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DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
A LOS MIEMBROS DE LA RENOVACIÓN CARISMÁTICA CATÓLICA MUNDIAL

Aula Pablo VI
Sábado, 30 de mayo de 2026

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En el nombre del Padre del hijo y del Espíritu Santo.

¡La paz este con vosotros!

Eminencia, Excelencias,
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos! ¡Buenos días!

Me alegra mucho este mi primer encuentro con la Renovación Carismática Católica y dar la bienvenida a todos los aquí presentes, así como a las comunidades, los grupos y las escuelas de oración y evangelización a las que representan. Dios ha bendecido verdaderamente a sus comunidades con numerosos dones, entre ellos la vitalidad espiritual. Saludo también a los responsables de los Servicios Nacionales de Comunión y al Servicio Internacional para la Renovación Carismática Católica (CHARIS), que han organizado este encuentro.

Para la Renovación Carismática Católica, los años posteriores al Concilio Vaticano II han sido un tiempo de gran expansión y crecimiento, de integración en la vida de la Iglesia, así como de consolidación de sus estructuras de servicio.

Mis venerables predecesores reconocieron este desarrollo como un gran don para la Iglesia. De hecho, San Pablo VI afirmó que no hay nada más necesario para este mundo cada vez más secularizado que el testimonio de esta renovación espiritual, que el Espíritu Santo está inspirando en las más diversas regiones y comunidades.

Al destacar vuestro característico compromiso con la evangelización, San Juan Pablo II dijo: «Es el Espíritu mismo quien os impulsa a dar testimonio». Asimismo, señaló: «¿Cómo puede alguien que ha saboreado la bondad de Cristo permanecer en silencio e inactivo?… Cristo es nuestro Salvador… ¿Cómo no vamos a evangelizar? ¡Seguid transmitiendo este celo por el Evangelio a quienes os rodean!» (Discurso a la Fraternidad Católica de Comunidades Carismáticas, 7 de diciembre de 1991).

Por su parte, Benedicto XVI se refirió a la contribución específica que vosotros aportáis a la Iglesia. Dijo: «Uno de los elementos y aspectos positivos de la Comunidad de la Renovación Carismática Católica es precisamente su énfasis en los carismas o dones del Espíritu Santo, y su mérito radica en haber recordado su actualidad en la Iglesia» (Discurso a la XIII Conferencia Internacional de la Fraternidad Católica de Comunidades y Asociaciones Carismáticas de la Alianza, 31 de octubre de 2008).

Al igual que el Cardenal Suenens en los primeros tiempos del movimiento, el Papa Francisco se ha referido a vosotros con frecuencia como una «corriente de gracia», que es «para toda la Iglesia, no solo para unos pocos» (Vigilia de Pentecostés oración con motivo del Jubileo de Oro de la Renovación Carismática Católica, 3 de junio de 2017). En resumen, describió vuestro camino como «evangelización, ecumenismo espiritual, atención a los pobres y necesitados, y acogida a los marginados», y añadió: «¡Todo ello se basa en la adoración! ¡El fundamento de la renovación es la adoración a Dios!» (Discurso en la 37.ª Convocatoria Nacional de la Renovación en el Espíritu Santo, 1 de junio de 2014).

Yo también deseo fomentar la relación de respeto mutuo, cercanía y apoyo entre la Sede de Pedro y la gran familia de la Renovación Carismática Católica. En este sentido, me gustaría reflexionar sobre los siguientes aspectos claves de vuestra experiencia espiritual: el bautismo en el Espíritu; la oración de alabanza; la Palabra de Dios; la comunión; y la caridad.

En primer lugar, el bautismo en el Espíritu. Vuestro camino compartido de fe tiene su origen en la experiencia personal del Espíritu Santo, que ha permitido que la gracia del Bautismo surta efecto en cada uno de vosotros, llevándolos a una clara conciencia del amor de Dios. Esta es la primera y poderosa experiencia de gracia que el propio San Agustín tuvo tras su conversión y que describió con estas sinceras palabras: «¡oh, Cristo Jesús!, ayudador mío y redentor mío?¡Oh, ¡qué dulce fue para mí carecer de repente de las dulzuras de aquellas bagatelas, las cuales cuanto temía entonces perderlas, tanto gustaba ahora de dejarlas! Porque tú las arrojabas de mí, ¡oh verdadera y sana dulzura!, tú las arrojabas, y en su lugar entrabas tú, más dulce que todo deleite ¡» (Confesiones, IX, 1, 1).

