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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 8 de julio de 1987

 

Jesucristo: Hijo íntimamente unido al Padre

1. “Abbá-Padre mío”: Todo lo que hemos dicho en la catequesis anterior, nos permite penetrar más profundamente en la única y excepcional relación del hijo con el Padre, que encuentra su expresión en los Evangelios, tanto en los Sinópticos como en San Juan, y en todo el Nuevo Testamento. Si en el Evangelio de Juan son más numerosos los pasajes que ponen de relieve esta relación (podríamos decir “en primera persona”), en los Sinópticos (Mt y Lc) se encuentra, sin embargo, la frase que parece contener la clave de esta cuestión: “Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11, 27 y Lc 10, 22).

El Hijo, pues, revela al Padre como Aquel que lo “conoce” y lo ha mandado como Hijo para “hablar” a los hombres por medio suyo (cf. Heb 1, 2) de forma nueva y definitiva. Más aún: precisamente este Hijo unigénito el Padre “lo ha dado” a los hombres para la salvación del mundo, con el fin de que el hombre alcance la vida eterna en Él y por medio de Él (cf. Jn 3, 16).

2. Muchas veces, pero especialmente durante la última Cena, Jesús insiste en dar a conocer a sus discípulos que está unido al Padre con un vínculo de pertenencia particular. “Todo lo mío es tuyo, y lo tuyo es mío”, dice en la oración sacerdotal, al despedirse de los Apóstoles para ir a su pasión. Y entonces pide la unidad para sus discípulos, actuales y futuros, con palabras que ponen de relieve la relación de esa unión y “comunión” con la que existe sólo entre el Padre y el Hijo. En efecto, pide: “Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mi y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros y el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, a fin de que sean uno como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno y conozca el mundo que tú me enviaste y amaste a éstos como me amaste a mí” (Jn 17, 21-23).

3. Al rezar por la unidad de sus discípulos y testigos, al revelar Jesús al mismo tiempo qué unidad, qué “comunión” existe entre Él y el Padre: el Padre está “en el” Hijo y el Hijo “en el” Padre. Esta particular “inmanencia”, la compenetración recíproca —expresión de la comunión de las personas— revela la medida de la recíproca pertenencia y la intimidad de la recíproca realización del Padre y del Hijo. Jesús la explica cuando afirma: “Todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío” (Jn 17, 10). Es una relación de posesión recíproca en la unidad de esencia, y al mismo tiempo es una relación de don. De hecho dice Jesús: “Ahora saben que todo cuanto me diste viene de ti” (Jn 17, 7).

4. Se pueden captar en el Evangelio de Juan los indicios de la atención, del asombro y del recogimiento con que los Apóstoles escucharon estas palabras de Jesús en el Cenáculo de Jerusalén, la víspera de los sucesos pascuales. Pero la verdad de la oración sacerdotal de algún modo ya se había expresado públicamente con anterioridad el día de la solemnidad de la dedicación del templo. Al desafío de los que se habían congregado: “Si eres el Mesías, dínoslo claramente”, Jesús responde: “Os lo dije y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ésas dan testimonio de mi”. Y a continuación afirma Jesús que los que lo escuchan y creen en Él, pertenecen a su rebaño en virtud de un don del Padre: “Mis ovejas oyen mi voz y yo las conozco... Lo que mi Padre me dio es mejor que todo, y nadie podrá arrebatar nada de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos una sola cosa” (Jn 10, 24-30).

5. La reacción de los adversarios en este caso es violenta: “De nuevo los judíos trajeron piedras para apedrearlo”. Jesús les pregunta por qué obras provenientes del Padre y realizadas por Él lo quieren apedrear, y ellos responden: “Por la blasfemia, porque tú, siendo hombre, te haces Dios”. La respuesta de Jesús es inequívoca: “Si no hago las obras de mi Padre no me creáis; pero si las hago, ya que no me creéis a mí, creed a la obras, para que sepáis y conozcáis que el Padre está en mí y yo en el Padre” (cf. Jn 10, 31-38).

