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ALOCUCIÓN DE SU SANTIDAD PABLO VI
A LA FEDERACIÓN UNIVERSITARIA CATÓLICA ITALIANA (FUCI)


Aula de las bendiciones
Lunes 2 de septiembre de 1963

 

Esta audiencia crea en Nos, y pensamos crea en vosotros, una dificultad, no tanto protocolaria cuanto sicológica: la de encontrar la postura apropiada a la naturaleza y a los fines de este encuentro.

La FUCI se encuentra con el Papa; una FUCI que no es la de ayer, es decir, la de hace treinta años; porque tan largo período de tiempo ha cambiado y renovado sus filas muchas veces, y los estudiantes que hoy la componen son distintos no sólo por las personas, sino también por las peculiaridades morales y sentimentales que caracterizan la presente generación estudiantil, a diferencia de la que la precedió; distinto es su modo de sentir y de expresarse; distintos son sus problemas. Es una FUCI que ya no conoce a su antiguo consiliario; le resulta extraño, desde que la dejó, no queriendo ya intervenir el desarrollo de su actividad y el proceso de su evolución cultural y organizadora. Más aún; quien lo recordase en medio de los estudiantes de aquel tiempo, como lo muestran algunas curiosas y divertidas fotografías, tendría dificultad en reconocerlo ahora, aunque no por la excesiva transformación de su semblante, sí por los hábitos pontificales con que está revestido ahora. Por ello no os conocemos directa y familiarmente, ni vosotros tenéis de Nos una noticia confidencial. Sin embargo, Nos pensamos por un lado y por otro se advierte que el encuentro es obligado, es ansiado; no puede ser más que espiritualmente fácil y pleno; y he ahí la dificultad a que me refería: ¿con qué postura con qué forma, con qué espíritu?

Encuentro del Papa con la nueva FUCI

Carísimos, se nos ofrece un recuerdo propicio, el de Pío XI, nuestro gran predecesor, que, cuando la FUCI estaba todavía en los comienzos del segundo período de su vida, el de una actividad ordenada y sistemática, le dio generosamente su bondad, su acogida, su protección, hasta ser paterna y sabiamente su educador, y suscitar grata admiración en aquellos que tenían la fortuna de asistir a sus audiencias. Si un Pontífice, tan sabio y lleno de majestad, se complacía en admitir a su clase a los estudiantes de entonces, uniendo a la profundidad de sus enseñanzas la sencillez de estilo, cuánto más podemos Nos acortar distancias en este encuentro y resolver la dificultad, que decíamos, con la sencillez de una conversación parecida, que no os dará, como en los tiempos de Pío XI, el orgullo de subir al nivel del Maestro, sino que nos dará la satisfacción de ponernos al nivel de los discípulos, de los estudiantes, y de sentirnos entre ellos como amigo y guía, como si fuéramos todavía el consiliario de años pasados.

Queremos decir que el coloquio ha de ser escueto y fácil, y que, si han pasado desde entonces muchas cosas, y vosotros mismos sois nuevos en este diálogo, por lo menos una cosa no ha cambiado, y es nuestro amor a la queridísima FUCI. Y sin pretensiones de dar a nuestras palabras un tono oficial y estructura compleja, las sacaremos de nuestro corazón.

Elogio al consiliario

En verdad no es esto solamente lo que ha quedado de aquel nuestro lejano período, que no podemos en este momento olvidar. Ha permanecido, por ejemplo, vuestro consiliario, que nos sucedió y que vosotros todavía conserváis, el óptimo y queridísimo monseñor Franco Costa, aquí presente, al que Nos debemos tributar públicamente nuestro agradecimiento por haber dado a la Federación Universitaria Católica Italiana sus años de vida estudiantil (recordamos haberlo encontrado por primera vez en Génova cuando él, presidente de aquella asociación estudiantil católica consiguió hacer poner una lápida conmemorativa del Papa Benedicto XV, que fue alumno del Ateneo Genovés, sobre la escalinata de aquella Universidad; y en el descubrimiento de la lápida, pronunciando, todavía estudiante, un discurso del que se hizo eco la palabra del rector magnífico) Y luego, sacerdote, Don Costa ha dado al movimiento católico universitario en Italia treinta años de ministerio, que lo han convertido en guía, amigo y hermano de innumerables escuadras de jóvenes estudiantes.

