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ENCUENTRO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
CON EL CLERO DE ROMA

Aula magna de la Pontificia Universidad Lateranense
Jueves 21 de febrero de 1980

 

Tras escuchar algunas intervenciones espontáneas de los sacerdotes presentes el Papa introdujo su discurso diciendo:

Yo he preparado y quiero leer un texto, pero después de haber escuchado todo lo que he escuchado, sobre todo estas tres últimas intervenciones no preestablecidas, no preparadas, diría que me siento en la posición justa: es decir, en la posición de quien quería aprender y que sobre todo quiere aprender. El discurso es siempre una forma diversa, la forma de quien habla y enseña. Es una forma debida al Pastor, al obispo y tal vez también fructuosa para los que escuchan. Ciertamente me doy cuenta que el tiempo nos apremia a cerrar las intervenciones, pero creo que tal vez sería más interesante que el diálogo continuase: podría aprender todavía más sobre esta realidad que se llama la Iglesia en Roma.

Siendo obispo desde hace más de veinte años estoy habituado a encontrarme a menudo con mis sacerdotes, a trabajar con ellos, a presidir también sus reuniones. Ha sido siempre mi estilo pastoral y ha sido siempre para mí una fuente inextinguible de experiencia y de una cierta seguridad en mi comportamiento de obispo. Deseo continuar aquí en Roma por este camino. Por ello espero que reuniones semejantes a la de hoy, y tal vez siempre mejores, se repitan en el futuro para llegar a un conocimiento más completo, a una colaboración mejor en el espíritu de la solidaridad y de la unidad tan necesarias a nuestro ministerio.

A continuación, Juan Pablo II leyó su discurso.

 

Queridos hermanos en el sacerdocio:

"A todos los amados de Dios, llamados santos, que estáis en Roma, la gracia y la paz con vosotros de parte de Dios, nuestro Padre y del Señor Jesucristo" (Rom 1, 7).

Con estas palabras de San Pablo os presento mi afectuoso y cordial saludo en el Señor al comienzo de este coloquio fraterno.

1. He deseado mucho este encuentro de hoy con vosotros. Pues empalmamos así con la tradición de encuentros análogos al comenzar la Cuaresma, tanto con los predicadores de los ejercicios espirituales, como con el clero romano; pero, al mismo tiempo, buscamos, además, una dimensión y un contexto un poco diverso de esas reuniones precedentes. Por esto, el lugar escogido es éste, el del Laterano, donde se encuentra la sede del Obispo de la diócesis de Roma y el obispado romano. Aquí está el centro de la diócesis, es decir, de la Iglesia particular que está en Roma.

Deseo, de manera especial, poner de relieve esta realidad. La Iglesia tiene su dimensión universal y simultáneamente local. "La diócesis —ha afirmado el Concilio Vaticano II— es una porción del Pueblo de Dios que se confía al obispo para ser apacentada con la cooperación de sus sacerdotes, de suerte que, adherida a su Pastor y reunida por él en el Espíritu Santo por medio del Evangelio y la Eucaristía, constituya una Iglesia particular, en la que se encuentra y opera verdaderamente la Iglesia de Cristo, que es una, santa, católica y apostólica" (Christus Dominus, 11).

La Iglesia de Roma, precisamente porque es la Sede de San Pedro, tiene una importancia fundamental para la universalidad de la Iglesia, pero es, ante todo, la Iglesia de un "lugar": la Iglesia que está en Roma. Así la ha querido Cristo. Así la comenzó aquí San Pedro y así la han recibido en herencia todos sus Sucesores.

2. En realidad, no es la primera vez que subrayo, el hecho de sentirme sobre todo el Obispo de Roma y de estimar, por lo tanto, como mi primera obligación y deber el servicio a esta Iglesia. Puedo cumplir este deber —que en sí es muy amplio— gracias a la continua e incansable colaboración del cardenal Vicario, del arzobispo vicegerente, de los obispos auxiliares, todos los cuales trabajan conmigo en el servicio episcopal y comparten conmigo sistemáticamente el trabajo pastoral. Es sabido que la máxima parte de esta tarea grava sobre sus hombros, y por esto quiero expresarles hoy mi satisfacción sincera y mi vivo agradecimiento.

