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VIDEOMENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
CON OCASIÓN DE LA 58 ASAMBLEA GENERAL
DE LA CONFERENCIA NACIONAL DE LOS OBISPOS DE BRASIL

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Queridos hermanos en el episcopado:

Con motivo de la 58 Asamblea General de la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil, quiero dirigirme a ustedes, y perdonen que lo haga en español, pero entre Brasil y Argentina hay un idioma que todos entendemos y que es el “portuñol”, así que ustedes me entenderán. Y a través de ustedes quiero dirigirme a todos los brasileños, en un momento en que este amado país enfrenta una de las pruebas más difíciles de su historia.

Me gustaría, en primer lugar, expresar mi cercanía a los cientos de miles de familias que lloran la pérdida de un ser querido. Jóvenes y ancianos, padres y madres, médicos y voluntarios, ministros sagrados, ricos y pobres: la pandemia no ha excluido a nadie en su estela de sufrimiento. Pienso en particular en los Obispos que murieron víctimas del Covid. Pido a Dios que conceda a los fallecidos el descanso eterno y que dé consuelo a los corazones afligidos de los familiares, que muchas veces ni siquiera han podido despedirse de sus seres queridos. Y este irse sin poder despedirse, este irse en la soledad más despojada es uno de los dolores muy grandes de quien se va y de quienes se quedan.

Queridos hermanos, la proclamación de la victoria del Señor Jesús sobre la muerte y el pecado todavía resuena entre nosotros. El anuncio pascual es un anuncio que renueva la esperanza en nuestros corazones: ¡no podemos rendirnos! Como cantamos en la Secuencia del Domingo de Pascua: «Lucharon vida y muerte en singular batalla / y muerto el que es la vida, triunfante se levanta». ¡Sí, queridos hermanos, el que ha triunfado está a nuestro lado! ¡Cristo ha vencido! ¡Ha vencido a la muerte! ¡Renovemos la esperanza de que la vida triunfará!

Nuestra fe en Cristo resucitado nos muestra que podemos superar este trágico momento. Nuestra esperanza nos da valor para levantarnos. La caridad nos urge a llorar con los que lloran y a dar una mano, sobre todo a los más necesitados, para que vuelvan a sonreír. Y la caridad nos urge a nosotros como obispos a despojarnos. No le tengan miedo al despojarse. Cada uno sabe de qué. Es posible superar la pandemia, es posible superar sus consecuencias. Pero sólo lo lograremos si estamos unidos. La Conferencia Episcopal debe ser una en este momento, porque el pueblo que sufre es uno.

Durante mi inolvidable visita a Brasil en el 13, al referirme a la historia de Nossa Senhora Aparecida, comenté que esa imagen que fue hallada rota, podría servir como símbolo de la realidad brasileña: «Lo que estaba separado recobra la unidad. […] En Aparecida, desde el principio, Dios nos da un mensaje de recomposición de lo que está separado, de reunión de lo que está dividido. Los muros, barrancos y distancias, que también hoy existen, están destinados a desaparecer. La Iglesia no puede desatender esta lección: la Iglesia debe ser instrumento de reconciliación» (Discurso al Episcopado Brasileño, 27 julio 2013).

Y ser instrumento de reconciliación, ser instrumento de unidad. Y esta es la misión de la Iglesia en Brasil. ¡Hoy más que nunca! Y para ello, es necesario dejar de lado las divisiones, los desacuerdos. Es necesario encontrarnos en lo esencial. Con Cristo, por Cristo y en Cristo, para poder redescubrir «la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz» (Ef 4,3). Sólo así ustedes, como Pastores del Pueblo de Dios, podrán inspirar no sólo a los fieles católicos, sino también a otros cristianos, y a los demás hombres y mujeres de buena voluntad, en todos los niveles de la sociedad, incluso a nivel institucional y gubernamental, podrán inspirar a trabajar juntos para superar no sólo el coronavirus, sino también otro virus, que desde hace tiempo infecta a la humanidad: el virus de la indiferencia, que nace del egoísmo y genera injusticia social.

Queridos hermanos, el desafío es grande. Sin embargo, sabemos que el Señor camina con nosotros: «Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20), nos dice Él. Por eso, en la certeza de que «no nos dio un espíritu de timidez, sino de fortaleza, caridad y templanza» (2 Tim 1,7), «sacudámonos todo lastre y del pecado que nos asedia, y continuemos corriendo con perseverancia la carrera emprendida: fijos los ojos en Jesús» (cf. Hb 12, 1-2). ¡Siempre Jesús! Ahí está nuestra base, nuestra fuerza, nuestra unidad.

Pido al Señor resucitado que esta Asamblea General dé frutos de unidad y reconciliación para todo el pueblo brasileño, y en la Conferencia Episcopal. Unidad que no es uniformidad, pero que es armonía, esa unidad armónica que da solamente el Espíritu Santo. Imploro a Nossa Senhora Aparecida que ella, como Madre, les alcance a todos sus hijos la gracia de ser custodios del bien y de la vida de los demás, y promotores de fraternidad.

A cada uno de ustedes, queridos hermanos, hermanos Obispos, a los fieles que les han sido confiados y a todos los habitantes del Brasil, de corazón les doy mi bendición. Y, por favor, les pido que no se olviden de rezar por mí. O Senhor vos abençoe.

 



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