EL PAPA LEÓN XIV SE REÚNE CON EL CLERO
DE LA DIÓCESIS DE ROMA
Aula Pablo VI
Jueves, 19 de febrero de 2026
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Diálogo del Santo Padre con los sacerdotes de Roma
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
La paz esté con ustedes.
[Saludo del Cardenal Vicario]
Queridos hermanos:
Los saludo con gran alegría y les agradezco que estén aquí esta mañana. Agradezco al Cardenal Vicario por las palabras que me ha dirigido y saludo cordialmente a todos ustedes: a los miembros del Consejo Episcopal, a los párrocos, a todos los presbíteros presentes. Y les digo que, si es verdad que estamos al inicio de este camino cuaresmal, esto no es un acto de penitencia: es, al menos para mí, una gran alegría. ¡Y lo digo sinceramente!
Al comienzo del año pastoral nos dejamos inspirar por lo que Jesús dice a la mujer samaritana junto al pozo de Jacob: «Si conocieras el don de Dios» (Jn 4,10).
El don, como sabemos, es también una invitación a vivir una responsabilidad creativa. No estamos simplemente insertos en el río de la tradición como ejecutores pasivos de una pastoral ya definida, sino que, al contrario, con nuestra creatividad y nuestros carismas, estamos llamados a colaborar con la obra de Dios. En este sentido, son iluminadoras las palabras que el Apóstol Pablo dirige a Timoteo: «Te recuerdo que reavives el don de Dios que está en ti» (2 Tim 1,6). Estas palabras, además de dirigirse a una persona individualmente, se dirigen también a la comunidad, y hoy podemos escucharlas dirigidas a nosotros: Iglesia de Roma, ¡recuerda reavivar el don de Dios!
¿Qué significa reavivar? Pablo dirige esta exhortación a una comunidad que, de alguna manera, ha perdido la frescura de los orígenes y el impulso pastoral; con el cambio de contexto y el paso del tiempo, se percibe cierto cansancio, alguna desilusión o frustración, cierto decaimiento espiritual y moral. Entonces el Apóstol dice a Timoteo y a aquella comunidad: recuerda reavivar el don que has recibido. Este verbo utilizado por Pablo —reavivar— evoca la imagen de las brasas bajo la ceniza y, como dijo el Papa Francisco, «sugiere la imagen de quien sopla sobre el fuego para reavivar su llama» (Catequesis, 30 de octubre de 2024).
También para el camino pastoral de nuestra diócesis podemos decir: el fuego está encendido, pero siempre es necesario reavivarlo.
El fuego encendido es el don irrevocable que el Señor nos ha dado; es el Espíritu que ha trazado el camino de nuestra Iglesia, la historia y la tradición que hemos recibido y todo aquello que, de manera ordinaria, llevamos adelante en nuestras comunidades. Al mismo tiempo, debemos admitir con humildad que la llama de este fuego no conserva siempre la misma vitalidad y necesita ser alimentada. Impulsados por los rápidos cambios culturales y los escenarios en los que se desarrolla nuestra misión, a veces asaltados por el cansancio y el peso de la rutina, o desanimados por la creciente indiferencia hacia la fe y la práctica religiosa, sentimos la necesidad de que este fuego sea alimentado y reavivado.
Esto vale en particular para algunos ámbitos de la vida pastoral a los que quisiera referirme brevemente.
El primero se refiere ciertamente a la pastoral ordinaria de las parroquias. Y aquí, ante todo, quisiera compartir con ustedes un pensamiento de gratitud, recordando las palabras que el Papa Francisco les dirigió en una de las últimas Misas Crismales: «Gracias por su servicio; gracias por el mucho bien escondido que hacen […]; gracias por su ministerio, que a menudo se realiza en medio de mucho esfuerzo, incomprensiones y poco reconocimiento» (Homilía en la Misa Crismal, 6 de abril de 2023). Los esfuerzos y las incomprensiones, sin embargo, pueden ser también ocasión de reflexión sobre los desafíos pastorales que debemos afrontar. En particular, en lo que respecta a la relación entre iniciación cristiana y evangelización, necesitamos un claro cambio de rumbo; en efecto, la pastoral ordinaria está estructurada según un modelo clásico que se preocupa ante todo por garantizar la administración de los sacramentos, pero tal modelo presupone que la fe es transmitida también por el ambiente circundante, tanto por la sociedad como por el entorno familiar. En realidad, los cambios culturales y antropológicos que han tenido lugar en las últimas décadas nos dicen que ya no es así; más bien, asistimos a una creciente erosión de la práctica religiosa.
