DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
A LOS OBISPOS DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ITALIANA
Aula del Sínodo
Jueves, 28 de mayo de 2026
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Queridos hermanos en el episcopado, ¡buenos días!
Gracias, Eminencia, por las palabras que me ha dirigido. Un cordial saludo a quienes han sido elegidos para desempeñar un servicio en la Conferencia Episcopal, en particular al vicepresidente, y a cada uno de ustedes. A través de ustedes, deseo expresar mi afecto a todas las Iglesias de Italia, a los presbíteros, a los diáconos, a las personas consagradas, a las familias, a los catequistas, a los educadores, a los jóvenes, a los ancianos, a los pobres, a los enfermos, a quienes viven la fe en la sencillez de la vida cotidiana y a quienes, tal vez sin saberlo, llevan en el corazón una sed de Dios.
Es lo que tenemos la gracia de constatar de diversas maneras, incluso en tiempos como los nuestros, marcados por la complejidad. Lo he experimentado directamente en mis recientes visitas a Pompeya, Nápoles y Acerra. Muchas señales nos hablan de cansancio, de fragmentación, de soledad. En nuestras comunidades podemos sentir a veces el cansancio de transmitir la fe, la dificultad de involucrar a las nuevas generaciones. Pero el Evangelio nos despierta. Jesús, al mirar a las multitudes, no ve un problema que resolver, ve una cosecha, ve el campo de Dios: «¡La cosecha es abundante, pero los obreros son pocos! Rueguen, pues, al Señor de la mies que envíe obreros a su mies» (Lc 10,2). Sembrador incansable, Dios sale cada día al mundo y derrama con generosidad en los corazones el deseo del infinito, de una vida plena, de una salvación que libera. Sí, gracias a Dios, la mies es abundante. Nuestra primera tarea es esta: hacer nuestra la mirada del Señor. No quedarnos solamente en las quejas por los terrenos endurecidos ni detenernos simplemente en los datos estadísticos, sino saber contemplar, con los ojos del Resucitado, la cosecha que Dios mismo nos prepara.
Queridísimos hermanos, que el Espíritu Santo nos conceda corazones ardientes con el impulso de Cristo; y suscite numerosos y santos obreros para trabajar junto a nosotros.
Entonces, con esta mirada, la prioridad es el Evangelio: así nos lo dice San Francisco de Asís, a ochocientos años de su tránsito al Cielo; así nos lo recuerdan la Evangelii nuntiandi de San Pablo VI y la Evangelii gaudium del Papa Francisco. Porque es del Evangelio de donde nace la fe, como encuentro vivo con Cristo, muerto y resucitado, presente en su Iglesia. Hoy, en el contexto en el que estamos llamados a actuar, confrontados con otras perspectivas de vida y con desafíos antropológicos inéditos, volver a poner el Evangelio en el centro es el don que llena de entusiasmo nuestra vida de obispos y la urgencia que nos impulsa.
Estamos llamados, entonces, a preguntarnos: ¿qué rostro de Dios dejamos transparecer en la predicación, en la catequesis, en la liturgia, en la caridad, en la vida de nuestras comunidades? ¿De qué manera favorecemos el encuentro con Cristo y qué significa hoy, para nosotros y para nuestras Iglesias, iniciar a otros en la vida cristiana? Son preguntas que, como pastores, debemos plantearnos siempre, sin darlas nunca por sentadas.
He aquí, entonces, la renovada atención a la iniciación cristiana, que no puede pensarse únicamente como preparación para los Sacramentos. Ella es el “seno materno” en el que una comunidad engendra a la fe e introduce en la vida pascual, en la comunión con el Señor y en la fraternidad eclesial. Se trata de redescubrir el Bautismo como una realidad viva y existencial; y “no es posible comprender plenamente el Bautismo sino dentro de la Iniciación Cristiana, es decir, del itinerario mediante el cual el Señor, a través del ministerio de la Iglesia y del don del Espíritu, nos introduce en la fe pascual y nos incorpora a la comunión trinitaria y eclesial” (Documento final de la XVI Asamblea del Sínodo de los Obispos, 24). Se trata de una acentuación muy importante de la más reciente Asamblea del Sínodo de los Obispos, porque sitúa el camino que se abre con el Bautismo dentro de una Iglesia que cree, celebra, acompaña y engendra. Una Iglesia que, mientras se alegra con asombro ante los catecúmenos jóvenes y adultos, es luego capaz de sostener su perseverancia después del impulso inicial.