El Espíritu Santo os ha permitido, asimismo, saborear la dulzura de Cristo. Para vosotros también, la vida ha cambiado desde ese momento. Dios dejó de ser una mera idea y se convirtió en la expresión real y definitiva de la paternidad. Su Espíritu os ha traído la reconciliación interior, la paz y la libertad frente a los apegos mundanos y la opresión del pecado. También ha hecho posible una nueva perspectiva, caracterizada por la apertura y la esperanza hacia los demás y hacia el futuro, con la certeza de que nada podrá separarnos jamás del amor de Cristo (cf. Rom 8, 38-39). De esta experiencia del Espíritu Santo surge el deseo interior de ser testigos y heraldos de su amor, llevando su consuelo a las personas oprimidas por un sentimiento de vacío y soledad.

Oración de alabanza. Fue precisamente a partir de esta fascinante experiencia del Espíritu Santo cuando comenzó una nueva vida de oración, que se tradujo en una nueva capacidad para el diálogo espontáneo y sincero con Dios, y en una nueva apertura a la alabanza, la adoración y la acción de gracias hacia Él. La adoración y la alabanza, tan características de vuestras reuniones, son aspectos esenciales de la oración cristiana, y vosotros habéis contribuido a redescubrirlas y a devolverlas a un primer plano en los últimos años.

La Palabra de Dios. El renovado derramamiento del Espíritu os ha llevado también a un encuentro vivo con la Sagrada Escritura. El Espíritu Santo inspiró la Palabra revelada de Dios y es también quien la mantiene siempre viva y activa en la Iglesia, haciendo que resuene en los corazones de los creyentes, especialmente en la liturgia. La Escritura se ha convertido, por tanto, para vosotros en una maravillosa fuente de alimento espiritual que ilumina y consuela. Es, asimismo, una fuente de discernimiento para orientar vuestras decisiones cotidianas, y da cuerpo a la oración comunitaria, permitiéndoles dirigiros al Señor con palabras inspiradas por el mismo Dios.

Comunión. El Espíritu Santo es la fuente de la comunión. En diversos documentos, el Papa León XIII animó a los católicos a rezar una novena al Espíritu Santo cada año entre las fiestas de la Ascensión y Pentecostés, especialmente por la intención de la unidad de los cristianos. Es evidente que apreciáis el significado de esta invitación, pues habéis comprendido que la unidad en la Iglesia es fruto del Espíritu, ya que, como afirma san Agustín, el Espíritu Santo «es una comunión inefable entre el Padre y el Hijo» (De Trinitate, V, 11, 12). Es el Espíritu quien crea armonía entre los diversos carismas y componentes de la Renovación Carismática, así como con nuestros hermanos y hermanas de otras confesiones cristianas.

Y, por último, la caridad. San Agustín escribió que el Espíritu Santo, «que es amor en sí mismo, ha sido dado al hombre y lo inflama en el amor a Dios y al prójimo. «Porque el hombre no puede amar a Dios si no se lo da Dios» (De Trinitate, XV, 17, 31). Esto es lo que vosotros también habéis experimentado. La presencia renovada del Espíritu ha despertado en vosotros una nueva capacidad de amar, inspirada por la propia caridad divina. Este amor se dirige hacia Dios y hacia vuestros hermanos y hermanas, e inspira cercanía y compasión, especialmente hacia quienes sufren. De la Renovación Carismática Católica han surgido numerosas obras de caridad en favor de los necesitados, tanto en lo espiritual como en lo material. Os invito, pues, a mantener vivo este amor por los pobres, que revela el verdadero rostro de Dios.

Queridos amigos, os agradezco vuestro compromiso y os animo a continuar con vuestra misión. Pónganse al servicio de las diócesis y las parroquias, aportando vuestra experiencia y vuestros métodos de evangelización. Seguid fielmente las indicaciones de vuestros sacerdotes; y, en vuestro discernimiento comunitario, escuchad las voces de las personas sabias, aunque no pertenezcan a vuestros grupos. Cultivad la armonía y la cooperación entre las comunidades a las que pertenecéis, procurando no ceder nunca al deseo de autopromoción, ni a la búsqueda del poder o del prestigio personal. Que el Espíritu Santo sea siempre una luz y una fuente de fortaleza en vuestro camino personal y comunitario, y que la Virgen María, Madre de la Iglesia, os proteja. Y ahora, con estos sinceros sentimientos, os imparto de buen grado mi bendición apostólica.

Gracias.