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DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
A LOS PARTICIPANTES EN LA XIII SEMANA DE ACTUALIZACIÓN PASTORAL


Sala  de los Suizos, Castelgandofo
Viernes 6 de septiembre de 1963

 

Venerados hermanos:

Habéis participado en la XIII Semana de Actualización Pastoral, promovida por el Centro de Orientación Pastoral, que tan bien conocemos, bajo los auspicios del siempre estimado monseñor Grazioso Ceriani, y acogida y fomentada por el celoso obispo de Orvieto, monseñor Virginio Dondeo, en el incomparable marco de la ciudad y de la catedral, como recuerdo del séptimo centenario del culto eucarístico del “Corpus Domini”, que, debido al milagro de la vecina Bolsena y a la Bulla Transiturus de nuestro lejano predecesor Urbano IV, se extendió universalmente. Nos complace vivamente esta manifestación, cuyo desarrollo hemos seguido con interés, y en la que Nos mismo hubiéramos participado, si la Providencia no hubiera dispuesto lo contrario con nuestra elección al Pontificado Romano, oficio que ha acrecentado enormemente en nuestro ánimo el aprecio por este Congreso, pero que no nos ha permitido participar en él personalmente. Tanto más grato nos es este encuentro, por cuanto que son vivos nuestros deseos de frutos copiosos y duraderos, que de la celebración de la mencionada Semana pueden emanar. Da fe de ello la carta que nuestro cardenal Secretario de Estado ha dirigido a monseñor Ceriani con esta ocasión, y que vosotros habéis recibido con tanta reverencia.

¿Qué nos resta por añadir a cuanto sobre el tema central de la Semana, “Eucaristía y Comunidad Cristiana”, se ha dicho ya, con tanta abundancia y con tanta competencia de doctrina, y a lo que con compresión y devoción se ha meditado y traducido en piadosísimos actos de culto.

Valores eternos de la verdad cristiana y su inserción en la realidad de la vida

Tratando de leer en vuestros ánimos, nos parece descubrir que esperáis nuestra aprobación, nuestra confirmación, a cuanto vuestra visita, haciendo de ello significativa ofrenda, nos presenta. Venís, ante todo, enarbolando una palabra introductoria como estandarte que define el método de vuestro trabajo: “aggiornamento”, palabra ésta que tuvo el honor de ser aceptada por nuestro venerado y llorado predecesor Juan XXIII, de feliz memoria, y que fue grabada por él en el programa del Concilio Ecuménico.

Aplicada al campo eclesiástico es una palabra que indica la relación entre los valores eternos de la verdad cristiana y su inserción en la realidad dinámica, hoy extraordinariamente mudable, de la vida humana, que en la historia presente, inquieta, turbulenta y fecunda, viene continua y diversamente modelándose. Es la palabra que indica el aspecto relativo y experimental del ministerio de la salvación, al que no hay nada que más le ataña que el ser eficaz, y que percibe cuán condicionada es su eficacia para el estado cultural, moral y social de las almas a las que se dirige, y cuán oportuno para la buena cultura, y especialmente para el incremento práctico del apostolado es conocer las experiencias ajenas y hacer propias las buenas: “Probad todo, y quedaos con lo bueno” (1Ts 5, 21). Es la palabra que teme a los hábitos superados, a los cansancios que retardan, a las formas incomprensibles, a las distancias neutralizantes, a la ignorancia presuntuosa e inconsciente sobre los nuevos fenómenos humanos, como también a la escasa confianza en la perenne actualidad y fecundidad del Evangelio. Es la palabra que puede parecer obsequio servil a la moda caprichosa y pasajera, al existencialismo incrédulo en los valores objetivos trascendentes y ávido solamente de una momentánea y subjetiva plenitud, pero que a veces asigna al rápido e inexorable sucederse de los fenómenos, en los que se desenvuelve nuestra vida, la debida importancia, y trata de seguir el célebre consejo del Apóstol: “Redimiendo el tiempo, porque los días son malos” (Ef 5, 16).

Es, por tanto, la palabra que Nos también aceptamos con gusto, como expresión de la caridad deseosa de dar testimonio sobre la perenne y, por ello, moderna vitalidad del ministerio eclesiástico.

