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ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL SACRO COLEGIO CARDENALICIO Y A LA PRELATURA ROMANA


Sala del Consistorio
Lunes 22 de diciembre de 1980

 

Venerados miembros del Sacro Colegio,
queridísimos hermanos:

1. Nos encontramos de nuevo en esta Sala del Consistorio, en la atmósfera inconfundible de la espera de la Navidad de Cristo Señor, para la presentación de las felicitaciones. Estas felicitaciones no se reducen sólo a palabras: expresan la realidad vivida por la communio de nuestras almas, así como de nuestras energías incluso físicas, que tienden todas al servicio exclusivo de la Santa Iglesia, fundidas en el único amor a Cristo, cuyo nacimiento esperamos.

He sentido vibrar estas almas en las expresiones siempre apropiadas, gentiles y fervientes, que me ha formulado, en vuestro nombre, el querido y venerado cardenal Decano. He percibido en ellas, además de la nobleza de su espíritu, conocida de todos, también la sinceridad de vuestros sentimientos, en este momento excepcional del año litúrgico, en el cual nos disponemos a recibir en nuestros brazos, como María Santísima en Belén, como Simeón en el templo, al Salvador que viene. Por tantas cosas doy las gracias al cardenal Confalonieri y, con él, a todos vosotros.

2. Nos preparamos a celebrar el nacimiento en carne humana del Verbo, del Hijo Unigénito del Padre, que nace del seno inmaculado de María Santísima; es el cumplimiento de la espera de los siglos que, en todas las vicisitudes de la Antigua Alianza, como en las aspiraciones más secretas de los corazones humanos, incluso fuera de la Revelación, han dirigido sus aspiraciones a este culmen de la historia de la salvación: "De ti he hecho un testimonio para las gentes, un jefe y maestro de los pueblos" (Is 55, 4). Cristo es el esperado de todos los pueblos, es la respuesta de Dios a la humanidad. Después del largo período de las "preparaciones evangélicas" (Eusebio de Cesarea), he aquí que El viene del seno del Padre. Viene a hacerse hombre, como nosotros, para ofrecer a Dios el acto supremo de adoración y de amor que sólo podía reconciliarlo con el hombre; viene a manifestar la condescendencia del Padre y sus "entrañas de misericordia" hacia el hombre, como diremos en la Misa de Navidad: "Apparuit benignitas et humanitas: ...ha aparecido la bondad de Dios, Salvador nuestro, y su amor a los hombres" (Tit 3, 4); viene a compartir la historia, la vida, el sufrimiento, la pobreza, la inseguridad del hombre para que los hombres vuelvan a adquirir la familiaridad con Dios, perdida por el pecado; viene a elevar al hombre hasta Dios, en un misterio de abajamiento y al mismo tiempo de grandeza, ante el cual la inteligencia humana se pierde, y no puede hacer más que adorar y dar gracias; más aún, viene a conferir al hombre la grandeza misma de Dios, su vida, a comunicarle su naturaleza (cf. 2 Pe 1, 4): "Se ha hecho Hijo del Hombre —escribe San Juan Crisóstomo— el que es verdadero Hijo de Dios, para hacer a los hombres hijos de Dios. Cuando lo que es más excelso se une a lo que es más humilde, la gloria del primero no disminuye, mientras que la humildad del otro es exaltada: esto sucedió en Cristo. Efectivamente, no disminuyó su naturaleza con el propio abajamiento, sino que nos ha elevado a nosotros, que estábamos sentados en la ignominia de las tinieblas, a una gloria inefable" (Homilía sobre Juan Evangelista, XI, 1; PG 59, 79). Y con esta extraordinaria elevación del hombre, el Hijo de Dios encarnado trae al mundo la paz, la justicia, la libertad, la verdad, el amor.

3. No se trata de una conmemoración, por pía y encantadora que sea; no se trata de la nueva evocación de un mito. Después de 2.000 años de cristianismo, y casi en los umbrales del tercer milenio de nuestra era, la Iglesia recuerda al mundo, firme y gozosamente, que esta elevación no es sólo un enunciado teórico sino que continúa, sigue actuando, está en medio de nosotros. La liturgia nos representa, en la realidad misteriosa del rito, el acontecimiento que nos disponemos a revivir; y la Iglesia prolonga en el tiempo y en la historia la obra de Cristo, actualiza su encarnación en las diversas contingencias históricas del Kairós que está llamada a vivir, juntamente con la humanidad, juntamente con los pueblos de todo el mundo. Inmersa en él, la Iglesia es la levadura del mundo, participa de las esperanzas, de las conquistas, así como de las ansias, de las penas, de los temores, de los fracasos, de las tragedias humanas. En esto pensaba ante el panorama terrible de las ruinas de Campania y de Basilicata, entre los restos del cataclismo que había exterminado en poco tiempo tantas vidas humanas, y destruido pueblos y casas, mientras hablaba a esos hermanos y me fijaba en sus ojos dolientes, que se dirigían a mí entre lágrimas, pero con tanta fe.

La Iglesia lleva Cristo a los hombres: quiere comunicarles la vida que apareció la noche de Navidad con el Verbo hecho carne; quiere proclamarles la esperanza del eón futuro, que ya alborea en el siglo presente; quiere dilatar, aun entre los sufrimientos del mundo, esa paz que anunciaron los ángeles en Belén, y ese amor de beneplácito, con el que Dios nos ha abrazado, dándonos al Hijo: "Gloria in excelsis Deo et in terra pax hominibus bonae voluntatis" (Lc 2, 14).

Esta es la misión que la Iglesia desarrolla ad extra, en los estrechos contactos que mantiene con los hombres hermanos.