Esta prolongada, incansable, eficiente asistencia espiritual ha asegurado a la FUCI otros tantos elementos de continuidad que le han conservado el semblante original y la hacen todavía hoy conocible y apreciable aún a quien no ha podido seguir las fases de natural desarrollo y de oportuna transformación; ha permanecido, junto a las personas del asistente eclesiástico y de sus valiosos colegas, un magnífico grupo, mejor, una cadena de amistades, verdadera sociedad de espíritus, que ha dado a la nación una red modesta en número, pero selecta en calidad, de personas preparadas y generosas, templadas en la escuela del pensamiento cristiano, profesando la fe católica con sencillez y con ardor, gozosos de encontrar en ella principios e impulsos para transfundir en actividad renovadora al servicio de la cultura y de la sociedad. Nos gozamos de saludar, aquí presentes, a algunos excelentes campeones de este grupo.

Universidad y vida universitaria hoy

Habría que considerar aquí las condiciones en que vuestra FUCI está trabajando hoy, condiciones nuevas y distintas de las de ayer, como, por ejemplo, el aumento cuantitativo de población universitaria, el reflejo de la vida democrática actual sobre la Universidad. Pero éste es un estudio en el que ahora no queremos adentrarnos, Nos basta hacer notar de forma especial algunos caracteres permanentes de vuestra presencia en la vida universitaria. Y, sencillamente, destacaremos que se ha venido formando y desarrollando vuestro método de participación en la vida universitaria, sacado de su misma naturaleza de escuela, que suscita el saber y el estudio en su última instancia e invita al alumno a penetrar en sus razones fundamentales, que justifican la validez tanto de cada una de las ciencias como del pensamiento que las va explorando y construyendo. El estudiante católico se encuentra a este respecto en una felicísima situación, que casi se podría considerar privilegiada; porque el patrimonio de verdad que su fe religiosa le confía, él puede presto deducir el simple y fecundísimo núcleo de presupuestos filosóficos, que, se quiera o no, constituyen el fundamento de la racionalidad humana, infunden en seguida al estudio seguridad, confianza, organicidad, capacidad especulativa y constructiva, y ponen a disposición un repertorio de conceptos y expresiones, que facilita, en un principio, la formulación de un lenguaje superior humanístico y dan al mismo lenguaje científico la posibilidad de claras y unívocas definiciones. Este es, más que un método, un programa, el de integrar la especialización del estudio universitario en un marco doctrinal, que establezca alguna relación lógica, con los diversos e inmensos campos del saber humano, colocado no en la visión inmediata, parcial, unilateral, a la que cada estudio de una particular disciplina está tentado, sino en el vértice de las razones supremas del saber, que tienen virtud de síntesis, porque se acercan a la Fuente de la Verdad no solamente conocida. sino creadora e informadora del universo.

Programa estupendo que no podrá el estudiante desarrollar de por sí y agotar en sus más profundos pretextos; pero programa maravilloso y providencial, como puede juzgar cualquiera que tenga noción de la naturaleza de una clase universitaria, y conozca cuáles son las condiciones reales de la Universidad de nuestro tiempo; programa que el estudiante católico tiene el mérito de lograr por sí y para sí, ofreciendo de esta forma la más preciosa contribución que el estudio universitario y su pedagogía pueden desear, el de la colaboración, espontánea y complementaria, a la clase universitaria, el del adiestramiento especulativo, el de la confianza en la lógica y objetividad del pensamiento, el de la tensión ideal, moral y espiritual, de que el joven tiene necesidad para vivir con gallardía los años que nunca vuelven de la estupenda primavera universitaria.

Programa maravilloso y providencial

Vuestra organización, lo sabemos, con sus grupos de estudio, con sus cursos de filosofía fundamental y de religión estudiada y amada en sus formas auténticas y esenciales, con sus consejos y congresos, con su ayuda a los que más se esfuerzan y estudian, ha logrado y desarrollado ya el método y la realización del programa; y si en un terreno tan difícil y largo como el del estudio universitario es poco todo cuanto se hace, merece, sin embargo, nuestra complacencia y nuestro elogio el hecho de que vosotros hayáis conservado el diseño original de la actividad de la FUCI, lo hayáis seguido con inteligencia y perseverancia y lo hayáis enriquecido con magníficos complementos, que son, al mismo tiempo, conquistas y promesas para la vida universitaria italiana.

