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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS FIELES DE LA DIÓCESIS DE ROMA

Aula Pablo VI
Sábado, 18 de septiembre de 2021

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Como sabéis —no es una novedad— está a punto de comenzar un proceso sinodal, un camino en el que toda la Iglesia está comprometida en torno al tema: «Por una Iglesia sinodal: comunión, participación, misión», tres pilares. Están previstas tres fases, que se desarrollarán entre octubre de 2021 y octubre de 2023. Este itinerario ha sido concebido como un dinamismo de escucha mutua, quiero subrayarlo: un dinamismo de escucha mutua, llevado a cabo en todos los niveles de la Iglesia, implicando a todo el pueblo de Dios. El cardenal vicario y los obispos auxiliares deben escucharse entre sí, los sacerdotes deben escucharse entre sí, los religiosos deben escucharse entre sí, los laicos deben escucharse entre sí. Y luego, inter-escucharse entre todos. Escucharse entre sí; hablarse entre sí y escucharse entre sí. No se trata de recoger opiniones, no. Esta no es una encuesta; se trata de escuchar al Espíritu Santo, como encontramos en el libro del Apocalipsis: «El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias» (2,7). Tener oídos, escuchar, es el primer compromiso. Se trata de escuchar la voz de Dios, de captar su presencia, de interceptar su paso y su soplo de vida. Al profeta Elías le ocurrió descubrir que Dios es siempre un Dios de sorpresas, incluso en la forma en que pasa y se hace oír:

«Hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebrantaba las rocas (...) pero no estaba Yahveh en el huracán. Después del huracán, un temblor de tierra; pero no estaba Yahveh en el temblor. Después del temblor, fuego, pero no estaba Yahveh en el fuego. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto» (1 Reyes 19, 11-13).

Así es como Dios nos habla. Y es para esta “suave brisa” —que los exegetas también traducen como “"una sutil voz de silencio” y algunos otros como “un hilo de silencio sonoro”— que debemos preparar nuestros oídos para escuchar esta brisa de Dios.

La primera etapa del proceso (octubre de 2021 - abril de 2022) es la que concierne a las Iglesias diocesanas individuales. Y por eso estoy aquí, como vuestro obispo, para compartir, porque es muy importante que la diócesis de Roma se comprometa con convicción en este camino. Sería bochornoso que la diócesis del Papa no se comprometiese en ello ¿no? Bochornoso para el Papa y también para vosotros

El tema de la sinodalidad no es el capítulo de un tratado de eclesiología, y menos aún una moda, un eslogan o el nuevo término a utilizar o manipular en nuestras reuniones. ¡No! La sinodalidad expresa la naturaleza de la Iglesia, su forma, su estilo, su misión. Y así hablamos de Iglesia sinodal, evitando, sin embargo, considerarlo como un título entre otros, una forma de pensarla con alternativas. No lo digo en base a una opinión teológica, ni siquiera como pensamiento personal, sino siguiendo lo que podemos considerar el primer y más importante “manual” de eclesiología, que es el libro de los Hechos de los Apóstoles.

La palabra “sínodo” contiene todo lo que necesitamos entender: “caminar juntos”. El libro de los Hechos es la historia de un camino que comienza en Jerusalén y, a través de Samaria y Judea, continuando en las regiones de Siria y Asia Menor y luego en Grecia, termina en Roma. Este camino cuenta la historia en la que caminan juntas la Palabra de Dios y las personas que dirigen su atención y su fe a esa Palabra. La Palabra de Dios camina con nosotros. Todos son protagonistas, nadie puede ser considerado un mero figurante. Hay que entenderlo bien: todos son protagonistas. El protagonista ya no es el Papa, el Cardenal Vicario, los Obispos Auxiliares; no, todos somos protagonistas, y nadie puede ser considerado un mero extra. Los ministerios, entonces, todavía se consideraban auténticos servicios. Y la autoridad surgía de escuchar la voz de Dios y del pueblo, ¡nunca hay que separarlos!, que mantenía a los que la recibían" abajo". El " abajo " de la vida, al que había que prestar el servicio de la caridad y de la fe. Pero esa historia no sólo se mueve por los lugares geográficos que atraviesa. Expresa una continua inquietud interior, esta es una palabra clave la inquietud interior. Si un cristiano no siente esta inquietud interior, si no la vive, le falta algo; y esta inquietud interior nace de la propia fe e invita a plantearse qué es lo mejor que se puede hacer, qué se debe mantener o cambiar. Esa historia nos enseña que quedarse quieto no puede ser una buena condición para la Iglesia (cf. Evangelii gaudium23). Y el movimiento es consecuencia de la docilidad al Espíritu Santo, que es el director de esta historia en la que todos son protagonistas inquietos, nunca quietos.

