DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
A LOS PARTICIPANTES EN LA PLENARIA DEL
DICASTERIO PARA LA EVANGELIZACIÓN-SECCIÓN PARA LOS
CUESTIONES FUNDAMENTALES DE LA EVANGELIZACIÓN EN EL MUNDO
Sala del Consistorio
Jueves, 28 de mayo de 2026
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En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo,
¡La paz esté con ustedes!
Eminencias, Excelencias,
queridos hermanos y hermanas,
es una alegría para mí encontrarme con ustedes, al concluir la Sesión Plenaria del Dicasterio para la Evangelización – Sección para las Cuestiones Fundamentales de la Evangelización en el Mundo. Esta ocasión me brinda la oportunidad de compartir algunas reflexiones sobre la vida de la Iglesia, especialmente de cara a los años que nos esperan.
Sin embargo, antes que nada, deseo expresar mi más sincero agradecimiento por la gran labor realizada por el Dicasterio durante el Jubileo del año pasado. Hemos vivido un tiempo de gracia que ha visto llegar a Roma a millones de peregrinos. ¿Cuál fue la cifra final? Dicen que 30 millones… [comunican el dato] ¡Más de 33 millones! Dicho evento requirió un gran esfuerzo organizativo, que se manifestó en una feliz acogida en los distintos frentes y, sobre todo, en la atención a la dimensión espiritual por la sobreabundancia de dones que el Señor derramó sobre los creyentes.
El destino de la Puerta Santa de las cuatro basílicas papales no ha impedido que el Año Santo se viviera intensamente en las Iglesias locales. En todo el mundo, la esperanza se ha convertido en la protagonista de la vida cristiana. La insistencia que se ha puesto en la «hermana menor», que, casi sin que se note, arrastra a las dos mayores, la fe y la caridad, necesita ser anunciada y vivida con intensidad y convicción. El mundo tiene más que nunca sed de esperanza. Desea vivir en la paz y en la certeza de que el compromiso de construir una ciudad digna de los hijos de Dios no solo es posible, sino real, porque está impregnado de una esperanza que ofrece objetivos verdaderos, no ilusorios. No interrumpamos, pues, este anuncio, sostenido por la promesa del Señor Jesús de permanecer siempre con nosotros; este se hace visible en el testimonio que estamos llamados a ofrecer para ser discípulos fieles a su palabra (cf. Mt 28,18-20).
La evangelización exige seguir siendo la motivación fundamental de toda acción de la Iglesia universal y de las comunidades locales; solo así la fe misma se redescubre siempre de nuevo en su belleza y expresa mejor su credibilidad. El anuncio del Evangelio, que infunde esperanza, no es una propuesta utópica: es un testimonio que atrae porque manifiesta la llamada al amor y a la verdad.
No podemos subestimar que, sobre todo en los países de Occidente, la crisis de la fe, junto con otros factores socioculturales, ha dado lugar a una indiferencia religiosa generalizada. A muchos, la fe les parece que ya no es relevante para su vida. El peligro subyacente, que no siempre se percibe en toda su gravedad, es que se pierda el aliento de lo que hay de más propiamente humano, es decir, la búsqueda del sentido. Las grandes cuestiones existenciales quedan sin respuesta, mientras se extiende una cultura tecnológica que debería satisfacer todas las necesidades.
Incluso en este contexto, el encuentro con Cristo es capaz de devolver plenitud de sentido y de valor a la vida de las personas, y la Iglesia redescubre la perenne actualidad del mandato que recibió del Señor resucitado. Nadie puede sustituirla en esta misión, tan urgente como necesaria para asegurar cimientos confiables para el futuro de la humanidad, para que sea un futuro de paz, de justicia, de libertad y de fraternidad.
Como se puso de manifiesto en el Consistorio del pasado mes de enero, la Exhortación apostólica Evangelii gaudium del Papa Francisco sigue «representando un punto de referencia decisivo: no se limita a introducir nuevos contenidos, sino que recentra todo en el kerigma como corazón de la identidad cristiana y eclesial» (Carta a los Cardenales, 12 de abril de 2026). Por lo tanto, los invito también a ustedes a retomar Evangelii gaudium en su labor a todos los niveles, para promover una misión «cristocéntrica y kerigmática, que nace de un encuentro con Cristo capaz de transformar la vida» (ibíd.).