Caracteres del movimiento universitario católico

Diremos más: habéis mantenido el espíritu del movimiento. Vuestro espíritu es difícil de definir, pero fácil de reconocerse, al menos por algunos caracteres principales, que con certeza son todavía objeto de vuestra reflexión interior y de vuestra celosa custodia. Quisiéramos reconocer como el principal de estos caracteres el amor a la Universidad. Este amor, ciertamente, no será vuestra prerrogativa exclusiva; pero ha de tener en vosotros una nobleza ideal, que lo haga a veces aparecer como original. El amor a la Universidad ante todo, como institución superior y sagrada, como “alma Mater” a la que es obligado honrar en todo, en su autoridad, en sus tradiciones, en sus edificios, en su dignidad constitucional, la cual tiene que gozar de autonomía interior y de justa libertad, aunque ello sea siempre dentro del orden moral y civil, que la Universidad quiere ser la primera en representar y promover. Jamás se ha oído decir que la FUCI, en los muchos años de su vida no siempre dichosa y tranquila, haya aflojado en su apasionado culto a la Universidad, a los que la rigen, a su honor y a su prosperidad. Pues es obligado admitir que vuestras escuadras estudiantiles han sido siempre fieles a la ley intrínseca de la Universidad, es decir, al empeño de estudio y de pensamiento, que ella exige para ser lo que es; fieles a la vocación espiritual y cultural, que proclama y cultiva, en el drama de la problemática universitaria por la elección y orientación de la vida del pensamiento; fiel al sentido del peso y de la responsabilidad del saber, al que la Universidad se siente ligada por su misma función de órgano superior de la cultura de la comunidad social; fiel, sobre todo, a la religiosidad católica que no altera, no sofoca, sino que despierta, defiende y alimenta la búsqueda de la verdad, como bien supremo, al que tiende la enseñanza; y con todo esto, fiel igualmente a la gozosa y viva expresión de las energías juveniles, que la vida universitaria sabe despertar.

Podrá parecer que esta concepción de la vida universitaria es demasiado intelectualista, y que no tiene en cuenta las tendencias modernas, que hoy la caracterizan, con un más fácil acceso por parte de la generación juvenil de nuestro tiempo, inclinada a cierto escepticismo sobre la validez del pensamiento especulativo, y con ciertas preferencias por las formas voluntarísticas del espíritu, o por el decadentismo existencialista, convertido casi en estilo de ciertos cenáculos estudiantiles; formas éstas derivadas con bastante frecuencia, de influjos exteriores a la Universidad, a veces de los acontecimientos políticos, o de la moda literaria o mundana, y no brotadas de las genuinas exigencias de la enseñanza superior.

Conocemos, y repetimos gustosos, vuestra apología sobre el intelectualismo que os califica; no quiere significar vuestro intelectualismo un cerebralismo preciosista y abstruso, que exige iniciados y crea cenáculos cerrados y utópicos, sino sencillamente una seriedad de estudio y de pensamiento a la que todo buen estudiante debe aspirar; que se refiere esta vuestra postura a un mismo tiempo al genio intrínseco de la Universidad, que nace de la actividad de la inteligencia y de su confianza y capacidad conquistadora, y al canon fundamental de la espiritualidad católica que pone evangélicamente en la cumbre de todo la luz del Verbo; hacer de esta postura no sólo el estilo mental del estudiante universitario, sino también el afán ascético a que por vocación está entregado, y del que ha de sacar su característica propia, la de saber estudiar, la de poseer las virtudes específicas de la vida intelectual; que esta postura no impide que los principios especulativos del saber, las verdades ligadas a la vida, sean para el estudiante experiencias interiores vivísimas, le infundan también sentimientos fuertes y sanos dispuestos a gastarse en el ejercicio de la caridad y de la oración, y hasta emociones arrebatadoras y sublimes, y se traduzcan en imperativos morales y sentimentales que exalten en él la generosidad de las acciones heroicas y la fibra lírica de la expresión artística; y, finalmente, que esta postura misma presenta el problema de la cultura, en sus más diversos aspectos, a la consideración del estudiante universitario católico.

