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VISITA PASTORAL DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
A LAMPEDUSA

SANTA MISA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE

Campo deportivo “Arena”, Salina
Sábado, 4 de julio de 2026

[Multimedia]

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Queridos hermanos y hermanas:

Dios siempre es el primero en amarnos. La belleza del mar, de esta isla y de sus rostros es un reflejo de esa iniciativa gratuita: el amor nos precede, nos rodea y nos reúne. Estoy agradecido al Señor por poder visitarles, siguiendo las huellas del Papa Francisco, que el 8 de julio de 2013 quiso venir a Lampedusa en su primer viaje como Sucesor de Pedro.

Los apóstoles, como saben, navegaron por el Mediterráneo y experimentaron la hospitalidad de los habitantes de sus islas y de sus costas, encrucijada de civilización desde hace milenios. El Evangelio resuena donde los pueblos se encuentran, las personas son acogidas, sus vidas se entrecruzan, las diversas culturas se ponen en diálogo. Se silencia, sin embargo, donde cada uno hace de sí mismo una isla, donde se evita el contacto y el intercambio se interrumpe. En este sentido, la parábola del buen samaritano, que se acaba de proclamar, describe una historia que continúa (cf. Lc 10,25–37) y la Encíclica Fratelli tutti nos ha ayudado a releerla en las dramáticas circunstancias históricas en las que todavía estamos inmersos. La Palabra de Dios es siempre actual y nos lleva a una conversación de la cual salir transfigurados. ¿Cómo responderemos, pues, al amor de quien nos ha amado primero?

Queridos amigos, hoy Lampedusa y Linosa se encuentran en un camino peligroso, como el que bajaba de Jerusalén a Jericó (cf. v. 30). Aquí no sólo han visto uno, sino a miles de seres humanos caídos en las manos de bandidos que los despojan de todo, los apalean y se van, dejándolos medio muertos (cf. Lc 10,30). El mar se ha quedado con los otros, aquellos que no han conseguido llegar a donde esperaban. Sin embargo, sentimos su presencia, que nos interpela tanto como la de aquellos que han desembarcado, necesitados de atención y ayuda. Antes de cualquier otra consideración intelectual o convicción ideológica, el impacto con quien yace delante de nosotros, despojado de todo, llama a la proximidad. La Carta a los Hebreos nos ha dicho «Acuérdense […] de los maltratados, como si estuvieran en sus cuerpos» (Hb 13,3). ¡Es el centro de la parábola evangélica: nos hacemos próximos, nos volvemos prójimos (cf. Lc 10,36-37)!

He venido a agradecerles, hermanos y hermanas de Lampedusa, por la proximidad que muchos entre ustedes han decidido ejercitar. Ha sucedido una vez más el milagro de la compasión —«al verlo, se conmovió» (v. 33)— una revolución interior que hace brotar en nosotros el “sentir” de Dios y ensancha los pensamientos, el corazón y la vida. Doy las gracias a los voluntarios, a las asociaciones reunidas en el “Forum Lampedusa Solidario”, a las instituciones civiles, a la Guardia Costera, a los alcaldes y a las administraciones que se han sucedido en el tiempo; gracias a los diáconos, a los sacerdotes, a las religiosas, a los médicos, a los psicólogos, a los educadores; gracias a las fuerzas de seguridad y a todos aquellos que, con o sin el don de la fe, han decidido amar juntos. Sí, porque entre ustedes se organiza el amor, aquel amor del cual la compasión, que ve al hermano en el mar, es como el primer estremecimiento, la llamada profunda a atreverse a aquello que nunca se hubiese pensado. Saludo a las personas migrantes que están aquí: ellas mismas no han simplemente recibido, sino que muchas veces han ejercitado la solidaridad en su viaje, como pobres que ayudan a los más pobres. Gracias, hermanos y hermanas, porque no hay nada que se pueda dar por sentado en su gesto de hacerse prójimos, nada que sea automático.

La parábola nos lo relata: el amor está siempre en la libertad y la libertad está en las decisiones. Hay también quien elige no hacerse prójimo y quien decide no decidir. Los muertos en este mar son víctimas ya sea de decisiones tomadas o de decisiones omitidas. El desinterés por el bien común y la corrupción en los lugares de proveniencia, un sistema económico mundial que genera pobreza y exclusión, el miedo que fomenta prejuicios y desprecio, el pensamiento de que estos problemas no nos competen, los cálculos criminales de quien se lucra a costa del drama de otros, el paso lento y difícil de una mera gestión de las emergencias a la elaboración de políticas orgánicas y compartidas: todo esto reproduce, hoy, el apresurado “pasar de largo” (cf. vv. 31.32) del relato evangélico.

En la parábola, un sacerdote se encuentra allí «por casualidad» (v. 31) y, después de él, un levita. Los dos ven, pero pasan de largo. Desgraciadamente, nunca falta quien teme contaminarse por entrar en contacto con los demás, negando así —incluso ante el sufrimiento y la muerte— el origen común en Dios, la infinita dignidad de cada ser humano y la llamada al amor sin límites. Es tiempo de reconocer y afirmar que la pertenencia religiosa no debe convertirse jamás en motivo de discriminación, como si la fe tuviera límites y no fuera, en cambio, llamada universal a la salvación. Donde existían muros de separación, Cristo los ha derribado (cf. Ef 2,14). No hay amor de Dios sin amor al prójimo y no hay prójimo si yo no me acerco. Detenerse, conmoverse, abajarse, llorar ante el dolor de otros —como ha hecho Jesús— significa entrar en el movimiento del amor, en el que Dios se ha revelado.

