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MENSAJE URBI ET ORBI
DE SU SANTIDAD PABLO VI


Domingo de Resurrección, 29 de marzo de 1964

 

Hermanos e hijos de Roma y del mundo:

En este año de gracia de 1964, tercero del Concilio Vaticano segundo, resuene de esta ciudad que marca el encuentro de la civilización humana con el designio divino de la salvación del mundo, resuene, decíamos, una vez más en el curso de la Historia sobre la faz de la tierra, el mensaje potente y jubiloso: ¡Cristo ha resucitado!

Ese Jesús que nació en Belén de la Virgen María, anunciado por los profetas y Maestro en medio del pueblo de Israel, a quien un puñado de fieles reconoció y amó entrañablemente, pero a quien muchos rechazaron, execraron, condenaron y crucificaron, ese Jesús muerto y sepultado es el mismo que resucitó verdaderamente en la mañana del tercer día, y vive de nuevo con vitalidad real, nueva y sobrenatural, habiendo vencido para siempre al gran enemigo, la muerte. ¡Ha resucitado!

¿Cómo podemos difundir este mensaje en el mundo? Escuchad, hermanos e hijos míos.

Somos Nos los testigos primeros de esta Resurrección, somos la voz que se renueva año con año a través de la Historia; somos esa voz que se hace oír en ámbitos cada vez mayores en el universo; somos la voz que repite el testimonio irrefutable de los primeros que le vieron resucitado con sus propios ojos, y le tocaron para cerciorarse con sus propias manos, y conocieron la realidad de un hecho que sobrepasa triunfalmente los límites de la experiencia natural.

Somos, pues, transmisores de una generación a la otra, de nación en nación, del mensaje vivificador de la resurrección de Cristo. Somos la voz de la Iglesia, fundada con esta misión precisa, para esa difusión por el mundo, con este propósito, siempre militante, siempre sostenida por esta vida y esta esperanza, dispuesta siempre a confirmar su mensaje con su sangre.

Es el mensaje de fe, que como trompeta angélica, hoy proclamamos una vez más en cielos y tierra: ¡Cristo ha resucitado!

Seguid prestando atento oído, hermanos e hijos muy amados.

El hecho de la resurrección concierne a su historia, que es el Evangelio, como concierne a la vida, humana y divina, manifestada en la persona viva del Verbo Divino, Pero también nos concierne a todos nosotros. En Jesucristo se cumple el plan de Dios, y en Él se revela abiertamente el misterio de la redención de la humanidad, oculto por tantos siglos: nos salvamos en Cristo. Nuestro destino depende de Cristo, en Él encuentra solución nuestras angustias, en Cristo el dolor cobra significado sublime, Cristo es nuestra esperanza.

La resurrección del Señor no es un hecho aislado; es más bien un acontecimiento que importa a toda la humanidad, pues de la persona de Cristo se proyecta hacia el mundo, con importancia y trascendencia cósmica. ¡Qué fuente de maravilla! La resurrección afecta con impacto tremendo a todo hombre nacido en este mundo, y le afecta con diversas consecuencias dramáticas; inunda por decirlo así al destino de toda la genealogía humana.

Cristo es el nuevo Adán, que infunde en el organismo débil y mortal de la vida humana natural un principio vital renovador, tan real que las simples palabras no pueden describir, un principio de renacimiento purificador, una simiente de inmortalidad, un vínculo de comunión con Cristo, hasta el punto de compartir con Él la unidad del Espíritu Santo, en la vida misma del Dios infinito a quien, por méritos de Cristo, podemos llamar de nuevo con toda felicidad Padre nuestro.

Debemos reflexionar detenidamente en el valor universal de la resurrección de Cristo, porque es manantial que fertiliza el significado del drama humano, es la solución del problema del mal, el origen de una nueva forma de vida a la que damos el nombre de Cristianismo.

Recordad el cántico del diácono al comienzo de la ceremonia de esta noche, expresión poética y sublime del destino humano. Inmediatamente después de referirse a este manantial, que es la resurrección del Señor, procede a cantar con efusión en versos incomparables la historia de la salvación, esa historia en que todos nosotros estamos inflexiblemente comprometidos. Cuando comprendemos nuestra participación o solidaridad en la resurrección del Señor, somos capaces de seguir espontáneamente muchas consecuencias, a cual de ellas más sublime y maravillosa, y de las cuales queremos señalar ésta: la restauración —o deberíamos decir la resurrección— del sentimiento religioso en la conciencia de los hombres.