Un noviciado incomparable

Esta última consecuencia de la formación intelectual que la FUCI persigue es algo de gran importancia. No es que la FUCI sea la única en considerar este problema, y mucho menos decimos que corresponda a ella resolverlo. A ella corresponde advertirlo, tener conciencia de él, conocer sus múltiples aspectos y favorecer sus posibles soluciones. Corresponde a la FUCI aprovechar a fondo, decíamos, el instrumento más calificado de la cultura organizada escolarmente, es decir, de la Universidad, palestra, idónea como ninguna, para preparar a los hombres en las profesiones liberales.

Como también decíamos, corresponde a la FUCI educar a sus miembros en el empleo recto y provechoso del pensamiento; y será igualmente misión suya iniciar a los voluntarios en las primeras manifestaciones de su cultura, función ésta bastante importante, tanto más digna de ser favorecida cuanto menos lo fuese por las presentes condiciones de la formación universitaria.

Vosotros sabéis muy bien estas cosas; y sólo nos queda alentaros a dar a la buena cultura, tanto a la humanística como a la científica, el mayor incremento que a vosotros os sea permitido. Quisiéramos especialmente recomendaras que llevarais en el corazón la cultura católica, en cuanto tal. Vosotros podéis, ante todo, explorar sus tesoros; una de las deplorables lagunas de la cultura contemporánea es la ignorancia de las verdades religiosas, especialmente en su formulación auténtica, en las fuentes, en el patrimonio tradicional del pensamiento católico, en las expresiones del magisterio eclesiástico; esta laguna puede ser salvada por el estudio de la religión, convertido en precioso elemento integrante del estudio universitario. Vosotros podéis descubrir primero, revelar luego, la fecundidad del pensamiento católico, comenzando por la observación elemental de que la enunciación dogmática de sus doctrinas fundamentales, lejos de detener el desarrollo dinámico y original de la cultura, lo provoca y lo favorece, como es propio de las verdades armadas de seguridad y orientadas a la vida. Vosotros podéis, precisamente, demostrar cómo la cultura católica, por su naturaleza, está dirigida a manifestaciones orgánicas en todo el ambiente humano, no es especulación abstracta, superflua y egoísta, sino que es doctrina que exige, por un lado, coordinar la vida moral de quien la posee, y, por otro, exige expandirse socialmente, superando el confín instintivo del individualismo, de la utilidad económica, de la timidez, de la incapacidad expresiva, para darse a los hermanos como regalo y como luz a la sociedad.

Misión de la cultura católica

Hoy como nunca, la cultura católica tiene necesidad de alumnos y de maestros, de estudiosos y de escritores, de artistas y de apóstoles; y la FUCI debe considerarse llamada a darle, especialmente bajo este respecto, su condicional contribución.

Por lo demás, sois vosotros mismos, queridos profesores y estudiantes, que venís de vuestro Congreso de Padua, los que confirmáis nuestras observaciones, pues tema de este mismo congreso ha sido el de la “Cultura y unidad europea”, justamente tenido como uno de los más vitales del momento presente. La elección misma del tema indica cómo vuestra atención por la cultura no os distrae de la realidad histórica y social, en que habéis sido llamados a vivir, sino que está adherida, como estudiantes y como católicos, al corazón de la vida contemporánea, y contempláis el panorama no como inertes y tranquilos espectadores, sino como conocedores y personajes de la escena del mundo, llamados con alguna responsabilidad a ejercer la función que os es propia, como gente dotada de un pensamiento vital, y dispuesta a dar testimonio, difusión y eficiencia de él.

Estamos, pues, persuadidos de que la gran cuestión de la unidad europea es ahora un deber resolverla positivamente, en la medida y forma que no nos corresponde sugerir, por parte de las sociedades nacionales que componen nuestro continente, como pensamos que es deber de todo ciudadano prestar en este sentido el apoyo de su juicio, y en lo posible, de su actividad.

