VIAJE APOSTÓLICO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV A FRANCIA
Y VISITA A LA SEDE DE LA ORGANIZACIÓN DE LAS NACIONES UNIDAS
PARA LA EDUCACIÓN, LA CIENCIA Y LA CULTURA (UNESCO)
25-28 DE SEPTIEMBRE DE 2026
VIGILIA DE ORACIÓN CON LOS JÓVENES
DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
“Stade de France”, Saint-Denis
Viernes, 25 de septiembre de 2026
___________________________________
________________________________
Pregunta de Chloé
Santo Padre, le agradecemos su presencia entre nosotros esta tarde y por este momento de diálogo que nos ofrece.
Me llamo Chloé, tengo 25 años y estoy terminando los estudios en farmacología. Formo parte de un grupo de jóvenes católicos de los barrios populares de Île-de-France: La Cité Céleste. Organizamos en particular eventos ocasionales como noches de adoración y alabanza, que reúnen a numerosos jóvenes del barrio deseosos de vivir y compartir ampliamente su fe. También estoy comprometida en mi parroquia, especialmente con los jóvenes de la escuela secundaria. A través de estos diferentes compromisos, me interesa poner mi energía y mis competencias al servicio de los demás, creando un vínculo entre la fe, los jóvenes y las realidades vividas diariamente en nuestros barrios.
Como dice san Pablo, «para nosotros, vivir es Cristo». Sin embargo, la sociedad en la que vivimos se basa en otros principios y a veces parece incluso ajena a la cuestión de Dios. Queremos anunciar a Cristo, con fuerza y perseverancia, a quienes nos rodean, pero también, naturalmente, con respeto y delicadeza hacia los que encontramos. ¿Cómo podemos conjugar la fuerza de nuestro impulso misionero con la autenticidad de una vida fraterna con aquellos que no comparten nuestra fe?
Queridos amigos, la primera cosa que yo quisiera decir es muy simple : ¡gracias! Gracias a Dios, gracias a ustedes, gracias por su valentía, gracias por su presencia, gracias por su fe. ¡Ustedes son los santos de Francia!
Y gracias Chloé por tu pregunta. La frase de san Pablo que has citado no es una simple afirmación. Es una auténtica síntesis de su vida. En estas pocas palabras, tan breves pero decisivas, escuchamos una alabanza y una oración, un acto de fe y un camino de santidad recorrido hasta el martirio. «Para mí la vida es Cristo» (Flp 1,21). Al repetir esta declaración de amor, tratamos de compartir la experiencia del apóstol. Él, de hecho, nos da testimonio de cómo Dios nunca es ajeno a su vida, sino que, al contrario, sale a su encuentro: lo llama junto a sí, lo transforma interiormente y lo envía al mundo.
También hoy, todos nosotros estamos involucrados en esta dinámica espiritual: es verdad, como tú has dicho, que la sociedad en la que vivimos parece indiferente a Dios. Sin embargo, ¡el Señor no es indiferente a nosotros! Esto es lo que cuenta y nos da esperanza. Que muchos sean ajenos a la cuestión de Dios es, en efecto, un problema; pero lo es igualmente que muchos sean ajenos a la cuestión del hombre. Cuántas personas, por desgracia, se desinteresan del prójimo, viviendo de manera egoísta o desprecian a los pobres desperdiciando sus bienes en cosas vanales. Cuántos descartan a los sencillos y a los enfermos, pensando que alguien vale por lo que produce. Pienso particularmente, en tu compromiso en los barrios populares de Île-de-France con La Cité Céleste: es allí, en la concreción de la vida cotidiana, e incluso en las dificultades, que tu fe se vuelve un vivo testimonio de esperanza.
Es el hombre quien se extravía cuando afirma que Dios ha muerto: si Dios no está con él, el hombre ya no tiene salvación y pierde el sentido de su existencia, que queda reducida a un callejón sin salida o a la nada. Experimenta exactamente lo contrario quien dice: «Para mí la vida es Cristo». En Cristo, de hecho, sabemos que Dios nunca es indiferente al hombre. Por medio de Jesús, crucificado y resucitado, dona su propia vida para que nosotros vivamos. He aquí entonces el modo de anunciar a Cristo conjugando valentía y respeto: anunciarlo como Evangelio de salvación, como Palabra de verdad y de vida. Este Evangelio es buena noticia para todos, anuncio liberador y regla de vida nueva.