Por ello es urgente volver a anunciar el Evangelio: esta es la prioridad. Con humildad, pero sin dejarnos desanimar, debemos reconocer que «parte de nuestro pueblo bautizado no experimenta su pertenencia a la Iglesia», y esto nos invita también a vigilar sobre una «sacramentalización sin otras formas de evangelización» (Evangelii gaudium, 63). Recordemos las preguntas del Apóstol Pablo: «¿Cómo creerán en aquel de quien no han oído hablar? ¿Y cómo oirán sin que alguien les anuncie?» (Rom 10,14). Como todas las grandes aglomeraciones urbanas, la ciudad de Roma está marcada por una movilidad constante, por nuevas formas de habitar el territorio y de vivir el tiempo, por tejidos relacionales y familiares cada vez más plurales y, a veces, fragmentados. Por ello, es necesario que la pastoral parroquial vuelva a poner en el centro el anuncio, para buscar caminos y modos que ayuden a las personas a entrar nuevamente en contacto con la promesa de Jesús. En este contexto, la iniciación cristiana, a menudo estructurada según ritmos escolares, necesita ser revisada: es necesario experimentar otras modalidades de transmisión de la fe, también fuera de los caminos clásicos, para intentar involucrar de manera nueva a los chicos, a los jóvenes y a las familias.
Un segundo aspecto es este: aprender a trabajar juntos, en comunión. Para dar el primado a la evangelización en todas sus múltiples formas, no podemos pensar ni actuar de manera aislada. En el pasado, la parroquia estaba más estrechamente vinculada al territorio y a ella pertenecían todos los que vivían allí; hoy, en cambio, los modelos y estilos de vida han pasado de la estabilidad a la movilidad, y muchas personas, además de por motivos laborales, se desplazan por diversas experiencias, viviendo también las relaciones más allá de los límites territoriales y culturales de pertenencia. La sola parroquia no es suficiente para iniciar procesos de evangelización capaces de llegar a quienes no pueden vivir una participación adecuada. En un territorio de grandes dimensiones como el de Roma, es necesario vencer la tentación de la autorreferencialidad, que genera sobrecarga y dispersión, para trabajar cada vez más juntos, especialmente entre parroquias vecinas, poniendo en común los carismas y las potencialidades, programando juntos y evitando la superposición de iniciativas. Se necesita una mayor coordinación que, lejos de ser un simple expediente pastoral, pretende expresar nuestra comunión presbiteral.
Un último aspecto que quisiera subrayar es la cercanía a los jóvenes. Muchos de ellos —lo sabemos— «viven sin ninguna referencia a Dios y a la Iglesia» (Discurso a los participantes en la Sesión Plenaria del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, 29 de enero de 2026). Se trata, por tanto, de captar y leer el profundo malestar existencial que los habita, su desorientación, sus múltiples dificultades, así como los fenómenos que los envuelven en el mundo virtual y los síntomas de una preocupante agresividad que a veces desemboca en violencia. Sé que conocen esta realidad y que se esfuerzan por afrontarla. No tenemos soluciones fáciles que nos aseguren resultados inmediatos, pero, en la medida de lo posible, podemos permanecer a la escucha de los jóvenes, hacernos presentes, acogerlos, compartir un poco de su vida. Al mismo tiempo, dado que las problemáticas afectan diversas dimensiones de la vida, procuremos también, como parroquias, dialogar e interactuar con las instituciones presentes en el territorio, con la escuela, con los especialistas en el ámbito educativo y de las ciencias humanas, y con todos aquellos que se preocupan por el destino y el futuro de nuestros jóvenes.
Y a propósito de la edad juvenil, quisiera dirigir una palabra de ánimo a los sacerdotes más jóvenes - están casi todos aquí, ¿verdad? - que a menudo experimentan en carne propia las potencialidades y las fatigas de su generación y de esta época. En un contexto social y eclesial más difícil y menos gratificante, se corre el riesgo de agotar pronto las propias energías, de acumular frustración y de caer en la soledad. Los exhorto a la fidelidad cotidiana en la relación con el Señor y, a trabajar con entusiasmo, aun cuando ahora no vean los frutos del apostolado. Sobre todo, los invito a no encerrarse nunca en ustedes mismos: no tengan miedo de confrontarse, también sobre sus cansancios y sus crisis, especialmente con aquellos hermanos que consideren capaces de ayudarlos. A todos nosotros, por supuesto, se nos pide una actitud de escucha y de atención, mediante la cual vivir concretamente la fraternidad presbiteral. Acompañémonos y sostengámonos mutuamente.
Queridísimos, me alegra haber vivido con ustedes este momento de compartir. Como recordé recientemente, nuestro primer compromiso es «custodiar y hacer crecer la vocación en un constante camino de conversión y renovada fidelidad, que nunca es un recorrido solo individual, sino que nos compromete a cuidarnos unos a otros» (Carta ap. Una fidelidad que genera futuro, 13). De este modo, seremos pastores según el corazón de Dios y podremos servir del mejor modo a nuestra diócesis de Roma. ¡Gracias!
