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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA FEDERAL DE NIGERIA
ANTE LA SANTA SEDE
*

Lunes 7 de enero de 1985

 

Señor Embajador:

Me complazco en recibir de Su Excelencia las Cartas que le acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República Federal de Nigeria. Le doy una bienvenida cordial y le agradezco el saludo que me ha transmitido de su Presidente, el Mayor General Muhammadu Buhari. A mi vez le expreso mis buenos deseos y manifiesto al mismo tiempo mi alto aprecio de todos los ciudadanos de su Nación.

Le agradezco su alusión a mi visita pastoral a su País. Para mí fue ocasión de alegría, y todavía recuerdo vivamente la amable hospitalidad que se me brindó durante mi estancia entre ustedes. En dicha circunstancia, tuve la oportunidad de manifestar mi aprecio de los varios modos con que el pueblo nigeriano ha contribuido, desde la independencia, al progreso dentro de la Nación, a la edificación de un continente africano más unificado y a los esfuerzos internacionales encaminados a instaurar un mundo más en paz.

Como usted lo ha hecho notar, estas realizaciones no se han conseguido sin sacrificio, esfuerzo y a veces hasta con sufrimientos. Hoy mismo, para llegar a un orden económico estable y mantener un nivel alto de moralidad pública, se requiere energía continua y un liderazgo creativo por parte de los miembros del Gobierno.

También se ha referido usted a la óptica de esperanza que aporta la Santa Sede a los pobres y oprimidos del mundo. Cumpliendo la misión que le confiara Jesucristo, tanto a nivel universal como local, la Iglesia Católica se identifica con los indigentes de la sociedad y en su defensa levanta la voz en favor de la causa de la dignidad humana. A este respecto, la Santa Sede pone interés particular en cada uno de los aspectos del bien de la persona humana, especialmente allí donde se sufre y en situaciones en que se niegan los Derechos Humanos.

Por esta razón me complace mucho oírle reafirmar el empeño de su País por conseguir la justicia y la paz. A este esfuerzo el pueblo nigeriano aporta una gran reverencia a Dios y respeto de los valores espirituales. Por tanto, su aportación es muy valiosa para establecer un orden mundial más armónico.

Excelencia: su presencia aquí hoy es símbolo de la relación de amistad existente entre Nigeria y la Santa Sede. Confío en que el tiempo de su misión será provechoso; tenga la seguridad de que recibirá plena cooperación por parte de la Santa Sede en el desempeño de la misma. Para usted y el querido País a quien representa, pido al Todopoderoso derrame abundantes bendiciones.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n. 2, p.11.

 



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