El Evangelio de Jesús, en realidad, no conduce al conflicto, sino que siempre invita al perdón: mientras ilumina el drama de la historia, nos educa en el cuidado fraterno. El encuentro con Cristo nos abre al diálogo y nos prepara para su paz, porque ofrece a cada hombre y mujer la mayor promesa que cumple todo deseo: la promesa de la vida eterna.
Querida Chloé, queridos jóvenes, la experiencia religiosa de cada persona expresa esa búsqueda de sentido que anima el alma. En Jesús, el Redentor del mundo, Dios se deja encontrar hablando «a los hombres como amigos» (Dei Verbum, 2). Él es la fuente de agua viva, la luz en las tinieblas. Por tanto, con la alegría de la fe, exclamemos juntos esta noche: ¡para nosotros vivir es Cristo! Todos juntos: ¡para nosotros vivir es Cristo!
Gracias a Él podemos unir el celo misionero con la experiencia de la fraternidad hacia quienes no creen o pertenecen a otras tradiciones religiosas. Esta fraternidad, compuesta por la escucha y la estima mutua, hunde sus raíces en la unidad de la familia humana, que a lo largo de la historia ha expresado la dimensión religiosa como una característica vital de todo pueblo.
Cultivar un vínculo fraternal con quienes no comparten nuestra fe contribuye así a la construcción de la sociedad; además, puede convertirse en un ejercicio de fe y caridad, porque es imposible dar testimonio de Cristo sin amar a quienes deseamos anunciarlo. Un signo alentador de esta fraternidad son las reuniones entre jóvenes de la zona mediterránea que han tenido lugar en los últimos años.
Por tanto, el mensaje cristiano no es un obstáculo para la convivencia fraterna, al contrario, lo promueve, porque invita libremente a cada persona a escuchar una noticia de paz y salvación. Del mismo modo, nuestra misión no contradice el respeto hacia otras religiones, porque la Iglesia no rechaza nada de lo que en ellas hay de santo y verdadero (cf. Nostra aetate, 2). Gracias.
Pregunta de François
Santo Padre, gracias por venir a fortalecernos en la fe y en nuestro deseo de dar testimonio del Evangelio.
Me llamo François Bigot, crecí en el campo de Borgoña y actualmente estudio agronomía en la Universidad de La Salle. Me gusta dedicar mi tiempo a la belleza de la liturgia, estoy comprometido a servir a mi diócesis a través de la peregrinación en bicicleta de montaña a Nevers, a la peregrinación en bicicleta de montaña y a la preparación de una nueva peregrinación borgoñona. También soy líder scout y participo en la atención pastoral universitaria de mi escuela.
Al servicio de los más vulnerables, al servicio de la paz en nuestro país y en el mundo, al servicio de la Iglesia de Cristo, ¡los jóvenes queremos comprometernos! Sin embargo, a menudo es difícil entender cómo orientar la vida para entregarse sin reservas, con fidelidad, sin dispersarse ni desanimarse, ni, tanto que la tarea a veces parece inconmensurable. La ansiedad y la incertidumbre a menudo hacen frágil el entusiasmo de nuestra juventud. Beatísimo Padre, ¿cómo podemos discernir dónde el Señor nos espera para servir y ofrecer nuestras vidas?
¿Hay muchos scouts aquí? Ah, ¡muy bien, bienvenidos!
Primero que nada, les agradezco mucho su compromiso. Es una gran alegría para mí ver que son tan numerosos, animados por el deseo de ponerse al servicio de la paz, que nos hace crecer como hombres y mujeres, transformando los miedos en esperanza y las quejas en compromiso responsable. Hoy esta gran misión es más urgente que nunca, pues nos invita a navegar con discernimiento en medio de las transformaciones tecnológicas y digitales actuales, sin disminuir nuestra humanidad. En particular, cuando nos dedicamos a proteger a los más pequeños y débiles, reconocemos nuestra propia debilidad, en la que todos nos encontramos. Esta fragilidad propia de la vida humana no nos asusta, sino que nos une como criaturas que se descubren hermanos y hermanas en Cristo. Él es el primero que se entrega a nosotros; y el signo vivo de esta gracia es la Eucaristía, «fuente y cumbre de toda la vida cristiana» (Lumen gentium, 11). De este sacramento, que sostiene nuestra fe, obtenemos la fuerza para entregarnos, a nuestra vez, a nuestro prójimo, imitando la gratuidad del Señor Jesús. La búsqueda de la justicia y la paz nos obliga a constatar los conflictos que nosotros mismos experimentamos y a purificar nuestros corazones. Al comprometernos al servicio de Dios y de los demás, nuestras heridas encuentran consuelo y redención.