Merece gran atención la fuerte demanda de espiritualidad que, sobre todo entre los jóvenes, se abre paso y que se expresó de manera evidente con motivo del Jubileo de los Jóvenes. La nueva generación no tiene prejuicios hacia el Evangelio; al contrario, muchos, cuando lo redescubren, desean conocerlo mejor, porque perciben que en él se esconde el secreto para ser verdaderamente felices. Estoy seguro de que su Dicasterio está particularmente atento a esta pregunta que nuestros contemporáneos plantean con cada vez mayor insistencia, y que exige una respuesta creíble y coherente. La evangelización no se basa en la eficiencia de las estructuras ni en la relevancia social, ni tampoco en el consenso que se pueda obtener en algún momento. Lo que sigue siendo esencial es, más bien, confiar en la guía del Espíritu Santo, seguir los caminos que Él indica para conducir a muchos a Cristo, a su palabra que salva, a su amor que renueva la vida.
La evangelización debe enfrentarse hoy, de manera particular, también a las condiciones y dinámicas cambiadas en la transmisión de la fe de generación en generación. En algunas regiones del mundo, esta transmisión se ha interrumpido casi por completo, lo que exige la capacidad de asumir nuevos desafíos. Las causas de tal situación son conocidas y múltiples; lo que resulta de ello es, sin embargo, en las generaciones jóvenes, una «pobreza» espiritual, una carencia de motivaciones y de instrumentos para poder madurar en plena libertad esa adhesión a la fe que da sentido a la vida. Gracias a Dios, son numerosas y variadas, en todo el mundo, las experiencias a través de las cuales las comunidades cristianas, las asociaciones, los movimientos y los grupos eclesiales se acercan a los jóvenes, los escuchan y dialogan con ellos. El clima cultural que impera en las sociedades hipermediáticas y consumistas reduce la capacidad de aprender con paciencia y de recorrer con esfuerzo un camino de búsqueda personal de la verdad, con perseverancia y sentido crítico. Todo mensaje corre el riesgo de ser percibido como una opinión entre tantas otras.
La transmisión de la fe, en tal contexto, pasa necesariamente por el encuentro con personas y comunidades que expresan la alegría de la fe cristiana y la coherencia de un estilo de vida evangélico. Ciertamente, no es diluyendo los contenidos y suavizando las exigencias como se puede hacer atractivo el cristianismo, sino dando testimonio con humildad y valentía de «el camino, la verdad y la vida» que ha convertido y santificado a tantas personas. Como afirmaba Benedicto XVI: «Lo que necesitamos en este momento de la historia son hombres que, a través de una fe iluminada y vivida, hagan creíble a Dios en este mundo. […] Necesitamos hombres que mantengan la mirada fija en Dios, aprendiendo de Él la verdadera humanidad. Necesitamos hombres cuyo intelecto esté iluminado por la luz de Dios y a quienes Dios abra el corazón, de modo que su intelecto pueda hablar al intelecto de los demás y su corazón pueda abrir el corazón de los demás. Solo a través de hombres que han sido tocados por Dios, Dios puede volver a los hombres» (La Europa de Benedicto en la crisis de las culturas, Siena 2005, 63-64). La santidad de la vida, por lo tanto, sigue siendo siempre la forma más convincente de la belleza de la fe cristiana que trasciende los tiempos y se propone a toda cultura.
También quisiera decirles unas palabras sobre la catequesis, que caracteriza de manera determinante la vida de la Iglesia en su compromiso formativo y de transmisión de la fe. Se debe prestar una atención especial a los catecúmenos, que en número cada vez más significativo solicitan el Bautismo. El gozoso servicio de la comunidad al acoger y acompañar a los catecúmenos no puede concluir con la celebración del Sacramento. La tarea posterior exige la misma responsabilidad, es decir, la de ofrecer un ambiente en el que encuentren respuesta las expectativas que los llevaron a adherirse a Cristo y a su Iglesia. El deber de mantener viva la elección de fe realizada con el Bautismo implica, en particular para las comunidades parroquiales, la exigencia de tender siempre a este “alto grado” de la vida cristiana (cf. San Juan Pablo II, Carta apostólica Novo millennio ineunte, 31), para asegurar a los nuevos bautizados un espacio de crecimiento coherente, fruto de relaciones interpersonales vividas en el amor y el servicio recíproco.
Se debe dedicar un cuidado similar a los jóvenes que reciben el sacramento de la Confirmación. Aliento las múltiples iniciativas que los acompañan en la continuación del camino de fe para su crecimiento humano y cristiano. Estas propuestas se vuelven verdaderamente eficaces gracias a la atención dirigida a cada uno de ellos personalmente, reflejo del amor único y personal del Señor.
Queridísimos, les agradezco su servicio a mi ministerio y a toda la Iglesia y, encomendándolos a la Virgen María, perfecta discípula y misionera del Evangelio, los acompaño con mi bendición. ¡Gracias!
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Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, 28 de mayo de 2026
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