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VISITA PASTORAL DE SU SANTIDAD LEÓN XIV
A LA REPÚBLICA DE SAN MARINO,
AL ENCUENTRO POR LA AMISTAD ENTRE LOS PUEBLOS
Y A LA CIUDAD DE RÍMINI

DISCURSO DEL SANTO PADRE
A LOS PARTICIPANTES EN EL
47° ENCUENTRO POR LA AMISTAD ENTRE LOS PUEBLOS

Recinto ferial de Rímini
Sábado, 22 de agosto de 2026

[Multimedia]

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Queridos hermanos y hermanas:

Me alegra poder reunirme con ustedes en Rímini, en los lugares que ustedes tanto aprecian por el compromiso, la creatividad y el diálogo que este encuentro de finales de agosto lleva generando desde hace muchos años. Agradezco al Presidente Scholz y al Doctor Prosperi por su saludo.

En este momento histórico comprendemos más profundamente la profecía que, hace casi medio siglo, quedó plasmada en el nombre que se dio a estas jornadas: “Encuentro por la amistad entre los pueblos”. Como les dijo san Juan Pablo II, «el solo hecho de pronunciar estas palabras alegra el corazón: “¡Encuentro!” “¡Encuentro de amistad!” “¡Amistad entre los pueblos!” Palabras que cobran un significado especial en estos momentos, con frecuencia dramáticos, de la historia del mundo» (Discurso en el III Encuentro para la amistad entre los pueblos, Rímini, 29 agosto 1982).

También hoy en día, la paz la custodian y la difunden personas a las que les gusta reunirse y que no temen el diálogo. El Papa Francisco con la Encíclica Fratelli tutti nos ha enseñado a cultivar la amistad social, que representa el rostro público, dinámico y concreto de la fraternidad. Al reconocernos, de hecho, en la dignidad de hijos de Dios, entramos en contacto con lo que une de forma originaria a los seres humanos, más allá de toda diversidad, separación o conflicto. Podemos identificarnos unos con otros, escucharnos y hacernos amigos, entre personas y, por tanto, también entre pueblos. Antes que las fronteras, las definiciones y las instituciones, siempre están las personas. Esta conciencia está en el corazón del cristianismo: ustedes lo saben, porque han sido educados para leer el Evangelio como revelación de Dios que se hace encuentro, acontecimiento, mirada, experiencia, despertando en cada uno el deseo de ser amado y de amar. De este modo, no han hecho del «Meeting» una especie de enclave; al contrario, se ha convertido en una confluencia para la Iglesia y para la sociedad, un encuentro que multiplica los encuentros e inspira nuevos caminos.

Damos gracias al Señor por esta herencia viva, que les confiere una gran responsabilidad histórica, en la comunión más amplia de la Iglesia, al servicio de una humanidad que tiene hambre y sed de justicia. Como nos enseñó el Concilio Vaticano II, en efecto, «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón» (Const. past. Gaudium et spes, 1). Sí, queridos amigos, ha llegado la hora de asumir la responsabilidad, sobre todo para quienes han recibido tanto de una tradición milenaria de fe que se convierte en cultura. Las distintas ediciones del «Meeting», de hecho, han sabido extraer del gran patrimonio del pasado las razones que a ustedes hoy los comprometen en el diálogo con el arte, la música, la literatura, la ciencia, la economía y con toda expresión del alma humana. También el título elegido para esta edición, tomado del último verso de la Divina Comedia, nos impulsa hacia la historia de la que Dios es Señor. «El amor que mueve el sol y las demás estrellas» no ha desaparecido, no ha perdido vigor ni intensidad, aunque sea un amor que prefiere permanecer en silencio, a diferencia de las fuerzas ruidosas que sacuden la tierra, el cielo y todas las criaturas.

