ENCUENTRO CON SS. BARTOLOMEO I
Y FIRMA DE LA DECLARACIÓN CONJUNTA
Palacio Patriarcal (Estambul)
Sábado, 29 de noviembre de 2025
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DECLARACIÓN CONJUNTA
«¡Den gracias al Señor, porque es bueno,
porque es eterno su amor!»
(Sal 107,1).
En la víspera de la fiesta de san Andrés, el primero que fue llamado a ser apóstol, hermano del apóstol Pedro y patrono del Patriarcado Ecuménico, nosotros, el Papa León XIV y el Patriarca ecuménico Bartolomé, damos de corazón gracias a Dios, nuestro Padre misericordioso, por el don de este encuentro fraternal. Siguiendo el ejemplo de nuestros venerables predecesores y atendiendo a la voluntad de nuestro Señor Jesucristo, continuamos caminando con firme determinación por la vía del diálogo, en el amor y en la verdad (cf. Ef 4,15), hacia la anhelada restauración de la plena comunión entre nuestras Iglesias hermanas. Conscientes de que la unidad de los cristianos no es simplemente resultado del esfuerzo humano, sino un don que viene de lo alto, invitamos a todos los miembros de nuestras Iglesias —clérigos, monjes, personas consagradas y fieles laicos— a buscar sinceramente el cumplimiento de la oración que Jesucristo dirigió al Padre: «Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti [...], para que el mundo crea» (Jn 17,21).
La conmemoración del 1700 aniversario del primer Concilio ecuménico de Nicea, celebrada en la víspera de nuestro encuentro, fue un momento extraordinario de gracia. El Concilio de Nicea, celebrado en el año 325 d. C., fue un acontecimiento providencial de unidad. Sin embargo, el propósito de conmemorar este acontecimiento no es simplemente recordar la importancia histórica del Concilio, sino impulsarnos a estar continuamente abiertos al mismo Espíritu Santo que habló a través de Nicea, mientras afrontamos los numerosos desafíos de nuestro tiempo. Estamos profundamente agradecidos con todos los líderes y delegados de otras Iglesias y comunidades eclesiales que quisieron participar en este evento. Además de reconocer los obstáculos que impiden la restauración de la plena comunión entre todos los cristianos —obstáculos que tratamos de abordar mediante el camino del diálogo teológico—, debemos reconocer también que lo que nos une es la fe expresada en el Credo de Nicea. Esta es la fe salvadora en la persona del Hijo de Dios, Dios verdadero de Dios verdadero, homooúsios con el Padre, que por nosotros y por nuestra salvación se encarnó y habitó entre nosotros, fue crucificado, murió y fue sepultado, resucitó al tercer día, subió a los cielos y ha de volver para juzgar a vivos y muertos. A través de la venida del Hijo de Dios, somos introducidos en el misterio de la Santísima Trinidad —Padre, Hijo y Espíritu Santo— y estamos invitados a llegar a ser, en y a través de la persona de Cristo, hijos del Padre y coherederos con Cristo por la gracia del Espíritu Santo. Dotados de esta confesión común, podemos afrontar nuestros desafíos compartidos al dar testimonio de la fe expresada en Nicea con respeto mutuo, y trabajar juntos hacia soluciones concretas con esperanza genuina.
Estamos convencidos de que la conmemoración de este importante aniversario puede inspirar nuevos y valientes pasos en el camino hacia la unidad. Entre sus decisiones, el primer Concilio de Nicea también estableció los criterios para determinar la fecha de la Pascua, común para todos los cristianos. Estamos agradecidos con la Divina Providencia porque este año todo el mundo cristiano celebró la Pascua el mismo día. Es nuestro deseo común continuar el proceso para buscar una posible solución que permita celebrar juntos la Fiesta de las Fiestas cada año. Esperamos y oramos para que todos los cristianos, «con toda sabiduría e inteligencia espiritual» (Col 1,9), se comprometan en el proceso de llegar a una celebración común de la gloriosa resurrección de nuestro Señor Jesucristo.
