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CARTA APOSTÓLICA

AD ECCLESIAM CHRISTI

DE SU SANTIDAD
PÍO XII

SOBRE LAS NECESIDADES DE AMÉRICA LATINA

 

A nuestro venerable Hermano Adeodato Giovanni Piazza, Cardenal de la Santa Romana Iglesia,
Obispo de Sabina y Poggio Mirteto, Secretario de la Sagrada Congregación Consistorial,
Presidente de la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano.

 

Venerable Hermano nuestro, Salud y Bendición Apostólica

1. A la Iglesia de Cristo, que vive en los países de América Latina, tan ilustres por su fidelidad a la religión y por sus glorias nacionales, así como por las esperanzas que ofrecen de un porvenir de mayores grandezas, se dirige hoy, con un interés igual al amor que le profesamos, Nuestro pensamiento.

Porque si a Nos, a quien por celeste designación fue encomendado regir el rebaño entero de Cristo, corresponde el cotidiano y solicito cuidado de todas las Iglesias, es muy natural que todas Nuestras miradas se vuelvan con particular insistencia a los numerosos fieles que viven en ese continente. Ellos constituyen de hecho —aun dentro de la diversidad de patrias—, unidos y hermanados por la vecindad geográfica, por los vínculos de una común civilización y, sobre todo, por el gran don recibido de la verdad evangélica, más de la cuarta parte del orbe católico: magnífica falange de hijos de la Iglesia, escuadrón compacto de generosa fidelidad a las tradiciones católicas de sus padres. Esta visión conforta nuestro ánimo entre las amarguras de los combates y persecuciones a que están expuestos, en no pocas partes del mundo, el nombre cristiano y la misma fe en Dios, y el culto que se le debe.

Bien es verdad que en algunas regiones de América Latina no han faltado, aun en nuestros días —y el recordarlo llena nuestro espíritu de pronto dolor—, luchas y vejaciones contra la Iglesia. Pero nada hasta ahora, gracias sean dadas a Dios, ha logrado obscurecer en esas extensas regiones la cruz salvadora que emana de la Cruz de Cristo, que, como aurora refulgente, se elevó ahí ya en los mismos albores de su civilización.

2. No debemos, sin embargo, ocultarte, Venerable Hermano, que a esta Nuestra consideración va unida incesante una angustiosa congoja, al no ver todavía resueltos los graves y siempre crecientes problemas de la Iglesia de América Latina; sobre todo, aquel que con angustia y voces de alarma ha sido justamente denunciado como el más grave y peligroso, y que aún no ha recibido cumplida solución: la insuficiencia de clero.

Consecuencia es de unas causas ya bastante conocidas para que sea necesario recordarlas minuciosamente. Por ello, ya en el siglo pasado y aun ahora todavía, por desgracia, no obstante los esfuerzos generados realizados para poner remedio, a la vida católica en ese continente ofrece deficiencias cada día más gravemente peligrosas, a pesar de estar, sin duda alguna, profundamente arraigado en los espíritus y manifestarse, a veces, exteriormente con hechos admirables, entre los que no ha faltado ni aun el martirio, corona de héroes.

En efecto; donde falta al sacerdote o éste no es «vaso de honor, santificado y útil para el Señor, dispuesto para toda obra buena» (2 Tim 2, 21), se sigue, necesariamente, el oscurecimiento de la luz de la verdad religiosa, pierden vigor las leyes y preceptos de vidas dictados por la religión, languidece cada vez más la vida de la gracia, se corrompen fácilmente en relajación e incuria las costumbres del pueblo, y se debilita tanto en la vida pública como en la privada, aquella saludable firmeza de propósito que tanto sólo pueda manifestarse cuando cada cual se atiene, en todas las circunstancias, a las normas del Evangelio.

Esta insuficiencia de clero secular y regular, que se nota hoy más aguda y más grave en relación con los tiempos pasados, por la crecida mole actual de los problemas apostólicos de la Iglesia, impide o, al menos, retarda para los pueblos de América Latina, por Nos tan queridos, aquellos progresos que tan felizmente se realizan en no pocos otros campos.

3. Nos, confiados en la protección de Dios y en el patrocinio de la Virgen Santísima, Reina de América Latina, no compartimos los presagios que a algunos inspira una tal condición de cosas, antes alimentamos en Nuestro corazón la esperanza que dentro de poco América Latina pueda hallarse en condiciones de responder, con vigoroso empuje, a la vocación apostólica que la Providencia divina parece haber asignado a ese gran continente, de ocupar un puesto preeminente en la nobilísima tarea de comunicar también a otros pueblos, en lo futuro, los ansiados dones de la salvación y de la paz.