Fundamentos para la unidad europea

Como también, estad persuadidos de que la solución de la cuestión exige, sí, una serie de ordenanzas unificadoras en diversos planos, económico, técnico, militar y político, pero que no menos reclama la formación de una mentalidad unitaria, la difusión de una cultura común; sin ésta, la unidad europea no se podrá realmente alcanzar; y si se lograse para determinados objetivos será un conglomerado de elementos extraños, unos a otros, si no recíprocamente contrarios; fenómeno, por tanto, incompleto y frágil, si no insincero e insidioso. Vosotros habéis evidenciado este aspecto fundamental de la unificación europea, es decir, la exigencia del proceso efectivo y positivo de tal unificación de ser alimentado por una cultura general comunitaria y de ser a ella encaminado.

Tenemos también la convicción de que la fe católica puede ser un coeficiente de incomparable valor para infundir vitalidad espiritual a esa cultura fundamental unitaria, que habría de ser el alma de una Europa social y políticamente unificada.

El catolicismo, por desgracia, sólo en parte cubre el área europea, y ni siquiera llega hoy a toda la cristiandad; es cierto, sin embargo, que toda Europa posee del patrimonio tradicional de la religión de Cristo, la superioridad de su hábito jurídico, la nobleza de las grandes ideas de su humanismo y la riqueza de los principios distintivos y vivificadores de su civilización. El día en que Europa repudiase este fundamental patrimonio ideológico dejaría de ser ella misma. Es todavía verdadera la palabra aparentemente paradójica del historiador inglés Belloc, que establece una ecuación entre la fe católica y Europa. Rosmini en su tiempo dijo ya algo semejante. Y será ciertamente una contribución positiva la vuestra si sabéis ilustrar esta palabra, en las actividades de la cultura y de los contactos internacionales, empleando siempre los debidos respetos con cuantos no tienen la fortuna de compartir vuestra fe religiosa, y sabiamente aceptando la leal y positiva colaboración de los demás.

Unidos y acordes en la confianza y en la acción

Vosotros habréis también experimentado en el congreso que queréis clausurar con esta audiencia la importancia y la actualidad que reviste vuestro movimiento universitario, y cómo, poniendo ante sí grandes perspectivas y graves temas, superiores a su eficiencia práctica, él interpreta fielmente el espíritu juvenil, el espíritu universitario y el espíritu católico.

Avanzad con confianza. Estad siempre unidos y acordes con vuestros principios y con vuestras tradiciones. Resueltos a hacer de vuestro movimiento una escuela profunda, exigente, determinada por el pensamiento, por la oración y por la vida, obligaos con esto mismo a dirigir vuestros cuidados a los grupos escogidos de estudiantes inteligentes y voluntariosos, decididos a superar los confines de la mediocridad, de la facilidad, del oportunismo, de las contingencias prácticas; y experimentaréis así las consecuencias de la selección cualitativa; pero procurad, sin embargo, ocuparos lo mejor que podáis de todos vuestros compañeros de estudio, no os cerréis en vosotros mismos y no os apartéis del campo cultural y social en que se desenvuelve vuestra vida; sed comprensivos, acogedores, deseosos de dar a vuestro movimiento también el sufragio y la alegría del número, la posibilidad de llegar a otras categorías sociales, como las trabajadoras y profesionales, especialmente, y entablar relaciones, como lo hace “Pax Romana”, con los estudiantes católicos de otros países.

Y repetimos, avanzad con confianza. No creáis que las exigencias objetivas de la verdad y de la tutela, con que la Iglesia defiende su verdad religiosa, vayan a atacar la libertad de vuestros estudios y de vuestra profesión intelectual. Conservad la “pasión de la fidelidad” a la Iglesia, que fue prerrogativa gloriosa de la FUCI desde sus primeros pasos; y conservad como patrimonio, que no supone una carga llevarlo, sino una reserva de energía, el ejemplo de los mejores que dieron a la FUCI un semblante vivo, moderno y cristiano, como monseñor Giandomenico Pini, Pier Giorgio Frassati, Igino Righetti, Renzo De Sanctis, Sergio Paronetto, Teresio Olivelli, Carlo Bianchi, Itala Mela, Mons. Luigi Pelloux, Luigi Scremin,, por citar solamente algunos de quienes nos han precedido en la otra vida.

Y sabed que os acompaña con el afecto, con el augurio, con la confianza y con la oración vuestro antiguo consiliario, que dándoos ahora su bendición apostólica, prenda de la divina, espera todavía mucho de vosotros.

 



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