VIAJE APOSTÓLICO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV A FRANCIA
Y VISITA A LA SEDE DE LA ORGANIZACIÓN DE LAS NACIONES UNIDAS
PARA LA EDUCACIÓN, LA CIENCIA Y LA CULTURA (UNESCO)
25-28 DE SEPTIEMBRE DE 2026
VISITA AL CENTRO DE ACOMPAÑAMENTO E INTEGRACIÓN SOCIAL “MAISON BAKHITA”
DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
Maison Bakhita (París)
Sábado, 26 de septiembre de 2026
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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Me alegra comenzar con ustedes este segundo día en París, en esta casa que es testimonio para toda la ciudad de que es posible encontrarnos y convivir con dignidad y paz. Agradezco a la Arquidiócesis de París, a las Hermanas Scalabrinianas, así como a todos los animadores y voluntarios que dan vida a este lugar y están al servicio de quienes aquí encuentran acogida, escucha, formación y amistad. Dirijo un “gracias” especial a quienes han compartido su testimonio.
El nombre de este Centro de Acompañamiento e Integración Social, que hace referencia a santa Josefina Bakhita, nos invita a reconocer el papel fundamental de las mujeres en la construcción de una civilización del amor, como alternativa a la cultura que desintegra a las comunidades y enferma de soledad a las ciudades. La historia de la Iglesia y de la humanidad, si la observamos más de cerca, no la escriben quienes dan la impresión de vencer al imponerse y ocupar el espacio, sino quienes “hacen espacio”, establecen procesos de paz, generan confianza y fomentan la vida. No se trata de simples sentimientos, sino de decisiones y compromisos a contracorriente, cuya importancia pública y promesa de futuro comprendemos cada vez mejor. Santa Bakhita nos invita a ver a quienes son invisibilizados, a liberar a quienes la economía y la cultura reducen hoy a la esclavitud, a honrar la dignidad infinita de cada hermano y hermana, en quienes el mismo Jesús viene a llamar a nuestra puerta.
Queridos amigos, «la realidad es que los pobres para los cristianos no son una categoría sociológica, sino la misma carne de Cristo. En efecto, no es suficiente limitarse a enunciar en modo general la doctrina de la encarnación de Dios; para adentrarse en serio en este misterio es necesario, en cambio, especificar que el Señor se hace carne, carne que tiene hambre, que tiene sed, que está enferma, encarcelada» (Exhort. ap. Dilexi te, 110). El Cristo pobre y crucificado se deja encontrar y amar a través de estos hombres y mujeres que nos invitan a salir de nosotros mismos y a practicar la caridad.
Hermanos y hermanas, la intuición más importante que inspira su compromiso tiene que ver con el intercambio de dones que se renueva en cada encuentro. Nadie es tan pobre que no tenga nada que dar; nadie es tan rico que no tenga nada que recibir. Sólo hay vida en abundancia allí donde los límites de cada uno se abren a la presencia misteriosa de los otros, en quienes son el Otro por excelencia, el Dios de la vida, el que se acerca a nosotros. Esto no niega el sufrimiento que el pecado ha introducido en la historia, pero nos ayuda a no permanecer prisioneros de este. Anunciamos que la redención es posible, que ya ha comenzado, que está en curso y que nos involucra a nosotros, como miembros vivos del Cuerpo de Cristo.
Y no olvidemos que «el ojo no puede decir a la mano: “No te necesito”; y la cabeza no puede decir a los pies: “No los necesito”. Sino todo lo contrario, los miembros que parecen más débiles son necesarios» (1 Co 12,21-22). Estas palabras de san Pablo están dirigidas a los cristianos de Corinto, una de las metrópolis más ricas y dinámicas de su época. Allí, el Evangelio había sido acogido por personas de diversos orígenes y entornos sociales, entre las cuales había muchos pobres y esclavos (cf. 1 Co 1,26-29), como algunos de ustedes hoy. «Dios —sigue escribiendo el apóstol—organizó el cuerpo dando mayor honor a lo que carece de él, para que así no haya división en el cuerpo, sino que más bien todos los miembros se preocupen por igual unos de otros» (1Co 12,24-25).
Les agradezco, por tanto, su labor, así como a todas las personas que, en toda Francia, se dedican a este servicio en instituciones similares. Sigan dando testimonio de esta atención mutua que, a través de la acogida fraterna, los procesos de formación y el diálogo con la ciudad, eleva el espíritu y humaniza el mundo. Que santa Bakhita y los grandes testigos de la caridad que han moldeado la presencia de la Iglesia en Francia, especialmente en épocas de cambios turbulentos, intercedan por ustedes. Gracias, que el Señor los bendiga.
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