Para lograr el cumplimiento de estos nuestros deseos es, sin embargo, necesario actuar con prontitud, con generoso empeño, con vigor; no dispersando preciosas energías, sino coordinándolas, de suerte que lleguen a resultar como multiplicadas, recurriendo, cuando fuere el caso, a nuevas formas y nuevos métodos de apostolado que, aun dentro de la fidelidad a la tradición eclesiástica, respondan mejor a las exigencias de los tiempos y aprovechen los medios del progreso moderno, que, si desgraciadamente sirven con frecuencia para el mal, pueden y deben también, en mano de los buenos, constituir un entusiasta instrumento para el trabajo intrépido por el triunfo de la virtud y la difusión de la verdad.

4. Por esta razón Nos ha parecido oportuno, accediendo también al deseo que Nos mostró el Episcopado de América Latina, que la Jerarquía latinoamericana se reuniese para proceder, en conjunto, al estudio profundo de los problemas y la determinación de los medios más aptos para resolverlos con la prontitud y la perfección que las actuales necesidades reclaman.

Después que cada uno de los sagrados Pastores haya realizado el trabajo preparatorio de examinar el presente estado y estudiar los remedios, se reunirán, en fecha próxima, en conferencia general los representantes delegados de las diversas provincias eclesiásticas y de las circunscripciones misioneras de América Latina, para confrontar en común los resultados del estudio efectuado y sacar, de mutuo acuerdo, preciosas conclusiones prácticas conducentes a un más gozoso florecer de la vida católica en el continente entero.

Participando de sus preocupaciones tan movidas por celo apostólico, Nos queremos hallarnos presentes en su reunión por medio de ti, Nuestro Venerable hermano, y Nos complace enviarles por medio de esta Carta, testimonio de profundo amor, estos saludables votos y esta Nuestra exhortación.

Tenemos por muy cierto que, penetrando en el programa propuesto a la Conferencia, los celosos y dignísimos Prelados llegarán a tomar las mejores determinaciones para que, entre los hijos de sus patrias, llegan a suscitarse, fomentarse y protegerse en la firma más conveniente y eficaz vocaciones, cada vez más numerosas, así para el sacerdocio como para el estado religioso; para que también los ministros de Dios y de la Iglesia, se formen mediante la debida preparación, para ser santos y dispuestos a todo bien; para que el espíritu eclesiástico de los llamados a ello se conserve indemne, como su sagrado ministerio, en medio de tantos peligros y tentaciones; y, lo que aún es más, para que creciendo siempre e intensificándose su consagración a la piedad y al cumplimiento de sus deberes cotidianos, su vida sacerdotal esté íntegramente libre de variedades y llena de plenitud.

5. Mas, porque puede bien preverse que durante bastante tiempo los llamados por divina vocación al ministerio apostólico no sean suficientes para atender a las necesidades de las respectivas naciones, en santa porfía ha de cuidarse de que, en la mejor forma posible, estén al servicio de la Iglesia en América Latina sacerdotes que ahí llegaren, procedentes de otras naciones. Y no se les considere como extraños, puesto que todo sacerdote católico tiene, como patria suya, aquella tierra donde, siendo fiel en su trabajo y apostolado, trabaja por los comienzos por la floración del Reino de Dios.

6. A otra cosa, no menos útil, deberán atender los Prelados participantes en la Conferencia: esto es, la posibilidad y convivencia de usar para el trabajo apostólico, a aquellos que justamente se llaman auxiliares del clero. Nos referimos, en primer lugar, a los religiosos y religiosas que por su misma vocación divina, y por su vida de perfección son los más cercanos, y serán los mejores colaboradores de la acción apostólica, después, las falanges de seglares que, ardiendo en caridad, se sienten llamados a los mies del Señor, que con dulce apremio les invita a que, en variadas maneras, cooperan con su actividad a las diversas obras de los operarios apostólicos, confiados en el celestial premio que les espera.

Pensamos que, realmente, mientras perdurare el deficiente número de sacerdotes, entre ellos es donde la Jerarquía eclesiástica encontrará los auxiliares que necesitar, de modo providencial, para mantener y aumentar la labor de los sacerdotes.