Sí, ¡el amor mueve! «Hace salir su sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos» (Mt 5,45). Así describe Jesús la perfección de Dios, poniendo de manifiesto la diferencia entre la generosidad de su actuar y la cerrazón de los pensamientos humanos. La realidad es asfixiada en nuestros cálculos y respira en la gratuidad de Dios. No es casualidad que mis predecesores —san Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco— hayan señalado la misericordia divina como punto de encuentro entre el Evangelio y las “cosas nuevas” de esta época dramática y maravillosa. Seguir a Jesucristo después de las tragedias y los nuevos comienzos del siglo XX implica, de hecho, una conciencia lúcida: el mal no se combate con el mal. Como en el cielo, así también en la tierra el amor es la ley de la vida, el método de la redención, del Mesías crucificado. Al falso realismo, que rearma las mentes, las palabras y las naciones, la cultura católica debe oponer hoy el realismo de la misericordia, según el cual no pueden existir enemigos y todos, incluso los adversarios, son hermanos y hermanas a quienes mirar a los ojos y con quienes encontrarse en la verdad. El pecado existe, sin duda, pero es más fuerte el amor redentor de Cristo, que nos exige a purificar los pensamientos, los intereses, los hábitos, las relaciones, los proyectos, las inversiones —cada aspecto de la vida— de todo aquello que la cultura del poder ha contaminado.

Entre ustedes no faltan las capacidades, la responsabilidad y los recursos necesarios para ponerlos al servicio de una auténtica conversión del pueblo. «La obsesión por preservar la propia gloria, la propia “dignidad”, la propia influencia no debe formar parte de nuestros sentimientos. Debemos buscar la gloria de Dios, que no coincide con la nuestra. La gloria de Dios que resplandece en la humildad de la gruta de Belén o en el deshonor de la cruz de Cristo nos sorprende siempre» (Francisco, Discurso en el V Congreso Nacional de la Iglesia Italiana, Florencia, 10 noviembre 2015).Liberemos, pues, la convivencia de la desconfianza, la cultura de la prepotencia, la educación de la ideología, el trabajo de la idolatría del lucro, y la tecnología y las finanzas de los negocios de la muerte. Empezando por las organizaciones que hemos creado y en las que trabajamos, desenmascaremos las relaciones injustas de poder, que son la raíz de la pobreza y las desigualdades, de la guerra y de los desastres medioambientales. Desarmemos el desarrollo tecnológico cuando se vuelve omnipresente y destructivo. Se necesitan pioneros valientes que, empezando por su propio cambio de rumbo, hagan convincente y creíble la conversión que se exige a todos.

Que no haya sólo quienes aviven el fuego del cansancio y la desesperación; ¡que haya también quienes reaviven los sueños y las visiones! Los dos caminos son incompatibles, porque uno se aprovecha de la división, la alienación y la desesperación, mientras que el otro está al servicio del Reino de Dios y de su justicia. «En un mundo atravesado por tantas maniobras que apuntan a conquistar mercados y espacios de influencia, a menudo revestidas de retórica tranquilizadora y construcciones ideológicas seductoras, nuestro corazón siente la necesidad de descubrir un proyecto diferente, sabio y benévolo, semejante al que María contempla en el Magníficat, cuando proclama que la misericordia de Dios se extiende de generación en generación sobre aquellos que le temen. Este designio de misericordia atraviesa la historia también hoy, dentro de los cambios más rápidos y frenéticos marcados por los algoritmos y las redes globales, y se convierte en la brújula para orientar una existencia evangélica en la era digital. En el centro está el misterio de la Encarnación» (Carta enc. Magnifica humanitas, 230-231).

Queridos amigos, la belleza desarmada de este Misterio nos invita a asumir «el riesgo de educar» del que les habló don Giussani. Él intuyó que “el método educativo más eficaz para el bien no es aquel que se basa en la huida de la realidad para afirmar el bien de forma aislada, sino aquel que se basa en la promoción del bien en el mundo”. [1] E insistía: “En el mundo significa en relación con la realidad en su conjunto, una relación arriesgada, si se quiere llamarla así; pero sería mejor decir que es exigente”. [2] Hermanos y hermanas, ¡asumamos ahora esta responsabilidad, que es un compromiso con Cristo y con nuestro mundo!

