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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS MIEMBROS DE LA FRATERNIDAD DE AGRUPACIONES SANTO TOMÁS DE AQUINO

Sala Clementina
Viernes, 30 de septiembre de 2022

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Queridos hermanos y hermanas:

Quiero expresarles mi felicitación y mejores deseos por el sexagésimo aniversario de la Fraternidad de Agrupaciones Santo Tomás de Aquino (FASTA). Agradezco al padre César Garcés, presidente de FASTA, por sus amables palabras. Ante el reciente fallecimiento de fray Aníbal Fosbery, que los fundó en 1962 con un gran deseo de contribuir a la aplicación de las enseñanzas que brotaban del Concilio Vaticano II, sólo podemos dar gracias a Dios, con humildad, por los buenos frutos que el Espíritu ha suscitado en su persona y su ministerio con esta obra de apostolado.

Una de las novedades del Concilio fue la de tomar conciencia de los derechos y deberes de los laicos en relación a la misión evangelizadora que también ellos poseen, por ser hijos e hijas de Dios gracias al bautismo. En los fieles laicos recae la importante responsabilidad de llevar la luz del Evangelio a las realidades temporales, en comunión con los pastores de la Iglesia y movidos por la caridad cristiana (cf. Decr. Apostolicam Actuositatem 7).

Es siempre sorprendente ver cómo el Espíritu Santo se abre camino en cada realidad del ser humano a través de los talentos que inspira en los discípulos de Jesús. Y hoy, vemos cómo su Fraternidad ha acogido el mensaje conciliar y ha puesto en marcha diversos proyectos para la evangelización de la cultura, la juventud y la familia, creando una gran variedad de instituciones educativas, como colegios, universidades, y residencias universitarias en diferentes partes del mundo. Asimismo, la Fraternidad Santo Tomás de Aquino para sacerdotes y la Fraternidad Apostólica Santa Catalina de Siena para consagradas es un valioso servicio para hacer madurar los carismas de enseñanza en todos los fieles, incluidos aquellos que se han consagrado al Señor. 

El contexto histórico en el que vivió su santo patrono, Tomás de Aquino, tuvo también sus retos. En aquella época ―el siglo XIII―, se estaban redescubriendo en Occidente los escritos del filósofo griego Aristóteles. Algunos mostraban resistencia en estudiar sus obras, pues temían que su pensamiento pagano estuviera en oposición a la fe cristiana. Sin embargo, santo Tomás descubrió que gran parte de las obras de Aristóteles estaban en consonancia con la Revelación cristiana. Es decir, santo Tomás fue capaz de mostrar que entre fe y razón hay una armonía natural. Al darnos cuenta de esta riqueza, que es esencial para superar fundamentalismos, fanatismos e ideologías, se abre un camino amplio para hacer llegar a las diversas culturas el mensaje de la Buena Nueva siempre con propuestas que son compatibles con la inteligencia del ser humano y respetuosas de la identidad de cada pueblo.

Otro testimonio que nos ha dejado santo Tomás fue su profunda relación con Dios, que se manifiesta, por ejemplo, en la adoración a Jesús en su presencia real en la Eucaristía. Sabemos que él fue el autor de hermosos himnos eucarísticos usados hasta el día de hoy en la Liturgia de la Iglesia. Su espiritualidad le ayudaba a descubrir el misterio de Dios, mientras que sus talentos hacían posible que lo plasmara por escrito. Esto es un dato importante: para desentrañar la presencia del Señor en el mundo, en los acontecimientos, es necesario orar, tener el corazón unido al de Jesús en el sagrario. Así nuestro espíritu se alimenta, se fortalece, las potencias humanas, como la inteligencia, se perfeccionan, y somos capaces de ver de un modo trascendente cada situación, incluso aquellas que ante la lógica humana solamente pueden presentar un panorama desalentador. Precisamente, la fe y la razón, cuando caminan de la mano, son capaces de potenciar la cultura del ser humano, impregnar de sentido el mundo, y construir sociedades más humanas, más fraternas, y por consecuencia, más llenas de Dios.

En la Exhort. apost. Evangelii Gaudium comentaba que hay nuevas culturas en el mundo en las que el cristiano «ya no suele ser promotor o generador de sentido, sino que recibe de ellas otros lenguajes, símbolos, mensajes y paradigmas que ofrecen nuevas orientaciones de vida, frecuentemente en contraste con el Evangelio de Jesús. Una cultura inédita late y se elabora en la ciudad» (n. 73). El reto evangelizador que comparten como asociación, sobre todo en el ámbito de las ciudades plurales, multiculturales y multirreligiosas, implica de su parte una gran humildad para saber aproximarse a todos sin hacer exclusiones, incluso a los que no comparten nuestra fe o nuestros valores. Y ahí, entrar en diálogo con las personas, con sus sueños, sus historias, sus heridas y sus fatigas, pues todo lo que es humano es digno de ser abrazado por el amor y la misericordia de Dios.

En la vivencia de su carisma, que realizan concretamente por medio de la educación, es importante que recuerden que enseñar es justamente una de las obras de misericordia espirituales. La educación ofrece un sentido, una narrativa a cada elemento de la vida del ser humano. No se agota en compartir conocimientos o en desarrollar habilidades, sino que, como lo manifiesta su etimología, ayuda a sacar lo mejor de cada persona, a pulir el diamante que el Señor ha puesto en cada uno. La educación contribuye a que dicho diamante deje pasar la Luz, que es Cristo (cf. Jn 8,12), y que así brille en medio del mundo. Pero recordemos también las palabras que Jesús nos dirige en el evangelio de Mateo: «Ustedes son la luz del mundo […] no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en casa» (Mt 5,14-15). Es decir, el Señor nos hace partícipes de su luz, de su misma naturaleza, y por eso cada uno de sus discípulos y discípulas ilumina el mundo, ahuyentando las tinieblas y transformando la realidad.

Quisiera terminar mi mensaje, encomendándolos a la protección de nuestra Madre Santísima. Fray Aníbal eligió una fiesta mariana para fundar la Fraternidad. Recuerden siempre que sus labores apostólicas tienen también una dimensión maternal. Y María nos enseña a ser evangelizadores de la cultura, de los jóvenes y de las familias llevando la ternura divina. Que nuestro Señor Jesucristo, Luz del mundo, haga multiplicar los buenos frutos que esta obra realiza en la sociedad, para el bien de toda la familia humana. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.



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