DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
A LOS MIEMBROS DE LA PONTIFICIA ACADEMIA DE LAS CIENCIAS
Sala Clementina
Jueves, 24 de septiembre de 2026
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En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
La paz esté con ustedes.
Eminencia,
Distinguidos miembros de la Pontificia Academia de las Ciencias,
Señoras y señores:
Me complace darles la bienvenida con ocasión de la Sesión Plenaria de la Academia de las Ciencias de este año. Agradezco al canciller, cardenal Turkson, y al presidente, Joachim von Braun, junto con el Consejo, por haber organizado este encuentro para reflexionar sobre el tema «El futuro de la ciencia en un mundo cambiante». Este tema es, en efecto, oportuno, ya que «[e]n los últimos años se ha hecho cada vez más evidente cuán rápida y profundamente la digitalización, la inteligencia artificial (IA) y la robótica están transformando nuestro mundo» (Magnifica humanitas, n.4). Aunque su impacto pleno sigue siendo incierto, estas herramientas nos dan motivos para esperar un futuro más luminoso para la humanidad. Pueden, por ejemplo, conducir a descubrimientos científicos fundamentales y a innovaciones tecnológicas capaces de hacer avanzar la medicina, mejorar el diagnóstico y el tratamiento de las enfermedades, fortalecer los sistemas alimentarios y energéticos, profundizar nuestra comprensión del universo y del mundo natural y abrir nuevas posibilidades para la creatividad humana y la cooperación.
Sin embargo, precisamente porque estos avances traen consigo tales promesas, también debemos reconocer los riesgos que los acompañan. La inteligencia artificial puede ser utilizada para vigilar, manipular y discriminar (cf. nn. 103, 150). Las capacidades informáticas sofisticadas y las armas autónomas pueden, si se desarrollan o despliegan sin medidas de seguridad adecuadas y sin control humano, presentar nuevos peligros para la seguridad y la paz internacional (cf. nn. 183, 197). Además, «los actuales sistemas de IA requieren grandes cantidades de energía y agua, inciden de manera significativa en las emisiones de dióxido de carbono y consumen recursos de forma intensiva» (n. 101).
Estas posibilidades y estos riesgos nos recuerdan que el progreso tecnológico nunca es simplemente una cuestión técnica. Toda tecnología refleja, explícita o implícitamente, una determinada comprensión de la persona humana, de la sociedad y del futuro que deseamos construir. Por tanto, el progreso científico y tecnológico debe estar acompañado por un correspondiente crecimiento de la responsabilidad. Cuanto mayor es nuestro poder para transformar el mundo, mayor debe ser nuestra capacidad para discernir aquello que verdaderamente sirve a la dignidad humana, donada por Dios, para gobernar sabiamente y para cuidar de quienes podrían sufrir las consecuencias más graves de nuestras decisiones (cf. n. 173).
Esta misma exigencia de responsabilidad es particularmente urgente ante el cambio climático. Estamos asistiendo a olas de calor, sequías, inundaciones, tormentas, incendios forestales y otras catástrofes naturales con una frecuencia y una intensidad cada vez mayores. Estas perturbaciones afectan con mayor gravedad a los pobres, a las comunidades que cuentan con menos recursos para adaptarse y a quienes dependen directamente de la tierra, de los bosques y de los océanos para su subsistencia (cf. Francisco, Laudato si’, n.25). De ello se desprende que la cuestión climática no es meramente un desafío ambiental, sino fundamentalmente una cuestión de justicia, de dignidad humana y de solidaridad entre los pueblos y las generaciones. No podemos responder a estos desafíos solamente después de que el desastre ya haya ocurrido. Debemos pasar de la gestión de las emergencias a la prevención, de la vulnerabilidad a la preparación y de las medidas a corto plazo a una visión sabia y previsora para la humanidad. Esto exige un enfoque de responsabilidad y discernimiento ante la ciencia que construya resiliencia: un enfoque orientado al descubrimiento, que tenga en cuenta también, desde el comienzo, las consecuencias que las decisiones científicas y tecnológicas pueden tener para la humanidad y para la integridad de la creación que Dios nos ha confiado.
En este compromiso es indispensable una cooperación interdisciplinaria. La resiliencia climática exige la colaboración de científicos, ingenieros, economistas, médicos y sociólogos, junto con las comunidades locales y los responsables de las políticas públicas. Los desafíos de un clima cambiante superan todas las fronteras entre disciplinas, instituciones y naciones; por tanto, también nuestra respuesta debe superarlas. Como nos recordó el Papa Francisco, nuestra interdependencia nos exhorta a afrontar los desafíos ambientales desde una perspectiva global y a trabajar por un plan común (cf. n. 164). Por esta razón, valoro la serie de Cumbres sobre la resiliencia climática celebradas durante los últimos dos años por su Academia, junto con la Pontificia Academia de Ciencias Sociales y con socios académicos de muchas partes del mundo. Es alentador que estos encuentros no reúnan solamente a científicos, sino también a jóvenes, autoridades públicas, representantes de la sociedad civil y miembros de diferentes tradiciones religiosas. Estos encuentros crean espacios en los que el conocimiento puede compartirse más allá de las fronteras, donde se puede aprender de experiencias positivas y adaptarlas, y donde la comprensión científica puede traducirse en acciones concretas. Los animo a continuar por este camino.
Con estos sentimientos, espero sinceramente que sus reflexiones durante estos días puedan ofrecer una valiosa orientación para el futuro de la ciencia. Con los jóvenes entre nosotros, ¡se nos recuerda el futuro! Y esto es muy, muy importante. Mi oración es que puedan promover una cultura científica que sea ambiciosa pero humilde, rigurosa pero abierta al diálogo, innovadora pero responsable, cooperativa a nivel mundial pero inclusiva de quienes se encuentran en mayor riesgo y necesidad. De este modo, la colaboración científica, como bien público al servicio de la paz, podrá seguir centrando su atención en la salvaguardia de la dignidad humana donada por Dios, promoviendo el bien común y cuidando de la creación.
Que el Espíritu Santo, fuente de toda caridad y vínculo de unidad, ilumine sus mentes y fortalezca su compromiso. Y con gusto invoco sobre todos ustedes las abundantes bendiciones de Dios Todopoderoso. Gracias.
Por tanto, oremos juntos y pidamos la bendición de Dios, rezando primero con las palabras que Jesús nos enseñó.
Padre nuestro…
Bendición.
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Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, 24 de octubre de 2026
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