6. Tengamos bien en cuenta el significado de este punto crucial de la vida y de la revelación de Cristo. La verdad sobre el particular vínculo, la particular unidad que existe entre el Hijo y el Padre, encuentra la oposición de los judíos: Si tú eres el Hijo en el sentido que se deduce de tus palabras, entonces tú, siendo hombre, te haces Dios. En tal caso profieres la mayor blasfemia. Por lo tanto, los que lo escuchaban comprendieron el sentido de las palabras de Jesús de Nazaret: como Hijo, Él es “Dios de Dios” —“de la misma naturaleza que el Padre”—, pero precisamente por eso no las aceptaron, sino que las rechazaron de la forma más absoluta, con toda firmeza. Aunque en el conflicto de ese momento no se llega a apedrearlo (cf. Jn 10, 39); sin embargo, al día siguiente de la oración sacerdotal en el Cenáculo, Jesús será sometido a muerte en la cruz. Y los judíos presentes gritarán: “Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz” (Mt 27, 40), y comentarán con escarnio: “Ha puesto su confianza en Dios; que Él lo libre ahora, si es que lo quiere, puesto que ha dicho: soy el Hijo de Dios” (Mt 27, 42-43).

7. También en la hora del Calvario Jesús afirma la unidad con el Padre. Como leemos en la Carta a los Hebreos: “Y aunque era Hijo, aprendió por sus padecimientos la obediencia” (Heb 5, 8). Pero esta “obediencia hasta la muerte” (cf. Flp 2, 8) era la ulterior y definitiva expresión de la intimidad de la unión con el Padre. En efecto, según el texto de Marcos, durante a agonía en la cruz, “Jesús... gritó: ‘!Eloí, Eloí, lamá sabactáni?’, que quiere decir: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34). Este grito —aunque las palabras manifiestan el sentido del abandono probado en su psicología de hombre sufriente por nosotros— era la expresión de la más intima unión del Hijo con el Padre en el cumplimiento de su mandato: “He llevado a cabo la obra que me encomendaste realizar” (cf. Jn 17, 4). En este momento la unidad del Hijo con el Padre se manifestó con una definitiva profundidad divino-humana en el misterio de la redención del mundo.

8. También en el Cenáculo Jesús dice a los Apóstoles: “Nadie viene al Padre sino por mí. Si me habéis conocido, conoceréis también a mi Padre... Felipe, le dijo: Señor, muéstranos al Padre y nos basta. Jesús le dijo: Felipe, ¿tanto tiempo ha que estoy con vosotros y aún no me habéis conocido? El que me ha visto (ve) a mí ha visto (ve) al Padre... ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí?” (Jn 14, 6-10).

“Quien me ve a mí, ve al Padre”. El Nuevo Testamento está todo plagado de la luz de esta verdad evangélica. El Hijo es “irradiación de su (del Padre) gloria", e “impronta de su substancia” (Heb 1, 3). Es “imagen del Dios invisible” (Col 1, 15). Es la epifanía de Dios. Cuando se hizo hombre, asumiendo “la condición de siervo” y “haciéndose obediente hasta la muerte” (cf. Flp 2, 7-8), al mismo tiempo se hizo para todos los que lo escucharon “el camino”: el camino al Padre, con el que es “la verdad y la vida” (Jn 14, 6).

En la fatigosa subida para conformarse a la imagen de Cristo, los que creen en Él, como dice San Pablo, “se revisten del hombre nuevo...”, y “se renuevan sin cesar, para lograr el perfecto conocimiento de Dios” (cf. Col 3, 10), según la imagen del Aquél que es “modelo”. Este es el sólido fundamento de la esperanza cristiana.


Saludos

Deseo ahora dar mi más cordial bienvenida a todas las personas, familias y grupos procedentes de los diversos países de América Latina y de España. En particular, me es grato saludar a los clérigos de San Viator, a las Religiosas de María Inmaculada, a las Religiosas Misioneras del Pilar y al grupo de seminaristas de Alicante. Os exhorto a una generosa entrega a Dios y a la Iglesia.

Saludo igualmente a la peregrinación de “E1 Magisterio Español”. A todos vosotros como maestros y maestras católicos, así como a vuestros colegas de España, os aliento a un renovado empeño para que vuestra labor educadora manifieste siempre los valores cristianos en las escuelas para bien de los niños y jóvenes españoles.

Finalmente, deseo saludar con afecto a los peregrinos de México, de Argentina y a las numerosas peregrinaciones parroquiales y escolares aquí presentes.

A todos imparto la bendición apostólica.



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