Porque es en la realidad probada de la resurrección de Cristo que se funda la religión que lleva su nombre y su vida. Y tal es la fuerza de la luz, la fortaleza, la felicidad, la santidad que brotan de la fe encendida por Él en el mundo, que la religión cristiana no sólo ofrece la plenitud de la paz y de la alegría a quienquiera la profese sinceramente y de corazón, sino que esa fe irradia constantemente alrededor de sí una invitación, despierta un deseo, suscita una inquietud, señala una meta y de este modo mantiene viva en el mundo la cuestión de la religión.

Queremos en esta ocasión señalar la crisis religiosa que sufren muchos hombres de nuestro tiempo, por razones que más bien debieron llevarles a despertar en ellos convicciones religiosas.

Son razones que, originadas en el progreso de la cultura, la ciencia, la técnica y las relaciones sociales mismas, han llegado más bien a sembrar la confusión en la conciencia del hombre moderno, dándole el sentimiento, que es mejor llamar ilusión, de que con su propio poder, puede ser su propio amo y salvador, que no necesita a nadie para resolver los problemas fundamentales de su vida, incluso aquellos más misteriosos, y, finalmente, que así, independiente de toda otra ayuda, puede satisfacer la sed insaciable del conocimiento, de la existencia, del amor, de la felicidad, de vivir, un anhelo que nace con el hombre, crece con él lentamente, y se profundiza hasta compelerle a extender su dominio sobre la naturaleza que le rodea.

Nos damos perfecta cuenta de la actitud de esas gentes cuyo pensamiento ha sido penetrado por esta experiencia, típica de nuestros días.

Infortunadamente, algunos se sienten perfectamente tranquilos, obcecados por la negación de un cientificismo ya fuera de moda. Otros viven inquietos, otros más son apáticos, cuando no hostiles y casi resignados a la conclusión de que la existencia carece de dirección y de propósito.

Pero hay también muchas almas profundas, que se sienten intensamente preocupadas ante la decadencia de la conciencia religiosa, esa conciencia que siempre ha sido el fundamento sólido de las conquistas más valiosas del espíritu del hombre.

Cualquiera que sea vuestra actitud de hombres que me escucháis con respecto a la religión, a todos vosotros, desde esta cumbre de la Pascua cristiana, os hacemos la invitación para que acojáis el mensaje lúcido que inunda al mundo con la resurrección de Cristo, acontecimiento que constituye a la vez un motivo para creer en Él, y objeto de esa misma fe. La resurrección del Señor se presenta en la cumbre de la humana razón, que busca y quiere ver y conocer la verdad. Su resurrección se encuentra al comienzo mismo de esa certidumbre suprema de la verdad religiosa, que acepta la fe que inunda el alma con el poder y la dulzura de la palabra de Dios.

Hoy, tanto los pensadores maduros, que critican la filosofía moderna, como la experiencia misma de los hombres, estimulada por el desarrollo social, indican que llegó la hora de hacer una evaluación correcta y segura del hombre en sí, y de la existencia humana. El hombre moderno necesita este examen atento, como necesita una orientación que él solo no puede darse.

Quienes habéis participado en esa ceremonia simbólica, hermosa y sumamente significativa, que anticipa entre los fieles la alegría ya desde la vigilia de la Pascua, os sentís conmovidos por el eco creciente del triple anuncio que acompaña el acto de encender el blanco cirio: “¡Lumen Christi!” He aquí la luz de Cristo.

“La Luz resplandece en las tinieblas”, proclama el prólogo del Evangelio según San Juan. El fiel necesita sabiduría y valor para contestar con alegría: “A Dios sean dadas gracias, oh Dios, por haber encendido en el sacrificio pascual de Cristo, la luz providencial en las tinieblas que han cubierto al mundo y al hombre”.

Toda la religión lleva en sí resplandores de luz que no deben despreciarse, ni extinguirse, aunque no sean capaces de dar al hombre esa claridad que necesita para alcanzar el milagro de la luz del cristianismo, esa luz que hace coincidir a la verdad con la vida real. Pero aun la religión natural nos eleva al nivel trascendente del ser, sin lo cual no habría razón suficiente para la existencia, para el pensamiento, para el trabajo, ni siquiera para una esperanza a salvo de todo desengaño.

