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DISCURSO DEL PAPA LÉON XIV
A LOS OBISPOS DE PERÚ EN VISITA "AD LIMINA APOSTOLORUM"

Sala del Consistorio
Viernes, 30 de enero de 2026

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Queridos hermanos en el episcopado:

Quiero darles la más cordial bienvenida a todos ustedes que han llegado a Roma para realizar la Visita ad limina Apostolorum. [Agradezco las gentiles palabras que el presidente de la Conferencia Episcopal me ha dirigido en nombre de todos.] Les suplico que les recuerden a mis queridos hijos del Perú que el Papa los lleva en su corazón y los recuerda con afecto, de modo especial en la oración.

Me parece providencial que esta visita se realice en el contexto del 300° aniversario de la canonización de santo Toribio de Mogrovejo. Ustedes, queridos hermanos, son fruto de la semilla evangélica que este santo obispo sembró en esas tierras. Por eso quiero proponerles que, apoyándonos en su ejemplo, leamos con mirada de fe la realidad que hoy afrontamos, la cual ha sido bien recogida en los informes que me han hecho llegar. Tengan la seguridad de que han sido leídos con atención.

¿Cómo responder a los múltiples desafíos que hoy se presentan a la Iglesia peruana en su tarea evangelizadora? La respuesta puede ser aquella que aparece en muchos escritos de los primeros misioneros en América: vivir ad instar Apostolorum, es decir, a la manera de los Apóstoles, con sencillez, valentía y total disponibilidad para dejarnos conducir por el Señor.

Vivir así significa, ante todo, custodiar y promover la unidad y la comunión. Los Apóstoles, dispersos por el mundo, permanecían unidos en un mismo sentir y en una misma misión. También hoy, la credibilidad de nuestro anuncio pasa por una comunión real y afectiva entre los pastores, y entre estos y el Pueblo de Dios, superando divisiones, protagonismos y toda forma de aislamiento. Una comunión como aquella que buscaba santo Toribio al impulsar los Concilios de Lima. Este encuentro es un signo elocuente de la comunión viva que nos une en la fe y en la misión, y me permite acoger con gratitud la adhesión a Cristo y al Sucesor de Pedro que ustedes expresan en su ministerio.

Al mismo tiempo, los desafíos actuales exigen una renovada fidelidad al Evangelio, que ha de ser anunciado de manera íntegra. Santo Toribio no proclamó una palabra propia, sino una Palabra recibida, confiando en su fuerza transformadora. Esa misma fidelidad nos pide hoy un anuncio claro, valiente y gozoso, capaz de dialogar con la cultura sin perder la identidad cristiana.

Vivir a la manera de los Apóstoles implica también una entrega total al ministerio que se nos ha confiado. Ellos no se reservaron nada para sí, llegando incluso al martirio. En esta misma línea se sitúa el testimonio de santo Toribio, que afrontó peligros y sufrimientos por un sólo motivo: amor a las almas, para llevar el amor de Cristo hasta los lugares más inaccesibles.

Vivir ad instar Apostolorum significa hacerse cercanos a cuantos nos fueron confiados, interesándonos por ellos, compartiendo su vida y su camino. Como san Pablo, que se hizo todo para todos con tal de ganarlos a todos (cf. 1 Co 9,22), estamos llamados a salir al encuentro, a escuchar, a acompañar y a comprender para llevar a todos hacia Dios.

Esta cercanía abraza al presbiterio, a los seminaristas, a la vida consagrada y a todo el Pueblo de Dios, con una especial predilección por los más frágiles y necesitados. Una cercanía tan profunda que pueda decirse de ustedes lo que se decía de santo Toribio: que sentía por todos “tanto amor, que los llevaba en sus entrañas como si fuera padre de cada uno” (cf. Pos. sup. virt., 503).

Queridos hermanos en el episcopado, el Perú ocupa un lugar especial en mi corazón. Allí compartí con ustedes alegrías y fatigas, aprendí la fe sencilla de su gente y experimenté la fuerza de una Iglesia que sabe esperar aún en medio de las pruebas. Por ese gran afecto, los animo a hacer fructificar en el hoy de la Iglesia del Perú la herencia que han recibido de los santos Toribio, Rosa, Martín y Juan, entre tantos otros.

Les agradezco este encuentro y todo lo que hacen para que la Buena Noticia resuene en cada corazón. Los encomiendo a la intercesión maternal de la Santísima Virgen María de la Merced e imparto complacido sobre ustedes la Bendición Apostólica, que extiendo a los sacerdotes, a la vida consagrada y a todo el querido pueblo peruano, especialmente a quienes más necesitan fortaleza y consuelo. Muchas gracias.