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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS OBISPOS DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE ZIMBABUE
EN VISITA "AD LIMINA APOSTOLORUM"

Lunes 2 de junio de 2014

 

Queridos hermanos en el episcopado:

«Paz a vosotros!» (Jn 20, 19). Os doy la bienvenida en vuestra peregrinación ad limina Apostolorum a las tumbas de los Apóstoles, por cuya intercesión estamos rezando aquí, mientras buscáis unidad y fuerza inspiradas en su vida entregada al servicio de Cristo y de su Iglesia. Agradezco a monseñor Bhasera sus cordiales palabras de saludo en nombre de los obispos y de todos los católicos de Zimbabue; que estos días de oración y de solidaridad entre sus pastores y el Sucesor de Pedro sean un tiempo fecundo de renovación espiritual.

Podemos alabar a Dios por el testimonio auténtico de la muerte y resurrección de Jesús ofrecida por la Iglesia en Zimbabue, que floreció al inicio de la historia cristiana en África meridional. Vuestros predecesores en el episcopado, junto con sus sacerdotes, religiosos y colaboradores laicos —muchos de ellos misioneros procedentes de países lejanos— entregaron su vida para que la fe pudiera arraigarse y prosperar en vuestra tierra. En todo Zimbabue las estaciones misioneras han crecido hasta convertirse en parroquias y diócesis. La Iglesia ha llegado a ser indígena, un árbol joven y fuerte en el jardín del Señor, lleno de vida y de frutos abundantes. Generaciones de zimbabuenses —entre los cuales muchos líderes políticos— fueron educados en escuelas de la Iglesia. Durante muchos decenios hospitales católicos se hicieron cargo de los enfermos, ofreciendo curación física y psicológica. Muchas vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa surgieron de vuestra tierra, y estas vocaciones continúan. Por todas estas gracias, y a pesar de los numerosos desafíos, nuestra oración de acción de gracias se eleva al Señor como un sacrificio vespertino.

La Iglesia en vuestro país estuvo al lado de su gente tanto antes como después de la independencia, también en estos años de inmenso sufrimiento en los cuales millones de personas han dejado el país por la frustración y la desesperación, donde muchas vidas se han perdido y muchas lágrimas se han derramado. En el ejercicio de vuestro ministerio profético, habéis ofrecido una voz firme a todas las personas en dificultad en vuestro país, especialmente a los oprimidos y a los refugiados. Pienso en especial en vuestra Carta pastoral de 2007, Dios escucha el grito de los oprimidos: «El pueblo que sufre en Zimbabue está gimiendo en agonía: “centinela, ¿cuánto queda de la noche?”». En la misma habéis mostrado cómo la crisis es espiritual y al mismo tiempo moral, extendiéndose desde los tiempos coloniales al presente, y cómo las «estructuras de pecado» introducidas en el orden social están, en último término, radicadas en el pecado personal, exigiendo de todos una profunda conversión personal y un sentido moral renovado iluminado por el Evangelio.

Los cristianos están presentes en todos los ámbitos del conflicto en Zimbabue, y, por lo tanto, os exhorto a guiar a todos con gran ternura hacia la unidad y la sanación: se trata de un pueblo, tanto negro como blanco, algunos más ricos, pero en la gran mayoría más pobres, de numerosas tribus; los seguidores de Cristo pertenecen a todos los partidos políticos, algunos en posiciones de autoridad, muchos no. Pero juntos, como único pueblo peregrino de Dios, necesitan conversión y sanación para llegar a ser cada vez más plenamente «un solo cuerpo, un solo espíritu en Cristo» (cf. Ef 4, 4). Que a través de la predicación y las obras de apostolado, vuestras Iglesias locales puedan demostrar que la «reconciliación no es un acto aislado sino un largo proceso gracias al cual cada uno se ve restablecido en el amor, un amor que sana por la acción de la Palabra de Dios» (Africae munus, n. 34).

Mientras que la fidelidad de los zimbabuenses es ya un bálsamo sobre algunas de estas heridas nacionales, sé que muchas personas han superado los propios límites humanos y no saben a qué parte volcarse. En medio de todo esto, os pido que alentéis a los fieles a no perder nunca de vista los modos con los cuales Dios escucha sus súplicas y responde a sus oraciones, porque, como habéis escrito, no puede no escuchar el grito de los pobres. En este tiempo de Pascua, mientras la Iglesia en todo el mundo celebra la victoria de Cristo sobre el poder del pecado y la muerte, el Evangelio de la resurrección, cuya proclamación os ha sido encomendada, debe ser predicado y vivido de modo claro en Zimbabue. No olvidemos nunca la lección de la resurrección: «En un campo arrasado vuelve a aparecer la vida, tozuda e invencible. Habrá muchas cosas negras, pero el bien siempre tiende a volver a brotar y a difundirse. Cada día en el mundo renace la belleza, que resucita transformada a través de las tormentas de la historia» (Evangelii gaudium, n. 276).

Proclamad sin miedo este Evangelio de esperanza, llevando el mensaje del Señor a la incertidumbre de nuestro tiempo, predicando incansablemente el perdón y la misericordia de Dios. Seguid alentando a los fieles a renovar su encuentro personal con el Señor Resucitado y a volver a los sacramentos, especialmente a la Reconciliación y la Santa Eucaristía, fuente y culmen de nuestra vida cristiana.

Como pastores del rebaño siempre dócil al Espíritu Santo (cf. Hch 20, 28), colaborad estrechamente para promover la unidad con vuestros sacerdotes, buscando eliminar toda forma de disenso y de interés personal. Os aliento a seguir discerniendo vocaciones al sacerdocio: hombres que una vez formados, con el corazón grande de pastores y padres, saldrán a buscar a su pueblo en todas las partes del país. Acompañad atentamente a vuestros sacerdotes recién ordenados, a fin de que lleven una vida recta y justa. Exhortadles a seguir predicando y viviendo —en todo momento oportuno y no oportuno— los valores evangélicos de la verdad y de la integridad, y la belleza de una vida vivida en la fe, en el amor a Dios y en el generoso servicio al prójimo, en la esperanza profética de justicia para el país.

El futuro de la Iglesia en Zimbabue y en África en su conjunto depende ampliamente de la formación de los fieles (cf. Ecclesia in Africa, n. 75). Además de sacerdotes santos, la Iglesia necesita catequistas celosos, bien formados, que trabajen con el clero y los laicos, a fin de que lo que ella cree se refleje en el modo en el que su pueblo vive en la sociedad. Sostened a los numerosos religiosos y religiosas que santifican el país con corazón indiviso en el amor a Dios y a su pueblo. Mostrad especial solicitud por la preparación y la guía clara de los jóvenes católicos que desean el matrimonio cristiano, abriéndoles a la riqueza de las enseñanzas morales de la Iglesia sobre la vida y sobre el amor, ayudándoles de este modo a encontrar la verdad auténtica en la libertad como madres y padres.

Queridos hermanos obispos, en estos días, en los que vosotros y toda la Iglesia en Zimbabue os renováis en la alegría pascual del Señor Resucitado, rezo para que volváis a casa fortalecidos en la comunión fraterna. Que podáis marcharos de este encuentro con el Sucesor de Pedro más resueltos a dar todo al servicio de la Palabra, a fin de que los católicos en Zimbabue sean cada vez más sal de la tierra africana y luz del mundo. Os encomiendo a vosotros, juntamente con el clero, los religiosos y los fieles laicos de vuestras diócesis, a la intercesión de María, Reina de África y Madre de la Iglesia, y a todos imparto de corazón mi bendición apostólica como prenda de esperanza y de alegría en el Señor.



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