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VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV
A ARGELIA, CAMERÚN, ANGOLA Y GUINEA ECUATORIAL
(13-23 DE ABRIL DE 2026))

ENCUENTRO CON LA COMUNIDAD ARGELINA

DISCURSO DEL SANTO PADRE

Basílica de Nuestra Señora de África (Argel)
Lunes, 13 de abril de

[Multimedia]

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En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
La paz esté con ustedes.

Queridos hermanos en el episcopado,
queridos sacerdotes y diáconos, religiosos y religiosas,
amados hijos de la Iglesia en Argelia:

Con gran alegría y afecto paternal me encuentro hoy con ustedes, que son una presencia discreta y preciosa, arraigada en esta tierra, marcada por una historia antigua y por luminosos testimonios de fe.

Su comunidad tiene raíces muy profundas. Son herederos de una multitud de testigos que han dado la vida, impulsados por el amor a Dios y al prójimo. Pienso particularmente en los diecinueve religiosos y religiosas mártires de Argelia, que decidieron estar junto a este pueblo compartiendo sus alegrías y sus dolores. Su sangre es una semilla viva que nunca deja de dar fruto.

Son también herederos de una tradición aún más antigua, que se remonta a los primeros siglos del cristianismo. En esta tierra resonó la ferviente voz de Agustín de Hipona, precedida por el testimonio de su madre, santa Mónica, y de otros santos. Su memoria es una clara llamada a ser, hoy, signos creíbles de comunión, diálogo y paz.

A todos ustedes, queridos hermanos, y a aquellos que, no pudiendo estar presentes, siguen este encuentro a la distancia, expreso mi gratitud por el compromiso cotidiano con el que hacen visible el rostro materno de la Iglesia. Agradezco a Su Eminencia las palabras que me ha dirigido, y también a Rakel, Ali, Monia y la Hna. Bernadette por lo que han compartido. A la luz de lo que hemos escuchado, quisiera que nos detengamos a reflexionar juntos sobre tres aspectos de la vida cristiana que considero muy importantes, especialmente por su presencia aquí: la oración, la caridad y la unidad.

Ante todo, la oración. Todos la necesitamos. Lo subrayaba san Juan Pablo II hablando a los jóvenes: «El hombre —decía— no puede vivir sin orar lo mismo que no puede vivir sin respirar» (Encuentro con los jóvenes musulmanes en Casablanca, 19 agosto 1985, 4). De ese modo, presentaba el diálogo con Dios como un elemento indispensable no sólo para la vida de la Iglesia, sino también para la de cada persona. Asimismo lo había comprendido san Carlos de Foucauld, que había reconocido su vocación a ser presencia orante. Escribía: “Me siento feliz, feliz de estar a los pies del Santísimo Sacramento a todas horas” (Carta a Raymond de Blic, 9 diciembre 1907) y aconsejaba: “Recen mucho por los demás. Conságrense a la salvación del prójimo con todos los medios a su alcance: oración, bondad, ejemplo” (Carta a Louis Massignon, 1 agosto 1916).

A este respecto, Ali, hablando de su experiencia de servicio en Notre Dame d’Afrique, nos ha dicho que muchos vienen aquí para orar en silencio, presentar y encomendar al Señor sus preocupaciones y a las personas que aman y encontrar a alguien dispuesto a escucharlos y a compartir las cargas que llevan en el corazón, y ha visto cómo tantos se van serenos y felices de haber venido. La oración une y humaniza, refuerza y purifica el corazón, y la Iglesia en Argelia, gracias a la oración, siembra humanidad, unidad, fuerza y pureza a su alrededor, llegando a lugares y contextos que sólo el Señor conoce.

Un segundo aspecto de la vida eclesial en el que quisiera detenerme es el de la caridad. Nos ha hablado de ello, en particular, la Hna. Bernadette, compartiendo su experiencia de asistencia a los niños con discapacidad y a sus padres. En lo que ha dicho, percibimos el valor de la misericordia y del servicio no sólo como ayuda a los más frágiles, sino sobre todo como lugar de gracia, en el que cualquiera que se deje involucrar crece y se enriquece. La Hna. Bernadette nos ha contado cómo a partir de un sencillo e inicial gesto de cercanía —la visita a los enfermos— han nacido, cual retoños, primero un sistema de acogida y, después, una organización asistencial cada vez más articulada, una verdadera comunidad en la que muchísimas personas participan, tanto en los acontecimientos alegres como en los dolorosos, unidos por vínculos de confianza, amistad y familiaridad. Un ambiente así es sano y sanador, y no sorprende el hecho de que, en él, el que sufre encuentre los recursos necesarios para mejorar la propia salud, llevando al mismo tiempo alegría a los demás, como en el caso de Fátima.