Diálogo del Santo Padre con los sacerdotes de Roma
Card. Baldo Reina
Gracias, Santo Padre, por lo que nos ha dicho, sin duda será motivo de una reflexión más profunda. Le agradecemos también el tiempo que nos va a dedicar ahora: nos hablaba de su disponibilidad para dialogar con los sacerdotes. Muchos querrían hacerle numerosas preguntas. Las hemos agrupado en cuatro por cuatro franjas de edad. El primero será don Francesco Melone, que es uno de los sacerdotes que usted ordenó el pasado 31 de mayo, y le hará una pregunta sobre lo que decía al final de su intervención, es decir, sobre las dificultades del clero joven. Después de él, don Giacomo Pavanello, que es párroco de San Gregorio Magno alla Magliana, una parroquia de unos 40 000 habitantes, le hará una pregunta sobre los retos pastorales de este tiempo. Luego, don Romano De Angelis, que ha sido párroco en varias parroquias de la ciudad y desde hace unos meses es uno de los capellanes del hospital pediátrico «Bambin Gesù», abordará el tema de la fraternidad sacerdotal, que también ha sido uno de los temas que usted ha tratado. Por último, don Tonino Panfili, que se ocupa de la vida consagrada desde hace muchos años en el Vicariato, actualmente administrador de la Basílica de Santa Cruz en Jerusalén, le planteará preguntas relacionadas con los sacerdotes ancianos. A este respecto, recordamos en este momento a nuestros hermanos ancianos enfermos que se encuentran en la residencia «San Gaetano» en Divino Amore. Ellos cuatro hablarán en nombre de todos. Gracias.
Primera pregunta
Buenos días, Santo Padre, le dirijo estas palabras en nombre de los jóvenes sacerdotes de nuestra diócesis, aunque ya ha respondido a muchas preguntas que tenemos en el corazón, ¡gracias! En la mayoría de los casos, vivimos el servicio pastoral junto a la realidad juvenil de nuestras comunidades. En los jóvenes se respira un gran deseo de profundidad e intimidad con Dios, así como la necesidad de ser escuchados y de comunión. Pero al mismo tiempo surgen en ellos numerosas heridas relacionales y afectivas, a menudo acompañadas de ansiedades y miedos, tristeza y soledad. A veces, por lo tanto, parece más fácil, y tal vez para nosotros los sacerdotes incluso más gratificante y conveniente, ocuparnos principalmente del nivel emocional, anestesiando el dolor a través de eventos sensacionales y emociones fuertes, en lugar de ayudarles a entrar en diálogo con Dios. Una relación que, en cambio, no es llamativa, ruidosa, llena de grandes números o mediada por líderes carismáticos, sino que se alimenta en el secreto de la oración, convirtiéndonos no en protagonistas, sino en ministros de la confianza con el Señor. Solo la amistad con Jesús llena nuestra soledad, como Su Santidad recordó el pasado 10 de enero al recibir aquí mismo a los jóvenes romanos y a sus educadores. Le pregunto, pues, Santo Padre, ¿qué nos aconsejaría a nosotros, los jóvenes sacerdotes, para poder encarnar el Evangelio en el mundo de hoy, en particular entre nuestros jóvenes, presentándonosles como adultos creíbles, sin convertir sin embargo la evangelización en animación y el discernimiento en entretenimiento? Gracias.
Respuesta del Papa León XIV
Bueno. Lo primero que me gustaría decir es que se trata de una condición, una realidad de la sociedad actual, que en cierto sentido no podemos cambiar, pero debemos tener los ojos abiertos. Es la realidad de las familias y los retos que tenemos precisamente con los jóvenes de hoy, porque muchas veces provienen de familias que han vivido crisis muy fuertes, ausencia del padre, padres divorciados, vueltos a casar, muchos que también han vivido experiencias de abandono, las dificultades que los jóvenes deben asumir en esta vida que vivimos hoy. Por lo tanto, para el sacerdote, acompañar a estos jóvenes también significa conocer su realidad, estar cerca en este sentido, acompañarlos, pero no ser solo uno más entre los jóvenes. Esto también es importante: el testimonio del sacerdote. El sacerdote joven puede ofrecer a los jóvenes un modelo de vida, que ser amigo de Jesús realmente puede llenar sus vidas. Pero esto significa que el mismo sacerdote, joven o no tan joven, vive una vida de amistad con Jesús, para ofrecer a estos jóvenes no solo un ejemplo, sino una experiencia de vida que podría cambiar la vida de los jóvenes. Entonces, también aquí creo que el espíritu de evangelización, del que hablé hace unos minutos, debe aplicarse también a los jóvenes.