Mi predecesor Pablo VI, de venerada memoria, en su primera gran Encíclica Ecclesiam suam, enfocaba su misión esencial hablando "de las relaciones que hoy la Iglesia debe establecer con el mundo que la rodea y en el que ella vive y trabaja; una parte de este mundo, como todos saben, ha experimentado profundamente el influjo del cristianismo y lo ha asimilado íntimamente, aunque con frecuencia no advierte que es deudor de sus mejores cosas al propio cristianismo; pero después se ha ido separando y distanciando, en estos últimos siglos, del tronco cristiano de su civilización. Otra parte, la mayor de este mundo, se dilata hasta los horizontes ilimitados de los pueblos nuevos, como hoy se dice. Pero todo este conjunto es un mundo que ofrece a la Iglesia no una, sino cien formas de posibles contactos, abiertos y fáciles algunos, delicados y complicados otros, hostiles y refractarios a un coloquio amistoso, por desgracia, hoy, muchísimos" (6 agosto de 1964: AAS 56, 1964, págs. 612 y s ).

Este contacto de la Iglesia con el mundo constituye ahora el objeto de esta conversación familiar mía con vosotros, dejando para el próximo junio, como es mi habitual intención, considerar la vida ad intra de la Iglesia misma. Es algo en lo que tengo especial interés cada año: no para una relación de fechas y de hechos, sino más bien para individuar, en los problemas concretos y a veces dramáticos de la humanidad, el papel que la Iglesia está llamada a desarrollar en medio de ella, con serenidad y franqueza, con fortaleza y con gozo, precisamente en el espíritu de la Navidad que ha sido el primer acontecimiento fundamental, al que siempre es preciso referirse, del diálogo de Dios con él hombre.

4. "La situación del mundo contemporáneo pone de manifiesto no sólo transformaciones tales que hacen esperar en un futuro mejor del hombre sobre la tierra, sino que revela también múltiples amenazas, que sobrepasan con mucho las hasta ahora conocidas. Sin cesar de denunciar tales amenazas en diversas circunstancias (como en las intervenciones ante la ONU, la UNESCO, la FAO y en otras partes), la Iglesia debe examinarlas al mismo tiempo a la luz de la verdad recibida de Dios" (Dives in misericordia, 2).

La Iglesia no está desarraigada del mundo. Baste pensar en la obra que las Iglesias locales desarrollan en todas las latitudes, aunque sea en tan diferentes condiciones históricas, socio-políticas, económicas, culturales. En cada país la Iglesia encuentra un diverso rostro de la humanidad dentro de la fundamental unidad del género humano. Y aquí quiero manifestar mi aprecio, mi alabanza, mi estímulo a los Episcopados de las distintas naciones que son, en el contexto de sus ambientes geográficos y políticos, la fuerza de cohesión y el incansable estímulo de todas las formas de vida católica, mediante las cuales la Iglesia se anuncia públicamente como el "estandarte alzado para las naciones" (Is 11, 12), el signo de la Alianza eterna entre Dios y la humanidad.

Y aquí no puedo menos de recordar a los Episcopados que he recibido este año durante sus visitas ad Limina los cuales me han traído la imagen viva y concreta de sus países: obispos de Nicaragua, de Japón, de Malasia, Singapur y Borneo, de Indonesia, de Vietnam, de Brasil; obispos indios de rito malabar y malancar, obispos caldeos y obispos de rito griego melquita; obispos de Birmania, de Corea, de Formosa, de Bolivia, de Tailandia. Por medio de esos hermanos en el Episcopado me he puesto realmente en contacto con los diversos pueblos del mundo y he podido hacer mía la experiencia de los Pastores, que anuncian a Cristo a veces en situaciones delicadas, identificándose plenamente con el misterio de la cruz.

Pero también todos los otros contactos que tienen lugar en el curso del año —desde los grandes viajes, a los encuentros con peregrinaciones de toda proveniencia, a las relaciones cordiales, de hombre a hombre, con personas, con parroquias, con instituciones de carácter civil, religioso, cultural a todos los niveles— me ofrecen, en la cotidiana solicitud por todas las Iglesias (cf. 2 Cor 11, 28), la posibilidad, se puede decir, de tomar el pulso al mundo, con todos sus problemas. Toda la realidad del hombre, toda la situación diversificada y compleja de la sociedad pluralista, más aún, de las naciones en su totalidad, está así presente a los ojos del Papa, que quiere ser —con conciencia clara de sus limitadas fuerzas, pero con la voluntad humildísima y firme de corresponder al designio de Dios—, no sólo el centro de la unidad de la Iglesia, sino también el punto de referencia para el ansia universal de fraternidad y cooperación internacional entre los pueblos, y que quiere dar constante testimonio de una voluntad firme de ir al encuentro del mundo.

Esta relación con el mundo compromete, pues, a toda la Iglesia y, por esto, implica también problemas vitales como el del ecumenismo —que consideraré expresamente en el próximo junio—, porque de este modo también nuestros hermanos, todavía no plenamente unidos a nosotros, se sienten invitados a participar en estos contactos con los que la Santa Sede trata de ir hacia el mundo para encontrarse y colaborar con él.

5. Y me viene a la mente, en este momento, el rostro de cada una de las naciones visitadas durante los viajes pastorales, que Dios me ha concedido realizar este año, respondiendo a las apremiantes invitaciones tanto de los Episcopados como de las autoridades responsables; seis países de África —Zaire, Congo Brazzaville, Kenia, Ghana, Alto Volta, Costa de Marfil—, el inmenso Brasil, y en Europa, París y Francia, Alemania, y varias ciudades de Italia, cada país con su historia, su civilización, su cultura, sus problemas incluso graves. Del significado eclesial de estos viajes, de la posibilidad que ofrecen de encontrar también a los hermanos de otras Iglesias, a los pertenecientes a otras religiones e incluso a los no creyentes, hablé ya en el pasado junio (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 6 de julio de 1980, págs. 11-12). Aquí me apremia sobre todo poner de relieve que los contactos a alto nivel, que tienen lugar en estas ocasiones, son otros tantos puntos firmes que la Iglesia pone en su camino en medio de los hombres, aprovechando la oportunidad que se le ofrece de tratar con los responsables de los destinos de los pueblos. He dicho en una entrevista a un semanario polaco, a mi regreso de Brasil, que "como frecuentemente he subrayado, también durante los encuentros con las autoridades, a quienes ejercen el poder les debe interesar que la sociedad sea justa, a fin de que, apartándose del totalitarismo y realizando una auténtica democracia, esta sociedad se haga cada vez más justa, por el camino de razonables y previdentes reformas sociales. Haciéndolo así, se pueden evitar revueltas, violencias, derramamiento de sangre que cuestan muchos sufrimientos humanos" (a Tygodnik Powszechny; cf. L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 17 de agosto de 1980, pág. 11).