A un sector, sin embargo, trato, en cuanto es posible, de dar mi aportación personal: en las visitas a las parroquias. Pero también para esto los obispos de cada una de las zonas realizan una parte notable del trabajo: se puede afirmar que toda la preparación, larga y metódica, de la visita está confiada a su celo y esfuerzo. A mí me queda, en cierto modo, el acto final, la conclusión, que al mismo tiempo, es siempre una "síntesis". Dentro de los límites de mis diversas tareas, he tratado y trato de realizar visitas a las parroquias lo más frecuentemente posible. Gracias a ellas he adquirido una cierta orientación en este campo, antes casi totalmente desconocido para mí. Estoy aprendiendo a conocer Roma como la diócesis del Papa, como mi Iglesia; y en estos encuentros dominicales con las distintas comunidades del Pueblo de Dios y de la sociedad romana estoy palpando muy profundamente sus necesidades, sus ansias, sus esperanzas. En el primer año, esto es, hasta el final del mes de diciembre pasado, he visitado 18 parroquias, recuerdo las visitas a la Garbatella y al Testaccio; a San Basilio y a San Lucas; a San Clemente "ai Prati Fiscali", y a la Dolorosa en Villa Gordiani; a Spinaceto, a la Rústica,  al Trullo, a la Virgen del Divino Amor, a los Doce Apóstoles. Este año he visitado ya la parroquia de la Inmaculada en el Tiburtino, la de la Virgen de Guadalupe, la de la Ascensión en el Quarticciolo, la de San Timoteo en Casalpalocco, y  finalmente la de San Martín "ai Monti".

En estas visitas me he encontrado con los párrocos, con los sacerdotes que les ayudan en el ministerio, con los fieles: padres y madres, jóvenes, niños, enfermos, diversos grupos comprometidos, catequistas. Cada una de estas visitas me da siempre, en particular, una nueva ocasión para la colaboración directa con vosotros, sacerdotes de esta Iglesia "que está en Roma". Y sobre estas experiencias personales deseo basar nuestro encuentro de hoy, que no quiere ser una audiencia, sino un coloquio.

5. Deseo ante todo asegurar que, aunque estos fragmentos de tiempo que, con ocasión de las visitas a las parroquias romanas puedo dedicar a la colaboración inmediata con vosotros, sean objetiva y relativamente modestos, en proporción a las otras ocupaciones que tengo; sin embargo los considero totalmente esenciales y fundamentales para mi misión apostólica. La misión del obispo es la de presidir su Iglesia, ser su Pastor, con la ayuda de los sacerdotes como colaboradores directos de su ministerio. "Los obispos rigen, como vicarios y legados de Cristo, las Iglesias particulares que les han sido encomendadas" (Lumen gentium, 27), ha proclamado el Concilio. Esta es la visión teológica del ministerio pastoral del obispo en la Iglesia. Los sacerdotes son el cumplimiento y los que completan ese sacerdocio que él posee en la plenitud pastoral —sólo Jesucristo lo posee en la plenitud ontológica— en relación a su Iglesia. Los sacerdotes son sus hijos en cuanto, mediante el sacramento del orden, él los engendra, en cierto sentido, a la vida del sacerdocio; son, después, sus hermanos en este sacerdocio. "Vobis sum episcopus, vobiscum sum sacerdos", os recordé, adaptando las palabras de San Agustín (cf. Sermo 340, 1: PL 38, 1483) en la Carta que dirigí a todos los sacerdotes de la Iglesia con ocasión del Jueves Santo del año pasado. Y cada visita, que realizo a una parroquia de la diócesis, me hace nuevamente consciente de esta verdad apostólica de la vida de la Iglesia y me une a vosotros cada vez más estrechamente en esta unidad del ministerio jerárquico, que constituimos en nuestra Iglesia, que está en Roma. Y cada visita me hace meditar aún más profundamente en las palabras del mismo San Agustín: "Neque enim episcopi propter nos sumus, sed propter eos quibus verbum et sacramentum dominicum ministramus", y también: "non propter nos, sed propter alios sumus" (Contra Cresconium Donatistam, II, 11: PL 43, 474).

4. El clero de Roma —como se ha hecho notar en varias relaciones— es muy diverso y está vinculado a distintos campos de trabajo apostólico. Sólo una parte se dedica a la pastoral parroquial, y en porcentaje pequeño. Los sacerdotes, seculares y religiosos, que residen actualmente en Roma son cerca de 5.280. Pero de éstos sólo hay 1.153 dedicados a la cura de almas en las parroquias. Habría que añadir a estos últimos los sacerdotes estudiantes que, además de frecuentar los Ateneos Pontificios, prestan cierta aportación a la pastoral parroquial. Por otra parte, la diócesis de Roma está estructurada en parroquias que, según la terminología adoptada por el prof, J. Majka en su libro titulado "Sociología de la parroquia", se llaman "parroquias gigantes": en Roma hay de éstas 47 que tienen de 15.000 a 20.000 fieles; 31 de 20.000 a 30.000 fieles; 14 de 30.000 a 40.000 fieles; 5 de más de 40.000 fieles.

