VISITA A LA SEDE DEL PROGRAMA MUNDIAL DE ALIMENTOS (PMA)
DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
Sede del Programa Mundial de Alimentos (Roma)
Lunes, 22 de junio de 2026
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Videoconferencia con los representantes de las zonas fronterizas donde opera el PMA
Saludo improvisado a los empleados en el Jardín de la Paz
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Distinguidas autoridades,
Excelencias,
Señoras y señores,
quisiera agradecer a S. E. la señora Cindy McCain por su amable invitación a intervenir en esta reunión anual del Consejo Ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas. Saludo en particular al señor Carl Skau, director ejecutivo ad interim, y a Su Excelencia la señora Carla Barroso Carneiro, presidenta de esta importante asamblea. Extiendo mi saludo a los representantes de los Estados miembros, a los distinguidos invitados a este encuentro y al personal de esta institución intergubernamental, comprometida con salvar vidas en situaciones de emergencia y con proporcionar ayuda alimentaria en medio de conflictos y desastres naturales. El compromiso de su institución está en profunda sintonía con la misión de la Iglesia católica de defender la dignidad humana y promover la fraternidad, arraigada en el llamado evangélico a amar al prójimo (cf. Mc 12, 31). Juntos compartimos la tarea urgente de combatir el hambre y la desnutrición, abordando al mismo tiempo las causas estructurales subyacentes que las mantienen. Para llevar a cabo esta tarea de manera eficaz, debemos examinar los desafíos que se nos presentan, sus causas subyacentes y los caminos hacia soluciones duraderas.
Hoy en día, las crisis han pasado de ser eventos aislados a convertirse en realidades persistentes, caracterizadas por conflictos prolongados, inseguridad alimentaria crónica, volatilidad económica y vulnerabilidades climáticas crecientes. Esto plantea una pregunta fundamental: ¿qué configuración del orden global es capaz de producir, reproducir y, en ocasiones, normalizar tales condiciones? La cuestión ya no se limita a cómo intervenir; se extiende, más bien, a comprender por qué el sistema produce continuamente los mismos problemas que luego se ve obligado a corregir.
El orden internacional se ha vuelto cada vez más fragmentado, debido en parte a la crisis del sistema multilateral. Como señalé recientemente en la Carta Encíclica Magnifica humanitas, «Las instituciones creadas para salvaguardar la idea de un destino común de los pueblos y de un bien común a nivel mundial parecen debilitadas» (n.º 201). Ante la ausencia de un horizonte ético común capaz de sustentar una cooperación auténtica, el sistema internacional ha pasado del multilateralismo a «un multipolarismo desordenado y conflictivo, donde prevalece la desconfianza hacia el otro» (Ibídem). En consecuencia, los Estados han destinado cada vez más sus recursos a la seguridad nacional, al crecimiento económico y a la estabilidad interna, ignorando el estrecho vínculo entre estas cuestiones y la cooperación multilateral.
Esta tendencia revela una notable paradoja: una capacidad productiva global sin precedentes coexiste con zonas cada vez más extensas de extrema vulnerabilidad. Las mismas fuerzas que impulsan el crecimiento económico a menudo agravan la exclusión y la marginación. Aunque, en principio, aliviar el sufrimiento humano se reconoce ampliamente como algo esencial, las cuestiones humanitarias corren cada vez más el riesgo de quedar relegadas a un segundo plano entre las prioridades internacionales.
Es precisamente en esta brecha entre el reconocimiento de principio y la asignación de prioridades en la práctica donde asistimos a la progresiva burocratización de la solidaridad, junto con la silenciosa mercantilización de la vida humana. Por un lado, la acción humanitaria se ve cada vez más agobiada por procedimientos burocráticos que pueden retrasar la ayuda a quienes la necesitan. Por otro lado, el acceso a bienes esenciales, entre ellos los alimentos, se ve influido con demasiada frecuencia por consideraciones económicas o estratégicas. En consecuencia, quienes no generan un valor cuantificable corren el riesgo de volverse invisibles.
Esta doble dinámica plantea un serio desafío ético: la persona humana ya no ocupa sistemáticamente el centro de la acción internacional. En este contexto, es importante reconocer que «mientras las ayudas y los planes de desarrollo se ven obstaculizados por intrincadas e incomprensibles decisiones políticas, por sesgadas visiones ideológicas o por infranqueables barreras aduaneras, las armas no» (Papa Francisco, Discurso ante la sesión anual del Consejo Ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos, 13 de junio de 2016). De hecho, los conflictos se «alimentan» con mayor facilidad de lo que se alimenta a las personas. Esta realidad refleja no solo las deficiencias operativas, sino también un desequilibrio fundamental en las prioridades políticas y morales.