Cómo desarrollar la pastoral ante el error y para salvar las almas

Y a este propósito debemos dar buena acogida también a otro término que califica la actividad de la que vosotros sois promotores o seguidores; nos referimos al término “pastoral”. Hoy es un término programático y glorioso. El Concilio Ecuménico, como es sabido, lo ha hecho suyo, y en él polariza su finalidad reformadora y renovadora. No es necesario ver en este adjetivo, que acompaña a las manifestaciones más profundas y características de la vida eclesiástica, una inadvertida pero nociva inclinación al pragmatismo y activismo de nuestro tiempo, con menoscabo de la interioridad y de la contemplación, que deben tener la primacía en nuestra valoración religiosa: esta primacía permanece, aunque en la práctica las exigencias apostólicas del reino de Dios, en las contingencias de la vida contemporánea, reclamen un lugar preferente de tiempo y energías para el ejercicio de la caridad con el prójimo. No se crea que esta preocupación pastoral que hoy la Iglesia se propone como programa principal que absorbe su atención y empeña sus cuidados significa cambio de juicio sobre los errores difundidos en nuestra sociedad y ya condenados por la Iglesia, como el marxismo ateo, por ejemplo; tratar de aplicar remedios saludables y presurosos a una enfermedad contagiosa y letal no significa cambiar de opinión sobre ella, sino que significa tratar de combatirla no sólo teórica, sino también prácticamente; significa que al diagnóstico sigue una terapia; es decir, a la condenación doctrinal la caridad salvadora.

Sería, por ello, igualmente incauto ver en la importancia atribuida a la actividad pastoral un olvido o una rivalidad en las relaciones con la especulación teológica: ésta conserva su dignidad y su excelencia, a pesar de que las urgentes necesidades de la vida eclesiástica reclamen que la doctrina sagrada no permanezca puramente especulativa, sino que sea considerada y cultivada en el marco completo de la economía cristiana, esto es: doctrina que se nos ha legado para practicar la verdadera religión, para ser anunciada a las almas y para demostrar en la realidad histórica su virtud salvadora. Hoy, mente y voluntad, pensamiento y trabajo, verdad y acción, doctrina y apostolado, fe y caridad, magisterio y ministerio, asumen en la vida de la Iglesia funciones complementarias, siempre más estrechas y orgánicas, con mutuo esplendor e incremento.

Contenido evangélico y apostólico del Buen Pastor

Pero después de afirmar esto, nos place rendir honor, también en esta ocasión, a lo evangélico y apostólico que esta denominación de “pastoral” nos presenta. Nos recuerda uno de los nombres con que Cristo se nos quiso definir; y con el nombre la figura inefable, delicada y heroica del Buen Pastor; y con la figura la misión de guía, de maestro, de custodio y salvador que Cristo hizo suyo por nuestro amor, y que a Pedro asignó entre todos. Nos recuerda una de las ramas más florecidas de la teología práctica: la teología pastoral; es decir, la ciencia y el arte propio de la Iglesia, enriquecida con particulares poderes y carismas, de salvar las almas, que es como decir, conocerlas, acercarlas, instruirlas, educarlas, guiarlas, servirlas, defenderlas, amarlas y santificarlas. Nos recuerda la humilde, grande y común expresión del ministerio sacerdotal: la cura de almas, la caridad de la Iglesia en acto, en la forma más ordinaria, más asidua, con frecuencia más generosa y, ciertamente, más necesaria.

Aprovechamos esta ocasión para manifestar nuestra profunda estima, nuestra especial benevolencia, nuestro fraternal y vivísimo aliento a los pastores de almas. Se les debe este particular recuerdo, que nuestra enseña pastoral inmediatamente recuerda, pues hemos sido constituidos Nos mismo Pastor en una diócesis que parece haber sido en los siglos pasados, con San Ambrosio, con San Carlos, y en nuestros días con los siervos de Dios, cardenales Ferrari y Schuster, y ser todavía campo experimental de típica y positiva importancia pastoral; y hoy sobre esta Cátedra de Pedro, llamado por Cristo a apacentar su Iglesia.

Les debemos esta expresión de nuestra afectuosa veneración, porque el ministerio pastoral obliga a una entrega completa, como nos enseña, con la palabra y el ejemplo Cristo nuestro Maestro: “El buen pastor da su vida por sus ovejas” (Jn 10, 10); y es, por tanto, entrega que raya el vértice de la caridad, o como también Cristo mismo nos alecciona: “Nadie tiene mayor amor que éste: entregar su vida por sus amigos” (Jn 15, 13), Debemos nuestro aliento a los pastores de almas, a los obispos y a los párrocos especialmente, y a todos cuantos están dedicados a la cura de almas, porque sabemos en qué condiciones trabajan hoy: el estado espiritual del mundo presenta hoy dificultades enormes, algunas de las cuales hasta ayer desconocidas.

