VIDEOMENSAJE DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
A LOS PARTICIPANTES EN EL ENCUENTRO INTERNACIONAL
"PAZ DESARMADA Y DESARMANTE"
Asís, 27 de octubre de 2026
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Queridos hermanos y hermanas:
Se encuentran en Asís cuarenta años después de la Jornada de Oración por la Paz del 27 de octubre de 1986. Ese evento fue una iniciativa de san Juan Pablo II que destacó, en tal circunstancia, el vínculo intrínseco que une una auténtica actitud religiosa con la viva sensibilidad por la paz.
Dirijo mi saludo más cordial a los Patriarcas y a los Líderes religiosos, muchos de los cuales, a lo largo de los años, participaron activamente en las diversas jornadas de oración y de diálogo que se sucedieron. Saludo con afecto a Mons. Felice Accrocca, Pastor de la Iglesia en Asís, a las familias franciscanas y a cuantos están allí reunidos. Hubiera querido estar con ustedes, junto a la tumba de san Francisco, en este importante aniversario, para ver sus rostros y dar juntos un hermoso testimonio: ¡vivir como hermanos y hermanas ya es posible!
Agradezco al Dicasterio para el Diálogo Interreligioso y a la Comunidad de Sant’Egidio por haber continuado con esfuerzo esta senda trazada por mis Predecesores. Me consuela el largo y fiel camino realizado durante estos años, que ha sido muy fructífero. El Papa Francisco, respecto a esa inolvidable Jornada de octubre de 1986, dijo: «No debía y no podía permanecer un acontecimiento aislado. Vosotros habéis continuado ese camino y habéis acrecentado el impulso». [1]
Juan Pablo II, después de aquel primer encuentro histórico, invitó a “seguir viviendo el espíritu de Asís”. [2] Era, entonces, el tiempo de la “guerra fría”, un escenario muy diferente del actual. Después de 1989, no pocos sostuvieron que la globalización habría asegurado al mundo una paz estable. Lamentablemente, como escribí en Magnifica humanitas, «se confió casi ciegamente a los mercados la capacidad de producir bienestar, democracia y estabilidad, mientras que, en realidad, la globalización no ha generado automáticamente unidad y paz, sino que ha suscitado reacciones fundamentalistas, identitarias y nacionalistas» ( n. 201).
En este contexto, tiene lugar «una preocupante rehabilitación de la guerra como instrumento de política internacional» (ibíd., 190). Traicionando así la memoria del siglo XX y la inútil matanza de millones de vidas humanas, una vez más —como se lee en el Catecismo de la Iglesia Católica— «la acumulación de armas es para muchos como una manera paradójica de apartar de la guerra a posibles adversarios. Ven en ella el más eficaz de los medios, para asegurar la paz entre las naciones» (N. 2315). Precisamente en estos tiempos de cultura del poder, es necesario fomentar el espíritu de Asís, que es el rechazo a la legitimación religiosa de la guerra, un espíritu de mediación y diálogo, una experiencia contemplativa y una acción creativa por un futuro de paz. Sí, porque la paz debe volver a ser el ideal común de los pueblos, la estrella que guía todas nuestras decisiones, el criterio que desenmascara la injusticia, el horizonte común de todas las personas.
¡Debemos reconstruir la paz en todas partes, no preparar más guerras! ¡La guerra nunca puede librarse en nombre de Dios! Para nosotros, los creyentes, «luchar en nombre de la religión significa, en realidad, golpear a la religión misma» (Magnifica humanitas, 223). No existe ninguna guerra santa: ¡solo la paz es santa!
Por eso, el camino iniciado en Asís en la búsqueda común de la paz es, ante todo, el camino de la oración. La oración puede parecer débil frente a los poderes del mundo, pero es la fuerza humilde de los creyentes. Nos dirigimos a Dios, dador de paz: que llegue al corazón de quienes desean la guerra y el terrorismo. Y no lo olvidemos: ¡nunca se reza en vano!
La oración es una escuela de diálogo con Dios, con las personas y con todas las criaturas. Pensemos en san Francisco, de quien hemos celebrado el octavo centenario de su muerte. El mundo necesita diálogo. El camino de Asís compromete a los líderes religiosos a fomentar un clima de diálogo entre los fieles y en la sociedad, para que el lenguaje de la arrogancia sea sustituido por el de la paz, la negociación y la comprensión. Esto podrá «alejar gradualmente a la humanidad de la espiral de la violencia» (ibíd., 221).
Hermanos y hermanas, ¡que nuestras oraciones obtengan de Dios la paz tan deseada para todos los países del mundo! Que Él haga de nosotros instrumentos desarmados de su paz. «Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9).
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[1] Francisco, Discurso a los participantes en el Encuentro Internacional por la Paz, 30 septiembre 2013.
[2] Cf. S. Juan Pablo II, Discurso a un grupo de representantes de las religiones no cristianas, 29 octubre 1986.
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