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DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
A LOS PARTICIPANTES EN EL ENCUENTRO INTERNACIONAL 

“MAPAS DE ESPERANZA PARA UNA AGENDA EDUCATIVA REGIONAL:
SALUD MENTAL, TECNOLOGÍAS DIGITALES Y EDUCACIÓN”

Sala del Consistorio
Sábado, 30 de mayo de 2026

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En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
La paz este con ustedes.

Buenos días a todos y bienvenidos. 

Señor Secretario General de la
Organización de Estados Iberoamericanos,
Eminencia, Excelencias,
señores Ministros, distinguidas autoridades,
queridos amigos y amigas:

Me complace poder reunirme con ustedes con motivo de este diálogo dedicado a uno de los retos más urgentes y decisivos de nuestro tiempo: la relación entre educación, salud mental y tecnologías digitales.

Deseo expresar mi gratitud a la Organización de Estados Iberoamericanos, a la Pontificia Comisión para América Latina, al Dicasterio para la Cultura y la Educación y a todos aquellos que han hecho posible esta iniciativa, nacida del deseo compartido de construir juntos auténticos “mapas de esperanza”.

Este encuentro surge con la mirada puesta especialmente en el espacio iberoamericano, que llevo profundamente en mi corazón: una geografía de extraordinarias reservas espirituales y humanas. Encontramos una imagen elocuente de esta sabiduría, por ejemplo, en los tejidos artesanales, que con sus múltiples hilos y colores intensos nos enseñan que ningún hilo basta por sí solo para crear el diseño. Sólo el entrelazado paciente genera belleza y resistencia. Cada hilo conserva su propio color, pero adquiere significado dentro de una trama más amplia.

También la educación está llamada hoy a redescubrirse así: no como construcción de individualismos aislados, ni como simple transmisión de competencias, sino como arte de tejer comunión.

Los pueblos antiguos alzaban la mirada hacia el cielo para leer las constelaciones. En ellas buscaban orientación; aprendían a reconocer el ritmo de las estaciones, el tiempo de la siembra y el de la cosecha. Las estrellas no sólo se observaban por curiosidad abstracta, sino también porque ayudaban a comprender el momento adecuado para actuar, preservando la armonía entre el hombre, la naturaleza y el tiempo.

Hoy necesitamos volver a levantar la vista (cf. Jn 4,35). En la Carta apostólica Diseñar nuevos mapas de esperanza invité a construir una constelación educativa global, en la que cada institución, cada cultura y cada pueblo puedan ofrecer su contribución original para iluminar el camino de la humanidad. Cada cultura encuentra un sentido en la observación de las constelaciones. Cada cultura está llamada a colaborar en el diseño de un itinerario común, madurando la conciencia de pertenecer a una única familia humana.

La conciencia de este gran patrimonio cultural podrá ayudarnos a afrontar una de las mayores pobrezas de nuestro tiempo: la pérdida de las constelaciones interiores. Muchos jóvenes poseen instrumentos tecnológicos cada vez más sofisticados, pero les cuesta encontrar un sentido por el que vivir, esperar, amar e incluso sufrir. Detrás de tantas dificultades, soledades y fragilidades psicológicas se esconde a menudo una pregunta silenciosa: “¿Tiene mi vida algún sentido? ¿Existe una esperanza fiable para el futuro?”.

En dicha Carta apostólica recordé que somos un deseo, no un algoritmo (cfr Diseñar nuevos mapas de esperanza, 4.1). Cuando el ser humano se reduce a un rendimiento, un consumo o un dato estadístico, surge inevitablemente un profundo sufrimiento interior. Muchos jóvenes viven hoy bajo el yugo de las expectativas y el rendimiento, inmersos en una competitividad exasperada que genera ansiedad, miedo de no estar a la altura y desorientación.

Por eso, no podemos abordar el tema de la salud mental únicamente como una cuestión clínica o técnica. Sin duda, son indispensables las aportaciones de la ciencia, la psicología, la medicina y las neurociencias. Pero también creemos que el hombre puede vivir auténticamente —y superar tantas fragilidades interiores— dentro de un horizonte de sentido. Cuando este horizonte se oscurece, aumentan el vacío interior, el aislamiento y la desesperación. Cuando, en cambio, una persona descubre que su vida tiene valor, que es amada, esperada y llamada a una tarea en el mundo, entonces nace la esperanza. Y la esperanza no es una ilusión ingenua: es una fuerza espiritual que sostiene la vida, incluso en los momentos más difíciles.

Por eso he querido añadir, entre los objetivos del Pacto Educativo Global, también el de cultivar la vida interior. De hecho, no basta con conectar a los jóvenes a las redes digitales, si luego permanecen desconectados de sí mismos, de los demás y de su propia interioridad. Cultivar la vida interior significa ayudar a las nuevas generaciones a redescubrir el silencio, la reflexión, la capacidad de hacerse preguntas, la profundidad de las relaciones y la apertura a la trascendencia. Para escuchar el alma, es necesario agudizar el oído, porque su voz no es un grito, sino un susurro (cf. 1 Re 19,9-16).

Si la tecnología nos conecta, la educación nos forma. Educar significa acompañar a los jóvenes a descubrir no sólo cómo vivir, sino también porqué vivir. En esta misión educativa, las instituciones públicas, la escuela, las universidades, las familias, las comunidades religiosas, el mundo de la cultura y el de la comunicación están llamados a trabajar juntos. Nadie puede afrontar por sí solo retos tan profundos y tan complejos.

Por eso, quiero animarlos a reforzar esta red de cooperación que están construyendo entre ustedes y con la Santa Sede. En esta época de transición digital, estamos llamados a ser luz para muchas personas, sobre todo para los jóvenes, que buscan puntos de referencia fiables y mapas capaces de orientar el camino de la vida.

Necesitamos visiones capaces de construir nuevas síntesis culturales, que tengan el valor de conjugar pensamiento y vida, contemplación y acción, atención a los pobres y búsqueda del sentido, custodiando el patrimonio profundamente humano de la educación.

Que la Virgen María, modelo de educadora, nos inspire en este camino y guíe nuestros esfuerzos por infundir confianza a las nuevas generaciones, para que se comprometan en la construcción de un mundo más justo y fraterno.