No podemos olvidar, en esta breve pero necesaria panorámica sobre la situación diocesana, que hay 70 parroquias con locales impropios dedicados al culto, y cuyos fieles participan en la celebración de la Santa Misa y de los sacramentos en salas, almacenes, etc. Quince barrios romanos de nueva formación no tienen todavía lugar para el culto.

De estas pocas estadísticas aproximativas se deduce la gravedad de los problemas religiosos y pastorales de la diócesis. De hecho hay una objetiva desproporción entre la cantidad de los fieles y el número de los sacerdotes que se dedican al ministerio. Es precaria y deficiente no sólo la pastoral fundamental, sino también la especializada, a pesar de la disponibilidad ocasional de otros sacerdotes, la ayuda ofrecida por las religiosas y por los mismos laicos comprometidos. Al llegar aquí, quisiera dirigirme a los queridos hermanos sacerdotes religiosos, residentes en Roma. Son hoy casi 3.644. La diócesis espera mucho de ellos, de su generosidad, de su sentido eclesial, del ardor apostólico que los anima.

Se ha recordado hace poco, que en los primeros días del pasado mes de enero se ha celebrado, por iniciativa del Vicariato, el primer encuentro de los religiosos y religiosas de Roma sobre su presencia y su misión en la Urbe. Este congreso ha sido fecundo en indicaciones y propósitos. Deseo que los religiosos y religiosas de Roma, dentro del pleno respeto al carisma específico de los propios institutos, sepan insertarse en la pastoral de conjunto de esta diócesis, hacia la que se dirigen las miradas del mundo.

5. Al hablaros hoy, de corazón a corazón, sacerdotes de Roma, juzgo obligado expresaros mi más sincera gratitud y la más profunda admiración por el testimonio sacerdotal de generosidad, de compromiso, de pobreza, que os distingue. Vosotros debéis proclamar, vivir y hacer vivir el mensaje evangélico en una ciudad que tiene a sus espaldas, mejor aún, en su propia sangre, nada menos que 2.700 años de historia, entre las más complejas y prestigiosas; una ciudad, en la que se ha realizado de modo ejemplar el choque y el encuentro entre mundo clásico y cristianismo; una ciudad, que hoy es una auténtica megápolis, que en 1881, esto es, hace 100 años, tenía unos 274.000 habitantes, y hoy cuenta con diez veces más, esto es 2.900.000; una ciudad, en la que cada vez se manifiestan más agudas y explotan las tensiones y las contradicciones de la sociedad contemporánea, los problemas de la urbanización, de la inmigración, de la falta de casas suficientes, de la ocupación, del trabajo, de la violencia, del terrorismo armado.

El clero de Roma, llamado a afrontar pastoral y evangélicamente la enorme masa de problemas humanos y sociales, en gran parte no es homogéneo, ya que proviene de casi todas las regiones de Italia. Este fenómeno, que se manifiesta en la Urbe en grado quizá superior al de cualquier otra diócesis urbana del mundo, tiene ciertamente sus aspectos positivos: cada sacerdote lleva consigo la diversidad de las tradiciones, de las experiencias, de las escuelas de vida espiritual, de la pastoral. Todo esto no se puede negar; más aún, especialmente en Roma, semejante fenómeno es bueno. Pero comporta, al mismo tiempo, exigencias mayores por lo que respecta a la construcción y salvaguardia de la unidad, tan indispensable en la pastoral de esta ciudad. Es necesario emprender, con valentía y constancia, esfuerzos adecuados que lleven a esta unidad de orientación en la pastoral global; es necesario, en este campo, que se hace cada vez más delicado y problemático, estudiar juntos, reflexionar juntos, examinar juntos, trabajar juntos.

Uno de estos esfuerzos quiere ser precisamente este encuentro de hoy.

Esta unidad debe ser ante todo la respuesta concreta, personal de cada uno de nosotros a la oración de Jesús al Padre: "Ut unum sint" (cf. Jn 17, 11. 21. 22). Debe ser una respuesta, madurada en el amor mutuo, en relación a los diferentes problemas que se refieren al clero de Roma: problemas de carácter espiritual, cultural, pastoral, humano, económico. Debe ser una respuesta que haga superar ciertas tentaciones individualistas y nos abra en plena disponibilidad a los planes orgánicos indicados o preparados por el centro, y no nos ponga en una continua actitud de crítica o de polémica en relación con las orientaciones, que se dan indudablemente después de una meditada y larga reflexión.

