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VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD LEÓN XIV
AL PRINCIPADO DE MÓNACO

VISITA DI CORTESÍA A S. E. EL PRÍNCIPE DE MÓNACO

SALUDO DEL SANTO PADRE

Palacio del Príncipe de Mónaco
Sábado, 28 de marzo de 2026

[Multimedia]

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Alteza Serenísima,
queridos hermanos y hermanas:

Estoy contento de poder vivir esta jornada junto con ustedes y ser, así, el primero entre los Sucesores del Apóstol Pedro en visitar el Principado de Mónaco en tiempos modernos, una ciudad-estado que se distingue por el vínculo profundo que la une a la Iglesia de Roma y a la fe católica.

Su tierra, asomada al Mediterráneo y ubicada entre los países fundadores de la unidad europea, posee en su independencia una vocación al encuentro y al cuidado de la amistad social, hoy amenazados por un ambiente generalizado de cerrazón y autosuficiencia. El don de la pequeñez y una herencia espiritual viva comprometen su riqueza al servicio del derecho y de la justicia, especialmente en un momento histórico en el que la ostentación de la fuerza y la lógica de la prevaricación perjudican al mundo y amenazan la paz. En la Biblia, como saben, los pequeños marcan la historia. Las auténticas espiritualidades mantienen viva esta conciencia. Es necesario confiar en la providencia de Dios aun cuando predomina el sentido de impotencia o de insuficiencia, porque nosotros creemos que el Reino de Dios es semejante a una semilla minúscula que se convierte en árbol (cf. Mt 13,31-32). Naturalmente, esta fe sólo cambia el mundo si no evadimos nuestras responsabilidades históricas.

La composición plural de su comunidad hace de este país un microcosmos, a cuyo bienestar contribuye una minoría vivaz de personas locales y una mayoría de ciudadanos procedentes de otros países del mundo. Entre ellos, no pocos ocupan cargos de considerable influencia en el ámbito económico y financiero, muchos otros llevan adelante tareas de servicio, y numerosos son también los visitantes y turistas. Habitar aquí representa para algunos un privilegio y, para todos, una llamada específica a interrogarse sobre su lugar en el mundo.

A los ojos de Dios, nada se recibe en vano. Como Jesús sugiere en la parábola de los talentos, cuanto nos ha sido confiado no debe enterrarse, sino que debe ponerse en circulación y multiplicarse en el horizonte del Reino de Dios. Dicho horizonte es más amplio que el horizonte privado y no se refiere a un mundo utópico: el Reino de Dios, al que Jesús ha consagrado su vida, está cerca, porque está en medio de nosotros y sacude las configuraciones injustas del poder, las estructuras de pecado que excavan abismos entre pobres y ricos, entre privilegiados y descartados, entre amigos y enemigos. Cada talento, cada oportunidad, cada bien depositado en nuestras manos tiene un destino universal, una exigencia intrínseca de no ser retenido, sino redistribuido, para que la vida de todos sea mejor. Por eso Jesús nos enseñó a rezar: «Danos hoy nuestro pan de cada día» (Mt 6,11); y al mismo tiempo nos dice: «Busquen primero el Reino y su justicia» (Mt 6,33). Esta lógica de libertad y de compartir está en el fundamento de la parábola del juicio universal, que tiene a los pobres en el centro: el Cristo juez, que se sienta en el trono, se identifica con cada uno de ellos (cf. Mt 25,31-46).

La fe católica —ustedes son de los pocos países del mundo que la tienen como religión de estado— nos sitúa ante la soberanía de Jesús, que compromete a los cristianos a ser en el mundo un reino de hermanos y hermanas, una presencia que no aplasta, sino que libera; que no separa, sino que une; dispuesta a proteger siempre con amor toda vida humana, en cualquier momento y condición, para que nadie sea excluido jamás de la mesa de la fraternidad. Es la perspectiva de la ecología integral, que sé que es muy importante para ustedes. Encomiendo al Principado de Mónaco, por el vínculo tan profundo que lo une a la Iglesia de Roma, el compromiso especial de profundizar en la Doctrina Social de la Iglesia y elaborar buenas prácticas locales e internacionales que manifiesten su fuerza transformadora. Incluso en una cultura poco religiosa, muy secularizada, el modo de abordar los problemas típicos del Magisterio social puede revelar a nuestro tiempo —un tiempo en el cual a muchas personas les resulta difícil esperar— la gran luz que viene del Evangelio.

Gracias a una fe antigua serán, así, expertos en las cosas nuevas; no tanto persiguiendo los bienes que pasan, a menudo novedades que envejecen en una temporada, cuanto hallándose preparados de frente a desafíos sin precedentes, que sólo se afrontan con un corazón libre y con una inteligencia iluminada. «Ustedes comprenden muy bien —decía san Pablo VI en el 75º aniversario de la Rerum novarum— que para caminar se necesita la luz, para promover un progreso social se necesita una doctrina […]; es el pensamiento el que guía la vida; y si el pensamiento refleja la verdad —la verdad sobre el hombre, sobre el mundo, sobre la historia, sobre las cosas—, entonces el camino se puede continuar de manera directa y ágil; de lo contrario, el camino se hace lento, incierto, duro o aberrante». [1] ¡Son palabras muy actuales! Por eso, invoquemos a María, Trono de la Sabiduría y Causa de nuestra alegría, para que siempre nos conduzca con la mente, el corazón y las decisiones hacia Cristo, Príncipe de la paz.

Pax vobis! ¡Que la paz esté con ustedes!

 

 


[1] S. Pablo VI, Homilía en el LXXV aniversario de la Encíclica “Rerum Novarum” (22 mayo 1966).