Esta posibilidad, realmente extraordinaria, que se ofrece al Papa —y que se prolonga en los encuentros con las más altas personalidades y Jefes de Estado que vienen en visita oficial al Vaticano— es un aspecto notable de la misión de la Iglesia, es una forma muy eficaz de esa colaboración que quiere ofrecer a las autoridades responsables para la construcción de un mundo más ordenado y más justo. En Kenia, hablando al Cuerpo Diplomático acreditado ante aquella nación, recordé precisamente que "el Estado ha de rechazar todo aquello que sea indigno de la libertad y de los derechos humanos de su pueblo, desterrando así elementos tales como el abuso de autoridad, la corrupción, la dominación del débil, la negación al pueblo de su derecho de participar en la vida y en las decisiones políticas, la tiranía o el uso de la violencia y el terrorismo. De nuevo aquí —proseguía— no dudo en hacer referencia a la verdad acerca del hombre. Sin la aceptación de la verdad sobre el hombre, de su dignidad y destino eterno, no es posible que exista entre las naciones esta confianza fundamental que es un factor básico de todos los logros humanos. La función pública sólo puede ser entendida como lo que realmente es: un servicio al pueblo, que halla su única justificación en la solicitud por el bien de todos" (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 18 de mayo de 1980, pág. 8).

De este modo la Iglesia está presente en el servicio al hombre: y sobre todo en el servicio a los pobres. "La Iglesia no sería fiel al Evangelio, si no estuviese cercana a los pobres y si no defendiese sus derechos", dije en la citada entrevista. La Iglesia contribuye a la elevación de los estratos menos pudientes, que en las diversas naciones constituyen zonas tristísimas en las que el hombre hermano se encuentra en condiciones infrahumanas; además contribuye a la construcción de la sociedad de hoy, que vive, a veces en forma inconsciente, de la gran tradición heredada del Evangelio, y que debe acudir a ella nuevamente si quiere salvaguardar la propia identidad y el propio papel: que es papel de vida, de animación, de respeto recíproco, proclamación de los valores afirmados, a veces conculcados o rechazados. "La Iglesia —como dije en São Salvador da Bahía— indica la manera de construir la Sociedad en función del hombre. Su tarea es la de introducir en todos los campos de la actividad humana el fermento del Evangelio. Es en Cristo en quien la Iglesia es 'experta en humanidad'" (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 20 de julio de 1980, pág. 12).

Bendito sea quien colabora en esta gran empresa, especialmente los misioneros que ocupan siempre el primer puesto en mi corazón.

6. Por lo tanto, en los diversos viajes —que con la ayuda de Dios, y como he anunciado, volveré a emprender enseguida a nivel mundial, llegando a otros pueblos de distinta y antigua civilización—, la Iglesia, por medio de su Cabeza visible, se sumerge concretamente en las situaciones propias de las varías naciones, respondiendo así al deseo vivísimo que nace en el corazón de las mismas.

En África hablé a los varios grupos étnicos y poblaciones africanas de los problemas que apremian a su conciencia, a nivel de personas y de colectividad: en el marco de las características propias del catolicismo que por definición es "universal", se estimuló la posible utilización de los elementos propios de esas culturas particulares; se expresó la estima por los valores especiales que tiene África para ofrecer al 'mundo; se afirmó la necesidad de salvaguardar el patrimonio espiritual, la extraordinaria riqueza de sensibilidad hacia las realidades religiosas, de tutelar las arraigadas tradiciones familiares con todo su calor y su identidad africanas; se evocó una vez más el drama de las zonas probadas por la sequía, por el hambre, por el analfabetismo, que merma las poblaciones y mina su continuidad, como grité con un nudo en la garganta, en mi llamada a favor del Sahel.

En Brasil la Iglesia está en contacto con una particular situación social, que espera vigilante atención y resoluciones concretas por parte de los responsables: no puedo olvidar los encuentros con los "favelados" en Río de Janeiro con los obreros de São Paulo, con los trabajadores de la tierra en Recife, con los pueblos de Amazonas. Fue una ocasión única para decir una vez más no sólo a aquellas poblaciones, sino al mundo entero, que "la Iglesia, cuando proclama el Evangelio, procura también lograr, sin por ello abandonar su papel específico de evangelización, que todos los aspectos de la vida social, en los que se manifiesta la injusticia, sufran una transformación para la justicia" (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 13 de julio de 1980, pág. 13).

En Francia y en Alemania se trató de encuentros de la Iglesia con naciones de antiquísima civilización europea, con todas las exaltantes riquezas de su patrimonio cultural y artístico, con los estímulos positivos de su civilización que tanto ha contribuido al desarrollo intelectual y espiritual de la humanidad, pero también con modelos de comportamiento que a veces se han dejado condicionar por el permisivismo moral y por la tentación de la riqueza. Los varios aspectos de esas sociedades, en sus componentes esenciales, fueron considerados en los inolvidables encuentros que tuvieron lugar durante esas visitas. Era un "tú a tú" del Papa con los exponentes de la gran civilización europea.