Las consecuencias se extienden mucho más allá de las personas directamente afectadas. Además de ser una preocupación humanitaria, el hambre erosiona la cohesión social, aumenta el riesgo de conflicto y alimenta la migración forzada. Además, socava la capacidad de los Estados y las sociedades para construir instituciones resilientes, brindar una educación eficaz y promover un desarrollo económico sostenible. Al hacerlo, perpetúa ciclos de fragilidad que, en última instancia, afectan a la comunidad internacional en su conjunto.
Desde este punto de vista, resulta evidente que la acción humanitaria no es ajena al orden internacional. Más bien, refleja la responsabilidad de la comunidad global de fortalecer la solidaridad, oponerse a la exclusión y reconocer la dignidad inherente y otorgada por Dios de cada persona humana. Más allá de la gestión de crisis, por lo tanto, las instituciones internacionales encarnan un principio de responsabilidad compartida y afirman que la comunidad internacional está unida por la preocupación por quienes se encuentran en las situaciones más vulnerables. En este sentido, el Programa Mundial de Alimentos es más que un actor político, económico o técnico; es una expresión concreta de solidaridad internacional. De hecho, allí donde las instituciones nacionales se retiran y las redes comunitarias se desintegran, su presencia contribuye a evitar que las crisis humanitarias degeneren hasta llegar a un colapso irreversible.
Por esta razón, es esencial un compromiso renovado con la cooperación multilateral. En un mundo cada vez más fragmentado y multipolar, ningún Estado por sí solo puede enfrentar los desafíos globales. Una paz duradera y un desarrollo humano sostenible e integral solo son posibles mediante la participación de todos, impulsada por un diálogo internacional auténtico y una cooperación orientada al bien común. Tal enfoque exige una firme voluntad política, capaz de trascender las perspectivas a corto plazo e invertir en bienes públicos globales. «Tal objetivo sólo puede alcanzarse mediante la convergencia de políticas eficaces y la implementación coordinada y sinérgica de las intervenciones. La exhortación a caminar juntos, en concordia fraterna, debe convertirse en el principio rector» (Visita a la sede central de la FAO en Roma, 16 de octubre de 2025, n.º 6).
Con este espíritu, deseo hacer un llamado a los gobiernos y a los pueblos del mundo para que renueven y refuercen su compromiso, aumenten los recursos destinados a la lucha contra el hambre y sus causas profundas, y eliminen los obstáculos que impiden que la ayuda llegue a quienes la necesitan. Al mismo tiempo, dicho apoyo también debería consolidar el compromiso con la Iglesia y la sociedad civil. Fortalecer las capacidades de todos estos actores en su conjunto multiplicará nuestra eficacia colectiva en la lucha contra el hambre.
La implementación efectiva de este llamado exige la reducción de la burocracia innecesaria, de modo que la transparencia y la rendición de cuentas estén al servicio de las personas en lugar de obstaculizar la asistencia. En situaciones en las que los gobiernos carecen de un control territorial efectivo o en las que el acceso humanitario es limitado, los socios locales de confianza se vuelven indispensables. La Iglesia católica —a través de parroquias, diócesis, agencias de Cáritas y otras iniciativas confesionales— a menudo llega a poblaciones vulnerables en zonas inaccesibles para los actores internacionales. Por lo tanto, aliento al Programa Mundial de Alimentos y a sus socios a que continúen apoyando estos esfuerzos.
Es igualmente importante resistirse a la mercantilización de las necesidades humanas esenciales. El agua, los alimentos y la atención médica no pueden subordinarse a consideraciones de mercado ni a intereses geopolíticos. El acceso a una alimentación adecuada es un derecho humano fundamental arraigado en la dignidad de cada persona. Satisfacer esta necesidad no solo sirve para aliviar el sufrimiento, sino también para abordar las causas subyacentes de la inestabilidad geopolítica. De hecho, la seguridad alimentaria es un componente esencial de la seguridad global e integral.
En este sentido, es digno de elogio que, junto con las operaciones de intervención en situaciones de emergencia, el Programa Mundial de Alimentos amplíe su labor más allá de la ayuda inmediata, dedicándose también a iniciativas a largo plazo, como los programas que proporcionan comidas a los niños en las escuelas. Estas inversiones fortalecen la educación, el desarrollo humano y la resiliencia social, reflejando una visión integral del desarrollo humano que promueva la dignidad, las oportunidades y el bienestar de la persona en su totalidad.
