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DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
A LOS PARTICIPANTES EN EL SIMPOSIO

DE LA "COMMUNIO INTERNATIONALIS BENEDICTINARUM"

Sala Clementina
Sábado, 12 de septiembre de 2026

[Multimedia]

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En el nombre del Padre, del Hijo

y del Espíritu Santo.
¡La paz esté con ustedes!

Mis queridas hermanas, y también algunos hermanos dispersos aquí y allá,

me complace mucho encontrarme con ustedes con motivo del Simposio de la Communio Internationalis Benedictinarum, que reúne a representantes del mundo monástico de todo el mundo.

Al saludar al moderador, tal vez usted mismo, mis pensamientos se dirigen de manera especial al abad primado, quien no ha podido estar presente debido a algunas obligaciones derivadas de sus responsabilidades como primado.

La labor que ustedes realizan es valiosa, pues desde hace veinticinco años continúa el camino de comunión y coordinación iniciado y promovido por el Papa León XIII para la Confederación Benedictina, y posteriormente impulsado por el Concilio Vaticano II en el Decreto Perfectae caritatis (cfr. los n.º 22-23)

Este camino común es tanto más importante cuanto que tiene como objetivo vivir y promover el carisma benedictino en todo el mundo a través de una sinodalidad espiritual especial que convierte la singularidad de cada persona en una riqueza para todos.

Al referirse a San Benito, el Papa Francisco destacó la importancia de, cito, un «corazón dilatado por la indecible dulzura del amor» (Discurso a los participantes en el V Congreso Mundial de los Oblatos Benedictinos, 15 de septiembre de 2023). El corazón, dijo, es portador de gracia, porque sus raíces son tan firmes que el árbol crece bien, resistiendo a la intemperie del tiempo y llevando los frutos sabrosos de Evangelio (véase Ibídem).

Yo también he visitado recientemente —he querido visitar y, de hecho, he visitado como peregrino— los monasterios de Subiaco y de Montecassino, y he orado en esos lugares que tienen un significado tan profundo para todo el pueblo de Dios y para nuestra historia. Al reflexionar sobre el silencio y la paz de esos santuarios y al verlos aquí hoy, no puedo dejar de alegrarme al observar que —como dice el Evangelio— de una pequeña semilla ha surgido un gran árbol (cf. Mt 13, 31-32). De hecho, una viña se ha extendido y “ha llenado la tierra” (Sal 80, 10), y ha dado muchos frutos porque, como solía decir mi venerable predecesor, está profundamente arraigada en el Señor (cf. Jn 15, 1-8).

Por lo tanto, como [monjes y] monjas de tantos países diferentes, los esfuerzos que están realizando para estar cada vez más profundamente arraigados en Cristo y para ser sus testigos vivos y orantes en todo el mundo, son un gran signo y un don profético. Esto es particularmente necesario en nuestra época, caracterizada por una sed de vida auténtica, de comunión y de paz.

A este respecto, san Pablo VI señaló a san Benito y a sus discípulos como aquellos que, a través de la oración, el estudio y el trabajo, «con la cruz, con el libro y con el arado» difundieron «la civilización y […] los valores espirituales» (Carta Apostólica Pacis nuntius, 24 de octubre de 1964). Así han construido entre diversos pueblos y naciones una “unidad que, como afirma san Agustín, es ‘ejemplar y tipo de belleza absoluta’” (Ibídem).

En ese sentido, pues, es verdaderamente loable que estén [comprometidos] comprometidas en un proyecto —en Roma y en otros lugares a través de medios digitales— para ofrecer nuevas oportunidades de formación dedicadas específicamente a las monjas benedictinas.

Mis queridas hermanas y hermanos, les agradezco por quienes son y por todo lo que hacen. Gracias por su oración, por su presencia humilde y silenciosa, por la ofrenda cotidiana y oculta de sus vidas y por la guía espiritual, la reflexión teológica y los valores comunitarios que viven e irradian. Los aliento a continuar con su compromiso consagrado a la comunión y les imparto a todos ustedes mi sincera bendición.

Oremos juntos. [Padre nuestro…]
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Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, 12 de septiembre de 2026