Hermanos queridísimos: Conservad, en torno al obispo, la unidad del presbiterio, tanto más necesaria en una diócesis como la de Roma, llevada, por sus mismas estructuras sociológicas y culturales, a un tipo de pluralismo, a veces ambiguo.

"Qui autem deseruerit unitatem, violat caritatem: et quisquis violat caritatem, quodlibet magnum habeat, ipse nihil est", nos advierte San Agustín, el cual, citando el himno de San Pablo a la caridad (cf. 1 Cor 13, 13 ss.), continúa: "Universa inutiliter habet, qui unum illud, quo universis utatur, non habet" (Sermo 88, 18, 21: PL 38; 550).

En medio de los profundos y continuos cambios en todos los campos, el clero siente necesidad de llevar el paso al ritmo vertiginoso de este tiempo: siente la necesidad de ponerse al día continuamente a fin de estar dispuesto y vigilante para saber interpretar los acontecimientos a la luz de la Palabra de Dios, esto es, en perspectiva cristiana.

Cada vez se siente más la urgencia, la necesidad, de una "formación permanente" espiritual y cultural del clero como también del laicado comprometido apostólicamente. Y debemos reconocer que Roma, con las riquezas culturales de sus Universidades y Ateneos Pontificios, podría plantear iniciativas realmente adecuadas. También en este campo será necesaria una cordial, mutua disponibilidad y colaboración.

6. Entre los deberes prioritarios que incumben al obispo, al presbiterio, a toda la Iglesia de Roma, está el de las vocaciones sacerdotales y religiosas. En la relación específica se ha subrayado mi preocupación constante por este problema, y lo agradezco. En el primer encuentro con el clero romano os abrí, con mucha sinceridad y franqueza, mi corazón y os pedí con invitación instante que os hicierais partícipes de esta solicitud mía. He vuelto frecuentemente sobre este tema, hasta hace sólo algunos días, hablando a los miembros del consejo y a los secretarios regionales reunidos en Roma para meditar juntos sobre los problemas concernientes a la "promoción vocacional", a cargo de la Conferencia Italiana de los Superiores Mayores. En esta ocasión me he dirigido idealmente a todos los sacerdotes y religiosos, que "viven serenamente, días tras día, por su vocación, fieles a los compromisos asumidos, humildes y ocultos constructores del Reino de Dios, que irradian en sus palabras, en su comportamiento, en su vida la alegría luminosa de la opción hecha. Estos religiosos y sacerdotes son precisamente los que, mediante su ejemplo, estimularán a mucho a acoger en su corazón el carisma de la vocación" (cf. L'Osservatore Romano, 17 de febrero de 1980, pág. 2).

La diócesis tiene dos seminarios: el romano mayor, que alberga al presente 85 alumnos, de los cuales 22 son romanos; y el romano menor, que alberga 13 alumnos internos, que constituyen la comunidad estable: además, 70 muchachos de las escuelas medias, inferiores y superiores, forman la comunidad vocacional: éstos se encuentran frecuentemente en el seminario. En torno a éstos hay otros 200 muchachos de las escuelas medias, con los cuales los miembros del seminario se encuentran en las parroquias o en el mismo seminario, para ayudarles a profundizar con seriedad en el estudio de su vocación.

De estos datos estadísticos surge la necesidad urgente de un "despertar de las vocaciones", de un esfuerzo consciente, constante, meditado, organizado, para que también —y especialmente—en este campo la diócesis de Roma sea fecunda y fértil; para que los seminarios diocesanos, ricos de gloriosas tradiciones de formación cultural y espiritual, se conviertan cada vez más en el reverbero de la vitalidad de nuestra Iglesia particular. La vitalidad y la madurez de una diócesis están en proporción con el número y la calidad de sus vocaciones sacerdotales y religiosas. En los últimos 15 años los sacerdotes diocesanos que han salido de los seminarios romanos han sido 122.

¿Será la diócesis de Roma tan generosa para dar todavía numerosos y santos sacerdotes para la construcción del Reino de Dios?

7. Las distintas visitas a las parroquias me han suministrado la posibilidad de comprobar cómo en estas comunidades trabajan grupos de laicos, comprometidos en el apostolado.