Excelencias, queridos amigos, lo que está en juego no es solo la eficacia de una agencia, sino también la credibilidad misma de la cooperación internacional. Su organización demuestra que es posible un camino renovado; sin embargo, esto exige la determinación de simplificar lo que se ha vuelto demasiado complejo, de dar prioridad a lo esencial y de garantizar que ninguna persona quede olvidada. De hecho, este compromiso se basa en el reconocimiento de que cada persona humana posee una dignidad inherente e inalienable que permanece intacta independientemente de las circunstancias, las condiciones o el estatus social. Arraigada en el amor incondicional e ilimitado de Dios, esta dignidad puede describirse como infinita, pues nada puede disminuir, borrar o negar su valor (cfr. la Carta Encíclica Magnifica humanitas, n. 53). Es precisamente en nuestra fidelidad a esta verdad donde se mide la humanidad de nuestras políticas y, con ello, el futuro de la comunidad internacional.
Con estos sentimientos, le pido a Dios que bendiga abundantemente sus esfuerzos, para que todos puedan recibir su pan de cada día y vivir con dignidad. Les aseguro mis oraciones por ustedes, por sus seres queridos y por aquellos a quienes sirven.
Gracias.
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Videoconferencia con los representantes de las zonas fronterizas donde opera el PMA
Buenos días, buenas tardes,
y probablemente buenas noches a todos ustedes, repartidos por todas partes del mundo.
Nos complace estar aquí hoy, para compartir este breve momento con los representantes de las distintas naciones miembros que forman parte del Programa Mundial de Alimentos, pero también con cada uno de ustedes, quienes representan a tantas personas comprometidas en el terreno con la difícil tarea de la lucha contra el hambre. No sé si sería apropiado pedirles tal vez a dos o tres de ustedes que digan unas palabras sobre el lugar donde se encuentran y cuáles son los desafíos más difíciles que deben enfrentar, para que así yo también pueda escuchar parte de la realidad de lo que significa luchar contra el hambre. Sé que muchos de ustedes arriesgan literalmente su vida por estar en los lugares donde operan, y quisiera asegurarles a todos las oraciones y el apoyo de la comunidad mundial y, en particular, de la Iglesia católica, que a menudo es un interlocutor y colabora en los programas que ustedes supervisan y en los que trabajan. La tarea de llevar ayuda a los más necesitados, naturalmente, suele ser un gran desafío. Pero tal vez, escuchar personalmente algunas experiencias también podría ayudarnos a nosotros y a cada uno de nosotros, aquí presentes en Roma esta mañana, a comprender un poco mejor, de cerca, el tipo de desafíos que enfrentan.
[Tras la tercera presentación]
Una de las cosas que la gente a menudo no comprende es la progresión cíclica que lleva a muchas partes del mundo a encontrarse en dificultades cada vez mayores; el hambre suele ser causa de conflictos, y los conflictos provocan más hambre. Y así seguimos dando vueltas en círculo, como estoy seguro de que algunos de ustedes, si no todos, han podido constatar en el trabajo que realizan. A menudo, la crisis que afecta al mundo entero, en el ámbito de la migración, es también el resultado del hambre extrema y de los conflictos que obligan a las personas a abandonar sus hogares, algo que hacen no porque quieran. Lo hacen porque se ven obligadas a hacerlo para sobrevivir. Por lo tanto, el trabajo de cada uno de ustedes, de todos ustedes juntos en el Programa Mundial de Alimentos —eso que sin duda estamos tratando de apoyar y promover— es muy importante, porque juntos no solo estamos brindando la ayuda inmediata, que claramente es esencial, de llevar alimentos a quienes padecen hambre; también estamos llamados a identificar las causas profundas del hambre en las distintas zonas en las que operan, a intervenir allí y a tratar de encontrar soluciones a esos problemas. El mundo de hoy podría vivir sin hambre. Los recursos deberían estar disponibles. La capacidad para producir alimentos existe; sin embargo, con frecuencia los recursos se destinan a promover guerras y conflictos y, por así decirlo, a otros resultados finales menos importantes, por lo que el hambre persiste y, en algunas partes del mundo, incluso aumenta. Ustedes están en el terreno, en primera línea, y es gracias a ustedes que se puede llevar a cabo la labor del Programa Mundial de Alimentos. Por eso deseo agradecerles a todos y cada uno de ustedes, así como a todas las personas a las que representan. Y deseo animarlos en su labor, porque es muy importante que haya personas que apoyen al Programa Mundial de Alimentos para brindar esta ayuda a tantas personas necesitadas. Así que gracias por lo que están haciendo. Que Dios los bendiga a todos y que puedan seguir adelante: ustedes y sus colegas. Por favor, transmitan mi mensaje a las personas con las que trabajan, y que Dios los bendiga siempre en esta labor tan, tan importante. Gracias.
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Saludo improvisado a los empleados en el Jardín de la Paz
Me siento verdaderamente honrado de encontrarme aquí en su presencia y de contar entre ustedes con tantos representantes de los trabajadores del Programa Mundial de Alimentos, quienes dedican su vida a una misión especial en todo el mundo y, como acaba de decir la señora McCain, también en lugares de primera línea de los que algunos nunca han oído hablar, en zonas donde, literalmente, deben arriesgar su vida cada día para garantizar que los suministros de alimentos lleguen a los más necesitados. Se trata, en verdad, de una gran misión, pues es una forma de reconocer la dignidad humana —esa misma dignidad otorgada por Dios— que toda persona en la faz de esta tierra merece. Por eso, gracias por su servicio.
Al salir, al atravesar el jardín, se representaban una serie de valores y objetivos diferentes del Programa Mundial de Alimentos. Solo quisiera destacar dos palabras mientras comparto estos breves momentos con ustedes.
Una de ellas es la palabra «comunidad». Es una palabra que personalmente me toca muy de cerca y que considero cada vez más importante, ya que vivimos en un mundo polarizado, dividido y marcado por tantos conflictos y guerras, donde la destrucción de las relaciones humanas continúa por muchas razones diferentes, entre ellas la tecnología. En lugar de ayudarnos a crear un mundo mejor en el que vivir, la tecnología a menudo se utiliza como método de guerra, de destrucción y de muerte. Por lo tanto, el trabajo que realizan —y, tal vez incluso más que el trabajo en sí mismo, el espíritu que comparten al colaborar todos juntos en la construcción de una comunidad, al acudir en ayuda de las comunidades necesitadas— es verdaderamente un regalo especial. Y me gustaría animarlos a todos a reflexionar sobre su papel como familia —la señora McCain también utilizó esta palabra, la familia que todos ustedes representan—, pero también a construir una comunidad en todo el mundo, para que ustedes y su servicio sean verdaderamente un medio para ayudar a las personas a encontrarse, a estar unidas y a trabajar juntas para resolver los problemas que causan el hambre y para buscar formas de crear un mundo más justo.
Y la otra palabra —la última que vi al salir— es la palabra «esperanza». Ustedes representan, de una manera muy real, la esperanza para el mundo, y esta es una misión que creo que todos compartimos y que todos consideramos parte de nuestra misión, ya sea la Iglesia católica, aquellos de nosotros que somos creyentes, o aquellos que trabajan juntos porque creen en la dignidad humana de todos. Decimos que queremos construir un mundo en el que haya esperanza para el futuro. Con mucha frecuencia leemos sobre jóvenes que ya no tienen esperanza, jóvenes que, debido a las dificultades en su vida —y no necesariamente viven en las zonas más pobres del mundo—, han perdido una visión y un sentido de su propia existencia. Han perdido esa capacidad de mirar hacia el futuro y decir: «Vale la pena hacer esto. Por eso vale la pena dedicar mi vida a ello. Por eso vale la pena reunirnos y buscar una manera de seguir adelante». Ustedes representan la esperanza. Y el trabajo que realizan, especialmente al llegar a los más necesitados, es sin duda un signo de esperanza, una expresión concreta de la esperanza que todos estamos buscando.
Por eso les doy las gracias por ello y deseo asegurarles a todos ustedes mis oraciones por su trabajo, por su misión y por todos aquellos que trabajan en el Programa Mundial de Alimentos. Que todos ustedes sean fortalecidos y protegidos mientras cumplen esta misión, porque el alimento para el mundo es algo que nosotros deseamos ofrecer: alimento para el mundo en el sentido de algo para comer cada día, pero también alimento que dé esperanza para construir un mundo mejor, un mundo de paz, un mundo en el que todos estemos verdaderamente unidos. Que Dios los bendiga a todos y gracias.
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Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, 22 de junio de 2026
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