zoomText
  • A
  • A
  • A
pdf
Generación de PDF en curso.....
EN  - ES  - FR  - IT

DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
A LOS MIEMBROS DEL CONSEJO DE LA FUNDACIÓN DEL OBSERVATORIO VATICANO

Sala del Consistorio
Lunes, 11 de mayo de 2026

[Multimedia]

________________________

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
La paz esté con ustedes.

Su Eminencia,
Presidente de la Gobernación,
Queridos amigos,
Queridos hermanos y hermanas,

Me complace profundamente encontrarme con ustedes, los miembros de la Fundación del Observatorio Vaticano, y les agradezco su fiel y generoso apoyo a la labor del Observatorio Vaticano, una institución muy apreciada del Estado de la Ciudad del Vaticano al servicio de la Santa Sede y de la Iglesia universal.

Hace ciento treinta y cinco años, mi predecesor, el Papa León XIII, refundó el Observatorio Vaticano para que «todos pudieran ver claramente que la Iglesia y sus pastores no se oponen a la ciencia verdadera y sólida, ya sea humana o divina, sino que la acogen, la alientan y la promueven con la mayor devoción posible» (Ut Mysticam, 14 de marzo de 1891). En aquella época, la ciencia se presentaba cada vez más como una fuente de verdad rival a la religión, por lo que la Iglesia sintió la urgente necesidad de contrarrestar la creciente percepción de que la fe y la ciencia eran enemigas.

Sin embargo, hoy en día, tanto la ciencia como la religión se enfrentan a una amenaza diferente y quizás más insidiosa: aquellos que niegan la existencia misma de la verdad objetiva. Demasiadas personas en nuestro mundo se niegan a reconocer lo que tanto la ciencia como la Iglesia enseñan claramente: que tenemos la solemne responsabilidad de cuidar nuestro planeta y velar por el bienestar de quienes lo habitan, especialmente los más vulnerables, cuyas vidas se ven amenazadas por la explotación imprudente tanto de las personas como del mundo natural. Precisamente por eso, el compromiso de la Iglesia con una ciencia rigurosa y honesta sigue siendo no solo valioso, sino esencial.

La astronomía ocupa un lugar especial en esta misión. La capacidad de contemplar con asombro el sol, la luna y las estrellas es un don concedido a todo ser humano, independientemente de su condición social o de sus circunstancias. Despierta en nosotros tanto reverencia como un sano sentido de la proporción. Contemplar el cielo nos invita a ver nuestros miedos y nuestras faltas a la luz de la inmensidad de Dios. El cielo nocturno es un tesoro de belleza abierto a todos —pobres y ricos sin distinción— y, en un mundo tan dolorosamente dividido, sigue siendo una de las últimas fuentes de alegría verdaderamente universales.

Lamentablemente, este don también se encuentra ahora amenazado. Parafraseando al papa Benedicto, hemos llenado nuestros cielos de una luz creada por los seres humanos que nos hace ciegos ante las luces que Dios ha puesto en ellos: una imagen muy acertada, sugirió, del pecado mismo (cf. Homilía, 7 de abril de 2012).

Es en este contexto que expreso mi profunda gratitud por la labor de la Fundación. Su compromiso permite a los científicos del Vaticano interactuar de manera significativa con el público en general y con la comunidad científica mundial. Su generosidad hace posible que el Observatorio Vaticano comparta la maravilla de la astronomía con estudiantes de todo el mundo y ofrezca talleres y cursos de verano a quienes prestan servicio en escuelas y parroquias católicas. Y, finalmente, es su dedicación la que mantiene a los telescopios y laboratorios del Observatorio tal como siempre debieron ser: lugares donde se encuentra la gloria de la creación de Dios con reverencia, profundidad y alegría.

Nunca debemos perder de vista la visión teológica que anima todo esto. La nuestra es una religión de la Encarnación. La Escritura nos enseña que, desde el principio, Dios se ha dado a conocer a través de las cosas que ha creado (cf. Rom 1, 20), y que Dios amó tanto a su creación que envió a su propio Hijo para que entrara en ella y la salvara (cf. Jn 3, 16). No es de extrañar, por tanto, que las personas de fe profunda se sientan impulsadas a explorar los orígenes y el funcionamiento del universo. El fuerte deseo de comprender más profundamente la creación no es más que el reflejo de ese deseo inquieto de Dios que habita en lo más profundo de cada alma.

Al expresar una vez más mi gratitud por su apoyo, invoco de buen grado sobre ustedes y sus familias las abundantes bendiciones de Dios Todopoderoso.

¡Gracias!
______________________________
Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, 11 de mayo de 2026