Pero una ocasión única para llamar a la vieja Europa a la genuino naturaleza de su matriz exquisitamente espiritual, la ofrecieron las celebraciones con motivo del XV centenario del nacimiento de San Benito, que me han permitido dirigirme a los pueblos que forman nuestro continente, magnífico y a la vez contradictorio en el entramado de sus tendencias opuestas, para que se facilite su proceso inmanente de Unificación. En mi mensaje al abad de Montecassino (21. III), en la homilía y en los discursos pronunciados en Nursia (23. III), en la Carta Apostólica Sanctorum Altrix a todas las comunidades religiosas benedictinas (11. VII), en la peregrinación a Montecassino (20. IX), y, durante la inolvidable y estupendamente significativa a Subiaco, se me ofreció la feliz oportunidad de señalar en San Benito al precursor de una nueva civilización, la que debía surgir de las ruinas del mundo antiguo para infundir nueva vida a los pueblos que se asomaban al escenario de la historia junto a los pasados a través de las vicisitudes de la decadencia, indicando a los unos y a los otros un programa a la vez sencillo y universal de renovación y transformación. "De este modo —así pude decir en Nursia—, San Benito se convierte en el Patrono de Europa durante el curso de los siglos: mucho antes de ser proclamado como tal por el Papa Pablo VI. El es Patrono de Europa en esta época nuestra. Lo es no sólo por sus méritos particulares hacia este continente, hacia su historia y su civilización. Lo es, además, por la nueva actualidad de su figura en relación con la Europa contemporánea... Se tiene la impresión de que prevalece la economía sobre la moral, de que prevalece la temporalidad sobre la espiritualidad... No se puede vivir para el futuro sin intuir que el sentido de la vida es mayor que la temporalidad, que está sobre ella. Si las sociedades y los hombres de nuestro continente han perdido el interés por este sentido, deben encontrarlo de nuevo... según la medida de Benito" (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 30 de marzo de 1980, pág. 17).

Oremos para que Europa sepa tener la sabiduría y la clarividencia de volver a descubrir, en esta recta jerarquía de valores, la única medida válida para favorecer el propio progreso en la justicia, en la verdad y en la paz. Europa encontrará a la Iglesia siempre disponible para este servicio al hombre. Así la encontrarán siempre disponible todos los pueblos del mundo.

7. De este modo la Iglesia es consciente de construir la paz. Permanecer fiel a la causa de la paz es deber primario de la Iglesia, que está preparándose para oír de nuevo, y lo custodiará siempre con fidelidad, el primer mensaje de paz, el que resonó en Belén sobre la cuna del Hijo de Dios recién nacido. Esto supone un esfuerzo constante, jamás satisfecho ni siquiera por resultados lisonjeros, porque siempre se presentan nuevos problemas que resolver; esto supone una vigilancia incansable para prevenir los síntomas de la inquietud, que surgen poco a poco, y para señalar con claridad y constancia los caminos de la paz, que hay que construir siempre de nuevo, como ocurre, por lo demás, con todos los bienes más preciosos confiados al hombre, que exigen esfuerzo constante de conquista y de mejoramiento.

Bajo esta luz, además de los viajes realizados, y de los encuentros con los Jefes de Estado, se sitúa una densa red de contactos a diverso nivel, eclesial, civil y diplomático, que la Santa Sede mantiene con iniciativas varias y diferenciadas. Me es grato recordar aquí el conspicuo número de Embajadores —entre los cuales están por vez primera en la historia, los de la República Popular del Congo, de Grecia y de Malí— que también este año he tenido la satisfacción de recibir para la presentación de las Cartas Credenciales: "La composición del Cuerpo Diplomático permite comprender mejor, de un modo justo, el importante problema de la presencia de la Iglesia en el mundo contemporáneo", dije al comienzo del año a los ilustres representantes de la convivencia internacional (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 20 de enero de 1980, pág. 1); pero permite también colaborar concordemente en la gran causa de la paz en el mundo, dentro del respeto a los varios "sistemas políticos y sus responsabilidades temporales" (cf. ib).

Está a la puerta la Jornada por la Paz 1981, que este año tiene por lema, como sabéis: "Para servir a la paz, respeta la libertad". El gesto profético de Pablo VI, al instituir la celebración de dicha Jornada en los albores del año nuevo, se ha demostrado de una eficacia única para animar y estimular al mundo a pensamientos y obras de paz. Mi mensaje ya está en vuestras manos. Pero, durante todo el arco del año, son innumerables los documentos, las audiencias, los contactos privados, dirigidos a salvaguardar el bien de la paz. La Santa Sede no pierde ocasión para subrayar el bien precioso de la paz, al cual se dirigen las más profundas aspiraciones humanas: recuerdo los dos encuentros, de febrero y de noviembre, con el organismo de la Curia que anima idealmente la acción de la Iglesia en favor de la paz, es decir, la Pontificia Comisión "Iustitia et Pax"; el Premio Juan XXIII para la Paz, concedido el 9 de junio a los catequistas africanos, en Kumasi; el mensaje a la XI Sesión General de las Naciones Unidas, en agosto, y el que se hizo como preparación para la reunión de Madrid sobre la Seguridad y Cooperación Europea, en noviembre; el deseo de una creciente paz entre los pueblos, expresado en Munich en el momento de dejar Alemania. Así los encuentros, a nivel pastoral, con peregrinaciones de varias naciones, más aún, de continentes enteros, como el encuentro con los africanos de Roma, en febrero; las cartas enviadas, en varias circunstancias, a los obispos de Nicaragua (26. VI), de El Salvador (20. X) y de Guatemala (1. XI), por las condiciones particulares de esos atormentados países; las enviadas a los fieles de México (28. I), de Brasil (21. II), de Hungría (6. IV), de los Estados Unidos de América (2. VI); las audiencias a diputados brasileños (20. II), a personalidades políticas de Nicaragua (3. III), a los participantes en el encuentro sobre la Cooperación entre Europa y América Latina (20. VI), a los alcaldes de las ciudades más populosas del mundo (4. IX), a ilustres visitantes suecos (30. X), a las Delegaciones de Argentina y Chile para la mediación felizmente encauzada sobre la zona austral, en las semanas pasadas. Y tengo mucho interés en recordar la llamada, que lancé a los hombres de ciencia, con los que me encontré en la sede de la UNESCO y, por medio de ellos, a los "de todos los países y de todos los continentes", a fin de que se despliegue todo esfuerzo "para preservar la familia humana de la horrible perspectiva de la guerra nuclear... ¡Sí! —añadía—, ¡la paz del mundo depende de la primacía del espíritu! ¡Sí! ¡El porvenir pacífico de la humanidad depende del amor!" (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 15 de junio de 1980, pág. 14). Son todos estos que he citado, pasos realizados juntamente. con los hombres de buena voluntad, por el camino de la paz, para ayudar a su consolidación, para apreciar cada vez más su valor, para preparar sus frutos, en beneficio del mundo entero.