Antes, todos los jóvenes venían a la parroquia. Seguramente muchas de sus parroquias tienen un oratorio, es decir, un lugar donde los jóvenes se reúnen, juegan...Todavía vienen algunos, pero no podemos estar satisfechos solo con los que llegan a la parroquia; por lo tanto, incluso con los propios jóvenes, hay que organizar, pensar, buscar iniciativas que puedan ser una forma de salir. El papa Francisco hablaba mucho de la Iglesia en salida. Tenemos que ir nosotros, tenemos que invitar a otros jóvenes, salir con ellos a la calle; ofrecer quizás diferentes formas, actividades... El deporte también puede ser una forma de invitar a los jóvenes. Otras actividades, el arte, la cultura... Invitar a los jóvenes a venir, a empezar a conocer. Quizás conocer es ante todo una experiencia humana de amistad, que poco a poco puede ayudar a llegar a una experiencia de comunión. Muchos jóvenes viven un aislamiento, una soledad increíble, después de la pandemia, pero no empezó ahí. Con el famoso smartphone, que probablemente todos llevan hoy en el bolsillo, viven solos, aunque digan: «No, mi amigo está aquí», pero no hay contacto humano. Viven una especie de distancia de los demás, una fría indiferencia, sin conocer la riqueza y el valor de las relaciones verdaderamente humanas. Por lo tanto, también ahí hay que buscar cómo ofrecer a los jóvenes otro tipo de experiencia de amistad, de compartir y, poco a poco, de comunión, y a partir de esa experiencia invitarlos también a conocer a Jesús, que nos invita a ser no sus siervos, sino sus amigos.
Para hacer todo esto se necesita mucho tiempo, sacrificio, también reflexión, ver cómo llegar a estos jóvenes que hoy en día se ven arrastrados a una vida terrible muchas veces, la dependencia de las drogas, la delincuencia, la violencia, las dificultades, este aislamiento... Hace poco, un joven me hizo esta pregunta: «Pero usted habla mucho de comunión y de unidad, ¿por qué? ¿Cuál es su valor?». Es decir, ni siquiera entendía, en la experiencia que vive, que hay un gran valor en salir de la soledad y buscar amigos y comunión. Por lo tanto, creo que por ese camino también los sacerdotes jóvenes, que están más cerca de los jóvenes por edad, cultura y formación, pueden prestar un gran servicio al anunciar este mensaje que, en el fondo, es siempre el Evangelio.
Segunda pregunta
Santidad, buenos días y muchas gracias por este momento. Quisiera hacerle una pregunta sobre los tiempos que estamos viviendo, marcados por una progresiva marginación de lo religioso en el panorama social contemporáneo, sobre todo en las grandes ciudades como Roma. ¿Cómo podemos ser incisivos en esta cultura posmoderna en la que todos vivimos y respiramos, sin volver a esquemas del pasado que resultarían un poco anacrónicos? ¿Qué prioridad debe tener nuestra pastoral para poder responder evangélicamente a los retos de nuestro tiempo? Lo diré de otra manera: el Evangelio siempre se ha inculturado, hoy probablemente nos enfrentamos a una nueva inculturación, ¿cómo podemos hacer que esta inculturación sea favorecida, acompañada y no obstaculizada por nuestras iniciativas? Gracias.
Respuesta del papa León XIV
Una cosa que yo mismo estoy buscando es cómo responder a este desafío, que comienza con la necesidad de conocer verdaderamente la comunidad a la que estoy llamado a servir. Hablo personalmente. Viví en Roma durante cuatro años en la década de los 80, luego durante doce años, de 2000 a 2012-13, y ahora desde hace tres años, y cada vez que regreso a Roma, en cierto sentido, encuentro otra Roma. Son muchas cosas... La «ciudad eterna», digamos, las calles son las mismas, los baches son los mismos, pero la vida ha cambiado mucho. Entonces, para servir también como obispo de Roma, había pensado mucho que, cuando fuimos a Ostia el domingo pasado, para hablar con esta gente, con estas personas, hay que empezar por conocer a fondo, en la medida de lo posible, su realidad. No puedo aportar ni siquiera una continuidad: si me cambian de una parroquia a otra, pensar: «Esto funcionó allí, sigamos haciendo lo mismo». Si quieres amar a alguien, primero tienes que conocerlo. Si quiere amar y servir a una comunidad, es muy importante conocerla.
Y hay muchas realidades en este mundo de movilidad, del que he hablado un poco, que cambia continuamente. Por eso se necesita un esfuerzo por parte de los párrocos, de los sacerdotes, de todos los que colaboran también en el consejo parroquial, para ver realmente cuáles son los retos de este momento en este lugar, en esta parroquia que debemos ver y conocer un poco.