Los laicos descubren de nuevo la parroquia. Esta es una realidad consoladora, porque muestra cómo los fieles sienten la necesidad de un punto de referencia estable. Nada menos que 70 Asociaciones de carácter nacional están presentes, con variación de número, en las diversas parroquias; mientras resulta que existen cerca de 100 grupos locales comprometidos en el apostolado. A estos grupos que, en el ámbito de la fe cristiana, quieren dar un testimonio particular, o con la oración comunitaria, o mediante la escucha religiosa de la Palabra de Dios, o con el compromiso de caridad hacia los hermanos necesitados, va mi estímulo. Pero quisiera que en ninguna parroquia faltase el "grupo de los catequistas", compuesto por adultos —madres y padres de familia— y por jóvenes, seriamente preparados y generosamente disponibles para transmitir a los niños y a los muchachos la catequesis. "La comunidad parroquial debe seguir siendo la animadora de la catequesis y su lugar privilegiado... Quiérase o no, la parroquia sigue siendo una referencia importante para el pueblo cristiano, incluso para los no practicantes": esto he escrito en mi reciente Exhortación Apostólica sobre la catequesis en nuestro tiempo (Catechesi tradendae, 67). En nuestras parroquias existen los elementos fundamentales de esas estructuras que hacen de ella una unidad misionera de evangelización y de catequesis. Aunque las estadísticas indiquen cómo el grado de penetración de la "masa" de ese amplio conjunto de los feligreses sea inferior a cuanto se podría desear, sin embargo es necesario no desanimarse y dedicar un gran esfuerzo al problema de la catequesis.

8. Y en este momento pienso, de modo particular, en los jóvenes, destinatarios privilegiados de mi solicitud apostólica de sacerdote, de Obispo y de Pastor de la Iglesia universal. Como habeis oído por la relación, en Roma, de los 2.900.000 habitantes, 500.000 son jóvenes de 15 a 30 años. Y de éstos, nada menos que 200.000 están esperando ocupación. Sus problemas humanos son graves. Más graves aún los espirituales. Se trata de su educación y maduración en la fe cristiana, de su preparación al matrimonio, de su inserción en la sociedad de los adultos, que a veces les ha desilusionado fuertemente. ¿Qué hará la Iglesia de Roma, que harán los sacerdotes de Roma para salir al paso, de manera adecuada y moderna, a los ideales, a las esperanzas religiosas, culturales, sociales de éstos jóvenes, en buena parte desilusionados de las ideologías y tentados de cambiar a la sociedad a cualquier precio y con cualquier medio, incluso con la 'violencia?

Me dirijo a los sacerdotes jóvenes de Roma para que consagren sus mejores energías al apostolado entre los jóvenes con generosidad, con entusiasmo, con constancia, sin dejarse desalentar por los ineludibles fracasos humanos. ¡Amad a los jóvenes! ¡Sabed escucharlos! ¡Sabed comprenderlos! Tienen tesoros ocultos e inagotables de generosidad y de entusiasmo! ¡Presentadles a Cristo, hombre-Dios, nuestro hermano! ¡Proclamadles el mensaje evangélico con todo el vigor y con todo el rigor de sus exigencias!

9. Queridos hermanos en el sacerdocio:

He escuchado con gran interés y atención cuanto vuestros representantes, en nombre vuestro, me han expuesto acerca de la situación del clero romano, de las parroquias, el programa diocesano orgánico, las vocaciones sacerdotales en Roma, la presencia de los religiosos y religiosas en la Urbe, la condición juvenil.

Por mi parte, he tratado de hacerme voz de vuestra misma voz, de vuestros pensamientos, de vuestros deseos, de vuestras esperanzas, pero en particular de vuestro compromiso de ser auténticos sacerdotes de Cristo en ésta Iglesia, que está en Roma.

Continuemos juntos nuestro camino de fe, de compromiso pastoral, fuertes con la potencia de Cristo, que se ha manifestado en su debilidad humana.

Hoy la Iglesia celebra la memoria de San Pedro Damián, el austero eremita de Fonte Avellana, llamado por Dios para insertarse en las dramáticas vicisitudes eclesiales del año 1000, en un período histórico difícil y peligroso. Escuchemos y hagamos nuestra su invitación a amar a la Iglesia unida por el vínculo de la caridad recíproca: "Ecclesia siquidem, Christi tanta caritatis invicem inter se compage connectitur, ut in pluribus una, et in singulis sit per mysterium tota... In omnibus sit una, et in singulis tota: nimirum in pluribus per fidei unitatem simplex, et in singulis per caritatis glutinem, diversaque dona carismatum multiplex; quia enim ex uno omnes" (Liber qui appellatur "Dominus vobiscum", 5: PL 145, 235)..

En la Iglesia de Dios, que está en Roma la diversidad de los carismas esté siempre cimentada en la caridad.

Nos proteja desde el cielo la Virgen, "Salus Populi Romani" y Madre de la Confianza.

Con mi bendición apostólica.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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