Por lo demás, el amor a los hermanos es precisamente el que ha animado el testimonio de los mártires que hemos recordado. Frente al odio y a la violencia, permanecieron fieles a la caridad hasta el sacrificio de la vida, junto con tantos otros hombres y mujeres, cristianos y musulmanes. Lo hicieron sin pretensiones y sin clamor, con la serenidad y la firmeza de quien no presume ni desespera, porque sabe en quién ha puesto su confianza (cf. 2 Tm 1,12). Para todos, citamos las palabras sencillas de Fray Luc, el anciano monje médico de la comunidad de Notre-Dame de l'Atlas, quien ante la posibilidad de partir y de ponerse a salvo de posibles peligros, a costa de abandonar a sus pacientes y amigos, él respondía: “Yo quiero quedarme con ellos” (C. Henning - T. Georgeon, Fratel Luc di Tibhirine. Monaco, medico e martire, Ciudad del Vaticano 2025, Introducción), y así lo hizo. El Papa Francisco, al recordarlo a él y a todos los demás, con motivo de la beatificación, decía: «Su testimonio valiente es fuente de esperanza para la comunidad católica argelina y semilla de diálogo para toda la sociedad. Que esta beatificación sea para todos un estímulo para construir juntos un mundo de fraternidad y solidaridad» (8 diciembre 2018).

Y llegamos así al tercer punto de nuestra reflexión: el compromiso por promover la paz y la unidad. El lema de esta visita son las palabras de Jesús resucitado: «¡La paz esté con ustedes!» (cf. Jn 20,21), y en una imagen tomada de los mosaicos de Tipasa se lee: “In Deo, pax et concordia sit convivio nostro”, que podríamos traducir: “En Dios, la paz y la armonía pueden reinar en nuestro vivir juntos”. La paz y la armonía han sido características fundamentales de la comunidad cristiana desde sus orígenes (cf. Hch 2,42-47), por deseo mismo de Jesús (cf. Jn 17,23), que dijo: «En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros» (Jn 13,35). San Agustín afirmaba al respecto que la Iglesia «engendra a los pueblos, pero todos son miembros de uno solo» (Sermón 192, 2) y san Cipriano escribía: «El mayor sacrificio delante de los ojos de Dios es la paz y la unión fraternal, y un pueblo unido a proporción que están unidos el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo» (Sobre la oración dominical, IV, 95). Es hermoso, hoy, al oír tanta riqueza de palabras y de ejemplos, hacer eco de lo que hemos escuchado.

Es signo de ello, como nos ha recordado Su Eminencia, esta misma basílica, símbolo de una Iglesia de piedras vivas donde, bajo el manto de Nuestra Señora de África, se construye la comunión entre cristianos y musulmanes. Aquí el amor maternal de Lalla Meryem reúne a todos como hijos, cada uno rico en su diversidad, unidos por la misma aspiración a la dignidad, al amor, a la justicia y a la paz. Hijos deseosos de caminar juntos, de vivir, rezar, trabajar y soñar, porque la fe no aísla, sino que abre; une, pero no confunde; acerca sin uniformar y hace crecer una verdadera fraternidad, como nos ha dicho Monia, y como ha testimoniado Rakel, compartiendo su experiencia en la Tlemcen Fellowship. En un mundo donde las divisiones y las guerras siembran dolor y muerte entre las naciones, en las comunidades e incluso en las familias, su forma de vivir juntos, unidos y en paz es un gran signo. Así unidos, difundan la hermandad, inspirando en quienes los rodean deseos y sentimientos de comunión y de reconciliación, con un mensaje tanto más fuerte y claro cuanto testimoniado en la sencillez y en la humildad.

Una parte considerable del territorio de este país está ocupada por el desierto, y en el desierto no se sobrevive en soledad. La aspereza de la naturaleza redimensiona toda presunción de autosuficiencia y nos recuerda a todos que necesitamos los unos de los otros, y que necesitamos a Dios. Es la fragilidad reconocida la que abre el corazón a la ayuda mutua y a la invocación de Aquel que puede dar lo que ningún poder humano es capaz de garantizar: la reconciliación profunda de los corazones y con ello la paz verdadera.

Por eso, queridos hermanos y hermanas, los animo a continuar su labor en tierras argelinas, como comunidad de fe unida y abierta, presencia de la Iglesia «sacramento universal de salvación» (Conc. Ecum. Vat. II, Lumen gentium, 48). Gracias por todo lo que hacen, por su oración, por su caridad y por su testimonio de unidad. Les aseguro mi recuerdo en la oración ante el Señor y, encomendándolos a María, Nuestra Señora de África, los bendigo de corazón.