Luego, en cuanto a la realidad del mundo actual, hasta ahora no he hablado de una realidad que nos llega, aunque nosotros no queramos: la inteligencia artificial, el uso de Internet, que también está presente en la vida del sacerdote. Entre paréntesis, les invito a resistir la tentación de preparar las homilías con inteligencia artificial. Al igual que todos los músculos del cuerpo, si no los utilizamos, si no los movemos, mueren; el cerebro necesita ser utilizado, por lo que también nuestra inteligencia, la inteligencia de ustedes, debe ejercitarse un poco para no perder esta capacidad. Pero se necesita mucho más, porque para hacer una verdadera homilía, que es compartir la fe, ¡la IA nunca podrá compartir la fe! Esta es la parte más importante: si podemos ofrecer un servicio, digamos inculturado, en el lugar, en la parroquia donde trabajamos, la gente quiere ver su fe, su experiencia de haber conocido y amado a Jesucristo y su Evangelio. Y esto es algo que debemos cultivar continuamente.
Y ahí es donde digo muy sinceramente, a todas las preguntas, que parte de la respuesta es la importancia de una vida de oración. No solo la rutina de recitar lo más rápido posible el breviario, que también llevo en el celular, sino el tiempo de estar con el Señor, de escuchar la Palabra de Dios, con la oración de los Salmos, esta alabanza al Señor. Pero también la capacidad de entrar en diálogo, de escuchar de verdad y de expresar las dificultades que llevo en el corazón: «¿Por qué, Señor?, ¿qué quieres de mí?, ¿qué puedo hacer?». Entonces, con esta experiencia de una vida auténticamente arraigada en el Señor, podemos ofrecer algo que no es nuestro. No es porque yo soy que ofrezco lo que soy, esto es un engaño muchas veces en Internet, en TikTok, y queremos ser nosotros mismos: «Tengo muchos seguidores, muchos likes, porque ven lo que digo...». No eres tú: si no estamos transmitiendo el mensaje de Jesucristo, tal vez nos estemos equivocando, y también hay que reflexionar muy bien, con mucha humildad, para ver quiénes somos y qué estamos haciendo. Pero con esta actitud de amor, de servicio, de humildad, de escucha, podemos descubrir verdaderamente qué podemos hacer para responder a esta comunidad a la que estamos llamados a servir.
Tercera pregunta
Santo Padre, en estos 39 años de ordenación sacerdotal he podido experimentar que la fraternidad sacerdotal es posible y es hermosa. También porque en nuestros presbiterios, en Roma, tenemos la posibilidad de acoger también a sacerdotes de otras diócesis que son una riqueza, no solo por la ayuda que dan, sino también por alimentar la fraternidad sacerdotal. Y es cierto que, al estar juntos, se experimenta lo que decía san Juan Berchmans: «La vida en común es una gran penitencia, pero he experimentado que también es fuente de inmensa alegría». Tres episodios sencillos: después de un malestar una tarde, me di cuenta a la mañana siguiente de que mis hermanos, sin decir nada, se habían organizado durante la noche en turnos de una hora para venir discretamente a ver cómo iban las cosas, cómo estaba yo. Otro episodio que me impresionó fue cuando murió mi madre —soy hijo único, mi padre ya había fallecido— y un joven hermano, al verme un poco alterado, me dijo: «Romano, recuerda que, mientras yo esté vivo, nunca estarás solo en la vida». También viví un momento doloroso, un malentendido doloroso, y allí me iluminó el Evangelio: rezar por esa persona, por ese hermano, y pedir que el Señor lo bendijera. Y, al cabo de unos meses, la alegría del mensaje de la reconciliación. Entonces, ante esto, digo que, sin embargo, hay peligros, Santo Padre, que le propongo, para pedirle consejo y alguna sugerencia. El primero es la dificultad de ser uno mismo por miedo a los chismes, a ser vendido por treinta monedas, para que alguien pueda lucirse contando cosas. Luego, las diferentes sensibilidades que podemos tener son sin duda una riqueza, pero existe la tentación, en lugar de transformarlas en oportunidades, de formar equipos opuestos que se combaten entre sí. Y luego, lo que me parece el peligro más grande, que es el de los celos: es decir, ser incapaces de alegrarse por las capacidades de un hermano, que corre el riesgo de convertirse en enemigo simplemente porque es apreciado y tiene éxito pastoral. A veces me vienen a la mente las palabras un poco amargas de un hermano, pero que tienen algo que ver: «Si quieres hacer daño a alguien, hable bien de él», porque entonces lo expone a ser atacado. Pero sin duda usted podrá darnos una indicación valiosa para valorar todo esto. ¡Gracias, Santo Padre!