En toda la historia, no hay fracaso del que Dios no pueda levantarnos: su misericordia es nuestra alegría. Y, sin embargo, han mencionado la ansiedad y la incertidumbre como obstáculos para su entusiasmo. Son sentimientos muy difundidos, debido a la precariedad de los planes para el futuro, la naturaleza provisional de los vínculos afectivos y la fragilidad de las relaciones. A ellos se suman otros, que pesan sobre su generación, como el cansancio provocado por las pantallas y la ansiedad ante el cambio climático o la situación económica e internacional. Sí, necesitamos prestar atención a estos sentimientos. Invito a todos ustedes, queridos jóvenes, a mantener el corazón abierto ante los sufrimientos de sus compañeros.
Al mismo tiempo, la experiencia de la fragilidad, de cualquier fragilidad, se convierte, para un discípulo de Cristo, en una ocasión para ser su testigo. Quien sigue a Jesús en el camino del servicio humilde y gratuito se libera de la angustia y redescubre un nuevo entusiasmo, al experimentar la alegría y paz interiores; no como sentimientos fugaces o subjetivos, sino arraigadas en la certeza de la fe de la que damos testimonio juntos como Iglesia.
Sí, juntos formamos la Iglesia: frágil y santa, como vasijas de barro que guardan un tesoro (cf. 2 Co 4,7). Es nuevamente san Pablo quien nos recuerda que precisamente en la debilidad somos fuertes (cf. 2 Co 12,10). Especialmente en tiempos difíciles, Dios sostiene nuestra libertad y nos anima con su gracia. Quiso vivir como hombre, para que pudiéramos vivir con Él para siempre, como testigos gozosos de la esperanza.
Queridos amigos, esta amistad con Jesús es donde se realiza nuestro discernimiento, una reflexión que requiere invocar al Espíritu Santo. Se trata de un ejercicio constante para avanzar de manera ordenada y segura.
¿Cómo podemos discernir bien?
En primer lugar, recuerden que la Palabra del Señor es siempre una lámpara para nuestros pasos (cf. Sal 119,105). A la luz del Evangelio, la formación espiritual pasa a través de la oración y el servicio; la adoración y la acción; el silencio ―ese silencio tan raro y tan necesario, lejos del bullicio de los medios― y el anuncio.
Luego, miren el ejemplo de los santos: incluso en la persecución, estos hermanos y hermanas nuestros abrieron caminos de paz. Miren a aquellos sacerdotes apasionados por Cristo, como san Eugenio de Mazenod y san Juan María Vianney; contemplen la belleza mística de santa Teresa de Lisieux; a la beata Pauline Jaricot, ferviente en la caridad y la misión; el valor de los cincuenta mártires del apostolado, en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, que sirvieron a sus hermanos y hermanas hasta el punto de sacrificar sus vidas. Los santos cambiaron el curso de la historia, haciendo que muchos pasaran del sufrimiento a la esperanza, porque primero cambiaron sus propios corazones, transformándolos a la luz de la fe.
Queridos jóvenes, mientras disciernen su vocación, estén seguros de que el Señor no les habla de manera confusa, sino que se dirige a cada uno por su nombre y los invita a seguirlo porque los ama. Acogiendo su Evangelio con la mente clara y el corazón puro, entenderán cómo Jesús los llama a servir. Se trata siempre de un don de vida: pleno, fiel, rebosante de amor. Para vencer la angustia o la incertidumbre, tengan el valor de decir una sola palabra, simple y hermosa: gracias. Gracias, Jesús, por tu amor.
Por eso ahora, sin miedo, pero con confianza y llenos de alegría, ya podemos decir todos todos, todos juntos, siguiendo los pasos de los santos: “¡Heme aquí Señor!”
Todos juntos: “¡Heme aquí Señor!”
Y me dirijo a aquellos de entre ustedes ―y hay muchos aquí esta noche― que creen escuchar la llamada a seguir a Jesús en el camino del sacerdocio o de la vida consagrada. Queridos amigos, ¡la Iglesia en Francia los necesita mucho! Ella reza por ustedes, los está esperando. Queridos amigos, ¡no tengan miedo de esta llamada! Tengan valor, confíen en Jesús que quiere hacerlos sus amigos más cercanos: Él no los decepcionará y siempre estará a su lado; su vida será maravillosamente hermosa y fructífera.
Para concluir, podemos retomar esta oración que nos dio san Juan Pablo II: «Maestro, tú que amas y respetas la persona humana, tú que has compartido el sufrimiento de los hombres, tu que esclareces el misterio de la existencia humana, ¡haznos descubrir el verdadero sentido de nuestra vida y de nuestra vocación!» (Homilía de la XII Jornada Mundial de la Juventud, París, 24 agosto 1997).