Queridos jóvenes, son muchos los que están aquí, y muchos de ustedes como voluntarios. ¡Son la prueba de que el futuro es una promesa, no una amenaza! Muchos ya no lo creen así, tanto entre los adultos como entre sus contemporáneos. Sin embargo, en silencio, «el amor que mueve el sol y las demás estrellas» sigue impulsando la esperanza. Lo he percibido intensamente entre sus coetáneos en el Líbano, en África y en España. El amor mueve, impulsa, despierta del letargo, suscita nuevas vocaciones y llama a arriesgarse. ¡Pónganse en juego! Ábranse a una verdadera catolicidad, ampliando sus vínculos más allá de cualquier pertenencia demasiado limitada. Que el Movimiento, los grupos y las comunidades sean un trampolín desde el que se lancen de lleno a toda la realidad. Combatan aquello que quiera alejarlos de sus hermanos y hermanas de diferentes culturas, sensibilidades y procedencias, especialmente de los más pobres. Al contrario, ¡salgan al encuentro de todos!

En cualquier lugar del mundo, sobre todo en los márgenes y entre quienes sufren, encontrarán a quienes ya están dispuestos a construir la civilización del amor. No permitan que nadie menosprecie esta palabra, que es el nombre mismo de Dios: «Dios es amor» (1 Jn 4,16). En el amor nunca hay coacción ni adoctrinamiento; nunca hay seducción, engaño ni reclutamiento. El amor sólo existe en la libertad, en el encuentro vivo, en la entrega generosa de uno mismo.

Queridos jóvenes, hoy el mundo parece sorprenderse de su adhesión a Cristo, de la atracción que sienten por Él y por su Palabra, de su pertenencia a la Iglesia. ¡Que sean cristianos es hoy, para muchos, una sorpresa! Y, sin embargo, sin hacer alarde de ello, “por medio de ustedes resuena la Palabra del Señor” (cf. 1 Ts 1,8). Así lo escribía san Pablo a la jovencísima comunidad de Tesalónica. Y continuaba: «en todas partes se ha difundido la fe que ustedes tienen en Dios, de manera que no es necesario hablar de esto» (ibíd.). No es una cuestión de números, aunque conmueven los miles de jóvenes de su edad que piden el Bautismo en sociedades consideradas entre las más secularizadas del mundo. Es una cuestión de libertad: la verdad sólo se encuentra en la libertad.

Lo estamos comprendiendo cada vez mejor, en medio de circunstancias históricas que reavivan las preguntas más humanas y un deseo infinito de sentido, de justicia y de paz. Así, cierta pérdida de influencia, que quizá los adultos hayamos temido y combatido, debería revelarnos que podemos valorar más el poder del Evangelio, los vínculos que genera, la lógica que despierta, la vida que hace surgir. Como han repetido en varias ocasiones mis predecesores, «la Iglesia no hace proselitismo. Crece mucho más por “atracción”». [3] Es la atracción por una forma de habitar en el mundo, sobre la que don Giussani preguntaba de forma provocadora: “¿Se puede vivir así?”. [4]

Ya en el siglo II, por otra parte, el autor anónimo de la Carta a Diogneto reconocía que los cristianos «dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble» (V, 4). Claro, tenemos que admitir que llevamos este tesoro “en vasijas de barro” (cf. 2 Co 4,7) y que, a menudo, la credibilidad de nuestro testimonio personal y comunitario se ve marcada por las limitaciones y el pecado. ¡Pero es el Señor quien siempre nos levanta, tanto a nivel individual como comunitario!