Respuesta del papa León XIV
Gracias. Podría decir, como el profesor: «Pero usted ya ha respondido a su pregunta, y por lo tanto...». Empezaré con algo realmente doloroso —diría que negativo— que es un poco como una de las «pandemias» del clero a nivel universal, a veces. Se llama «invidia clericalis», que es aquella en la que un sacerdote, al ver que otro ha sido llamado a ser párroco de una parroquia más grande, más bonita, llamado a ser vicario, llamado no sé... entonces se rompen las relaciones; y no solo eso, sino también con chismes, críticas, comentarios... Se destruye en lugar de ver cómo construir vínculos, puentes de amistad, de fraternidad sacerdotal. Por lo tanto, digo esto de inmediato para dejarlo de lado, pero prestemos atención, por favor, a esta realidad. Todos somos humanos, hay sentimientos, emociones, muchas cosas, pero, como sacerdotes —y espero que ya desde el seminario— podemos dar modelos de vida, donde los sacerdotes puedan ser verdaderamente amigos, hermanos, y no enemigos o indiferentes unos hacia otros. Y no sé qué es peor: si ser enemigo o ser indiferente hacia el otro, hay que pensar en ambos.
He visto ejemplos hermosos de fraternidad sacerdotal y voy a mencionar algunos, porque pueden servir para todos, tanto para los más jóvenes como para los mayores. Un sacerdote de Chicago, que tenía compañeros de seminario que habían hecho, desde el día de su ordenación sacerdotal, un pacto, un acuerdo: que todos los meses —no sé, eligieron el cuarto jueves, no sé...— que todos los meses se reunirían entre ellos una vez al mes. Era una «clase» de un buen número de sacerdotes, y los conocí cuando uno de ellos, que ya era obispo auxiliar en Chicago, tenía 93 años, y los que habían sobrevivido hasta esa edad seguían reuniéndose. Querían continuar durante toda su vida esta hermosa amistad que habían formado ya en el seminario. Pero no era solo una reunión, era una experiencia de oración, en la que dedicaban un momento del día a orar y luego a estudiar.
Y aquí quiero decirles otra cosa a todos: que el estudio en nuestra vida debe ser permanente, continuo. Cuando escucho a alguien decirme —esto es histórico, me lo dijo un sacerdote—: «No he vuelto a abrir un libro desde que salí del seminario». ¡Madre mía! —pensé—, ¡qué tristeza! Y qué triste es para sus fieles, que tienen que escuchar Dios sabe qué. También debemos actualizarnos, y ese grupo de sacerdotes, en esta reunión que hacían todos los meses, a cada uno, cada vez por turnos, le decían: «Te toca, elige un artículo, alguna cosa». La persona lo enviaba a todos anticipadamente, todos lo leían, y luego, en el momento de compartir, hablaban de teología, de pastoral, de nuevas iniciativas, de la realidad de la Iglesia, etc. Era algo muy bonito. Y por iniciativa propia.
Y ahí, entonces, otro punto muy importante: si me quedo aquí sentado diciendo: «Nadie viene a visitarme» —puede que a alguno de ustedes le pase—, no tengamos miedo de llamar a la puerta del otro, de tomar la iniciativa, de decir a los compañeros o a un grupo de amigos, a algunos: «¿Por qué no nos reunimos de vez en cuando para estudiar juntos, reflexionar juntos, tener un momento de oración y luego un buen almuerzo?». El párroco con la mejor cocinera puede invitar a los demás, así se hace un buen almuerzo juntos. Los que menciono, los sacerdotes de Chicago, allí todos los sacerdotes diocesanos juegan al golf. Entonces, en verano, también iban a hacer un poco de deporte juntos. La cuestión es que alguien tiene que tomar la iniciativa. Quizás no pueda ser con todos —también soy muy realista en esto—, Dios nos ha hecho a todos diferentes, ¡gracias a Dios! No hay dos personas iguales, por así decirlo, pero me siento más cómodo con uno o con otro. El otro es una buena persona, pero no tendré la confianza —que es lo que usted decía en la pregunta—, no se puede contar toda la historia de su vida a cualquiera que pase por allí. Hay que encontrar a algunas personas con las que compartir una experiencia, para tener quizás la posibilidad de entablar una amistad, una relación fraternal con un poco más de profundidad, y compartir la vida, para no encontrarse solo. Como ese joven sacerdote que le dijo: «Mientras yo esté aquí, nunca estará solo». Deberíamos intentar construir relaciones fraternas sacerdotales también en este sentido. No siempre será el párroco con sus vicarios, quizá sea mejor un grupo de párrocos, no sé, hay que ver la realidad. Pero crear situaciones para romper esta tendencia que nos lleva a la soledad, al aislamiento unos de otros. Y tratar realmente de dedicar un poco de tiempo —evidentemente, no puede ser todos los días—, pero con cierta periodicidad, a reunirse, y no a través de una pantalla. Eso es importante, también puede tener su valor, pero en persona, estar juntos, reunirse, para compartir las alegrías y también las dificultades de la vida. Compartir experiencias. Puede haber un momento en el que uno se encuentre en crisis, ya sea por salud o por alguna dificultad, si se encuentra solo, la crisis muchas veces nos aleja de lo que es nuestra vida. Si tengo un grupo de confianza con el que he vivido una experiencia, puedo seguir caminando junto a ellos, si hay alguien con quien compartir las dificultades, los momentos de prueba, etc. Por lo tanto, esto sería, de manera muy concreta, un tipo de experiencia con la que aún hoy se puede soñar; este tipo de vida sacerdotal, para promover una auténtica fraternidad sacerdotal.