8. Pero, en esta mirada de conjunto sobre la obra desarrollada en favor de la paz en el mundo, no faltan, por desgracia, como cada año, sombras siniestras y funestas, que impresionan a nuestro corazón: corazón de hombres, corazón de creyentes en Cristo.

¿No hay en el mundo, subterránea, como la veta incandescente y destructora de un volcán, una constante amenaza a la paz? ¿No hay pueblos que sufren y mueren por las terribles rivalidades existentes entre nación y nación, a veces entre partes opuestas dentro de los mismos pueblos? ¿Cómo no recordar el conflicto entre Irak e Irán? ¿La situación de Afganistán? ¿Las persistentes tensiones en el Líbano, la queridísima nación que siempre tengo presente, como he querido poner de relieve otras veces, este año, escribiendo al Patriarca maronita, y lanzando una llamada en la audiencia general del 16 de julio, y al recibir a los exponentes calificados de la Asamblea Nacional (2. X)? ¿Cómo no pensar en la querida Irlanda, que vive horas de grave y angustiosa preocupación? Pero demos gracias al Señor que, precisamente en estos días, como respuesta a las llamadas y a las oraciones de varías partes del mundo, la tensión parece haberse atenuado. ¿Cómo no recordar las graves violencias que han ensangrentado algunas queridísimas regiones de Centroamérica, y todavía continúan segando víctimas, la más ilustre de las cuales ha sido el llorado arzobispo de San Salvador? Por la paz en este país he elevado mi súplica a Dios, el 2 del pasado abril: pero gime el corazón cuando llegan noticias de nuevas violencias y muertes.

No olvido el drama, aún vivo —aunque dominado por otros acontecimientos dolorosos, que por desgracia habitúan a la opinión pública—, relativo a los prófugos y refugiados en Tailandia y en algunos países de África, con inmensos problemas humanos y sociales, de justicia y de caridad, de solicitud inaplazable, que plantean interrogantes inquietantes a la conciencia de los pueblos.

Estoy cercano a todos los hombres que sufren en este momento; así como participo íntimamente en las ansias, en las dificultades y en las esperanzas de mi querida patria.

En particular, renuevo mi llamada a todas las naciones del mundo —en la línea del mensaje enviado con ocasión de la ya citada reunión de Madrid sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa, en la que está presente una Delegación de la Santa Sede—, por el respeto leal y constructivo de la libertad religiosa a la que tienen derecho todos los hombres; como he recordado en el mensaje enviado a los Jefes de Estado, que suscribieron el Acta Final de Helsinki, "esta libertad concreta se funda en la naturaleza misma del hombre cuya característica es ser libre" (núm. 2); y esa libertad hay que salvaguardarla tanto como fundamento de la dignidad intrínseca de la persona, cuanto como condición de una ordenada y justa convivencia civil, en la que cada ciudadano sea respetado por lo que "es", y no rebajado a segunda o tercera categoría por las ideas que tiene la responsabilidad y la coherencia de profesar incluso en la vida pública. En este campo, la Iglesia ha trazado los principios de su comportamiento en la fundamental Declaración Dignitatis humanae del Concilio Vaticano II, y a ésta hay que hacer referencia siempre en orden a una auténtica y duradera paz espiritual en el interior de las naciones.

9. Por desgracia, en algunas naciones, como España, Italia, Irlanda, y en otras partes, perdura el gravísimo peligro del terrorismo y de la violencia, de esta verdadera guerra existente contra los hombres inermes y las instituciones, movida por oscuros centros de poder, que no se dan cuenta de que el orden que ellos desean mediante la violencia sólo puede traer otra violencia. "Quien toma la espada, a espada morirá", recordó Jesús en el momento en que sufría la violencia más atroz (Mt 26, 52). Y un orden que debiese nacer sobre las ruinas y las muertes de la violencia sería la paz del cementerio, según la conocida expresión. ¡No, no se edifica así la sociedad nueva, que debe servir para elevar al hombre! La Iglesia no deja de recomendar la construcción de un mundo más justo y más sano, mediante la conversión interior y la renovación radical de las costumbres morales. Una vez más, como en Drogheda, como en Turín, suplico a los hombres de la violencia, a los que no dejo de considerar hermanos míos, que desistan de su sendero de muerte; invito a los jóvenes a no dejarse arrastrar por la ideología perversa de la destrucción y del odio, sino a colaborar con todas las fuerzas generosas, que existen en las diversas naciones, para construir el mundo "a medida del hombre": sólo así se podrá asegurar un porvenir realmente positivo, en el impulso de un progreso activo del que puedan gozar sobre todo los humildes, los marginados, los pobres.

Y elevo ahora mi pensamiento, mi oración por las numerosas, inocentes víctimas del terrorismo, como hice con gran dolor el pasado febrero, después del trágico fin del querido, bueno e inolvidable profesor Bachelet, y como hice en agosto por el bárbaro estrago de Bolonia; y renuevo mi invitación, dirigida ya en la audiencia a la junta y al consejo provincial de Roma (16. II), y a los juristas católicos italianos (6. XII) a defender los valores morales, negados por la violencia. Confío este deseo, que brota de lo profundo del corazón, al "Príncipe de la paz" (Is 9, 6), a Aquel que tomó sobre Sí la condición de la naturaleza humana para divinizarla y hacerla partícipe de la misma grandeza de Dios.

