DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
A LOS PARTICIPANTES EN EL ENCUENTRO
"FRATELLI TUTTI: DIÁLOGO SOCIOAMBIENTAL NORTE-SUR"
Sala del Consistorio
Sábado, 12 de septiembre de 2026
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En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
La paz esté con ustedes.
Saludo cordialmente Sus Eminencias, Excelencias, las autoridades eclesiásticas del Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño, la Conferencia Eclesial Amazónica y de la Conferencia de los Obispos Católicos de Estados Unidos. Valoro la constancia con la que, junto con la Pontificia Comisión para América Latina, han sostenido durante cinco años este camino de diálogo socioambiental Norte-Sur.
Agradezco asimismo la presencia y el acompañamiento de los representantes de organismos internacionales, de los bancos regionales de cooperación, del mundo empresarial y de las fundaciones que han querido sumarse a este camino.
Doy también la bienvenida a los presidentes, vicepresidentes y secretarios generales de centrales sindicales y cámaras de empleadores de las Américas, así como a los responsables de las redes eclesiales de América Latina y el Caribe, de las Comunidades Organizadas de Norteamérica y de las redes universitarias de ambos hemisferios. Su presencia expresa la voluntad de continuar un diálogo que pueda traducirse en un camino hacia modelos de desarrollo más humanos, sostenibles y solidarios, capaces de proteger la dignidad de cada persona y de prestar una atención particular a quienes corren el riesgo de quedar al margen.
Este encuentro reviste un particular interés por la amplitud de los sectores representados y por la responsabilidad que muchos de sus participantes ejercen en ámbitos decisivos para la vida social, económica y cultural. Precisamente por ello, este espacio de diálogo puede ayudar a afrontar con mayor realismo desafíos que afectan al futuro común.
Al inicio de mi pontificado, al encontrarme con el Colegio Cardenalicio, recordé algunas notas fundamentales del camino que la Iglesia universal recorre, desde hace décadas, tras las huellas del Concilio Vaticano II. Entre ellas señalé la necesidad de un «diálogo valiente y confiado con el mundo contemporáneo en sus diferentes componentes y realidades» (Discurso al Colegio Cardenalicio, 10 mayo 2025).
Dicho diálogo pertenece a la misión misma de la Iglesia, que ha recibido de Jesucristo el encargo de anunciar el Evangelio a todos los pueblos y de llevar su luz a las realidades concretas de cada tiempo. Su índole pastoral forma parte de su propia naturaleza y la compromete a mirar de frente la realidad de los hombres y mujeres a quienes es enviada. El imperativo del Evangelio de cuidar a los pobres exige, además, que esa mirada se dirija de modo particular hacia quienes padecen con mayor gravedad las consecuencias de los cambios sociales, económicos y tecnológicos.
Hace pocos días recordaba que la Iglesia está llamada a «asumir la realidad y también a desenmascarar las contradicciones que caracterizan la vida personal y social del mundo contemporáneo», entre ellas las que pueden acompañar a un progreso científico y tecnológico que abre unas posibilidades inéditas (Catequesis, 2 septiembre 2026).
Un compromiso así, hunde sus raíces en el misterio mismo de la fe cristiana. Dios ha entrado en nuestra historia. En Jesucristo ha asumido nuestra humanidad y ha confiado a la Iglesia la misión de anunciar el Evangelio en medio de las circunstancias reales en las que viven los pueblos. Desde las Escrituras hasta los grandes Padres de la Iglesia, como san Ambrosio y san Agustín, la tradición cristiana ha aprendido a discernir dentro de la historia aquello que sirve verdaderamente al hombre y aquello que termina por volverse contra él.
Las novedades de nuestro tiempo nos colocan así ante una responsabilidad común. En Magnifica humanitas quise expresarlo con una imagen bíblica: estamos ante la posibilidad de «levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos» (n. 1). Por eso, ante el desarrollo tecnológico, la cuestión decisiva no es simplemente si aceptamos o rechazamos determinadas herramientas, sino qué humanidad queremos construir y qué lugar tendrá en ella cada persona. Una responsabilidad de tal magnitud supera las posibilidades de cualquier institución aislada. Por eso es necesario recuperar con nueva fuerza la lógica de la subsidiariedad (cf. n. 13), reconociendo la responsabilidad propia de cada actor y, al mismo tiempo, la necesidad de trabajar juntos.