Pedro y Pablo, no son sólo dos personas con sus caracteres, son visiones puestas en horizontes más grandes que ellos mismos, capaces de repensarse en relación a lo que sucede, testigos de un impulso que los pone en crisis —otra frase que hay que recordar siempre: poner en crisis—, que los empuja a atreverse, a cuestionar, a reconsiderar, a equivocarse y a aprender de ello, sobre todo a esperar a pesar de las dificultades. Son discípulos del Espíritu Santo, que les hace descubrir la geografía de la salvación divina, abriendo puertas y ventanas, derribando muros, rompiendo cadenas, liberando fronteras. Entonces puede ser necesario salir, cambiar de dirección, superar las convicciones que nos frenan y nos impiden avanzar y caminar juntos.

Podemos ver cómo el Espíritu insta a Pedro a ir a la casa de Cornelio, el centurión pagano, a pesar de sus dudas. Recordad: Pedro había tenido una visión que le inquietaba, en la que se le pedía que comiera cosas consideradas impuras, y, a pesar de que se le aseguró que lo que Dios purifica ya no debe considerarse impuro, se quedó perplejo. Estaba tratando de entender, y aquí llegaron los hombres enviados por Cornelio. Él también había recibido una visión y un mensaje. Era un oficial romano, piadoso, que simpatizaba con el judaísmo, pero no lo suficiente como para ser plenamente judío o cristiano: ninguna " aduana " religiosa le habría dejado pasar. Era un pagano. Y sin embargo, se le revela que sus oraciones han llegado a Dios, y que debe enviar a alguien a decirle a Pedro que vaya a su casa. En esta suspensión, por un lado Pedro con sus dudas, y por otro Cornelio que espera en esa zona de sombra, es el Espíritu quien disuelve la resistencia de Pedro y abre una nueva página de la misión. Así se mueve el Espíritu. El encuentro entre ambos sella una de las frases más bellas del cristianismo. Cornelio había ido a su encuentro, se había arrojado a sus pies, pero Pedro le levantó y le dijo: «¡Levántate, que yo también soy un hombre!» (Hch 10,26). Y esto lo decimos todos: “Yo soy un hombre, yo soy una mujer, somos humanos” y tendríamos que decirlo todos, también los obispos, todos nosotros: levántate, que yo también soy un hombre” y el texto subraya que conversó con él de manera familiar (cf. v. 27). El cristianismo debe ser siempre humano, humanizador, conciliando las diferencias y las distancias y transformándolas en familiaridad, en proximidad. Uno de los males de la Iglesia, o más bien una perversión, es este clericalismo que separa al sacerdote, al obispo del pueblo. El obispo y el sacerdote desvinculado del pueblo es un funcionario, no un pastor. A san Pablo VI le gustaba citar la máxima de Terencio: «Hombre soy y nada de lo que es humano me es ajeno». El encuentro entre Pedro y Cornelio resolvió un problema, propició la decisión de sentirse libres para predicar directamente a los paganos, en la convicción —son palabras de Pedro— de «que Dios no hace acepción de personas» (Hch 10,34). En el nombre de Dios no se puede discriminar. Y la discriminación es un pecado incluso entre nosotros: “somos los puros, somos los elegidos, somos de este movimiento que lo sabe todo, somos...”. No. Somos Iglesia, todos juntos.

Y como veis, no podemos entender la “catolicidad” sin referirnos a este campo amplio y hospitalario, que nunca marca fronteras. Ser Iglesia es un camino para entrar en esta amplitud de Dios. Luego, volviendo a los Hechos de los Apóstoles, están los problemas que surgen para organizar el creciente número de cristianos, y especialmente para atender las necesidades de los pobres. Algunos señalan el hecho de que las viudas se encuentran desatendidas. La manera de encontrar una solución es reunir a la asamblea de discípulos y tomar la decisión de nombrar a esos siete hombres que se comprometerían a tiempo completo con la diakonia, el servicio de las mesas (Hch 6,1-7). Y así, con el discernimiento, con las necesidades, con la realidad de la vida y la fuerza del Espíritu, la Iglesia avanza, camina junta, es sinodal. Pero siempre es el Espíritu el gran protagonista de la Iglesia.

Además, también está la confrontación entre diferentes visiones y expectativas. No hay que temer que esto ocurra todavía hoy. ¡Ojalá se pudiera discutir así! Son signos de docilidad y apertura al Espíritu. También puede haber enfrentamientos que alcanzan cotas dramáticas, como ocurrió con el problema de la circuncisión de los paganos, hasta la deliberación de lo que llamamos el Concilio de Jerusalén, el primer concilio. Como ocurre aún hoy, hay un modo rígido de considerar las circunstancias, que mortifica la makrothymia de Dios, es decir, esa paciencia de la mirada que se alimenta de visiones profundas, de visiones amplias y largas: Dios ve lejos, Dios no tiene prisa. La rigidez es otra perversión que es un pecado contra la paciencia de Dios, es un pecado contra esta soberanía de Dios. Esto también ocurre hoy en día.

Sucedió entonces: algunos conversos del judaísmo creyeron en su autorreferencialidad que no podía haber salvación sin someterse a la Ley de Moisés. De este modo, se cuestionaba a Pablo, que proclamaba la salvación directamente en el nombre de Jesús. Oponerse a su acción habría comprometido la aceptación de los paganos, que mientras tanto se estaban convirtiendo. Pablo y Bernabé fueron enviados a Jerusalén por los Apóstoles y los ancianos. No fue fácil: frente a este problema las posturas parecían irreconciliables y discutieron largamente el asunto. Se trata de reconocer la libertad de la acción de Dios, y que no hay obstáculos que le impidan llegar al corazón de las personas, sea cual sea su formación moral o religiosa. Lo que desbloqueó la situación fue la adhesión a la evidencia de que «Dios, que conoce los corazones», el cardiognosta, conoce los corazones. Él mismo apoyaba la causa a favor de la posibilidad de que los gentiles fueran admitidos a la salvación, «comunicándoles el Espíritu Santo como a nosotros» (Hch 15,8), concediendo también así a los paganos el Espíritu Santo como a nosotros. De este modo, prevaleció el respeto a todas las sensibilidades, moderando los excesos; se atesoró la experiencia de Pedro con Cornelio: así, en el documento final, encontramos el testimonio del protagonismo del Espíritu en este camino de decisiones, y de la sabiduría que siempre es capaz de inspirar: «Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas que las indispensables» (Hch 15,28). “Nosotros”: En este Sínodo vamos por el camino de poder decir “hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros”, porque estaréis en continuo diálogo entre vosotros bajo la acción del Espíritu Santo. No olvidéis esta fórmula: “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas”: hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros. Así es como debéis intentar expresaros, en este camino sinodal. Si no está el Espíritu, será un parlamento diocesano, pero no un Sínodo. No estamos haciendo un parlamento diocesano, no estamos haciendo un estudio sobre esto o aquello, no: estamos haciendo un camino de escucha mutua y de escucha del Espíritu Santo, de discusión y también de discusión con el Espíritu Santo, que es una forma de orar.

“El Espíritu Santo y nosotros”. Sin embargo, siempre existe la tentación de ir por libre, expresando una eclesiología sustitutiva —hay tantas eclesiologías sustitutivas— como si, habiendo subido al cielo, el Señor hubiera dejado un vacío por llenar y lo llenamos nosotros. No, el Señor nos ha dejado el Espíritu. Y las palabras de Jesús son claras: «Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros para siempre [...] No os dejaré huérfanos» (Jn 14,16.18). Para el cumplimiento de esta promesa, la Iglesia es un sacramento, como afirma la Lumen gentium 1: «La Iglesia es, en Cristo, como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano». En esta frase, que retoma el testimonio del Concilio de Jerusalén, está la negación de quienes se empeñan en ocupar el lugar de Dios, pretendiendo modelar la Iglesia según sus propias convicciones históricas, obligándola a fronteras armadas, a aduanas culpabilizadoras, a espiritualidades que blasfeman la gratuidad de la acción involucradora de Dios. Cuando la Iglesia testimonia, de palabra y de obra, el amor incondicional de Dios, su extensión hospitalaria, expresa verdaderamente su propia catolicidad. Y es impulsada interior y exteriormente, a cruzar espacios y tiempos. El impulso y la capacidad provienen del Espíritu: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8). Recibir la fuerza del Espíritu Santo para ser testigos: este es el camino de nosotros Iglesia, y seremos Iglesia si seguimos este camino.

Iglesia sinodal significa Iglesia sacramento de esta promesa —es decir que el Espíritu estará con nosotros— que se manifiesta cultivando la intimidad con el Espíritu y con el mundo futuro. Siempre habrá discusiones, gracias a Dios, pero las soluciones deben buscarse dando la palabra a Dios y a sus voces en medio de nosotros; rezando y abriendo los ojos a todo lo que nos rodea; viviendo una vida fiel al Evangelio; interrogando a la Revelación según una hermenéutica peregrina que sepa custodiar el camino iniciado en los Hechos de los Apóstoles. Y esto es importante: la forma de entender, de interpretar. Una hermenéutica peregrina, es decir, en movimiento. ¿El camino que comenzó tras el Concilio? No. Comenzó con los primeros apóstoles, y continúa. Cuando la Iglesia se para, ya no es Iglesia, sino una hermosa asociación piadosa porque enjaula al Espíritu Santo. Una hermenéutica peregrina que sabe guardar el camino iniciado en los Hechos de los Apóstoles.

De lo contrario, el Espíritu Santo sería humillado. Gustav Mahler —ya lo he dicho otras veces— sostenía que la fidelidad a la tradición no consiste en venerar las cenizas, sino en custodiar el fuego. Os pregunto: “Antes de iniciar este camino sinodal, ¿a qué estáis más inclinados: a custodiar las cenizas de la Iglesia, es decir, de vuestra asociación, de vuestro grupo, o a custodiar el fuego? ¿Os sentís más inclinado a adorar vuestras propias cosas, que os encierran —yo soy de Pedro, yo soy de Pablo, yo pertenezco a esta asociación, tú perteneces a la otra, yo soy un sacerdote, yo soy un obispo— u os sentís llamados a custodiar el fuego del Espíritu? Fue un gran compositor, Gustav Mahler pero es también un maestro de sabiduría con esta reflexión. Dei Verbum (n. 8), citando la Carta a los Hebreos, afirma: «“Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres”(Hb 1,1), habla sin intermisión con la Esposa de su amado Hijo». Hay una feliz fórmula de san Vicente de Lérins que, comparando el ser humano que crece con la Tradición que se transmite de una generación a otra, afirma que no se puede conservar el “depósito de la fe” sin hacerlo progresar: «consolidándose con los años, desarrollándose con el tiempo, profundizándose con la edad» (Commonitorium primum, 23, 9) — “ut annis consolidetur, dilatetur tempore, sublimetur aetate”. Este es el estilo de nuestro camino: las realidades, si no caminan, son como el agua. Las realidades teológicas son como el agua: si el agua no fluye y está estancada, es la primera que se pudre. Una Iglesia estancada comienza a pudrirse.

Veis cómo nuestra Tradición es una masa fermentada, una realidad en fermento donde podemos reconocer el crecimiento, y en la masa una comunión que se implementa en el movimiento: caminando juntos se logra la verdadera comunión. De nuevo el libro de los Hechos de los Apóstoles nos ayuda, mostrándonos que la comunión no suprime las diferencias. Es la sorpresa de Pentecostés, cuando las diferentes lenguas no son un obstáculo: aunque eran extraños los unos a los otros, gracias a la acción del Espíritu «cada uno oye hablar a los demás en su propia lengua materna» (Hch 2,8). Sentirse en casa, diferentes pero unidos en el camino. Perdonad que sea tan largo, pero el Sínodo es algo serio y por esto me he permitido hablar...

Volviendo al proceso sinodal, la fase diocesana es muy importante, porque supone escuchar a la totalidad de los bautizados, sujeto del sensus fidei infalible in credendo. Hay mucha resistencia a superar la imagen de una Iglesia rígidamente dividida entre dirigentes y subalternos, entre los que enseñan y los que tienen que aprender, olvidando que a Dios le gusta cambiar posiciones: «Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes» (Lc 1,52), dijo María. Caminar juntos descubre como su línea sea más bien la horizontalidad en lugar de la verticalidad. La Iglesia sinodal restituye el horizonte del que sale el sol Cristo: levantar monumentos jerárquicos es cubrirlo. Los pastores caminan con el pueblo, a veces delante, a veces en medio, a veces detrás. El buen pastor tiene que moverse así. Delante para guiar, en medio para animar y no olvidar el olor del rebaño, detrás porque el pueblo tiene también "instinto". Tienen un instinto para encontrar nuevos caminos hacia adelante, o para encontrar el camino perdido. Quiero subrayar esto, también para los obispos y sacerdotes de la diócesis. En su camino sinodal, que se pregunten: “Pero, ¿soy capaz de caminar, de moverme, delante, en medio y detrás, o sólo estoy en la cátedra, con la mitra y el báculo?”. Pastores involucrados, pero pastores, no rebaño: el rebaño sabe que somos pastores, el rebaño conoce la diferencia. Delante para mostrar el camino, en medio para escuchar lo que siente el pueblo y detrás para ayudar a los que están algo rezagados y para que el pueblo sienta con su instinto dónde están las mejores hierbas.

El sensus fidei capacita a todos en la dignidad de la función profética de Jesucristo (cf. Lumen gentium, 34-35), para que puedan discernir cuáles son los caminos del Evangelio en el presente. Es el “instinto” de las ovejas, pero tengamos en cuenta que, en la historia de la salvación, todos somos ovejas en relación con el Pastor que es el Señor. La imagen nos ayuda a comprender las dos dimensiones que contribuyen a este “instinto”. Una es personal y la otra comunitaria: somos ovejas y formamos parte del rebaño, que en este caso es la Iglesia. Leemos en el Breviario, Oficio de las Lecturas, el “De pastoribus” de Agustín y allí nos dice: “Con vosotros soy oveja, para vosotros soy pastor”. Estos dos aspectos, el personal y el eclesial, son inseparables: no puede haber sensus fidei sin participación en la vida de la Iglesia, que no es sólo activismo católico, debe haber sobre todo ese “sentimiento” que se alimenta de los «sentimientos de Cristo» (Flp 2,5).

El ejercicio del sensus fidei no puede reducirse a la comunicación y comparación de las opiniones que podamos tener sobre tal o cual tema, tal aspecto de la doctrina o tal regla de disciplina. No, esos son instrumentos, son verbalizaciones, son expresiones dogmáticas o disciplinarias. Pero no debe prevalecer la idea de distinguir entre mayorías y minorías: esto lo hace un parlamento.. Cuántas veces los “descartes” se han convertido en “piedras angulares” (cf. Sal 118,22; Mt 21,42), los «alejados» en «vecinos» (Ef 2,13). Los marginados, los pobres, los desahuciados han sido elegidos como sacramento de Cristo (cf. Mt 25,31-46). La Iglesia es así. Y cuando algunos grupos quisieron destacar más, siempre terminaron mal, negando incluso la salvación, cayendo en herejías. Pensemos en aquellas herejías que pretendían hacer avanzar a la Iglesia, como el pelagianismo, luego el jansenismo. Todas las herejías terminaron mal. El gnosticismo y el pelagianismo son tentaciones constantes para la Iglesia. Nos preocupamos tanto, y con razón, de que todo honre las celebraciones litúrgicas, y está muy bien —aunque a menudo acabemos consolándonos sólo a nosotros mismos—, pero san Juan Crisóstomo nos advierte: «¿Quieres honrar el cuerpo de Cristo? No permitas que sea objeto de desprecio en sus miembros, es decir, en los pobres, que no tienen ropa para cubrirse. No lo honres aquí en la iglesia con paños de seda, mientras que fuera lo descuidas cuando sufre el frío y la desnudez. El que dijo: “Este es mi cuerpo”, confirmando el hecho con la palabra, dijo también: “Me habéis visto hambriento y no me habéis dado de comer”, y "todas las veces que no hicisteis esto a uno de los más pequeños, a mí no me lo hicisteis”» (Homilías sobre el Evangelio de Mateo, 50, 3). “Pero, padre, ¿qué está diciendo? Los pobres, los mendigos, los jóvenes drogadictos, todos estos que la sociedad descarta, ¿forman parte del Sínodo?”. Sí, querido, sí, querida: no lo digo yo, lo dice el Señor: son parte de la Iglesia. Hasta el punto de que si no los llamas, ya veremos cómo, o si no vas a verlos para pasar un rato con ellos, para escuchar no lo que dicen sino lo que sienten, incluso los insultos que te dedican, no estás haciendo bien el Sínodo. El Sínodo llega a los límites, incluye a todos. El Sínodo es también dar espacio al diálogo sobre nuestras miserias, las miserias que tengo yo como obispo vuestro, las miserias que tienen los obispos auxiliares, las miserias que tienen los sacerdotes y los laicos, y los que pertenecen a las asociaciones; ¡acarrear toda esta miseria! Pero si no incluimos a los miserables —entre comillas— de la sociedad, a los descartados, nunca podremos hacernos cargo de nuestras miserias. Y esto es importante: que en el diálogo puedan surgir nuestras propias miserias, sin justificación. ¡No tengáis miedo!

Es necesario sentirse parte de un gran pueblo destinatario de las promesas divinas, abierto a un futuro que espera a todos para participar en el banquete preparado por Dios para todos los pueblos (cf. Is 25,6). Y aquí me gustaría señalar que incluso sobre el concepto de “pueblo de Dios” puede haber hermenéuticas rígidas y antagonistas, quedando atrapados en la idea de una exclusividad, de un privilegio, como ocurrió con la interpretación del concepto de “elección” que los profetas corrigieron, indicando cómo debía entenderse correctamente. No es un privilegio —ser pueblo de Dios—, sino un don que alguien recibe... ¿para sí mismo? No: para todos, el don es para donarlo: eso es la vocación. Es un don que alguien recibe para todos, que hemos recibido para los demás, es un don que es también una responsabilidad. La responsabilidad de dar testimonio con hechos y no sólo con palabras de las maravillas de Dios, que, si se conocen, ayudan a los hombres a descubrir su existencia y a aceptar su salvación. La elección es un don y la pregunta es: ¿Cómo regalo, como doy mi ser cristiano, mi confesión cristiana? La voluntad salvífica universal de Dios se ofrece a la historia, a toda la humanidad por medio de la encarnación de su Hijo, para que todos, por mediación de la Iglesia, lleguen a ser sus hijos y hermanos entre sí. Así se logra la reconciliación universal entre Dios y la humanidad, esa unidad de todo el género humano de la que la Iglesia es signo e instrumento (cf. Lumen gentium, 1). Ya antes del Concilio Vaticano II había madurado la reflexión, elaborada sobre el estudio atento de los Padres, de que el Pueblo de Dios está empeñado en la realización del Reino, en la unidad del género humano creado y amado por Dios. Y la Iglesia, tal como la conocemos y la experimentamos, en la sucesión apostólica, esta Iglesia debe sentirse en relación con esta elección universal y por ello llevar a cabo su misión. Con este espíritu escribí Fratelli tutti. La Iglesia, como decía san Pablo VI, es maestra de humanidad, que hoy quiere convertirse en una escuela de fraternidad.