Nuestra oración común se elevará más suplicante, estos días de Navidad, para invocar consuelo y serenidad por tantos sufrimientos de personas, de familias, y de comunidades. No nos cansaremos de rezar por esto: ni olvidamos a los rehenes que todavía están privados de la libertad en varias partes del mundo, víctimas de la represalia política o de una inicua, cruel, inconcebible especulación pecuniaria. Estoy cercano a ellos con la oración en esta Navidad que les resultará tan triste; y ruego por todos al Señor, con lágrimas en los ojos, pidiendo a los responsables que tengan piedad: en nombre de Dios, en nombre del hombre.

10. La Iglesia no sólo mira a los problemas que se refieren a los continentes y a los pueblos; se dirige al hombre concreto, que lleva en sí impresa la imagen creadora de Dios y está redimido por el sacrificio de Cristo. Para la Iglesia no existe masa amorfa, o colectividad sin nombre: ella sabe que toda realidad social y política está formada por hombres concretos, cada uno con los problemas inherentes a la propia identidad en el trabajo, en la profesión, en la vida familiar y social, dentro de la diversidad de proveniencias geográficas, o de posiciones ideológicas. La Iglesia tiene una palabra que decir a cada uno de estos hombres. El Papa sale al encuentro de este hombre con sencillez y cordialidad, con plena "simpatía", esto es, tratando de participar en sus situaciones concretas de vida, dondequiera que se den y se desarrollen.

Ante todo, el hombre que trabaja: están grabados en mi corazón los encuentros, aquí en Roma y durante los viajes, con los que extraen el mármol, con los mineros, con los trabajadores de la industria y los de la tierra, con los emigrados a otras naciones y dentro de los diversos países: todos hacen brotar de la materia los medios de subsistencia para toda la sociedad, haciéndose así colaboradores de Dios que tiene necesidad del hombre para continuar sacando a luz la riqueza inmanente de su creación. Sepan los trabajadores de todo el mundo que la Iglesia está cercana a ellos, los estima y los ama por esta aportación insustituible, a la que todos somos deudores; se trata de la aportación dada con la fatiga de toda una vida, y por lo tanto más alta y más sagrada que el salario, incluso justo, que por ella reciben; sabemos que su trabajo, como he dicho recientemente, "ayuda al hombre a ser más hombre, madura su personalidad, desarrolla y eleva su capacidad, abriéndolo así al servicio, a la generosidad, al compromiso por los otros, en una palabra, al amor" (Al Movimiento de trabajadores cristianos, 6. XII).

¡El amor! Es la gran realidad que debe mover a la sociedad, hoy como ayer, si no quiere agostarse totalmente en una contraposición dialéctica de explotación y de rebelión, en una mera y simple relación de dar y tener, en un egoísmo de mónadas que se deshojan sin encontrarse jamás sino en la desconfianza y en el desprecio. Sólo en el amor está el secreto de la supervivencia.

11. Está luego el hombre que pone sus recursos interiores a disposición de la elevación también cualitativa de los propios hermanos: es el gran mundo de la cultura en sus varias facetas que, en el momento presente, adquiere proporciones extraordinarias en profundidad y en extensión, por las especializaciones actuales en todos los sectores de la vida intelectual. La Iglesia mira a este mundo con inmensa confianza, y a él he dedicado este año atenciones particulares, después del compromiso solemne tomado durante la reunión del Sacro Colegio, en noviembre del año pasado, y con ocasión de la memorable sesión de la Pontificia Academia de las Ciencias, en aquellos mismos días.

Quisiera citar una a una las audiencias con los hombres de estudio y de cultura, que poco a poco se han sucedido en esta casa durante el curso del año que está para terminar, trayendo el eco y el fervor de sus estudios en todos los sectores del conocimiento: historiadores, economistas, filósofos, científicos, juristas, latinistas, músicos. Pero el tiempo no lo permite. Sin embargo, tres ocasiones reclaman mi atención de modo particular: la visita a la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, en París, el 2 de junio; el encuentro con los hombres de la cultura en Río de Janeiro, el 1 de julio; y los encuentros, tanto con los científicos y estudiantes, como con los artistas y periodistas, en Colonia y Munich, respectivamente, el 15 y el 19 de noviembre, en el viaje a Alemania, dentro del marco de las conmemoraciones centenarias de ese gran hombre de cultura y de piedad que fue San Alberto Magno. Los hombres de la cultura son los custodios del patrimonio más auténtico de la humanidad, y los artífices del porvenir de las naciones: en sus manos está la civilización, pero de ellos depende también, Dios no lo quiera, la barbarie del mañana: "La verdadera cultura es la humanización, mientras que la no cultura y las falsas culturas son deshumanizadoras. Por eso mismo, en la elección de la cultura el hombre compromete su destino", he dicho en Río de Janeiro. Por este motivo la Iglesia espera tanto de los hombres de la cultura, de los cuales depende realmente el futuro de la humanidad en sus raíces más profundas. También es verdad, como he recordado en Munich, que "en los siglos de la Edad Moderna, de modo aún más fuerte desde 1800, se debilitó la conexión de la Iglesia y la cultura, y con ello también la conexión de la Iglesia y el arte": las razones son múltiples, por una actitud recíproca de desconfianza. Pero este estado de cosas no tiene ya razón de ser: "Una relación fundamentalmente nueva entre la Iglesia y el mundo, entre la Iglesia y la cultura y, en consecuencia, entre la Iglesia y el arte fue creada y fundamentada por el Concilio Vaticano II" (ib.); y ha llegado el momento de proclamar de nuevo, como he tratado de hacerlo humildemente ante la prestigiosa asamblea de la UNESCO, que "la vinculación fundamental del Evangelio, es decir, del mensaje de Cristo y de la Iglesia con el hombre en su humanidad... es efectivamente creadora de cultura en su fundamento mismo. Para crear la cultura hay que considerar íntegramente, y hasta sus últimas consecuencias, al hombre como valor particular y autónomo, como sujeto portador de la trascendencia de la persona. Hay que afirmar al hombre por él mismo, y no por ningún otro motivo o razón: ¡únicamente por él mismo! Más aún, hay que amar al hombre porque es hombre, hay que reivindicar el amor por el hombre en razón de la particular dignidad que posee" (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 15 de junio de 1980, pág. 12). Sólo la Iglesia, que custodia íntegro el Evangelio de Cristo, puede dar garantía al hombre contra toda manipulación de otro hombre: y en la cooperación encontrada de nuevo entre Iglesia y cultura, en las respectivas y autónomas esferas de acción, se puede presentar esa armonía superior, que es garantía de paz y, como tal, es tan deseada por los hombres preocupados en los destinos de la humanidad.

