Jesús les sale al encuentro sobre las aguas agitadas, y ellos, asustados, lo confunden con un fantasma (v. 26). Pero Él les dice: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!» (v. 27). La presencia del Señor lo cambia todo: Pedro incluso logra dar unos pasos sobre las olas hacia Él; luego se asusta, comienza a hundirse y Jesús lo salva. Cuando el Maestro sube a la barca, la tormenta se calma, y entonces brota espontáneamente del corazón de los discípulos la profesión de fe: «En verdad tú eres el Hijo de Dios» (v. 33).

Para llegar a esto, no les bastó haber presenciado un milagro, ni haber tenido éxito ante la gente: tuvieron que pasar por la experiencia de su debilidad y, en ella, reconocer la presencia de Dios. Sólo de este modo realmente pudieron abrir los ojos y el corazón a su cercanía, encontrando paz incluso en medio de la tempestad.

Tiempo después, un día Jesús les dirá: «Si ustedes tienen fe y no dudan […], dirán a este monte: “¡Quítate y lánzate al mar!”, y así sucederá» (Mt 21,21). Y eso mismo es lo que experimentaron en el lago: la paz de Cristo, que había estado en la montaña orando, los alcanzó en medio de la furia de las aguas.

Este milagro nos enseña algo importante: ante todo, a no dejarnos llevar por el éxito y a no ser nunca presuntuosos; y, al mismo tiempo, a no desesperarnos, ni siquiera en los momentos de oscuridad, cuando nos sentimos impotentes ante los problemas y, a pesar de nuestros esfuerzos, nos parece que vamos más hacia atrás que hacia adelante. En cualquier circunstancia, Jesús no nos abandona y, si lo acogemos con humildad en la barca de nuestra vida —con la oración, con los sacramentos, con la escucha de su Palabra—, en Él encontraremos la paz, encontraremos luz y fuerza para nuestro camino.

Que nos ayude María a vivir así, abandonados confiadamente en Dios, ella, que fue llamada dichosa por su fe (cf. Lc 1,45).

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Palabras después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Sigo con preocupación la trágica situación en Sudán, especialmente en la ciudad de El Obeid. Al expresar mi cercanía espiritual a todos los habitantes de la nación, renuevo mi llamado a las Autoridades para que garanticen corredores humanitarios a la población civil. Al mismo tiempo, insto a la comunidad internacional a apoyar los esfuerzos destinados a lograr un alto el fuego inmediato.  Oremos pidiendo al Señor que sostenga a quienes sufren, convierta los corazones de quienes siembran violencia y conceda la paz tan anhelada.

Siguen llegando noticias dolorosas sobre personas inocentes asesinadas y heridas en Ucrania y en Rusia. Los episodios trágicos se suceden, es más, se multiplican, causando cada vez más víctimas civiles, entre ellas también niños. Me solidarizo con las familias de las víctimas, con los heridos y con todos aquellos que sufren a causa del conflicto en curso. Ante tanto dolor, renuevo un vehemente llamamiento para que se respete el derecho humanitario y ambas partes pongan fin a los ataques contra objetivos civiles. La guerra sólo genera más guerra y provoca un enorme sufrimiento. Es hora de detener la espiral de violencia y dar cabida a la diplomacia y al diálogo para allanar el camino hacia la paz.

¡Y ahora doy la bienvenida a todos ustedes, romanos y peregrinos de distintos países!

Saludo en especial a los jóvenes de la Comunidad Santa María Magdalena de la Diócesis de Milán, que recorrieron la Vía Francígena desde Siena hasta Roma; así como a los scouts de Enna, que realizaron su campamento en las Colinas Albanas, en los alrededores de Roma, y a los jóvenes de Pernumia, de la Diócesis de Padua.  

La presencia de tantos grupos de jóvenes, que deciden dedicar unos días de sus vacaciones a actividades formativas y de compañerismo, es un signo de esperanza; así como lo fue el encuentro de los jóvenes franciscanos, con quienes tuve la alegría de reunirme el jueves pasado en Asís.

A todos ustedes, chicos y chicas que me escuchan, quisiera recordarles que en estos días el calendario litúrgico nos presenta algunas figuras maravillosas de santos y santas que los invito a conocer mejor: ayer, el gran santo Domingo, fundador de los Frailes Predicadores; hoy, santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, carmelita asesinada en Auschwitz y copatrona de Europa; mañana, san Lorenzo, diácono de la Iglesia de Roma; pasado mañana, santa Clara de Asís, quien dejó una vida acomodada para seguir a Jesús, pobre y humilde, siguiendo el ejemplo de su conciudadano san Francisco. ¡Queridos jóvenes, déjense inspirar por estos testigos ejemplares del Evangelio!

¡Gracias a todos por su presencia y que tengan un feliz domingo!