Queridos amigos, quien se deja llevar por esta dinámica de compasión, de misericordia, comienza a vivir de un modo diverso, a ser ciudadano de un modo diverso, a trabajar de un modo diverso. Entonces puede surgir verdaderamente la civilización del amor, propuesta por mis santos predecesores Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II. Junto con un gran número de profetas y mártires del siglo pasado, ellos comprendieron que a los abismos del corazón humano y a los horrores de la guerra, únicamente sabe responder la misericordia mediante nuevos comienzos. Ahora, sobre los hombros de estos gigantes, hemos entrado en un milenio en el cual dar forma espiritual, cultural, jurídica, política y económica a la civilización del amor. Que la inmensidad del dolor que observamos nos haga acoger la radicalidad de esta llamada.

Al igual que el samaritano podemos cambiar programa y dirección. Tenemos más recursos y oportunidades que el samaritano para dar concreción histórica a la esperanza. Él «se acercó y le vendó sus heridas, curándolas con aceite y vino. Después lo cargó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un albergue y se quedó cuidándolo» (Lc 10,34). También nosotros tenemos que reconocer que «la civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de una suma de fidelidades pequeñas y tenaces, que hacen frente a la deshumanización» (Carta enc. Magnifica Humanitas, 213). De esto, amigos de Lampedusa, ¡ustedes son testigos! Aquí, al confrontarse con ustedes, se entiende mejor nuestro tiempo y cada uno puede verificar la dirección de la propia vida. «Claro, no todos tienen el mismo poder de influir sobre la realidad […]. Sin embargo, nadie está exento de responsabilidad. Cada uno dispone de un ámbito propio de acción, y ahí —no en otro lugar— está llamado a elegir si alimenta la lógica de la fuerza —aunque sea sólo con indiferencia, cinismo, mentira y odio—; o si promueve la lógica de la paz —con verdad, sobriedad, cercanía y cuidado—» (ibíd., 212).

Por ello, desde este borde de Europa en el Mar Mediterráneo, se ve mejor el llamado más que trascendental a que el fenómeno migratorio dirige a la sociedad europea. Tanto por este aspecto –como por lo que se refiere a la transición ecológica y de la promoción de la paz– Europa posee un potencial único, que deriva de su historia y de su cultura y, por eso mismo, una equivalente responsabilidad. Por su posición geográfica y por su estructura institucional, Europa tiene la capacidad —en esta área— de afrontar la crisis de modo orgánico, insertando los primeros auxilios en un plan estratégico de larga duración, que sea capaz de acoger, proteger, promover e integrar a los migrantes y, al mismo tiempo, trabajar por el desarrollo, de tal forma que nadie se vea obligado a emigrar. Todo esto velando por el respeto de la dignidad de cada persona. Es un deber de las instituciones públicas, pero también de toda la sociedad civil y de la Iglesia.

Hermanas y hermanos, como decía recientemente en Tenerife, durante el viaje apostólico a España, también en Lampedusa la cultura de la acogida tiene una vocación turística que, por desgracia, puede sentirse amenazada por las rutas migratorias y desarrollarse en la indiferencia o incluso en contraposición a sus aspectos más dramáticos. Para muchos, de hecho, las vacaciones solamente implican distracción, ligereza, despreocupación. Incluso parece que se deba elevar un muro invisible entre el mar de los náufragos y el de los veraneantes. Tengan la audacia de pensar de modo diferente. Poco a poco, con creatividad, conseguirán que todo aquel que venga a pasar un período, incluso de descanso en esta isla, pueda volverse más humano al medirse con la caridad de ustedes, con aquello que el mar les ha enseñado y con los encuentros que los han educado. Hay auténtico descanso allí donde se reencuentra el sentido de la vida; hay verdadero bienestar cuando la economía es justa y fraterna. En esta economía, el cuidado de la creación y la amistad social se unen en una síntesis que la humanidad busca hoy.

La primera lectura nos ha recordado que practicando la hospitalidad, «algunos sin saberlo hospedaron a ángeles» (Heb 13,2). Sean pues, en lo pequeño, profecía de aquello que podemos alcanzar juntos a gran escala. Los primeros beneficiados serán ustedes y sus familias, superando las divisiones y las divergencias que solo la caridad puede disolver. Que la parroquia, en particular, sea una comunidad en la que, como en la escuela del Evangelio, se aprenda conjuntamente a acoger, acompañar e integrar, en un estilo de comunión.

Tenemos aquí junto al altar la imagen de la Virgen de Porto Salvo, patrona de Lampedusa. Tal vez ustedes sepan que a san Agustín le gustaba describir la vida humana como navegación por un mar en tempestad y su destino como un puerto firme y seguro. No nos dejemos vencer por el miedo, sino consideremos las dificultades cotidianas como un tiempo de oportunidad y testimonio. Que su fe, queridos amigos, sea intensificada por estos años de prueba y de compromiso generoso. Que esta venerada imagen vuelva a hablarles con la fuerza de un tiempo en el que, cuantos les han transmitido la devoción, se confiaban a la intercesión de la Virgen con radical sinceridad. Todos tenemos en Dios un puerto seguro, del cual cada comunidad cristiana está llamada a ser un reflejo en la tierra. Y a ustedes, comunidad de Lampedusa y Linosa, que no les falte nunca el respiro de la fe, de la esperanza y de la caridad: “O’scià!” [Saludo típico de Lampedusa].