12. El esfuerzo que la Iglesia realiza al lanzar puentes hacia las varias expresiones de la vida social, en la que actúa cada uno de los individuos con la inagotable carga de sus recuerdos personales, no tiene otra finalidad que la de edificar una vida social serena, constructiva, pacífica, alegre: una sociedad a medida del hombre.

Por esto, he tratado con todo esfuerzo de entablar relaciones con todos los exponentes y los artífices de esta sociedad: con los educadores de la juventud en la escuela, con los hombres de los mass-media, obligados también ellos, por su delicadísima función, a una precisa deontología y a un claro código moral; con los hombres de los servicios sociales más llenos de riesgos (pienso en los bomberos, a los que recibo cada año), con los militares y sus jefes de varios grados y especializaciones; con los ferroviarios; con los atletas dedicados a diversas actividades deportivas. A todos —siguiendo la huella de mis predecesores, especialmente del incansable magisterio de Pío XII que, en la fase más delicada de la reconstrucción mundial, no olvidó a ninguna categoría social— he recordado el deber de contribuir, cada uno según sus posibilidades, la propia preparación y responsabilidad, a hacer que el mundo en que vivimos lleve cada vez más plenamente la impronta de la alegría primigenia que experimentó Dios creador cuando, al fijar su mirada sobre la grandeza de la creación, se alegró en el seno íntimo de su vida trinitaria: "Y vio Dios que era bueno" (cf. Gén 1, passim); "era muy bueno" (Gén 1, 31). Que también el hombre de hoy sepa que "la alegría del Señor es nuestra fuerza" (cf. Neh 6, 10).

13. El hombre, por encima de toda actividad intelectual o social, por alta que sea, encuentra su desarrollo pleno, su realización integral, su riqueza insustituible en la familia. Aquí, realmente, más que en todo otro campo de su vida, se juega el destino del hombre. Por esto, la Iglesia continúa dedicando las atenciones más vivas y diligentes a la magnífica realidad de la familia. Todavía está vivísimo en nuestro corazón de Pastores el recuerdo de las jornadas de la V Asamblea General del Sínodo de los Obispos, dedicadas al gran problema, vital no sólo para la Iglesia, sino también para toda la humanidad. Los problemas que afrontaron los obispos con lúcido realismo y con paterna solicitud, eran muchos, y de ellos se hicieron intérpretes los diversos Episcopados, trayendo el eco de las situaciones propias de las varias partes del mundo. El Sínodo, al tratar estos problemas, «se ha movido sobre dos ejes en las intervenciones —tal como resumí en la clausura de la Asamblea—: la fidelidad al plan de Dios acerca de la familia y la "praxis" pastoral, caracterizada por el amor misericordioso y el respeto debido a los hombres, abarcándolos en toda su plenitud, en lo referente a su "ser" y a su "vivir"» (25. X). Es decir, se han reafirmado los principios de la ética matrimonial, sobre los que se basa la institución familiar, según los puntos firmes trazados por Pablo VI en su Encíclica Humanae vitae y, al mismo tiempo, se han tenido presentes con corazón de pastores y de padres las dificultades, las ansias y, a veces, los dramas de tantas familias que quieren conservar íntegra su fidelidad al Evangelio y no transgredir las normas eternas de la ética natural ni de la imprescriptible ley de Dios, grabada en el corazón del hombre.

La familia toca hoy el punto quizá más agudo de una crisis sin precedentes, madurada con la confluencia de las diversas mentalidades permisivas y de teorías que, en nombre de una presunta autonomía del hombre, vienen a negar la misión confiada al hombre mismo por Dios creador, en el plan originario de la comunicación de la vida (cf. Gén 1, 2): he tratado de ilustrar este plan lo más completamente posible en el curso de todo el año, ya desde el verano de 1979, precisamente con miras a la celebración del Sínodo y en el marco de su planteamiento doctrinal. La ley de Dios no mortifica al hombre, sino que lo exalta y lo llama a la extraordinaria cooperación con El en la misión y en el gozo de la paternidad y de la maternidad responsables. Frente al desprecio del valor supremo de la vida, por el que se llega a convalidar la supresión del ser humano en el seno materno; frente a las disgregaciones actuales de la unidad familiar, única garantía para la formación completa de los niños y de los jóvenes; frente a la desvalorización del amor límpido y puro, frente al desenfrenado hedonismo, a la difusión de la pornografía, es necesario proclamar muy alto la santidad del matrimonio, el valor de la familia, la inviolabilidad de la vida humana. No me cansaré jamás de cumplir ésta que considero misión inaplazable, aprovechando los viajes, los encuentros, las audiencias, los mensajes a personas, instituciones, asociaciones, consultorios que se preocupan por el futuro de la familia, y la hacen objeto de estudio y de acción. Una vez más, con las palabras de la oración escrita con ocasión del Sínodo, pido a Dios que "el amor, corroborado por la gracia del sacramentó del matrimonio, se demuestre más fuerte que cualquier debilidad y cualquier crisis por las que, a veces, pasan nuestras familias.;.: por intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret, que la Iglesia en todas las naciones de la tierra pueda cumplir fructíferamente su misión en la familia y por medio de la familia".

