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PAPA FRANCISCO

ÁNGELUS

Casa Santa Marta
Domingo, 26 de noviembre de 2023

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buen domingo!

Hoy no puedo asomarme a la ventana porque tengo este problema de inflamación en los pulmones y será Mons. Braida a leer la reflexión; el las conoce muy bien porque es el que las hace ¡y siempre las hace tan bien! Muchas gracias por vuestra presencia.

Hoy, último domingo del año litúrgico y solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo, el Evangelio nos habla del juicio final (cf. Mt 25,31-46) y nos dice que será sobre la caridad.

La escena que nos presenta es la de una sala real, en la que Jesús, "el Hijo del hombre" (v. 31), está sentado en un trono. Todos los pueblos están reunidos a sus pies y entre ellos están "los bienaventurados" (v. 34), los amigos del Rey. Pero, ¿quiénes son? ¿Qué tienen de especial estos amigos a los ojos de su Señor? Según los criterios del mundo, los amigos del rey deberían ser aquellos que le han dado riqueza y poder, que le han ayudado a conquistar territorios, a ganar batallas, a engrandecerse entre otros gobernantes, tal vez a aparecer como estrella en las primeras páginas de los periódicos o en las redes sociales, y a ellos les debería decir: "Gracias, porque me han hecho rico y famoso, envidiado y temido". Esto según los criterios del mundo.

En cambio, según los criterios de Jesús, sus amigos son otros: son aquellos que le han servido en las personas más débiles. Porque el Hijo del hombre es un Rey completamente distinto, que llama "hermanos" a los pobres, que se identifica con los hambrientos, los sedientos, los forasteros, los enfermos, los encarcelados, y dice: "Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo" (v. 40). Es un Rey sensible al problema del hambre, de la necesidad de un hogar, de la enfermedad y del aprisionamiento (cf. vv. 35-36): todas realidades desgraciadamente siempre muy actuales. Personas que padecen hambre, personas sin hogar, a menudo vestidas como pueden, abarrotan nuestras calles: nos encontramos con ellas todos los días. E incluso en cuanto a la enfermedad y la cárcel, todos sabemos lo que significa estar enfermo, cometer errores y pagar las consecuencias.

Y bien, el Evangelio de hoy nos dice que uno es "bienaventurado" si responde a estas pobrezas con amor, con servicio: no apartándose, sino dando de comer y de beber, vistiendo, acogiendo, visitando, en una palabra, estando cerca de los necesitados. Y esto porque Jesús, nuestro Rey que se llama a sí mismo Hijo del Hombre, tiene sus hermanas y hermanos predilectos en las mujeres y hombres más frágiles. Su 'sala real' está instalada donde hay quienes sufren y necesitan ayuda. Esta es la "corte" de nuestro Rey. Y el estilo con el que sus amigos, los que tienen a Jesús por Señor, están llamados a distinguirse es su propio estilo: compasión, misericordia, ternura. Estas ennoblecen el corazón y descienden como aceite sobre las heridas de cuantos están heridos por la vida.

Entonces, hermanos y hermanas, preguntémonos: ¿creemos que la verdadera realeza consiste en la misericordia? ¿Creemos en el poder del amor? ¿Creemos que la caridad es la manifestación más noble del hombre y una exigencia indispensable para el cristiano? Y, por último, una pregunta particular: ¿soy yo amigo del Rey, es decir, me siento personalmente implicado en las necesidades de las personas que sufren y que encuentro en mi camino?

María, Reina del Cielo y de la Tierra, nos ayude a amar a Jesús, nuestro Rey, en sus hermanos más pequeños.

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas,

Celebramos hoy la 38ª Jornada Mundial de la Juventud en las Iglesias particulares, sobre el tema Alegres en la esperanza. Bendigo a todos los que participan en las iniciativas promovidas en las diócesis, en continuidad con la JMJ de Lisboa. Abrazo a los jóvenes, presente y futuro del mundo, y los animo a ser protagonistas alegres de la vida de la Iglesia.

Ayer, la martirizada Ucrania conmemoró el Holodomor, el genocidio perpetrado por el régimen soviético hace 90 años que hizo morir de hambre a millones de personas. Esa lacerante herida, en lugar de cicatrizar, se hace aún más dolorosa por las atrocidades de la guerra que sigue haciendo sufrir a ese querido pueblo. Por todos los pueblos desgarrados por los conflictos, sigamos rezando sin cansarnos, porque la oración es la fuerza de paz que rompe la espiral del odio, quiebra el ciclo de la venganza y abre caminos de reconciliación no esperados. Hoy damos gracias a Dios porque por fin hay una tregua entre Israel y Palestina y algunos rehenes han sido liberados. Recemos para que todos sean liberados cuanto antes - ¡pensemos en sus familias! -, que entre más ayuda humanitaria en Gaza y que insistamos en el diálogo: es la única vía, la única manera de tener paz. Los que no quieren diálogo no quieren paz.

Además de la guerra, nuestro mundo está amenazado por otro gran peligro, el cambio climático, que pone en riesgo la vida en la Tierra, especialmente la de las generaciones futuras. Y esto es contrario al proyecto de Dios, que creó todo para la vida. Por lo tanto, el próximo fin de semana viajaré a los Emiratos Árabes Unidos para intervenir el sábado en la COP28 en Dubái. Agradezco a todos los que acompañarán este viaje con la oración y el compromiso de tomar a pecho la salvaguardia de la casa común

Acojo con afecto a todos ustedes, peregrinos de Italia y de otras partes del mundo, especialmente a los de Pakistán, Polonia y Portugal. Saludo a los fieles de Civitavecchia, Tarquinia y Piacenza, y a la Diputación San Vito Martire de Lequile (Lecce). Saludo a los niños de Confirmación de Viserba (Rímini), al grupo "Assisi nel vento" (“Asís en el viento”) y al Coro "Don Giorgio Trotta" de Vieste.

Les deseo a todos un buen domingo.

Y, por favor, no olviden rezar por mí. Que tengan un buen almuerzo y ¡hasta pronto!

 

 

 



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