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VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD LEÓN XIV
A TÜRKIYE Y AL LÍBANO
CON PEREGRINACIÓN A İZNIK (TÜRKIYE)
EN OCASIÓN DEL 1700 ANIVERSARIO DEL PRIMER CONCILIO DE NICEA
(27 de noviembre - 2 de diciembre de 2025)

ENCUENTRO CON LAS AUTORIDADES, LA SOCIEDAD CIVIL Y EL CUERPO DIPLOMATICO

DISCURSO DEL SANTO PADRE

Beirut
Domingo, 30 de noviembre de 2025

[Multimedia]

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Señor Presidente de la República,
distinguidas autoridades civiles y religiosas,
miembros del Cuerpo Diplomático,
señoras y señores:

¡Bienaventurados los que trabajan por la paz!

Es una gran alegría encontrarme con ustedes y visitar esta tierra en la que “paz” es mucho más que una palabra. Aquí la paz es un deseo y una vocación, es un don y una obra en constante construcción. Ustedes están investidos de autoridad en este país, cada uno en su ámbito y con funciones específicas. A la luz de esta autoridad, deseo dirigirles las palabras de Jesús, elegidas como inspiración fundamental de mi viaje: «Bienaventurados los que trabajan por la paz» (Mt 5,9). Ciertamente, hay millones de libaneses, aquí y en todo el mundo, que sirven a la paz silenciosamente, día tras día. A ustedes, sin embargo, que tienen importantes tareas institucionales dentro de este pueblo, les espera una bienaventuranza especial si pueden decir que han antepuesto el objetivo de la paz a todo lo demás. Deseo, en este encuentro, reflexionar un poco con ustedes sobre lo que significa ser artífices de la paz en circunstancias muy complejas, conflictivas e inciertas.

Además de las maravillas de la naturaleza y de las riquezas culturales del Líbano, ya elogiadas por todos mis predecesores que han visitado su país, resplandece una cualidad que distingue a los libaneses: ustedes son un pueblo que no se rinde, sino que, ante las pruebas, siempre sabe renacer con valentía. Su resiliencia es una característica imprescindible de los auténticos constructores de paz: la obra de la paz, en efecto, es un continuo recomenzar. El compromiso y el amor por la paz no conocen el miedo ante las aparentes derrotas, no se dejan doblegar por las decepciones, sino que saben ver más allá, acogiendo y abrazando con esperanza todas las realidades. Se necesita tenacidad para construir la paz; se necesita perseverancia para engendrar vida y custodiarla.

Interroguen su historia. Pregúntense de dónde viene la gran fortaleza que nunca ha dejado a su pueblo abatido, sin esperanza. Ustedes son un país variado, una comunidad de comunidades, pero unidas por una lengua común. No me refiero sólo al árabe levantino que ustedes hablan y a través del cual su gran pasado ha diseminado perlas de inestimable valor; me refiero sobre todo a la lengua de la esperanza, aquella que siempre les ha permitido volver a empezar. A nuestro alrededor, en casi todo el mundo, parece haber vencido una especie de pesimismo y un sentimiento de impotencia; las personas parecen no ser capaces ni siquiera de preguntarse qué pueden hacer para cambiar el curso de la historia. Las grandes decisiones parecen tomarlas unos pocos y, a menudo, en detrimento del bien común, lo que parece un destino ineludible. Ustedes han sufrido mucho las consecuencias de una economía que mata (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 53), de la inestabilidad global que también en el Levante tiene repercusiones devastadoras, de la radicalización de las identidades y de los conflictos, pero siempre han querido y sabido volver a empezar.

El Líbano puede enorgullecerse de una sociedad civil dinámica, bien formada, rica en jóvenes capaces de expresar los sueños y las esperanzas de todo un país. Por eso los animo a que nunca se separen de su gente y a que se pongan al servicio de su pueblo —tan rico en su variedad— con compromiso y dedicación. Que puedan hablar una sola lengua: la lengua de la esperanza que hace converger a todos en un constante comenzar de nuevo. El deseo de vivir y crecer juntos, como pueblo, haga de cada grupo la voz de una polifonía. Que les ayude también el profundo vínculo de afecto que une a su país a tantos libaneses dispersos por el mundo. Ellos aman su origen, rezan por el pueblo del que se sienten parte y lo apoyan con las múltiples experiencias y competencias que los hacen tan apreciados en todos los lugares.

Llegamos así a una segunda característica de los constructores de paz: no sólo saben recomenzar, sino que ante todo lo hacen a través del arduo camino de la reconciliación. De hecho, hay heridas personales y colectivas que requieren largos años, a veces generaciones enteras, para poder sanar. Si no se curan, si no se trabaja, por ejemplo, en la sanación de la memoria, en un acercamiento entre quienes han sufrido agravios e injusticias, es difícil avanzar hacia la paz. Se permanece estancado, prisionero cada uno de su dolor y de sus razones. La verdad, en cambio, sólo puede ser honrada mediante el encuentro. Cada uno de nosotros ve una parte de la verdad, conoce un aspecto de ella, pero no puede renunciar a lo que sólo el otro sabe, a lo que sólo el otro ve. La verdad y la reconciliación siempre crecen juntas y sólo juntas: tanto en una familia como entre las diferentes comunidades y las diversas almas de un país, o entre las naciones.