14. No puedo terminar sin una alusión, al menos, a la inagotable y prometedora carga de vida y de progreso social, que son hoy los jóvenes para la Iglesia y para el mundo. Ellos son los primeros beneficiarios de la acción plasmadora y corresponsable de la familia; pero son también las primeras víctimas de los desórdenes y de los desequilibrios que amenazan hoy su vida. He hablado otras veces de este tema, y basta sólo aludir a él. Al recordar que en África y Brasil he visitado naciones verdaderamente jóvenes, porque su población está constituida, en máxima proporción, por la juventud, no puedo menos de pensar en estos hombres del futuro, que tendrán en sus manos la sociedad del 2.000. Es un desmesurado potencial humano que espera mucho de nosotros, de toda la sociedad: hacia él mira Cristo con ilimitado amor, con infinita confianza, fijándose en los ojos de cada uno, como hizo con sus Apóstoles, con los niños, con el joven rico del Evangelio.

Jóvenes, os digo que Cristo os espera con los brazos abiertos; Cristo cuenta con vosotros para construir la justicia y la paz, para difundir el amor. Como en Turín, digo también hoy: "Debéis volver a la escuela de Cristo... para encontrar el verdadero, pleno, profundo significado de estas palabras. El necesario soporte para estos valores solamente está en la posesión de una fe segura y sincera, de una fe que abrace a Dios y al hombre, al hombre en Dios... No hay una dimensión más adecuada, más profunda para dar a esta palabra 'hombre', a esta palabra 'amor', a esta palabra libertad', a estas palabras 'paz' y 'justicia': no hay otra, no hay otra que Cristo" (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 20 de abril de 1980, pág. 14).

Sí, queridísimos jóvenes, a quienes he encontrado en cada uno de mis viajes —¿y cómo olvidar el encuentro emblemático en el Parc-des-Princes de París?—, jóvenes a quienes he visto en todas las latitudes del mundo, en las ciudades populosas y en los campos, en los estadios y en las plazas, durante las Misas en San Pedro, así como en institutos particulares como el de Casal del Marmo; sí, universitarios, trabajadores, deportistas; sí, jóvenes liberados de los tentáculos de la droga: ¡no hay más que Cristo, Redentor del hombre! Estad convencidos de ello. Y gritadlo con fuerza a vuestro alrededor.

15. Hermanos queridísimos:

He recordado todo lo que se ha hecho referente a las relaciones de la Iglesia con el mundo: pero estoy convencido de que todas las actividades que he podido desplegar a lo largo del año han sido posibles precisamente gracias al concurso de muchas fuerzas generosas y silenciosas, que aman sinceramente a la Iglesia; gracias a la ayuda de cardenales, obispos, sacerdotes, laicos comprometidos en el apostolado, organismos de diversa denominación, que me han ofrecido un validísimo apoyo; y gracias a vosotros, mis primeros e insustituibles colaboradores de la Curia Romana, a quienes siento tan cercanos. A todos expreso mi viva, sincera, emocionada benevolencia.

Nos disponemos a celebrar la Navidad. Hemos visto delinearse ante los ojos los múltiples campos de la vida del hombre en el mundo contemporáneo, con sus luces y sus sombras, con sus incertidumbres y sus esperanzas, con sus peligros y sus recursos. Hacia todos estos campos del ser y del actuar humano en el mundo contemporáneo está para descender, una vez más, el Salvador. El mundo le espera, aun sin saberlo; él mundo tiene necesidad de El, que anuncia la misericordia del Padre, que es la misericordia del Padre. A pesar de las apariencias exteriores, este mundo sufre por dentro: desequilibrios, discriminaciones, opresiones, calamidades naturales, carencias indescriptibles; insatisfacciones, miedos, violencias, muertes; y sobre todo, está el pecado, germen disgregador y fuente de infelicidad profunda. Cristo viene a salvar al mundo del pecado, y a ofrecerle la posibilidad extrema del rescate: El —he escrito en la Encíclica Dives in misericordia, que he confiado a la meditación de la Iglesia al comienzo de este Adviento como preparación a la Navidad—, "al convertirse en la encarnación del amor que se manifiesta con peculiar fuerza respecto a los que sufren, a los infelices, a los pecadores, hace presente y revela de este modo más plenamente al Padre, que es Dios 'rico en misericordia'. Asimismo, al convertirse para los hombres en modelo de amor misericordioso hacia los demás, Cristo proclama con las obras, más que con las palabras, la apelación a la misericordia que es uno de los componentes esenciales del ethos evangélico" (núm. 3).

La Navidad es el signo de la misericordia de Dios, la aparición entre los hombres de su amor liberador. La Iglesia no se cansa de repetir su anuncio, porque sabe que el mundo necesita esta misericordia, que no envilece, sino que da al hombre una nueva dignidad, elevándolo al nivel de Dios. El se ha abajado en Cristo para volver a llevar al hombre a su grandeza perdida: "Quia quomodo est Deus incommutabilis, fecit omnia per misericordiam, et dignatus est ipse Filius Dei mutabilem carnem suscipere, manens id quod Verbum Dei est, venire et subvenire homini: Como Dios es inmutable, y ha hecho todo por medio de su misericordia, así el mismo Hijo de Dios se dignó asumir una carne mudable, permaneciendo Verbo de Dios, se ha dignado venir y socorrer al hombre" (San Agustín, Serm. 6, 5; CCL, 41, Sermones de Vetere Testamento, ed. C. Lambot, Turnhout, 1961, página 61).

Dignatus est venire et subvenire homini: esto es la Navidad para nosotros. Y esto tratamos de realizar en el mundo, como miembros de esa Iglesia que se reconoce nacida, juntamente con Cristo nacido, para ayudar al hombre a salvarse: subvenire homini. Este es nuestro estímulo, queridísimos hermanos, nuestro compromiso, nuestro esfuerzo; éste es nuestro único deseo, y el premio a que tendemos con todas las fuerzas, mientras el Señor nos dé aliento y energía, a mi y a todos.

Con mi más afectuosa bendición apostólica.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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