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 DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
A LOS PARTICIPANTES EN EL SÍNODO DE LOS OBISPOS
DE LA IGLESIA GRECO-MELQUITA 

Sábado, 10 de octubre de 2026

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En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
¡La paz esté con ustedes!

Beatitud,
queridos hermanos obispos,
queridos hermanos y hermanas:

Me complace encontrarme con ustedes con ocasión de su Sínodo, que no es solamente un acto de gobierno, sino también un momento de comunión y de servicio como obispos. A través de ustedes, dirijo un cordial saludo a los sacerdotes, a los religiosos y las religiosas, a los seminaristas y a todos los amados fieles de la Iglesia melquita, tanto en sus territorios como en la diáspora, extendida por todo el mundo.

Como bien saben, fue en Antioquía donde los seguidores de Cristo fueron llamados «cristianos» por primera vez. Ahora, como entonces, los cristianos están llamados a vivir de tal manera que den testimonio de la presencia viva de Dios, que habita en medio de nosotros. De hecho, los primeros cristianos se distinguían de los demás por su vida de caridad, y esto sigue sucediendo hoy en sus parroquias. Ustedes no llevan simplemente la fe en sus mentes, sino que permiten que penetre en sus corazones y, movidos por el Espíritu, comparten el alimento con los hambrientos, proporcionan educación y atención sanitaria, acompañan y alientan a quienes sufren, para que la Iglesia pueda ser un faro —la luz de Cristo—, especialmente en este tiempo convulsionado.

En muchas de las tierras tradicionales de su Iglesia, los fieles sufren a causa de las guerras, los disturbios, los extremismos religiosos y las dificultades económicas. Por medio de ustedes, quisiera decirle a su amada Iglesia: estoy con ustedes. Toda la Iglesia católica está con ustedes. Porque, cuando un miembro sufre, todos los demás sufren con él (cf. 1 Co 12, 26). Y precisamente porque están sufriendo y procurando imitar a Jesús en la mansedumbre con la que redimió al mundo, ustedes ocupan un lugar en el corazón de la Iglesia. Pienso, en particular, en las heridas y las dificultades que afrontan y que llevan a muchos de sus fieles a dirigirse a países lejanos para encontrar trabajo, escapar de los peligros y, en ocasiones, incluso de la persecución, y poder hacer crecer a sus familias en condiciones de seguridad.

¡Qué gran vocación tiene su Iglesia: ser testigo de reconciliación y de paz en tierras devastadas por los conflictos! Ustedes son semillas de comunión en tierras desfiguradas por la violencia. Este testimonio los convierte verdaderamente en iconos de siglos de fe en los lugares más santos de nuestra salvación.

A veces, la inclinación humana al conflicto puede manifestarse también entre nosotros, dentro de la Iglesia. No es casualidad que, en el rito sagrado y evocador de su tradición bizantina, la primera indicación que se da al sacerdote y al diácono que se preparan para celebrar la Divina Liturgia sea la de estar reconciliados con todos, no guardar rencor a nadie ni albergar maldad alguna en el corazón. Esta reconciliación es, en sí misma, un sacrificio en Cristo y con Cristo.

En este sentido, su Sínodo de los Obispos desempeña la función de custodiar la comunión. Tienen una gran responsabilidad, que debe ser salvaguardada y alimentada en el seno de la colegialidad episcopal, como he querido subrayar mediante la Carta Apostólica Mutua concordia. Debemos permanecer siempre vigilantes para no caer en la tentación de ponernos por encima de los demás, buscando el poder en lugar del servicio, el beneficio propio en lugar de la transparencia y la honestidad, y el éxito personal en lugar del cuidado pastoral. El Espíritu Santo nos impulsa a buscar y a orar, a orar por esa unidad que ayudará a todas las personas a reconocer que Cristo está en medio de nosotros.

Además, la expresión más elocuente de nuestra fe y la forma más clara de anunciar la Buena Noticia a quienes no conocen a Cristo se manifiestan cuando tomamos nuestra cruz y elegimos mostrar amor en los momentos en que experimentamos miedo, ira o sufrimiento. Quienes servimos a la Iglesia como ministros ordenados ofrecemos a nuestros fieles una esperanza más grande en el Evangelio cuando nos examinamos a nosotros mismos y nos reconocemos responsables, no solo en la administración de los bienes materiales, sino también en el modo en que buscamos la reconciliación.

A lo largo de la historia hemos visto que las pruebas que afrontamos —ya sea el martirio o los pequeños sacrificios que hacemos por amor al prójimo— nos brindan la oportunidad de mostrar nuestra fe de una manera que resuena en el corazón de quienes buscan la verdadera paz. Por eso, oro para que, con esperanza cristiana y amor hacia todas las personas con quienes viven, continúen formando a los jóvenes y alentando a todos a permanecer fieles a sus más nobles tradiciones.

Por su parte, la Sede Apostólica, gracias también a la generosidad de muchas personas, está procurando garantizar becas para los fieles de Siria, el Líbano e Irak, a fin de que puedan recibir una educación católica. Nuestro objetivo es apoyar a los jóvenes, para que las familias cristianas reciban la ayuda necesaria para permanecer en Oriente Medio y mantener allí una presencia cristiana.

Les agradezco todo lo que hacen y les aseguro mi cercanía espiritual. Encomendando este Sínodo a la intercesión de la Theotokos —la Madre de Dios—, oro para que el Espíritu Santo los ilumine y los guíe en sus decisiones. Sobre todos ustedes y sobre los fieles de la Iglesia melquita, invoco la abundancia de las bendiciones de Dios.

¡Gracias!
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Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, 10 de octubre de 2026