Cuarta pregunta
El día de su elección, Santidad, me di cuenta de que ya era uno de los sacerdotes más ancianos. ¡Incluso el Papa es un año más joven que yo! Y cuando tengo reuniones en el Vicariato, todos son más jóvenes que yo: el Cardenal, el vicegerente, el obispo, los directores —, y por lo tanto es una experiencia continua de esta edad, ya madura. En la parroquia hay un obispo emérito, que es mayor que yo, pero hay tres sacerdotes procedentes de varias diócesis, y allí vivimos una bonita experiencia de fraternidad, para continuar con este tema tan importante. Y estos jóvenes son una riqueza. Por lo tanto, represento a la generación de presbíteros mayores, hoy aquí soy la voz de todos los presbíteros de edad avanzada. Muchos sienten soledad después de una vida totalmente dedicada al Evangelio y a la Iglesia: después de tanta gente, tanta soledad. Muchos, lamentablemente, marcados por la enfermedad, se han visto obligados a retirarse incluso antes de la jubilación. La pregunta es doble: ¿qué sugiere a aquellos de nosotros que estamos solos y enfermos, y que ahora ofrecemos nuestra fragilidad y nuestras limitaciones, junto con el Pan eucarístico, a Jesús víctima? Pero también le pregunto esto, Santidad: ¿cómo podemos nosotros, los sacerdotes mayores, en nuestros presbiterios, ayudar a los más jóvenes a permanecer jóvenes espiritualmente, entusiastas en el anuncio de la Palabra, apasionados en la construcción de la Iglesia esposa de Cristo?
Respuesta del papa León XIV
Una cosa que digo es que, aunque no se puede hacer todo perfectamente, hay que prepararse en la vida, en cierto sentido, para poder aceptar, cuando llegue el momento, la edad, la vejez, la enfermedad y también la soledad. Sin embargo, si uno ha vivido toda una vida con un cierto espíritu de diálogo, de amistad, de comunión y de fraternidad, en realidad se pueden encontrar respuestas muy concretas a esta experiencia de estar solo y enfermo, por ejemplo. Hay personas —lo decimos con cierta franqueza— que ya de jóvenes recorren los caminos de la vida con cierta amargura, nunca han sabido vivir experiencias de amistad, de fraternidad o de comunión. Y así, ya desde jóvenes, o desde la mediana edad, viven con esta amargura, nunca contentos con nada y siempre con este espíritu un poco negativo.
Si uno vive toda la vida como un camino que nos lleva adelante, incluso con el peso de los años, muchas veces también —ya sea joven o anciano— con enfermedades, con estas dificultades, tendrá la capacidad, con la gracia de Dios, de aceptar la cruz, el sufrimiento que viene, porque lo hace con el mismo espíritu de oración y sacrificio que quiso tener el día de su ordenación sacerdotal, cuando le dijo al Señor: «Sí, Señor, quiero seguirle en todo y aceptaré lo que me dé la vida como parte de tu voluntad». Entonces se necesita toda una espiritualidad, que hay que cultivar, también desde el seminario en adelante. No puedo decirle a un joven de 22 años: «Prepárese para cuando llegue a los 80», pero todo es un camino, todo es una forma de entrar en la vida con un cierto espíritu de gratitud. Todavía no he hablado de esto, pero empezando por la gratitud por haber sido llamados a ser sacerdotes. Muchas veces olvidamos lo grande que es nuestra vocación y lo importante que es para la vida de la Iglesia. No por un sentido de clericalismo — «Aquí estoy yo» –, sino porque el Señor nos ha llamado a ser sus amigos, discípulos, servidores de todo su pueblo, ¡y eso es algo hermosísimo! Entonces, vivir con un espíritu de gratitud desde el primer día de mi sacerdocio me ayudará a vivir, incluso como anciano, como persona con la cruz de una enfermedad, a decir: «Gracias, Señor, por la vida, por el don que me das».
