DISCURSO DEL PAPA LEÓN XIV
A LOS PARTICIPANTES EN LA CONVENCIÓN
“UNA HUMANIDAD, UN PLANETA”
Sala Clementina
Sábado, 31 de enero de 2026
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Queridos hermanos y hermanas:
Me alegra mucho encontrarme con jóvenes como ustedes, procedentes de todas partes del mundo, unidos en el compromiso político en busca del bien común. Las diferentes naciones, culturas y religiones a las que pertenecen no son para ustedes motivo de rivalidad, sino de colaboración y crecimiento según un estilo sinodal. Este método de escucha y discernimiento no es indiferente a los temas que tratan, sino que funciona como un prisma a través del cual observar el mundo. Como forma de comunión que nos une, la sinodalidad nos hace estar atentos al modo en que perciben la realidad quienes nos rodean, y no sólo a lo que observamos, ejercitándonos en componer visiones de conjunto que respeten la complejidad sin caer en la confusión y busquen la verdad sin temer la confrontación.
En este sentido, les agradezco las numerosas iniciativas en las que trabajan, especialmente el proyecto “Cuatro Sueños” de la Pontificia Comisión para América Latina, nacido de la intuición de Papa Francisco. En la Exhortación apostólica Querida Amazonia, él hacía la invitación a cultivar juntos los sueños eclesiales, ecológicos, sociales y culturales. ¡Cuán urgente es dedicar lo mejor de nuestra energía al cuidado de estos ámbitos, sobre todo en tiempos marcados por tantas injusticias, violencia y guerra! Hoy, su papel de líderes conlleva, por tanto, una responsabilidad cada vez mayor en favor de la paz: no solamente entre las naciones, sino allí donde viven, estudian y trabajan cada día. Si no promovemos la concordia en una universidad o en una oficina, entre partidos y asociaciones, ¿cómo podremos cuidarla en todo un país o entre continentes? Con corazón puro y mente clara, busquen siempre esta paz como un don, una alianza y una promesa.
Sí, la paz es sobre todo un don, porque la recibimos de quienes nos precedieron en la historia; es un bien por el que hay que dar gracias. La paz es una alianza que nos confiere un compromiso común: honrarla cuando existe y procurarla cuando falta. La paz, por último, es una promesa, porque sostiene nuestra esperanza en un mundo mejor y, como tal, es buscada por todas las personas de buena voluntad. La política desempeña aquí una función social insustituible; por eso los exhorto a cooperar cada vez más en el estudio de formas participativas que involucren a todos los ciudadanos, hombres y mujeres, en la vida institucional de los Estados. Sobre estas bases será posible construir esa fraternidad universal que ya se anuncia entre ustedes, jóvenes, como signo de un tiempo nuevo: su trabajo, de hecho, encuentra su máxima expresión cuando obra por una humanidad pacificada en la justicia.
Para alcanzar este fin, los invito a reflexionar sobre el hecho de que no habrá paz sin poner fin a la guerra que la humanidad libra contra sí misma cuando descarta a los débiles, cuando excluye a los pobres, cuando permanece indiferente ante los refugiados y los oprimidos. Sólo quien cuida de los más pequeños puede hacer cosas verdaderamente grandes. La madre Teresa de Calcuta, santa de los últimos y premio Nobel de la Paz, afirmaba al respecto que «el mayor destructor de la paz hoy en día es el aborto» (cf. Discurso en el Desayuno de Oración Nacional, 3 febrero 1994). Su voz sigue siendo profética: ninguna política puede ponerse al servicio de los pueblos si excluye de la vida a quienes están por venir al mundo, si no socorre a quienes se encuentran en la indigencia material y espiritual.
Ante los numerosos retos del presente, recobren valor, recordando que no están solos en la búsqueda de la fraternidad universal; el único Dios nos da la tierra como hogar común para todos los pueblos. El título de su Convención, “Una humanidad, un planeta”, merece por tanto completarse con “Un Dios”. Nuestras religiones, reconociendo en Él al Creador bondadoso, nos llaman a contribuir al progreso social, buscando siempre ese bien común que tiene como fundamento la justicia y la paz. Con esta certeza en el corazón, imparto la Bendición Apostólica a todos ustedes, jóvenes, a quienes los acompañan y a sus seres queridos. Gracias
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