Y no menos persuadidos estamos Nos de que el apostolado en América Latina habrá de recibir ayuda no pequeña, si todas las fuerzas apostólicas se dispusiesen y emplearen en orden y concordia, para lo cual habrá de preceder un serio estudio e investigación de los métodos de apostolado, ya comprobados por larga experiencia y por la práctica, que parecieren más convenientes y adaptados a cada circunstancia; y también si permanentemente se emplearen los nuevos recursos modernos —radio y prensa— para propagar e infundir eficazmente en los espíritus la doctrina celestial y las enseñanzas de la Iglesia, maestra de la verdad. Así organizadas y ordenadas las fuerzas católicas, podrán con mayor vigor mantenerse en lucha tan ardua como meritoria, para defender y ensanchar más cada día el Reino de Dios.

7. Numerosas son, por desgracia, las pérfidas insidias de los enemigos: para rechazarlas es necesaria suma vigilancia y energía. Tales son las insidias de la masonería, las doctrinas y propaganda de los protestantes, las diversas formas del laicismo, superstición y espiritismo, que tanto más penetración en todos cuanto más graves es la ignorancia de las cosas divinas y más adormecida la pereza en la vida cristiana, todas ellas sustituyen, desgraciadamente, el lugar propio de una fe sincera y verdadera, y tratan de apagar en vano la fe del pueblo que suspira por el Señor. Añádanse, además, las perversas doctrinas, tan propagadas entre todos, que, so pretexto de la justicia social y de mejorar a las clases más humildes, se empeñan por desarraigar de las almas el tesoro, tan inestimable, de la religión.

Otras muchas cuestiones, debidas a sendas iniciativas, se tratarán también en la Conferencia, pues a ello obliga la necesidad de las mismas y el amplísimo campo del apostolado abierto a los triunfos de la fe.

Y, entre otros temas de suma importancia, ciertamente no se olvidará este que ahora sigue. América, con hospitalaria caridad, acoge —en sus amplias regiones, abundantes en minas, en productos agrícolas y en todo cuanto facilita la vida— a gran número de personas a quienes la necesidad vital o la violenta persecución obligan a alejarse de su tierra patria.

Este intenso desplazamiento de tantos hombres presenta, como fácilmente se comprende, muchos problemas necesitados de solución, sobre los cuales ya habíamos llamado la atención en Nuestra constitución apostólica Exsul Familia, dando allí preceptos y normas principalmente en lo que la asistencia espiritual de los emigrantes se refiere.

8. Queremos, además, llamar la atención de todos sobre cuánto convenga que la Iglesia desarrolle sus deberes materiales, con su clara doctrina y con incesante y previsora actuación, en el campo social: cuestión, que, si ciertamente merece la mayor consideración por parte de todos los pueblos, por peculiares razones debe preocupar a la solicitud pastoral de la sagrada Jerarquía en las naciones de América Latina, pues se trata de materia íntimamente relacionada con el estado y mejora de la vida religiosa.

Queremos, por fin, que todos consideren atentamente sobre las amplías posibilidades y grandes ventajas que se deberán a una decidida colaboración, a la que invitamos no sólo a los Prelados y pueblos de América Latina, sino también a todos los demás pueblos que, cada uno a su manera pueden aportar sus recursos y auxilios. Y tenemos firme esperanza de que los medios ahora empleados se tornarán inmensamente multiplicados en lo futuro. Y los devolverá ciertamente América Latina a toda la Iglesia de Cristo cuando, como es de esperar, haya podido poner en activo las numerosas y preciosas energías que no parecen esperar sino la acción del sacerdote para contribuir intensamente al incremento del Reino de Dios.

Mientras, movidos de paternal afecto, alimentamos esta consoladora esperanza de un más próspero provenir, esperanza que confiamos al Corazón Sacratísimo de Jesús y a la Inmaculada Virgen Madre de Dios, Nos sentimos feliz al impartirte, Venerable Hermano, así como a los queridísimo Cardenales, Arzobispos, Obispos y Prelados de América Latina, y, sobre todo a los que participan en la próxima conferencia de Río de Janeiro, para que su empeño y sus trabajos obtengan abundantísimos frutos Nuestra Bendición Apostólica, que, de todo corazón, extenderemos también a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas y a los fieles de toda América Latina.

Dado en Roma junto a San Pedro, el 29 del mes de junio del año 1955, XVII de nuestro Pontificado.

PIUS PAPA XII

 



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