VISITA PASTORAL
SANTA MISA
HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
Parroquia "S. Maria della Presentazione" (Roma)
III domingo de Cuaresma, 8 de marzo de 2026
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¡Queridos hermanos y hermanas!
Me alegra estar con ustedes en este tercer domingo de Cuaresma. Es una etapa importante en nuestro seguimiento de Jesús, hasta su Pascua de pasión, muerte y resurrección.
En este itinerario se entrelazan profundamente la cercanía de Dios y nuestra vida de fe: renovando en cada uno la gracia del Bautismo, el Señor nos llama a convertirnos, precisamente mientras purifica nuestro corazón con su amor y con las obras de caridad que nos propone realizar. A este respecto, el encuentro entre Jesús y la mujer samaritana nos involucra con gran intensidad. El Evangelio de hoy, de hecho, además de hablarnos, habla de nosotros y nos ayuda a revisar nuestra relación con Dios.
La sed de vida y de amor de la samaritana es nuestra sed: la de la Iglesia y de toda la humanidad, herida por el pecado, pero aún más íntimamente habitada por el deseo de Dios. Lo buscamos como el agua, incluso cuando no nos damos cuenta, cada vez que nos preguntamos el sentido de los acontecimientos, cada vez que sentimos cuánto nos falta el bien que queremos para nosotros y para quienes nos rodean.
En esta búsqueda, nos encontramos con Jesús. Él ya está allí, junto al pozo, donde la samaritana lo encuentra solo, bajo el sol del mediodía, cansado del viaje. La mujer va al pozo a esa hora inusual, tal vez para evitar las miradas cargadas de prejuicios de las otras mujeres. Jesús lee en su corazón el motivo de esta marginación: sus matrimonios fallidos y su actual convivencia la hacen indigna acompañarse a las hijas, esposas y madres del pueblo. Sin embargo, Jesús se sienta junto al pozo como esperándola. Este sorprendente encuentro es una de las formas en que, como le gustaba repetir al papa Francisco, Cristo revela al Dios de las sorpresas: las más hermosas, las que cambian la vida, dondequiera que la encuentren y sea cual sea la forma en que se presente ante el Señor.
Este hombre ama a la samaritana como nadie lo había hecho antes. Mientras ella buscaba el agua de cada día, Él quiere darle una nueva, viva, capaz de saciar toda sed y calmar toda inquietud, porque esta agua brota del corazón de Dios, plenitud inagotable de toda espera.
La iniciativa de Jesús inaugura así la búsqueda de un bien mayor que el agua misma: «Si conocieras el don de Dios», le dice el Señor a la mujer. No se trata de una reprimenda, sino de una promesa: «Estoy aquí para darte a conocer a Dios, que se entrega como don para ti». Sí, precisamente para ti, que no lo conocías, que te considerabas lejana y condenada. Este don te transformará: te convertirás tú misma en fuente que brota para la vida eterna. A cambio de la sed anterior, llena de amargura y aridez espiritual, el Hijo de Dios ofrece como don una vida renovada por el agua que brota de la misericordia del Padre. Todo se transforma en el encuentro con el Señor: la mujer sedienta se convierte en fuente, la excluida se convierte en confidente. La mujer llena de vergüenza ahora está llena de alegría; la que permanecía en silencio en el pueblo se convierte en misionera para todos sus habitantes.
Nunca hubiera imaginado que precisamente ella, tan desorientada y derrotada por la vida, podría un día saborear el agua fresca, puro don de Dios, convirtiéndose a su vez en un don para los demás. ¿Cómo sucede esto? Al encontrarse con Jesús, al dialogar con Él, Verbo vivo de Dios hecho hombre para nuestra salvación.
El relato evangélico muestra con precisión el camino de crecimiento de la mujer, que poco a poco reconoce las características fundamentales de la identidad de Jesús: hombre, profeta, Mesías y Salvador. Al estar junto a Él y disfrutar de su compañía, la samaritana se convierte a su vez en fuente de verdad. El agua nueva del don de Dios ha comenzado a brotar en su corazón, y ella se siente inmediatamente impulsada a correr de regreso a su pueblo, finalmente libre de la vergüenza y deseosa de dar a conocer a todos a su Libertador, Jesús, Aquel que ha permitido toda esa maravilla. Corre precisamente hacia quienes antes la condenaban, mientras que Dios la ha perdonado, y cuenta, anuncia, da testimonio. La necesidad de agua, que la había empujado a ir al pozo, da ahora paso al deseo de comunicar la novedad abrumadora que la ha transformado.
Queridos hermanos, con el Bautismo todos hemos recibido la gracia de un agua nueva, que lava toda culpa y sacia toda sed. Al igual que a la mujer samaritana, así también hoy, en Cuaresma, se nos da un tiempo para redescubrir el don de este Sacramento que, como una puerta, nos ha introducido en la fe y en la vida cristiana. Como buen Pastor y solícito, el Señor nos espera y nos acompaña siempre, allí donde vivimos y tal como somos. Cura con misericordia nuestras heridas y se entrega a nosotros, haciéndonos capaces de convertirnos a nuestra vez en un don para nuestros hermanos.
Sé bien que su comunidad parroquial habita un territorio con diversos desafíos. No faltan situaciones de marginación que preocupan, pobreza material y moral. También los adolescentes y los jóvenes corren el riesgo de crecer engañados por vendedores de muerte o desilusionados con el futuro. Muchos esperan una casa, un trabajo que les asegure una vida digna, ambientes seguros donde poder encontrarse, jugar, proyectar juntos algo hermoso.
Como en el pozo del Evangelio, a esta parroquia llegan hombres y mujeres heridos en el alma, ofendidos en su dignidad y sedientos de esperanza. A ustedes les corresponde la tarea, urgente y liberadora, de mostrar la cercanía de Jesús, su voluntad de redimir nuestra existencia de los males que la amenazan con una propuesta de vida justa, verdadera y plena. Partiendo de la Eucaristía, corazón palpitante de toda comunidad cristiana, los animo a hacer que las actividades parroquiales sean signo de una Iglesia que, como una madre, cuida de sus hijos, sin condenarlos, sino acogiéndolos, escuchándolos y apoyándolos ante el peligro. Que la palabra del Evangelio, que brota en nosotros como fuente de verdad, ayude a cada uno a abrir los ojos para saber evaluar con sabiduría lo que es bueno y lo que es malo, formando así conciencias libres y adultas.
Queridos hermanos y hermanas, ¡sigan adelante con confianza! En cada situación, el Señor camina con nosotros y nos sostiene en el camino. Que la Santísima Virgen acompañe siempre sus pasos en la fe y les conceda la alegría de ser anunciadores humildes y valientes de su Evangelio.
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Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, 8 de marzo de 2026
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