La fe se transmite y crece allí donde existen comunidades vivas y acogedoras, capaces de orar y de escuchar; comunidades en las que la Palabra de Dios no permanece en los márgenes, sino que ilumina las decisiones; donde la Eucaristía es verdaderamente fuente y culmen; donde los pobres no son destinatarios externos de un servicio, sino hermanos y hermanas en quienes el Señor nos habla; donde los jóvenes son rostros, voces e historias con las cuales dialogar; donde las familias no son dejadas solas y las heridas no son ocultadas, sino presentadas al Señor con humildad; donde la fe se convierte en un compromiso efectivo en la sociedad, en la política y en la cultura.
Precisamente por esto, nosotros los obispos estamos llamados a una escucha profunda: escuchar la Palabra de Dios, escuchar al Pueblo de Dios, y por tanto escuchar los signos de los tiempos; escuchar también aquello que cuestiona nuestras costumbres pastorales. Allí donde la escucha es verdadera, la comunidad no se encierra en sí misma, sino que se convierte en lugar de discernimiento y de misión y, para ello, sabe renovarse.
Este es el sentido del Camino sinodal que ustedes han llevado a término y que, como han subrayado, ahora debe convertirse en un estilo permanente. El Concilio Vaticano II nos recordó que Dios quiso santificar y salvar a los seres humanos no aisladamente y sin vínculo alguno entre sí, sino constituyéndolos en un pueblo que lo reconociera en la verdad y lo sirviera en la santidad (cf. Const. dogm. Lumen gentium, 9). La Iglesia sinodal es aquella en la que cada uno, según su propia vocación, puede ofrecer el don recibido del Espíritu para la edificación común. La participación, por tanto, no es una concesión: es una exigencia de la comunión y de la misión y, por ello, debe convertirse en método, responsabilidad y criterio de verificación, mediante la implicación de los diversos carismas y ministerios y en el respeto de la tarea propia del Obispo. El Documento de síntesis del Camino sinodal de las Iglesias en Italia recuerda el valor de los organismos de participación, como lugares donde el discernimiento de las comunidades puede tomar cuerpo. Sin embargo, no basta con que estos instrumentos existan; es necesario verificar que realmente funcionen.
En este proceso, las diversas estructuras de la CEI están llamadas a continuar prestando su servicio de comunión, coordinación, discernimiento y apoyo a las Iglesias que están en Italia. Precisamente porque tiene este papel, la organización de la Conferencia Episcopal debe configurarse a la luz de las exigencias de la misión y de las cambiantes condiciones históricas. No se trata de imitar esquemas organizativos externos, ni de reducir todo a una eficiencia administrativa, sino de preguntarse qué fisonomía ayuda hoy a los Pastores y a las Iglesias locales a anunciar mejor el Evangelio, a caminar juntos y a hacer posible una participación efectiva, ordenada y fecunda. Cuando esta revisión se vive en el Espíritu, no debilita la comunión, sino que la purifica.
Queridos hermanos, el Señor no nos pide medir la fecundidad de la Iglesia con criterios de número, de visibilidad o de influencia. «Cuando miramos con los ojos de Dios, descubrimos que Él ha escogido el camino de la pequeñez para descender en medio de nosotros. […] Esta lógica de la pequeñez es la verdadera fuerza de la Iglesia. En efecto, esta fuerza no reside ni en sus recursos ni en sus estructuras, ni los frutos de su misión derivan del consenso numérico, de la potencia económiao o de la relevancia social. La Iglesia, al contrario, vive de la luz del Cordero y, reunida en torno a Él, es impulsada por los caminos del mundo por la fuerza del Espíritu Santo» (Discurso en el Encuentro de oración, Estambul, 28 de noviembre de 2025).
¡Tengamos el valor de lo esencial! El valor de comunidades menos preocupadas por conservarlo todo y más libres para anunciar a Cristo. El valor de una catequesis que sea camino de iniciación y de formación permanente para la vida cristiana. El valor de parroquias acogedoras y misioneras, donde las familias se reencuentren y se renueven con la savia del Evangelio. El valor de organismos de participación vivos. El valor de escuchar a los jóvenes sin domesticar sus preguntas. El valor de dejarnos evangelizar por los pobres. El valor de una estructura nacional cada vez más al servicio de la comunión misionera de las Iglesias en Italia.
Un pueblo es engendrado por madres y padres en la fe, por comunidades que saben decir, con la vida antes incluso que con las palabras: «Hemos encontrado al Mesías» (Jn 1,41). Italia necesita este testimonio.
Confío su camino a la Virgen María, Madre de la Iglesia. Ella acogió el don, custodió la Palabra, caminó con los discípulos y esperó al Espíritu en el Cenáculo. Que Ella los ayude a estar «arraigados y edificados en Él, firmes en la fe» (Col 2,7), a custodiar lo esencial, a engendrar en la fe, a caminar con el Pueblo de Dios y a reconocer la voz del Señor que todavía llama, consuela y envía.
Les acompaño, con mi bendición. ¡Gracias!
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Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, 28 de mayo de 2026
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