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DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
A LA COMUNIDAD MONÁSTICA DE LA ABADÍA DE SANTA ESCOLÁSTICA, DE SUBIACO;
A LA COMUNIDAD MONÁSTICA DE LA ABADÍA DE SANTA MARÍA DEL MONTE, DE CESENA
Y A LAS MONJAS BENEDECTINAS DE LA ABADÍA DE SANTA ESCOLÁSTICA, DE BARI

Sala del Consistorio
Lunes, 30 de marzo de 2026

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En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. 
¡La paz esté con ustedes!

Queridos hermanos y hermanas,  ¡buenos días y bienvenidos!

Me alegra este encuentro, que nos permite también reflexionar juntos sobre el valor del carisma benedictino en su vida, en la vida de la Iglesia y en el mundo. 

Al indicar cuáles son los "instrumentos de las buenas obras", San Benito, en el capítulo IV de la Regla, exhorta a «cuidar continuamente las acciones de la propia vida» (48). Ustedes, monjas benedictinas contemplativas y monjes benedictinos, saben bien cuánto ayudan en esa vigilancia la oración y la lectura orante de la Palabra de Dios, especialmente en la Lectio divina, permitiendo a quienes las practican comprender la verdad sobre sí mismos, en el reconocimiento de sus propias debilidades y pecados y en la celebración de las gracias y bendiciones del Señor. Así es como se reaviva en nosotros el deseo de pertenecerle y se confirma el voto de nuestra consagración. La Escritura, por lo tanto, sea siempre «alimento de su contemplación y de su vida cotidiana, de modo que puedan compartir esta experiencia transformadora» (Francisco, Const. ap. Vultum Dei quaerere, 19).

El camino de santificación de un consagrado o de una monja, sin embargo, por muy rico que sea en fervor e inspiración, no puede reducirse a un simple recorrido personal. Tiene una dimensión comunitaria necesaria, en la que el anuncio de la liberación pascual se concreta en el servicio fraterno, reflejo del amor universal de Cristo por la Iglesia y por la humanidad.

En este sentido, la sinodalidad, promovida por el Papa Francisco como algo fundamental para la vida de la Iglesia, se traduce, en el monasterio, en la práctica cotidiana de «caminar juntos», en la escucha recíproca, en el discernimiento comunitario bajo la guía del Espíritu Santo, en la comunión con la Iglesia local y con la familia benedictina. Se manifiesta en la asamblea fraterna, en la oración común y en las decisiones compartidas, donde la autoridad y la obediencia se combinan en diálogo, para buscar juntos la voluntad de Dios. La vida monástica no puede entenderse como un simple aislamiento del mundo exterior. Es un instrumento para que en el corazón de los discípulos crezca un amor semejante al del Maestro, dispuesto a compartir y a ayudar, incluso entre monasterios. La vida monástica será así, cada vez más, en un mundo a menudo marcado por el repliegue sobre sí mismo y el individualismo, un modelo para todo el pueblo de Dios, recordando que ser misioneros, antes que hacer cosas, requiere una forma de ser y de vivir las relaciones.

Aquí podríamos mencionar un aspecto particular propio de la misionariedad claustral: el de la intercesión, en la que la Palabra convertida en oración nos une a Cristo mediador, quien intercede por nosotros (cf. Heb 7,25). Interceder es prerrogativa de los corazones que laten en sintonía con la misericordia de Dios (cf. Catecismo de la Iglesia Católica2635), dispuestos a recoger y presentar al Señor las alegrías y los dolores, las esperanzas y las angustias de los seres humanos de hoy y de todos los tiempos (cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 1), y este es un aspecto primordial y fundamental de la obra que se les ha confiado.

Su modelo es la profetisa Ana, que «no se apartaba del templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones» (Lc 2, 37). Viuda y ya anciana, había hecho de la casa de Dios su hogar. La oración y la ascesis la llevaron a reconocer en el niño pobre y anónimo presentado por María y José al Mesías: le permitieron percibir, en los pliegues de la historia, la intervención de Dios y hacer de ella un anuncio profético de alegría y esperanza para todo el pueblo de Israel.

La profecía y el discernimiento nos remiten a un último tema del que quisiera hablarles: la formación permanente, particularmente necesaria en una e1poca como la nuestra. Consiste, ante todo, en en «conocer el amor de Cristo que sobrepasa todo conocimiento» (Congr. Inst. Vida Cons. y Soc. Vida Ap., Instr. Cor orans, 223) y es fundamental para que la vida consagrada «pueda desempeñar de manera cada vez más adecuada su servicio al monasterio, a la Iglesia y al mundo» (ibíd., 236). Toda la comunidad es su sujeto activo, a través de la oración, la Palabra, los momentos de celebración y de toma de decisiones, de diálogo y de actualización, vividos y compartidos bajo el primado de la caridad. Esto implica un compromiso, para todos ustedes, con sabiduría y prudencia, de alentar todo buen propósito y de orientar todo esfuerzo hacia el crecimiento común en la capacidad de dar, de modo que cada monasterio se convierta cada vez más, como deseaba san Benito, en una «escuela de servicio al Señor» (cf. Prólogo a la Regla, 45).

Queridos hermanos y hermanas, gracias por el bien inmenso y escondido que hacen a la Iglesia, con su ofrenda, con su oración incesante, con su servicio, con el testimonio de su vida. Continúen esta obra, que es «obra de Dios» (cf. San Benito, Regla, 43, 3). Los encomiendo a María Santísima, Madre del silencio, Mujer de la escucha, a San Benito, a Santa Escolástica, a los numerosos santos y santas benedictinos, y los bendigo de todo corazón.

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Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, 30 de marzo de 2026