Me alegra que la Iglesia en las Américas haya promovido este espacio de encuentro y cooperación para impulsar la Agenda de Responsabilidad Compartida Norte-Sur de Cooperación Multisectorial. Cuando instituciones públicas, empresas, trabajadores, universidades, comunidades y organizaciones sociales comparten sus conocimientos, sus capacidades y sus recursos al servicio del bien común, toma forma concreta una convicción que ha ido madurando en la Doctrina social de la Iglesia y que mis Predecesores han desarrollado de diversos modos: los grandes desafíos sociales requieren responsabilidad compartida, participación y colaboración entre los distintos cuerpos de la sociedad. El Papa Francisco expresó esta misma convicción al hablar de «amistad social» (cf. FT, 154).
Una agenda de responsabilidad compartida puede contribuir precisamente a que las diferencias legítimas no se conviertan en fragmentación. En mi primera Encíclica quise subrayar que el pluralismo necesita un principio de unidad y que le permita orientarse hacia fundamentos comunes y hacia el fin último de la persona (cf. MH, 10). La experiencia sinodal de la Iglesia puede ofrecer aquí una enseñanza: escuchar verdaderamente las diferencias no significa diluirlas, sino aprender a discernirlas y a buscar, desde ellas, aquello que puede servir al bien de todos. Este ejercicio resulta particularmente necesario en un tiempo en el que las narrativas polarizadas encuentran una amplificación inmediata y en el que el enfrentamiento puede convertirse fácilmente en instrumento de poder (cf. MH, 190). Frente a esa dinámica, el hecho mismo de que personas e instituciones tan distintas hayan decidido sentarse a una misma mesa ya contiene una responsabilidad. El diálogo verdadero exige algo más que cordialidad: obliga a permanecer en la conversación cuando aparecen intereses contrapuestos y cuando las decisiones reclaman renuncias concretas.
Para los creyentes, además, la fraternidad encuentra su fundamento último en una verdad que precede a cualquier acuerdo: tenemos un mismo Padre. Como recordaba Fratelli tutti, «sin una apertura al Padre de todos, no habrá razones sólidas y estables para el llamado a la fraternidad» (n. 272).
The res novae of our time set in motion a true movement of “reflection and action” (MH, 174), which must “be guided with foresight: by institutions capable of regulating without stifling, and protecting without taking over; by businesses that recognize work and dignity as measures of success; by intermediary organizations and educational communities that rebuild trust and relationships; and by citizens who cultivate responsibility, moderation, discernment and a sense of truth” (MH, 181).
“Do not be afraid” is an exhortation that my predecessors repeated at decisive moments in the life of the Church. I would also like to make it my own today, since “we should not be intimidated by tensions or differences because they can become creative forces when guided by shared responsibility” (MH, 13).
The Church’s Social Doctrine offers invaluable assistance in this regard. Many of the organizations present here are familiar with it, are studying it and are helping to spread it. It “is not a handbook of principles and norms to be applied, but a process of shared discernment” (MH, 27). Its principles do not replace the decisions that you must take; rather they offer criteria for judging whether these decisions truly respect human dignity and serve the common good.
For this reason, the value of any points of consensus that can be reached will not be measured solely by the number of people who endorse them. They will be recognized by the interests that they are able to protect and, in particular, by the impact that they have on the lives of those who have the least power to defend themselves.
The principles of social justice provide a decisive criterion here. A social, economic and political order can truly be called humane when it allows everyone — “particularly the weakest — to live a truly dignified life, without leaving anyone behind” (MH, 77).
At the end of Magnifica Humanitas I reflected on the figure of the prophet Nehemiah. Faced with a Jerusalem in ruins, he listened to the suffering of his people, brought it before God, discerned what needed to be done, sought the necessary resources and organized a project that could only be carried out with the participation of many people (cf. MH, 241).
I would like to propose to you that same image for the work that you are doing. Likewise, in our time, great edifices have come crashing down wherever progress ceases to serve the person, where work loses its dignity, where entire communities are cast aside or where technology ends up deepening the divisions that it should be helping us to overcome.
Like Nehemiah, you are to “enter the construction sites of history — research laboratories, technology companies, schools, the media, institutions, local communities — in order to rebuild what has collapsed and to protect what is threatened” (MH, 241). Moreover, I invite you to allow yourselves to be challenged by the signs of the times and embrace the contributions of the sciences, of cultures and of human experiences to discern possible paths forward.
Negotiation is part of that work and is part of a “better kind of politics” capable of seeking the common good above particular interests (cf. FT, 154). Therefore, I encourage you to cultivate a healthy “culture of negotiation” (cf. MH, 221) which is capable of opening paths where differences seem to close off every possibility of encounter. In this way, you will also be able to contribute to the diplomacy of peace that our world needs.
Nehemiah did not rebuild Jerusalem alone. He called upon his people, and each person worked on the section they were responsible for building. It is now up to you to recognize what part of this shared work has been entrusted to you. May the progress of our time not leave new ruins in its wake, and may whatever we build truly be a home and a refuge for all, beginning with those most in need.
Thank you very much.
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