DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
A UN GRUPO DE ESCRITORES,
CON MOTIVO DEL CENTENARIO DE LA LIBRERÍA EDITORA VATICANA
Salita del Aula Pablo VI
Miércoles, 24 gde junio de 2026
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¡Buenos días a todos y bienvenidos!
Me complace darles la bienvenida a ustedes, escritores y escritoras procedentes de tantas partes del mundo, reunidos en Roma con motivo del centenario del nacimiento de la Librería Editora Vaticana, la editorial de la Santa Sede, fundada en 1926.
Esta ocasión es propicia para reflexionar sobre la importancia del libro y de la escritura, una forma de expresión humana de la cual ustedes son, con su variedad de estilos y lenguajes, maestros y modelos.
Escribir —tal como ustedes lo hacen— es un acto de verdad, de revelación. Escribir nos dice quiénes somos, en qué creemos y en qué esperamos, hacia qué mundo nos dirigimos, qué futuro soñamos. En esta búsqueda de la verdad, sentimos cómo la verdad es discreta, cómo se nos ofrece en el diálogo interior con Dios y en el diálogo abierto y respetuoso con el prójimo. «La verdad no es un territorio que hay que defender, sino un bien que hay que compartir» (Magnifica humanitas, 25). Nunca somos dueños de la verdad; es ella, más bien, la que nos “conquista”. Por eso les deseo que sean capaces de despertar el interés por la verdad, porque ustedes mismos se sienten atraídos por ella.
Escribir, además, es un gesto de humanidad. «Soy un ser humano y nada de lo que es humano lo considero ajeno a mí», argumentaba Terencio (El que se castiga a sí mismo, I, 1, 25). En la literatura se despliega todo el abanico de las experiencias humanas, hasta tal punto que el Papa Francisco ha recomendado su valor formativo: «Al leer un texto literario, se nos permite “ver también por otros ojos” (C. S. Lewis), ampliando la perspectiva que expande nuestra humanidad. De este modo, se activa en nosotros el empático poder de la imaginación, que es un vehículo fundamental para esa capacidad de identificarse con el punto de vista, la condición y el sentimiento de los demás, sin la cual no existe la solidaridad ni se comparte, o hay compasión ni misericordia» (Carta sobre el papel de la literatura en la formación, 34).
Al escribir sus historias y al esbozar a sus personajes, ustedes se identifican con ellos, captan sus puntos de vista, sus emociones, sus sentimientos, sus actitudes… En esto radica la gran escuela de humanidad que ustedes hacen experimentar a los lectores, porque quien lee, en cierto sentido, vive muchas vidas además de la propia. Y esto nos ayuda a descubrir la diversidad de puntos de vista, a no absolutizar el propio y a componer, como en un mosaico, el perfil de esa verdad que siempre nos supera.
Por último, la escritura concierne a Dios. Puede parecer una afirmación audaz, pero varios teólogos han reflexionado y escrito sobre la consonancia entre el arte de escribir y la revelación del Dios bíblico. Es la estructura misma de la Revelación la que nos otorga la autoridad para hacerlo. Como escribió el cardenal Radcliffe: «Para los cristianos nada de lo que es humano es ajeno a Cristo. Todo intento de dar respuesta a las preguntas fundamentales de nuestra vida —cómo amar, ser justos, ser libres, enfrentar el sufrimiento y la muerte— nos ayuda a comprender a Cristo, aquel que es el más humano de todos» (T. Radcliffe, Accendere l’immaginazione, Verona 2021, p. 29).
Cuando llegamos al fondo de nuestra humanidad, no estamos lejos de Dios: es allí, en medio de historias muy humanas, donde Dios se revela. El Dios de la Biblia se manifiesta en la liberación de la esclavitud, en el nacimiento ya inesperado de un hijo, en el amor misericordioso y fiel. Habla a través de hechos y encuentros, rostros e historias. «Dios obra en nuestra vida a través de lo que hacemos y de lo que somos, y a través de las muchas personas con las que nos encontramos» (Libres bajo la gracia, Ciudad del Vaticano 2026, 83).
Por eso les repito a ustedes, escritores y escritoras, lo que San Pablo VI dijo a todos los artistas (Homilía, Misa con artistas, 7 de mayo de 1964): "Tenemos necesidad de ustedes". De su imaginación, de su fantasía narrativa, de su vivacidad de pensamiento. Los necesitamos para crear espacios de libertad y autenticidad, en los que la gracia divina pueda hacer resonar una promesa de consuelo y paz. Les agradezco cada vez que han sembrado semillas de reconciliación, de encuentro y de amistad.
Por eso los aliento en su labor y con gusto invoco sobre ustedes y sus seres queridos la bendición del Señor. ¡Gracias!
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Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, 24 de junio de 2026
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