VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV
A ARGELIA, CAMERÚN, ANGOLA Y GUINEA ECUATORIAL
(13-23 DE ABRIL DE 2026)
ENCUENTRO CON LAS AUTORIDADES, CON LA SOCIEDAD CIVIL Y CON EL CUERPO DIPLOMÁTICO
DISCURSO DEL SANTO PADRE
Palacio Presidencial (Malabo)
Martes, 21 de abril de 2026
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Señor Presidente,
distinguidas Autoridades y miembros del Cuerpo diplomático,
señoras y señores:
Los saludo cordialmente, les agradezco su acogida y las palabras que me han dirigido. Me alegra estar aquí para visitar al querido pueblo de Guinea Ecuatorial. Durante su visita a este país, el Papa san Juan Pablo II definió a su persona, señor Presidente, como «el centro simbólico hacia el que convergen las vivas aspiraciones de un pueblo a un clima social de auténtica libertad, de justicia, de respeto y promoción de los derechos de cada persona o grupo, y de mejores condiciones de vida, para realizarse como hombres y como hijos de Dios» (S. Juan Pablo II, Discurso al Presidente de Guinea Ecuatorial, Malabo). Son palabras que siguen siendo actuales y que interpelan a cualquiera que ocupe un cargo público. Por otra parte, «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón» (Const. past. Gaudium et spes, 1). Estas expresiones de la Constitución Gaudium et spes del Concilio Vaticano II expresan de la mejor manera los motivos y los sentimientos que me traen hasta ustedes, para confirmar en la fe y consolar al pueblo de este país en rápida transformación. Pues, al igual que en el corazón de Dios, también en el corazón de la Iglesia resuena el eco de cuanto ocurre aquí en la tierra, entre millones de hombres y mujeres por los cuales nuestro Señor Jesucristo dio su vida.
Ustedes saben que san Agustín leía los acontecimientos y la historia según el modelo de dos ciudades: la de Dios, eterna, caracterizada por su amor incondicional (amor Dei), unido al amor al prójimo, especialmente a los pobres; y la terrena, lugar de residencia transitoria, en la que los hombres y mujeres viven hasta su muerte. En esta perspectiva, las dos ciudades existen juntas hasta el final de los tiempos (cf. De civitate Dei, 19,14) y todo ser humano, día a día, manifiesta en sus decisiones a cuál de ellas quiere pertenecer.
Sé que han emprendido el imponente proyecto de construir una ciudad que, desde hace unos meses, es la nueva capital de su país. Han querido darle un nombre en el que parece resonar el de la Jerusalén bíblica: Ciudad de la Paz. Ojalá que esa decisión haga reflexionar a cada conciencia sobre cuál es la ciudad a la que quiere servir. Como tuve ocasión de recordar al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, para el gran padre Agustín la ciudad terrena se centra en el amor orgulloso de sí mismo (amor sui), en la sed de poder y gloria mundanos que conducen a la destrucción.
En cambio, Agustín considera que los cristianos están llamados por Dios a habitar en la ciudad terrena, pero con el corazón y la mente dirigidos hacia la ciudad celestial, su verdadera patria. Es esa la ciudad hacia la que Abraham partió, «sin saber a dónde iba. Por la fe, vivió como extranjero en la Tierra prometida, habitando en carpas, lo mismo que Isaac y Jacob, herederos con él de la misma promesa. Porque Abraham esperaba aquella ciudad de sólidos cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios» (Hb 11,8-10). Todo ser humano puede apreciar la ancestral conciencia de que la vida en la tierra es sólo un paso. Es fundamental que perciba la diferencia entre lo que perdura y lo que pasa, manteniéndose libre de la riqueza injusta y de la ilusión del dominio. En particular, «los cristianos que viven en la ciudad terrenal no son ajenos al mundo político y, guiados por las Escrituras, buscan aplicar la ética cristiana al gobierno civil. La Ciudad de Dios no propone un programa político. En cambio, ofrece valiosas reflexiones sobre cuestiones fundamentales relacionadas con la vida social y política» (Discurso al Cuerpo diplomático, 9 enero 2026).
Hoy en día, la doctrina social de la Iglesia representa una ayuda para cualquiera que desee afrontar las “cosas nuevas” que desestabilizan el planeta y la convivencia humana, buscando ante todo el Reino de Dios y su justicia. