DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
A LOS PARTICIPANTES EN EL ENCUENTRO PROMOVIDO POR LA
PONTIFICIA ACADEMIA PARA LA VIDA
Sala del Consistorio
Viernes, 30 de octubre de 2026
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En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
La paz esté con ustedes.
Les doy la bienvenida a todos ustedes y les agradezco su presencia esta mañana. Vienen de muchos países y traen consigo una gran variedad de preguntas y visiones. Al mismo tiempo, creo que comparten cierto malestar ante el desarrollo de la inteligencia artificial. Reconocemos la dirección que deberíamos tomar, pero no se está haciendo lo suficiente para avanzar. Les agradezco que hayan compartido sus preocupaciones, así como sus ideas y propuestas para el futuro. Estos son los primeros frutos de un enfoque transdisciplinario, cada vez más necesario si queremos afrontar la complejidad de los grandes desafíos de nuestro tiempo.
La Pontificia Academia para la Vida, que ha organizado este encuentro, es muy consciente de los desafíos que surgen allí donde la dignidad humana se ve amenazada. A este respecto, al dirigirse a los líderes del G7, el Papa Francisco describió la inteligencia artificial como «un instrumento fascinante y tremendo al mismo tiempo» y afirmó que nunca se debería confiar a una máquina la decisión de quitar una vida humana (cf. Discurso en la Sesión del G7 sobre la inteligencia artificial, 14 de junio de 2024). Esas palabras siguen siendo hoy más actuales que nunca. En la Encíclica Magnifica humanitas he procurado abordar estas cuestiones más profundamente. Hoy quisiera proponerles cinco consideraciones en particular.
En primer lugar, el futuro de la inteligencia artificial no está predeterminado. Como tecnología desarrollada por los seres humanos, su futuro depende de las decisiones que tomemos. Por tanto, tenemos la responsabilidad de orientar, modificar y, cuando sea necesario, rechazar sus aplicaciones (cf. nn. 97, 104). La pregunta decisiva, entonces, no es simplemente: «¿qué puede hacer la inteligencia artificial?», sino: «¿para qué debería servir?». Quienes consideran su desarrollo únicamente como una carrera que hay que ganar corren el riesgo de concentrarse solo en la línea de meta, olvidando a cuantos quedan atrás. Un sistema fiable que esté al servicio de la persona humana es más valioso que un sistema extraordinariamente potente, pero cuyas consecuencias no pueden preverse ni controlarse adecuadamente.
En segundo lugar, las máquinas son instrumentos, no personas. «Las denominadas inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad» (n. 99). Hoy algunos proponen conceder derechos a estos sistemas, o incluso personalidad jurídica. Tal enfoque corre el riesgo de oscurecer la responsabilidad humana y de dejar a quienes sufren un daño frente a una entidad sin rostro.
En tercer lugar, ciertas decisiones nunca deben delegarse. Cuando una persona es incluida en una lista de sujetos sospechosos o registrada en una base de datos de controles fronterizos, existe el riesgo de que quede reducida a un simple dato. Las decisiones relativas a la vida humana, la libertad y el uso de la fuerza deben permanecer siempre sujetas a un control humano eficaz, informado y responsable (cf. nn. 198-200). Por esta razón, la inteligencia artificial debe ser «desarmada» (n. 110), y aliento a los Estados que se reunirán en Ginebra en noviembre a dar pasos concretos hacia la prohibición de las armas letales autónomas.
En cuarto lugar, las tecnologías inteligentes deben estar orientadas al bien común. «Hoy la justicia pasa también por el acceso a los beneficios de la innovación: cuidados, conocimiento, herramientas y oportunidades» (n. 161). De hecho, nunca deben convertirse en fines en sí mismas ni servir únicamente a los intereses de unos pocos privilegiados. Por el contrario, su desarrollo debe promover la solidaridad y la participación en los distintos niveles de la comunidad global, asegurando que los beneficios del progreso se compartan equitativamente, especialmente con quienes más lo necesitan (cf. nn. 71-72).
Por último, quisiera destacar un desafío que quizá sea el más urgente. Ya conocemos muchos de los principios éticos que deberían guiar el desarrollo de la inteligencia artificial. Lo que necesitamos actualmente son instituciones capaces de poner en práctica esos principios, especialmente instituciones internacionales eficaces que puedan salvaguardar el bien común global (cf. n. 64). Esto exige normas compartidas, supervisión independiente y mecanismos claros de rendición de cuentas, de modo que las decisiones relativas al desarrollo y al uso de la inteligencia artificial puedan ser examinadas, cuestionadas si es necesario y acompañadas de medidas de reparación adecuadas por cualquier daño causado (cf. nn. 105, 107).
Queridos amigos, con estas reflexiones les agradezco una vez más sus valiosas contribuciones en este ámbito y los aliento a perseverar en su compromiso, trabajando juntos con espíritu de diálogo y de responsabilidad compartida por el bien común. Los acompaño con mis oraciones y a cada uno de ustedes imparto de corazón mi bendición. Gracias.
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Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, 30 de octubre de 2026
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