VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV
A ARGELIA, CAMERÚN, ANGOLA Y GUINEA ECUATORIAL
(13-23 DE ABRIL DE 2026)
ENCUENTRO CON LOS JÓVENES Y LAS FAMILIAS
DISCURSO DEL SANTO PADRE
Estadio de Bata
Miércoles, 22 de abril de 2026
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Queridos jóvenes, queridas familias, ¡la paz esté con vosotros!
¿Quién tiene miedo a la lluvia? ¿Quién quiere la bendición de Dios? Gracias por estar aquí, vamos a seguir celebrando. ¡La Iglesia necesita el entusiasmo de todos vosotros!
Queridos hermanos, hermanas, con gran alegría os saludo y agradezco al señor obispo las palabras que me ha dirigido. Os agradezco a todos vosotros la cálida bienvenida y vuestro entusiasmo, que refleja la alegría de vuestra fe.
Su Excelencia describió a Guinea Ecuatorial como un país “joven, lleno de energía, de preguntas y de ganas de vivir” y, al mismo tiempo, deseoso de hacer de Cristo su luz. Esto se puede constatar en el lema de este viaje: “Cristo, Luz de Guinea Ecuatorial, hacia un futuro de esperanza”. Pero se confirma en la presencia aquí de todos vosotros. La luz más resplandeciente ahora es la de vuestros ojos, en vuestros rostros, en las sonrisas, los cantos, los bailes, todo da testimonio de que Cristo es alegría, sentido, inspiración y belleza para nuestra vida.
Vuestro país, Guinea Ecuatorial, es un país rico en historia y tradiciones. Lo hemos visto hace un momento, en las danzas, los trajes y los símbolos con los que cada grupo ha expresado su identidad, haciendo aún más evidente y conmovedor nuestro estar juntos. Habeís traído objetos sencillos y ordinarios —un bastón, una red, la reproducción de una isla, una barca, un instrumento musical— que hablan de vuestra vida y de los valores antiguos y nobles que la animan, como el servicio, la unidad, la hospitalidad, la confianza y la fiesta. Es el legado luminoso y arduo del que vosotros, queridos jóvenes, estáis llamados a ser, en la fe, el fundamento de su futuro y del futuro de esta tierra. ¡El futuro es vuestro!
San Juan Pablo II se refería a estos valores cuando, al llegar a este país y encontrarse con una Iglesia tan viva y dinámica, dijo a los fieles que habían acudido a darle la bienvenida: «Dad siempre ejemplo de concordia entre vosotros, de amor mutuo, de capacidad de reconciliación, de respeto efectivo a los derechos de cada ciudadano, familia, grupo social. Respetad y promoved la dignidad de todas las personas en vuestro País, como seres humanos y como hijos de Dios» (Discurso de bienvenida a Guinea Ecuatorial, Malabo, 18 febrero 1982). Son palabras que aún hoy guían nuestros corazones y que deben iluminar vuestro camino, mientras os preparáis para las responsabilidades que os esperan en el futuro.
Nos habló Alicia, al respecto, nos habló de la importancia de ser fieles a nuestros deberes y de contribuir, con el trabajo cotidiano, al bien de la familia y de la sociedad. Compartió con nosotros su sueño de una tierra “en la que los jóvenes, hombres y mujeres, no busquen el éxito fácil, sino que elijan la cultura del esfuerzo, de la disciplina, del trabajo bien hecho y que esto sea valorado”. Dijo que ser cristiana significa, además de participar en la celebración eucarística, trabajar con dignidad y tratar a todos con respeto, refiriéndose también al reto que supone ser mujer en el mundo laboral. Esto nos invita a reflexionar sobre la importancia del compromiso fecundo y sobre la necesidad de promover siempre la dignidad de cada ser humano.