Gracias.
________________________________
En la noche, la luz nos parece aún más deslumbrante. Así, queridos jóvenes, hemos escuchado juntos las palabras de san Pablo. Queremos mantenerlas en alto, como una antorcha que ilumine no sólo la oración de cada uno, sino toda la historia de la Iglesia. El apóstol observa su tiempo y acoge la inspiración divina, es decir, al Espíritu Santo, que siempre abre perspectivas luminosas de futuro. Sí, Dios es el Señor de la historia y, pase lo que pase, la conduce hacia la salvación: en Cristo todo mal tiene un término, precisamente porque el final se convierte en el comienzo de una vida nueva y eterna.
Queridos amigos, para iluminar nuestra época y transformar el presente a la luz del Espíritu, recordemos ante todo que nosotros también, al igual que Timoteo, somos hombres y mujeres de Dios. Esta expresión ―de Dios― elegida por san Pablo, se refiere a una relación, no a una posesión. Quien vive de Dios es libre: libre de todo lo que obscurece la vida, haciéndola vacía y sin sentido. Jóvenes de Francia, ustedes llevan en su corazón un inmenso deseo de libertad, palabra que resuena con fuerza en su cultura. ¿Cuál es, entonces, la fuente de la verdadera libertad? Jesús nos la indica claramente cuando nos dice que la verdad nos hará libres (cf. Jn 8,32); y que la Verdad es Él mismo (cf. Jn 14,6). He aquí, pues, la fuente de la verdadera libertad: la relación viva con Jesús.
La compañía del Señor, de hecho, da sabiduría a nuestros proyectos y belleza a los deseos que llevamos en el corazón. Dios atraviesa nuestra alma como la luz, llamándonos a una renovación permanente, a una conversión que da pleno sentido a la existencia, porque nos convierte en protagonistas de una historia que pasa de la confusión a la búsqueda de la verdad; de la indiferencia al compromiso por la justicia. San Pablo lo expresa con tres verbos que interpelan nuestra libertad: huye, tiende, lucha. El apóstol escribe a Timoteo: ante todo, «huye de estas cosas», es decir, el orgullo, la vanidad, la violencia y la avidez (cf. 1 Tm 6,4.10). Son todos sentimientos que se apoderan de nosotros y nos dominan. El egoísmo que los caracteriza esconde una soledad aterradora. Para disfrutar de la cercanía de Dios y de la fraternidad humana, es necesario, por lo tanto, rechazar esa codicia que consume las relaciones sin dar nada a cambio y que nos llena de cosas sin alimentarnos. Ese estilo de vida nos empuja a tenerlo todo, pero a no ser nadie; a recibir una gran cantidad de “me gusta”, pero quedándonos solos con nosotros mismos.
Cuando decidimos no seguir ese estilo, entonces empezamos a tender hacia «la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre» (v. 11). Sí, quien vive de Dios tiende hacia lo mejor: está en entrenamiento constante. Busca la virtud, es decir, la fuerza que lo hace bueno y verdadero. Queridos amigos, la dinámica que caracteriza la existencia cristiana tiene un nombre preciso: se llama camino de santidad. Es el camino que el Señor abre ante cada uno de nosotros, acompañándonos a lo largo del trayecto. ¡Y cuántos hijos e hijas de esta amada tierra de Francia se han dejado guiar por este camino! Pensemos, por ejemplo, en el beato Marcel Callo, un joven francés, scout y obrero que, en la oscuridad del campo de concentración, nunca dejó de tender hacia el bien, conservando su libertad interior.