Queridos amigos, ¡amen siempre a la Iglesia! Amen y preserven la unidad. Vale la pena mencionarlo de nuevo: “¡amen siempre a la Iglesia! Queridos amigos, amen y preserven la unidad  de la “comunidad” a través de la cual Cristo los ha alcanzado y los atrae hacia sí. Como les dijo el Papa Francisco con motivo del centenario del nacimiento de su fundador, «también los momentos difíciles pueden ser momentos de gracia, y pueden ser momentos de renacimiento. Comunión y Liberación nació precisamente en un tiempo de crisis como fue el ’68. Y después don Giussani no se asustó de los momentos de paso y de crecimiento de la Fraternidad, sino que los afrontó con valentía evangélica, encomendándose a Cristo y en comunión con la madre Iglesia» (Francisco, Discurso a los miembros de Comunión y Liberación, 15 octubre 2022).

Pues bien, queridos amigos, precisamente en medio de la agitación que supone el cambio de época, en este mundo desgarrado por múltiples crisis, podemos redescubrir «el “sabor espiritual” de ser Pueblo de Dios, reunido de todas las tribus, lenguas, pueblos y naciones, viviendo en contextos y culturas diferentes […] todavía peregrino en el tiempo y ya en comunión con la Iglesia del cielo» (XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, Documento final, n. 17). En estos últimos años, hemos redescubierto la dimensión sinodal y misionera de nuestro ser Iglesia, que nos llama, ante todo, a aprender a escucharnos unos a otros. «El don de saber escuchar es algo que, creo, todos reconocemos, pero que a menudo se ha perdido en algunos ámbitos de la Iglesia. Debemos seguir descubriendo lo valioso que es, empezando por escuchar la Palabra de Dios, escucharnos unos a otros y escuchar la sabiduría que encontramos en hombres y mujeres, en los miembros de la Iglesia y en quienes buscan la verdad, pero que aún no son —y quizá nunca sean— miembros de la Iglesia» (Discurso a los participantes en el Jubileo de los equipos sinodales y de los Organismos de participación, 24 octubre 2025).

Es un camino que exige también la renovación de todas las realidades asociativas y movimientos eclesiales. Los invito, tanto dentro del Movimiento de Comunión y Liberación como en las Iglesias particulares a las que cada uno de ustedes pertenece, a vivir esta experiencia de caminar juntos: cada uno escucha, se deja transformar por la fe de los demás y, juntos, bajo la guía de los pastores, maduran nuevas conciencias, nuevos pasos, valientes actos de obediencia al Espíritu Santo. La sinodalidad no es el nombre de un proceso, sino la naturaleza de un pueblo que, en la amistad y en el encuentro con el otro, se percata de que pertenece únicamente a Dios. Entonces, la autoridad se convierte en servicio, que honra las diversidades y facilita su armonía. Este estilo constituye, en esta época convulsa, un auténtico signo de los tiempos. Demos testimonio de que cada carisma es para el bien común, de que toda riqueza se multiplica si se comparte, de que todo miedo puede superarse: debemos hacerlo tangible, creíble y deseable. Sabrán hacerlo, queridos amigos, siguiendo los pasos de su fundador, cultivando la unidad entre ustedes, con quienes están llamados a guiar el Movimiento, con la Sede Apostólica que los ha reconocido y con el Sucesor de Pedro. Que el Espíritu Santo nos eduque en la práctica de la comunión: que nos conceda gustarla, apreciarla y esperar en ella. Queridos hermanos y hermanas, que siga guiándonos ese Amor «que mueve el sol y las demás estrellas». Gracias.

¡Gracias! ¡Gracias!

Un elemento fundamental en toda comunidad cristiana es la oración. Por eso, ahora los invito a todos a rezar la oración que Jesús nos enseñó:

 

Padre Nuestro…

Bendición

¡Gracias y buen camino!

 

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[1] Cf. L. Giussani, Il rischio educativo, Milán 2014, 106.

[2] Cf. ibíd.

[3] Benedicto XVI, Homilía en la Misa de inauguración de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Aparecida (13 mayo 2007); Francisco, Catequesis (11 enero 2023).

[4] Cf. L. Giussani, Si può vivere così?, Milán 2007.