Así lo atestiguó también Francisco Martín, cuando hizo alusión a la vocación sacerdotal. Abrió de par en par ante nosotros una ventana que muestra la hermosa realidad de tantos jóvenes que se entregan totalmente a Dios por la salvación de sus hermanos. No ocultó que le costó encontrar el valor para decir "sí", su fiat, “sí Señor”, pero en sus palabras todos comprendimos que confiar en la voluntad de Dios da alegría y una profunda serenidad. Una vida entregada a Dios es una vida feliz, que se renueva cada día en la oración, en los sacramentos y en el encuentro con los hermanos y hermanas que el Señor pone en nuestro camino. En la comunión de los corazones y en la acción solícita hacia quienes tienen necesidad, se renuevan los milagros de la caridad. Por eso, si sentís que Cristo os llama a seguirlo en un camino de especial consagración —como sacerdotes, religiosas, religiosos, catequistas —, no tengáis miedo de seguir sus pasos. Como Él mismo aseguró —y yo también quiero decirlos hoy aquí con fuerza— recibiréis «cien veces más y […] la Vida eterna» (Mt 19,29).
Queridos amigos, habéis venido a este encuentro con vuestras familias, que son el terreno fértil en el que el árbol joven y frágil de su crecimiento humano y cristiano hunde sus raíces. Por eso, quiero invitar a todos a dar gracias al Señor juntos por el don de vuestros seres queridos y, como nos han dicho Purificación y Jaime Antonio, abandonaos confiados en Él para que vuestras familias puedan crecer en la unión, acoger la vida como un don que hay que custodiar y educar para el encuentro con el Señor, el Señor que es «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6). Muchos de vosotros os estáis preparando para el sacramento del matrimonio. Ser esposos y padres es una misión apasionante, una alianza que hay que vivir día a día, en la que se redescubren siempre nuevos el uno para el otro, hacedores, junto con Dios, del milagro de la vida, constructores de felicidad, para vosotros y para vuestros hijos. Preparaos para vivir esta llamada como un camino de amor verdadero, que crece en la libertad; un camino de esperanza que nace de la conciencia de que Dios no os abandona; un camino de santidad que busca siempre el bien y la felicidad del otro.
Agradezco mucho a Víctor Antonio la sinceridad y la valentía con los que nos ha compartido su historia. Sus palabras nos ayudan a comprender aún más profundamente el valor de lo que hemos dicho. Esas palabras caen como una roca sobre nosotros, pero no para destruir; son más bien palabras que deben animarnos a construir un mundo mejor, basado en el respeto por la vida que nace y crece, y en el sentido de responsabilidad hacia los niños y los pequeños. Víctor Antonio nos ha recordado que acoger la vida requiere amor, compromiso y cuidado, y estas palabras en boca de un adolescente deben hacernos pensar seriamente en lo importante que es proteger y cuidar a la familia y los valores que se aprenden en ella. Cultivémoslos, vivámoslos y demos testimonio de ellos incluso cuando hacerlo cueste sacrificio, o cuando, como decían Jaime Antonio y Purificación, los juicios, los prejuicios y los estereotipos intenten menospreciar su valor. Una familia que sabe acoger y amar es luz, es calor. El Papa Francisco nos ha dejado unas palabras hermosas al respecto, nos dijo: «La pareja del padre y de la madre con toda su historia de amor […], la pareja que ama y genera la vida es la verdadera “escultura” viviente […], capaz de manifestar al Dios creador y salvador» (Exhort. ap. Amoris laetitia, 9.11).
Queridos jóvenes, padres y todos los aquí presentes, dejémonos entusiasmar por la belleza del amor, seamos testigos del amor que Jesús nos ha dejado y enseñado. Seamos testigos cada día de que amar es hermoso, de que las alegrías más grandes, en todos los ámbitos, provienen de saber dar y de entregarse, especialmente cuando servimos a los más necesitados. La luz de la caridad, cultivada en los hogares y vivida en la fe, puede transformar verdaderamente el mundo, incluso en sus estructuras e instituciones, para que cada persona se sienta respetada y nadie sea olvidado (cf. Francisco, Mensaje en ocasión de la Jornada Mundial de la Alimentación, 14 octubre 2022). Hermanas y hermanos, hagamos juntos, de esto, un propósito firme, un compromiso alegre, para que Cristo, el Crucificado y Resucitado, Luz de Guinea Ecuatorial, de África y del mundo entero, pueda guiarnos a todos hacia un futuro de esperanza. ¡Cristo luz de Guinea Ecuatorial!
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