Toda verdad religiosa genuina anuncia el amanecer de la fe, y en estos momentos esperamos un resurgimiento en el mejor de los amaneceres, junto al pleno esplendor de la sabiduría cristiana.

Pero suplicamos a quienes no tienen religión, a los que se oponen a ella, a que recapaciten y digan si no están viviendo y laborando bajo el peso de dogmas irrazonables, de dudas contradictorias e inquietantes, de cosas absurdas y sin salida, de maldiciones causadas por la desesperación y el nihilismo.

Quizá algunos de vosotros tienen ideas inexactas y hasta repugnantes de la religión; quizá vuestra idea de la fe esté completamente errada, creyendo que la fe religiosa ofende a la inteligencia, detiene el progreso, humilla al hombre y llena su vida de tristezas. Pero, quizá también, algunos de vosotros sufrís una sed espiritual y anheláis lo religioso sin saberlo, estando así mejor preparados para ver el rayo de luz; pues si no os abandonáis a la indolencia y la ignorancia, el aburrimiento de vuestro ateísmo dilatará la pupila de los ojos del alma, para hacer que leáis en la oscuridad la respuesta al porqué y al origen de muchas cosas.

Hoy queremos solamente mostrar un rayo de la luz de la Pascua ante todos los que quieran verlo, y lo presentamos como un saludo, un regalo, o al menos un signo de nuestro gran amor, particularmente para vosotros, cristianos; para vosotros, fieles católicos, que tenéis la disposición de recibir esta luz. Ese primer rayo de la Pascua que es Cristo resucitado vive ya en quienes tratan de llevar una vida cristiana. Es alegría, como lo es el cristianismo, como lo son la fe y la gracia. Recordadlo bien, todos los hombres, hijos, hermanos y amigos: Cristo es la única alegría, la verdadera alegría del mundo.

Es cierto que la vida cristiana es austera, que no es ajena al dolor y al sacrificio, que exige penitencia y negación de sí mismo. El cristiano acepta la cruz y, cuando llega el momento, sale resuelto a sufrir y a la muerte. Pero en su manifestación esencial: el cristianismo es alegría.

Si no, recordad el plan de vida que Cristo presenta en el sermón de las bienaventuranzas, esencialmente positivo, con esa fuerza de la vida cristiana que libera, purifica y transforma, que todo lo reduce al bien y al júbilo de una vida en Cristo. Es esencialmente humana, pero más que eso, está impregnada por la presencia vivificante del Espíritu Santo, el Consolador, el espíritu de Cristo, que conforta y sostiene la vida cristiana, y que le da el poder de realizar actos supremos de fe, esperanza y amor. Es una vida optimista y creadora en grado sumo, y se goza en la felicidad del presente, anticipando la felicidad perfecta del mañana venturoso.

¿Por qué insistimos en este aspecto, este rayo, de la fiesta pascual? ¿Por qué comparamos la vida vivida de acuerdo con los principios religiosos, a la felicidad humana? Es fácil explicarlo: porque deseamos que todos los hombres vivan la promesa del cristianismo, que no es otra que una consecuencia del misterio de la Pascua en su manifestación más genuina: la solución acertada de los problemas de la humanidad.

A quienes sufrís hoy dirigimos muy en especial nuestro saludo de Pascua, que quienes padecen hambre y sed de justicia, los que trabajan y se fatigan, tengan una feliz Pascua de Resurrección, llena de consuelos.

Dirigimos también nuestro mensaje a los jóvenes, vosotros que tenéis un instinto innato para la alegría, con la esperanza de que sabréis encontrar siempre la fuente de la alegría verdadera, más allá de lo apenas sensible, más allá de lo placentero, del brillo exitoso del mundo, fuente que está en la realidad profunda de la vida que sólo Cristo puede revelar.

A vosotros, amados cristianos, os enviamos en especial nuestro saludo de Pascua, para que sepáis apreciar lo que ya tenéis, y deis al mundo el testimonio que necesita, el testimonio de la alegría verdadera.

Y al extender nuestro saludo a Roma, a la Iglesia, a nuestros hermanos todavía separados de Nos, a todos los creyentes y a los incrédulos también, os impartimos a todos, a la humanidad, al mundo, como testimonio de la Verdad y la Vida, nuestra bendición apostólica.



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