A medida que avanzamos en este camino hacia la santidad, queda claro que no basta con evitar el mal: hay que elegir el bien. No se trata de un principio abstracto, ni de una afirmación obvia: elegir el bien es la acción propia de la libertad, y al llevarla a cabo, la libertad misma se realiza, se corrige y madura. Para tomar la decisión correcta, recuerden este criterio: el bien da vida, nunca la quita; el bien cuida, no toma para sí. El bien no es un concepto bonito, sino el rostro radiante del amor: ¡es Dios mismo! Las virtudes que san Pablo nos presenta como reflejos de su bondad son estas: la justicia hacia la humanidad; la piedad y la fe hacia Dios; la caridad con todos; la paciencia hacia quienes nos hacen sufrir; la mansedumbre que distingue a quienes buscan la paz con un corazón puro. Los principios de igualdad y fraternidad que inspiran a su sociedad encuentran aquí su fundamento: más que simples prescripciones legales, son decisiones radicales y valientes de un corazón libre. Hacer nuestras estas cualidades, no es sólo un compromiso moral: es la decisión de convertirnos en hombres y mujeres auténticos, libres de concesiones. A este respecto, el apóstol nos entrega un tercer verbo: luchar. De hecho, huir del mal y tender al bien implica luchar. Sí, luchar como lo hizo san Pablo, representado a menudo con una espada en las manos, signo de la Palabra de Dios, «la espada del Espíritu» (Ef 6,17). Este verbo resuena con fuerza aquí en Francia, tierra de santa Juana de Arco, una joven que supo luchar con audacia. Pero cuidado: la lucha a la que estamos llamados es la de la fe, es decir, el compromiso de vivir según el Evangelio, como discípulos de Jesús, el Hijo de Dios que nos hace a todos hermanos y hermanas. Es en su nombre donde tenemos la fuerza de los justos para resistir la tentación. En su nombre tenemos la perseverancia de los mansos, para dedicarnos al bien. Nuestra lucha no es una batalla contra los demás; no recurre a las armas de la violencia, el desprecio o la opresión. Nuestra única arma es el amor que se entrega. Sabemos, lamentablemente, que existen fuerzas contrarias a nuestro vínculo con Dios, potencias que buscan dividir a las personas y a los pueblos, enfrentándolos entre sí. Estos males no sólo tienen un rostro violento, sino que a veces asumen también una apariencia insidiosa, porque prometen precisamente lo que nos quitan: la felicidad. Pero cuando nos sentimos envueltos en su oscuridad, la luz del Espíritu Santo nos ilumina y fortalece: esta noche, por lo tanto, elijamos juntos las virtudes que debemos cultivar para seguir al Señor.
No estamos solos en este camino hacia la santidad, porque lo recorremos unidos a todos nuestros hermanos y hermanas que nos rodean. De hecho, lo experimentan esta noche y durante los grandes encuentros como las Jornadas Mundiales de la Juventud. Además, contamos con los santos como aliados: son amigos que nos sostienen en las pruebas. Queridos amigos, cuando las decisiones de la vida exijan valentía, recurran a su intercesión e imiten su ejemplo: como hemos cantado en las letanías, el aliento de los santos nos asegura que nunca estamos solos en la oración, nunca estamos solos en la Iglesia. Especialmente en este tiempo, pidamos su ayuda para ser artífices de paz: ¡el eterno deseo de Dios y el constante compromiso de la humanidad! Esta noche he mencionado a algunos de ellos. Pidámosle también a santa Teresa del Niño Jesús que nos enseñe su “caminito” del amor cotidiano, fundamento sólido de toda paz duradera.
El Señor hace realidad esta paz mediante la Alianza que establece con todos nosotros por medio de Jesucristo. Por eso, al señalar el fundamento de nuestra experiencia de fe, san Pablo habla no sólo de lo que podemos hacer al responder a Dios, sino también de lo que Dios hace por nosotros. El apóstol lo resume en un episodio: Jesús ante Pilato, la verdad del amor frente a la hipocresía del poder. La «buena batalla» coincide, pues, con el “hermoso testimonio” (cf. 1 Tm 6,12-13). Así lo demuestra el uso de un mismo adjetivo: kalos, que aquí quiere decir bien hecho. La obra bien hecha, la que es buena, es la redención que Jesús realiza por nosotros. En su lucha contra el pecado y la muerte, la victoria de Cristo nos libera a todos: nos salva de todo mal, nos invita a todo bien.
Bajo esta luz, contemplemos las dos reliquias que tenemos ante nuestros ojos: la túnica y la cruz. Una fue quitada a Cristo; la otra, le fue dada a Cristo. En este sentido, ambas son signos de su pasión: Jesús es despojado de su túnica para cubrirnos con la vestimenta blanca, lavada «en la sangre del Cordero» (Ap 7,14). Así es como la cruz, de instrumento de muerte, se convierte en signo de esperanza: juntos, por eso, la túnica y la cruz nos representan a nosotros, a nosotros la Iglesia que nace de la vida de Dios entregada al mundo. Queridos jóvenes, para crecer en santidad y mejorar nuestra sociedad, sean testigos luminosos de este Evangelio, es decir, de la buena noticia que es Cristo mismo, nuestro Salvador: «A él honor y poder eterno. Amén» (1 Tm 6,16).
Copyright © Dicasterio para la Comunicación - Libreria Editrice Vaticana