Saben muy bien que en muchos países —en Europa, en Italia... En Canadá ya es legal— se habla en muchos lugares de la eutanasia: la cuestión del final de la vida, personas que ya no tienen sentido de la vida y están ahí con la cruz de una enfermedad y dicen: «Ya no quiero llevarla más, prefiero quitarme la vida». Si nosotros somos tan negativos con nuestra vida, y a veces con menos sufrimiento que el que soportan muchas personas, cómo podemos decirles: «No, no puedes quitarte la vida, tienes que aceptarlo...». Pero luego nos comportamos así, muy negativos en todo. Es decir, debemos ser los primeros testigos de que la vida tiene un gran valor. Y la gratitud durante toda la vida es muy importante.
También la humildad. La humildad: la actitud de querer reconocer que no soy yo, es el Señor quien me ha dado la vida, es el Señor quien nos acompaña y nos lleva en sus brazos, incluso en esos momentos en los que soy más débil. El Señor está ahí con nosotros. Y vivir con este espíritu da vida, esperanza.
Además de esto, la cercanía. Y aquí quisiera invitar a todos los presentes a pensar: seguramente todos conocemos a algún anciano, algún enfermo, sacerdote, laico, religiosa... que vive momentos de gran dificultad. Llámemoslos, vayamos a visitarlos. Hagamos también nosotros un esfuerzo por ayudar a estas personas que sufren. Institucionalmente, en el pasado, era más frecuente que el sacerdote de la parroquia —no sé, por ejemplo, todos los jueves— llevara la Comunión y el Óleo (de los enfermos), fuera a visitar a todos los enfermos de la parroquia. Hoy, con menos sacerdotes y más ancianos, se ha convertido en: «Bueno, enviemos a los laicos, que lo hagan ellos». Es un bonito servicio el que hacen los laicos, llevando la comunión, por ejemplo, a las casas. Pero eso no significa que el sacerdote pueda quedarse en casa viendo internet, mientras los demás están visitando. Es decir, también para nosotros es un servicio, un apostolado, una forma de pastoral muy importante vivir esta cercanía con los que sufren.
Los sacerdotes mayores también tienen un servicio. Aunque estén enfermos en cama, si han vivido una vida verdaderamente de servicio y sacrificio, saben muy bien que su oración también puede ser un gran servicio, un gran don. Su vida sigue teniendo un gran sentido. Y que pueden recordar y acompañar todavía a muchas personas, situaciones, comunidades, que necesitan su oración. Para vivir ese espíritu —por supuesto, si alguien no ha rezado durante cuarenta años y luego dice: «Aquí estoy, en la cama, no sé qué hacer», es difícil—: también ahí hay que vivir una formación continua de nuestra vida espiritual. Empieza por la preparación, antes de llegar a ser, digamos, ancianos y enfermos.
Y aquí puedo añadir una cosa más, para todos, y que puede tomar diferentes formas: no tengamos miedo de continuar con la hermosa práctica del acompañamiento espiritual, de tener a alguien en su vida que los conozca. Un amigo, bien. Pero muchas veces un buen confesor, puede ser un sacerdote, una persona de gran sabiduría espiritual, que podrá acompañarlos y ayudarlos en los momentos de gran dificultad. Todos somos humanos, todos pasamos por momentos difíciles, por dolores de todo tipo, pero tener a alguien de confianza que realmente pueda acompañarnos muy de cerca, en el corazón, en el espíritu, es también un gran don que podemos reconocer como una ayuda en nuestra vida. Y algunos, espero que muchos de ustedes tengan este don —no todos lo tienen—, que tengan también el don de saber acompañar a los demás cuando viven este tipo de dificultades
Era la última pregunta. Si me hacen otras, quizá ya no haya más respuestas hoy. Pero quiero decir nuevamente, y muy sinceramente, que estoy muy contento de este encuentro con ustedes. Lamentablemente no se puede realizar más seguido… Como Obispo diocesano, cada mes tenía un encuentro con los sacerdotes, y esto lo digo también para los Obispos. He sabido de una diócesis donde el Obispo llegaba los primeros diez minutos al encuentro con el clero y luego se iba… Espero que no sea usted… ¡pero era en otro país!
Es necesario saber vivir, acompañar y caminar juntos: Cardenales, arzobispos, obispos, vicarios episcopales; el párroco con sus vicarios… vivir este espíritu. No solo lo que está escrito en un programa, sino un auténtico espíritu de fraternidad, y el compromiso de hacer juntos lo que es nuestra misión de servir en la Iglesia.
Entonces, les deseo sinceramente un buen camino cuaresmal, que es tiempo de conversión y de alegría para todos. Y que tengamos también en el futuro oportunidades de vivir en este espíritu. Podemos concluir con la bendición.
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Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, 19 de febrero de 2026
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