Conocernos las preocupaciones que, con frecuencia, pesan sobre el corazón de un obispo; los sufrimientos que muchas veces lo afligen, no tanto por la falta de medios, también grave y mortificante, sino por la sordera de quien debería escuchar su palabra, por la desconfianza que lo rodea y lo aísla, por la indiferencia y la desestima, que deslucen su ministerio y lo paralizan. Sabemos cuántos párrocos y coadjutores ejercen la cura de almas en barrios extensos y populosos, donde el número, la mentalidad, las exigencias de los habitantes les obligan a un trabajo sin descanso y extenuante; y sabemos también cuántos sacerdotes, por su parte, han de ejercer el ministerio en la oscuridad de pequeñas aldeas, con la falta de conversación, de colaboración y de resultados consoladores; los unos y los otros, con frecuencia, en condiciones económicas penosas, muchas veces contradichos e incomprendidos, y obligados a vivir replegados sobre sí mismos; satisfechos solamente por descubrir en los humildes que los rodean, en el libro sagrado de la oración y en el tabernáculo el ministerio del divino Presente. Nos sentimos obligados a asegurar a estos queridos y venerados hermanos, fatigados obreros del Evangelio, también modestos y tenaces ministros de la Iglesia de Dios, que el Papa piensa en ellos, los comprende, los estima, los ama, los ayuda y, por ello, los sigue con su oración y con su bendición.

Esta referencia al espíritu que nos une a la gran escuadra de sacerdotes empeñados en la cura de almas, nos hace concluir nuestras palabras con una mención al tema tratado en vuestra Semana de actualización pastoral, al tema central “La Eucaristía y la comunidad cristiana”, para augurar que vuestra reflexión sobre tema de tanta riqueza doctrinal y espiritual continúe en el ejercicio de vuestro ministerio, para confirmar la convicción de que ninguna otra acción realiza su plenitud de gracia y eficacia pastoral, como la celebración del divino Sacrificio, en la que, por un lado, el sobrehumano poder del orden hace realmente presente, en forma sacramental, la humanidad real de Cristo, Cabeza de todo el Cuerpo Místico y de cada una de las comunidades locales, y, por otro, la misión pastoral, que se confía al sacerdote con cura de almas, obligada a hacer realmente presente, en forma comunitaria, el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia.

Que continúe, decíamos, para alimentar en vuestro sacerdocio la orgullosa conciencia de su relación antecedente y consecuente con la Eucaristía, para la cual el sacerdote es ministro engendrador de tan gran Sacramento, y luego primer orador, sabio revelador e incansable distribuidor. Continúe asignando a vuestro mismo sacerdocio, como primer deber, también bajo el aspecto de la caridad y de la fecundidad pastoral, el común y sublime de “decir la misa”. Sí, decir la misa, pero de forma tal que sea puntual y perfecta en el rito, sencilla en la solemnidad y solemne en la sencillez, recogida en el silencio y en la compostura de la asamblea, y unánime en la oración y en el canto, elocuente y misteriosa en el significado, participada por todos en su desarrollo, y que todos asistan a ella cordial y devotamente: niños, jóvenes, estudiantes, obreros, todas las clases sociales, hombres y mujeres, familias enteras, asociaciones católicas e instituciones con sede en el territorio parroquial, y con la acogida más presurosa de las queridas hermanas, flores sagradas de nuestras parroquias; y luego los enfermos, todos los que sufren y padecen, los pobres, los ancianos; todo el pueblo de Dios; toda la comunidad invitada, a una con el sacerdote, que allí actúa, “in persona Christi”, al mismo tiempo, como jefe, intérprete y representante del pueblo cristiano, para expresar “su propio sacerdocio real”, de forma que renueve y perpetúe el fenómeno, índice y vértice de la realidad comunitaria, de la primera “comunidad de creyentes”, que era, coma está escrito en los Hechos de los Apóstoles: “un único corazón y una sola alma” (Hch 4, 32).

Continúe, repetimos, difundiéndose, llevando esos frutos deseados con nuestra bendición apostólica.

 



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