Este año conmemoramos también el 60 aniversario de la histórica Declaración conjunta de nuestros venerables predecesores, el Papa Pablo VI y el Patriarca ecuménico Atenágoras, que puso fin al intercambio de excomuniones de 1054. Damos gracias a Dios porque este gesto profético impulsó a nuestras Iglesias a proseguir «con espíritu de confianza, de estima y de caridad mutuas, el diálogo que nos lleve con la ayuda de Dios a vivir de nuevo, para el mayor bien de las almas y el advenimiento del reino de Dios, en la plena comunión de fe, de concordia fraterna y de vida sacramental, como existió entre ellas durante el primer milenario de la vida de la Iglesia» (Declaración conjunta del Papa Pablo VI y el Patriarca ecuménico Atenágoras, 7 diciembre 1965). Al mismo tiempo, exhortamos a quienes aún dudan de cualquier forma de diálogo a que escuchen lo que el Espíritu dice a las Iglesias (cf. Ap 2,29), que en las circunstancias actuales de la historia nos insta a presentar al mundo un testimonio renovado de paz, reconciliación y unidad.
Convencidos de la importancia del diálogo, expresamos nuestro continuo apoyo a la labor de la Comisión Mixta Internacional para el Diálogo Teológico entre la Iglesia Católica Romana y la Iglesia Ortodoxa, que en su fase actual está examinando cuestiones que históricamente se han considerado divisivas. Junto con el papel insustituible que desempeña el diálogo teológico en el proceso de acercamiento entre nuestras Iglesias, también valoramos los demás elementos necesarios de este proceso, incluidos los contactos fraternos, la oración y el trabajo conjunto en todos aquellos ámbitos donde la cooperación ya es posible. Exhortamos firmemente a todos los fieles de nuestras Iglesias, y especialmente al clero y a los teólogos, a que abracen con alegría los frutos alcanzados hasta ahora y a que trabajen para que sigan aumentando.
La meta de la unidad cristiana incluye el objetivo de contribuir de manera fundamental y vivificante a la paz entre todos los pueblos. Juntos elevamos fervientemente nuestras voces para invocar el don de la paz de Dios sobre nuestro mundo. Trágicamente, en muchas regiones de nuestro planeta, los conflictos y la violencia continúan destruyendo la vida de tantas personas. Hacemos un llamamiento a quienes tienen responsabilidades civiles y políticas para que hagan todo lo posible a fin de garantizar que la tragedia de la guerra cese inmediatamente, y pedimos a todas las personas de buena voluntad que apoyen nuestra súplica.
En particular, rechazamos cualquier uso de la religión y del nombre de Dios para justificar la violencia. Creemos que el auténtico diálogo interreligioso, lejos de ser causa de sincretismo y confusión, es esencial para la coexistencia de pueblos de distintas tradiciones y culturas. Conscientes del 60 aniversario de la Declaración Nostra aetate, exhortamos a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a trabajar juntos para construir un mundo más justo y solidario, y a cuidar la creación que Dios nos ha confiado. Sólo así la familia humana podrá superar la indiferencia, el afán de dominación, la codicia de lucro y la xenofobia.
Aunque estamos profundamente alarmados por la situación internacional actual, no perdemos la esperanza. Dios no abandonará a la humanidad. El Padre envió a su Hijo unigénito para salvarnos, y el Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo, derramó sobre nosotros el Espíritu Santo para hacernos partícipes de su vida divina, preservando y protegiendo la sacralidad de la persona humana. Por el Espíritu Santo sabemos y experimentamos que Dios está con nosotros. Por esta razón, en nuestra oración confiamos a Dios a todo ser humano, especialmente a quienes están necesitados, a los que sufren hambre, soledad o enfermedad. Invocamos sobre cada miembro de la familia humana toda gracia y bendición para que sus corazones «se sientan animados y que, unidos estrechamente en el amor, adquieran la plenitud de la inteligencia en toda su riqueza. Así conocerán el misterio de Dios», que es nuestro Señor Jesucristo (Col 2, 2).
Desde el Fanar, 29 de noviembre de 2025
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