SANTA MISA POR LOS CARDENALES Y LOS OBISPOS DIFUNTOS EN EL ÚLTIMO AÑO
CAPILLA PAPAL
HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
Basílica de San Pedro
Jueves, 5 de noviembre de 2026
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«El que quiera servirme, que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor» (Jn 12,26). Estas palabras de Jesús interpelan nuestro corazón, llamándonos a seguirlo por el camino que Él ha recorrido, el camino de la gloria a través de la cruz. A lo largo de este camino, donde no faltan pruebas y sufrimientos, nos guía y nos sostiene una promesa: la de una comunión en la que la muerte no tiene poder. Quien sigue a Cristo se convierte en su servidor y estará siempre allí donde Él esté, precisamente porque ha seguido su camino. Por eso, san Pablo afirma: «Si hemos muerto con él, viviremos con él» (2 Tm 2,11). Queridos hermanos, esta certeza de fe y de esperanza anima nuestra celebración en sufragio de los cardenales y de los obispos que nos han dejado durante el pasado año, por quienes queremos rezar al Señor para pedirle que recompense a sus siervos fieles.
Nuestra memoria orante nos invita a reflexionar sobre el valor espiritual del recuerdo. Santa Mónica, despidiéndose de sus hijos Agustín y Navigio, poco antes de morir, dijo: «Solamente os ruego que os acordéis de mí ante el altar del Señor doquiera que os hallareis» (S. Agustín, Confesiones, IX, 11, 27). El misterio de la muerte está aquí unido a la oración por los difuntos, que la Iglesia, desde sus orígenes, siempre ha practicado como uno de sus deberes fundamentales.
A la luz de la Palabra de Dios, podemos por tanto meditar brevemente sobre dos verdades que iluminan nuestro sufragio: la esperanza en la resurrección y la comunión de los santos.
El relato de Judas Macabeo que hemos escuchado en la primera Lectura (2 M 12,43-46), nos ayuda a reflexionar sobre la resurrección. Después de la caída en batalla de algunos compañeros, que se habían hecho culpables de idolatría, Judas los encomienda a la misericordia de Dios y hace ofrecer por ellos un sacrificio expiatorio para que sean absueltos del pecado. Este gesto se funda en la certeza de que la comunión entre nosotros vivida en la tierra, aun cuanto esté marcada por límites y culpas, no se debilita si se pone en las manos de Dios. El testimonio de los Macabeos es así una anticipación de aquello que encuentra plenitud en la liturgia cristiana. Recordar a nuestros hermanos difuntos en el altar del Señor, se basa en la promesa de que nuestra vida, en Cristo, no se pierde, porque ha sido redimida.
El gesto de Judas es antes un acto de fe, porque ofreció su sacrificio “con la firme esperanza de que los muertos iban a resucitar” (cf. v. 44). A la luz de Jesús, que es el autor mismo de la resurrección, también nosotros rezamos por nuestros difuntos en virtud de esta gran esperanza que nos ha sido dada en el misterio pascual. Si, como subraya la Escritura, no existiera la resurrección, sería vano rezar por los muertos (cf. v. 44). El mismo apóstol Pablo exhorta con celo apremiante: «¡Si no hay resurrección, Cristo no resucitó! Y si Cristo no resucitó, es vana nuestra predicación y vana también la fe de ustedes» (1 Co 15,13-14).
Queridos hermanos, rezar en sufragio de los difuntos significa celebrar la vida. Sobre todo, la vida resucitada de Cristo el Señor, y por gracia suya la nuestra, que en Él resurge. El sacrificio eucarístico es el memorial de su Pascua, mediante la cual nos ha salvado entregándose a sí mismo por nosotros. No dejemos, por tanto, que el recuerdo de los difuntos se reduzca a mera nostalgia: en la fe meditemos sobre el misterio de la muerte sin miedo, porque el Señor está vivo, nos espera y ya ha preparado un lugar para nosotros en la casa de su Padre (cf. Jn 14,2-3).
La Iglesia celebra este acto de confianza y de esperanza en la comunión de los santos. Cuando oramos por los difuntos, lo hacemos no solo por ellos, sino también con ellos, implicados en una reciprocidad que el Espíritu Santo vivifica en nuestros corazones. La Iglesia es misterio de comunión entre Cristo, la cabeza, y nosotros, sus miembros; de Él recibimos la vida. Esta comunión une a los espíritus bienaventurados que ya contemplan el rostro de Dios y a todos aquellos que, en el cielo o en la tierra, están en camino hacia la meta luminosa.
Queridos hermanos, en Cristo la muerte no deshace los vínculos, sino que los transfigura en una nueva dimensión, que se comprende solo en el misterio de su amor entregado hasta el fin en la cruz y derramado después de la victoria pascual. Acogiendo, por tanto, en la Santa Eucaristía, la caridad del Señor Resucitado, custodiemos y cultivemos siempre en nuestro camino esta comunión, para que cuando llegue nuestra hora podamos también nosotros recibir el sufragio de los hermanos peregrinos y gozar con todos los santos de la alegría de la patria celestial.
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