Al mismo tiempo, no hay reconciliación duradera sin un objetivo común, sin una apertura hacia un futuro en el que el bien prevalezca sobre el mal sufrido o infligido en el pasado o en el presente. Por lo tanto, una cultura de la reconciliación no sólo nace desde abajo, de la disponibilidad y la valentía de algunos, sino que necesita autoridades e instituciones que reconozcan el bien común por encima del bien parcial. El bien común es más que la suma de muchos intereses: acerca lo más posible los objetivos de cada uno y los mueve en una dirección en la que todos tendrán más que si avanzaran por separado. La paz es, de hecho, mucho más que un equilibrio, siempre precario, entre quienes viven separados bajo el mismo techo. La paz es saber convivir, en comunión, como personas reconciliadas. Una reconciliación que, además de hacernos convivir, nos enseñará a trabajar juntos, codo con codo, por un futuro compartido. Es entonces que la paz se convierte en esa abundancia que nos sorprende cuando nuestro horizonte se amplía más allá de cualquier valla y barrera. A veces se piensa que, antes de dar cualquier paso, es necesario aclararlo todo, resolverlo todo, pero es el diálogo mutuo, incluso en las incomprensiones, el camino que conduce a la reconciliación. La verdad más grande de todas es que estemos juntos insertados en un proyecto que Dios ha preparado para que seamos una familia.

Por último, me gustaría esbozar una tercera característica de los constructores de paz. Se atreven a quedarse, incluso cuando ello supone un sacrificio. Hay momentos en los que es más fácil huir o, simplemente, resulta más conveniente irse a otro lugar. Se necesita mucho valor y visión de futuro para quedarse o volver al propio país, considerando dignas de amor y dedicación incluso condiciones bastante difíciles. Sabemos que la incertidumbre, la violencia, la pobreza y muchas otras amenazas producen aquí, como en otros lugares del mundo, una hemorragia de jóvenes y familias que buscan un futuro en otros lugares, a pesar del gran dolor que representa dejar su patria. Sin duda, hay que reconocer que muchos de los libaneses dispersos por el mundo aportan cosas muy positivas a todos ustedes. Sin embargo, no debemos olvidar que permanecer en la patria y colaborar día a día al desarrollo de la civilización del amor y de la paz sigue siendo algo muy loable.

La Iglesia, de hecho, no sólo se preocupa por la dignidad de quienes se trasladan a países distintos del suyo, sino que desea que nadie se vea obligado a partir y que quien lo desee pueda regresar en condiciones de seguridad. La movilidad humana, de hecho, representa una inmensa oportunidad de encuentro y enriquecimiento mutuo, pero no borra el vínculo especial que une a cada uno con determinados lugares, a los que debe su identidad de una manera totalmente peculiar. Y la paz siempre crece en un contexto vital concreto, hecho de vínculos geográficos, históricos y espirituales. Es necesario alentar a quienes los favorecen y se nutren de ellos, sin ceder al localismo y al nacionalismo. En la encíclica Fratelli tutti, el Papa Francisco indicaba este camino: «Hay que mirar lo global, que nos rescata de la mezquindad casera. Cuando la casa ya no es hogar, sino que es encierro, calabozo, lo global nos va rescatando porque es como la causa final que nos atrae hacia la plenitud. Simultáneamente, hay que asumir con cordialidad lo local, porque tiene algo que lo global no posee: ser levadura, enriquecer, poner en marcha mecanismos de subsidiaridad. Por lo tanto, la fraternidad universal y la amistad social dentro de cada sociedad son dos polos inseparables y coesenciales» (n. 142).

Este es un reto no sólo para el Líbano, sino para todo el Levante: ¿qué hacer para que sobre todo los jóvenes no se sientan obligados a abandonar su tierra y emigrar? ¿Cómo motivarlos a no buscar la paz en otros lugares, sino a encontrar garantías y convertirse en protagonistas de la misma en su tierra natal? En este sentido, cristianos y musulmanes, junto con todos los sectores religiosos y civiles de la sociedad libanesa, están llamados a hacer su propia aportación y a asumir el compromiso de sensibilizar a la comunidad internacional al respecto.

En este contexto, me gustaría subrayar el papel imprescindible de las mujeres en el arduo y paciente compromiso de custodiar y construir la paz. No olvidemos que las mujeres tienen una capacidad específica para trabajar por la paz, porque saben custodiar y desarrollar vínculos profundos con la vida, con las personas y con los lugares. Su participación en la vida social y política, así como en la de sus propias comunidades religiosas, al igual que la fuerza que proviene de los jóvenes, representa en todo el mundo un factor de verdadera renovación. Bienaventuradas, pues, las mujeres que trabajan por la paz y bienaventurados los jóvenes que permanecen o regresan, para que el Líbano siga siendo una tierra llena de vida.

Concluyo inspirándome en otra característica preciosa de su tradición milenaria. Son un pueblo que ama la música, la cual, en los días de fiesta, se convierte en danza, lenguaje de alegría y comunión. Este rasgo de su cultura nos ayuda a comprender que la paz no es sólo el resultado de un compromiso humano, por necesario que sea: la paz es un don que viene de Dios y que, ante todo, habita en nuestro corazón. Es como un movimiento interior que se derrama hacia el exterior, permitiendo que nos dejemos guiar por una melodía más grande que nosotros mismos, la del amor divino. Quien baila avanza con ligereza, sin pisar la tierra, armonizando sus pasos con los de los demás. Así es la paz: un camino movido por el Espíritu, que dispone al corazón a escuchar y lo hace más atento y respetuoso hacia el otro. Que crezca entre ustedes este deseo de paz que nace de Dios y que ya hoy puede transformar la manera de mirar a los demás y de habitar juntos esta tierra, tierra que Él ama profundamente y sigue bendiciendo.

Señor Presidente, distinguidas autoridades, les agradezco nuevamente por la hospitalidad que me están brindando. Estén seguros de mi oración y de la de toda la Iglesia por su delicado servicio al bien común.