VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV
A ARGELIA, CAMERÚN, ANGOLA Y GUINEA ECUATORIAL
(13-23 DE ABRIL DE 2026)
DISCURSO DEL SANTO PADRE
AL FINALIZAR LA ORACIÓN DEL SANTO ROSARIO
Explanada frente al Santuario de “Mama Muxima” (Muxima)
Domingo, 19 de abril de 2026
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Queridos hermanos y hermanas:
Queridos jóvenes, miembros de la Legión de María y devotos de Mama Muxima, la Madre del corazón, con alegría comparto con ustedes este momento de oración mariana.
Hemos rezado juntos el Santo Rosario, una devoción antigua y sencilla, nacida en la Iglesia como oración para todos. San Juan Pablo II la definió como la oración de un cristianismo que ha conservado «la novedad de los orígenes, y se siente empujado por el Espíritu de Dios a “remar mar adentro” […], para anunciar, más aún, “proclamar” a Cristo al mundo como Señor y Salvador» (Carta ap. Rosarium Virginis Mariae, 1).
Al mirarlos a todos ustedes, Iglesia viva y joven de Angola, y al compartir este momento intenso y lleno de fervor, me parece que las palabras de mi santo predecesor se adaptan de manera muy especial a esta gran comunidad, en la que sin duda se siente la frescura de la fe y la fuerza del Espíritu.
Nos encontramos en un santuario donde, durante siglos, muchos hombres y mujeres han rezado, en momentos de alegría y también en circunstancias tristes y muy dolorosas de la historia de este país. Aquí, desde hace mucho tiempo, Mama Muxima interviene silenciosamente para mantener vivo y palpitante el corazón de la Iglesia, un corazón hecho de muchos corazones: los de ustedes y los de tantas personas que aman, rezan, celebran, lloran y, a veces, incluso ante la imposibilidad de acudir físicamente, confían en cartas y mensajes postales sus peticiones y sus promesas, como ha recordado Su Excelencia. Mama Muxima acoge a todos, escucha a todos y reza por todos.
Hemos meditado los Misterios gloriosos de la vida de Jesús, contemplando en su glorificación nuestro destino y en su amor nuestra misión. Cristo, en la Pascua, venció a la muerte, mostrándonos el camino para volver al Padre. Y para que también nosotros podamos recorrer esta senda luminosa y exigente, haciendo partícipe al mundo entero de su belleza, nos ha dado su Espíritu, que nos anima y nos sostiene en el camino y en la misión. Al igual que María, también nosotros estamos hechos para el cielo, y hacia el cielo caminamos con alegría, mirándola a Ella, Madre bondadosa y modelo de santidad, para llevar la luz del Resucitado a los hermanos y hermanas que encontramos, como lo hemos hecho simbólicamente al comienzo de cada “decena”, a través de representantes de cada vocación y edad.
Como recordó Mons. Sumbelelo, este santuario, dedicado a la Inmaculada Concepción, ha sido espontáneamente “rebautizado” por los fieles como Santuario de la “Madre del corazón”. Es un título precioso, que nos hace pensar en el Corazón de María: un corazón limpio y sabio, capaz de conservar y meditar los acontecimientos extraordinarios de la vida del Hijo de Dios (cf. Lc 2,19.51). Al rezar juntos, también nosotros hemos hecho lo mismo, dejándonos acompañar por María en el recuerdo de Jesús. Hemos recorrido con Ella varios momentos de la vida de su Hijo, para alimentar en nosotros un amor universal como el suyo (cf. Carta ap. Rosarium Virginis Mariae, 11).
Entonces, rezar el Rosario nos compromete a amar a cada persona con corazón maternal, de manera concreta y generosa, y a dedicarnos al bien de los demás, especialmente de los más pobres. Una madre ama a sus hijos, aunque sean diferentes entre sí, a todos del mismo modo y con todo el corazón. También nosotros, ante la Madre del corazón, queremos prometer hacer lo mismo, esforzándonos sin medida para que a nadie le falte el amor y, con él, lo necesario para vivir dignamente y ser felices: para que quien pasa hambre tenga qué comer, para que todos los enfermos reciban los cuidados necesarios, para que a los niños se les garantice una educación adecuada, para que los ancianos vivan serenamente los años de su madurez. Una madre piensa en todas estas cosas; María piensa en todas estas cosas y nos invita también a nosotros a compartir su solicitud.
Queridos jóvenes, queridos miembros de la Legión de María, queridos hermanos y hermanas, la Virgen nos pide que nos dejemos transformar por los sentimientos de su corazón, para ser como Ella constructores de justicia y portadores de paz. Aquí hay un gran proyecto en marcha: la construcción de un nuevo santuario que tenga capacidad para acoger a todos los que vienen en peregrinación. Especialmente ustedes, jóvenes, considérenlo un signo. También a ustedes la Madre del Cielo les confía un gran proyecto: el de construir un mundo mejor, acogedor, donde ya no haya guerras, ni injusticias, ni miseria, ni deshonestidad, y donde los principios del Evangelio inspiren y moldeen cada vez más los corazones, las estructuras y los programas, para el bien de todos.
¡Es el amor el que debe triunfar, no la guerra! Esto nos enseña el corazón de María, el corazón de la Madre de todos. Salgamos, pues, de este santuario como “ángeles-mensajeros” de vida, para llevar a todos la caricia de María y la bendición de Dios.
Mama Muxima, tueza kokué, Mama Muxima, tutambululé: “Madre del corazón, venimos a ti para ofrecerte todo”, así dice el Himno a Mama Muxima, y continúa: “Venimos a pedir tu bendición”.
Queridos amigos, ofrezcamos todo a María entregándonos a los hermanos y, por su intercesión, recibamos con alegría la bendición del Señor, para llevarla a todos aquellos con quienes nos encontremos. Amén.
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