¿Por qué os digo esto? Porque en el camino sinodal, la escucha debe tener en cuenta el sensus fidei, pero no debe pasar por alto todos esos “presentimientos” encarnados donde no los esperaríamos: puede haber un “instinto sin ciudadanía”, pero no por ello menos eficaz. El Espíritu Santo, en su libertad, no conoce fronteras, ni se deja limitar por la pertenencia. Si la parroquia es la casa de todos en el barrio, no un club exclusivo, os pido por favor: dejad las puertas y las ventanas abiertas, no os limitéis a considerar sólo a los que acuden o piensan como vosotros —que serán el 3, el 4 o el 5%, no más—. Dejad que entren todos... Dejaos salir al encuentro y que os interroguen, que sus preguntas sean las vuestras, permitiros caminar juntos: el Espíritu os guiará, tened confianza en el Espíritu. No tengáis miedo de entrar en diálogo y dejaros impactar por el diálogo: es el diálogo de la salvación.

No estéis desencantados, preparaos para las sorpresas. Hay un episodio en el libro de los Números (cap. 22) que habla de una burra que se convertirá en profetisa de Dios. Los judíos están concluyendo el largo viaje que les llevará a la tierra prometida. Su paso asusta al rey Balac de Moab, que confía en los poderes del mago Balaam para detener al pueblo, con la esperanza de evitar una guerra. El mago, a su manera creyente, le pregunta a Dios qué hacer. Dios le dice que no acompañe al rey, que insiste, así que cede y se sube a una burra para cumplir el mandato que ha recibido. Pero la burra cambia de ruta porque ve a un ángel con una espada desenvainada que representa la oposición de Dios. Balaam tira de ella, la golpea, sin conseguir que vuelva al camino. Hasta que la burra comienza a hablar, iniciando un diálogo que abrirá los ojos del mago, transformando su misión de maldición y muerte en una misión de bendición y vida.

Esta historia nos enseña a confiar en que el Espíritu siempre hará oír su voz. Incluso una burra puede convertirse en la voz de Dios, abriendo nuestros ojos y convirtiendo nuestros rumbos equivocados. Si lo puede hacer una burra, cuánto más lo puede hacer un bautizado, una bautizada, un sacerdote, un obispo, un Papa. Basta con confiarse al Espíritu Santo, que se sirve de todas las criaturas para hablarnos: sólo nos pide que nos limpiemos los oídos para oír bien.

He venido aquí para animaros a tomaros en serio este proceso sinodal y para deciros que el Espíritu Santo os necesita. Es verdad: el Espíritu Santo nos necesita. Escuchadlo escuchándoos a vosotros mismos. No dejéis a nadie fuera o detrás. Será bueno para la diócesis de Roma y para toda la Iglesia, que no se fortalece sólo reformando estructuras —¡este es el gran engaño!—, dando instrucciones, ofreciendo retiros y conferencias, o a fuerza de directivas y programas —esto es bueno, pero como parte de otro—, sino se redescubre como pueblo que quiere caminar junto, entre nosotros y con la humanidad. Un pueblo, el de Roma, que contiene la variedad de todos los pueblos y condiciones: ¡qué extraordinaria riqueza, en su complejidad! Pero hay que salir del 3-4% que representan los más cercanos, e ir más allá para escuchar a los demás, que a veces os insultarán, os echarán, pero hay que escuchar lo que piensan, sin querer imponer nuestras cosas: dejad que hable el Espíritu.

En este tiempo de pandemia, el Señor urge a la misión de una Iglesia que sea sacramento del cuidado. El mundo ha levantado su grito, ha mostrado su vulnerabilidad: el mundo necesita cuidados.

¡Ánimo y adelante! Gracias.

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Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, 18 de septiembre de 2021.



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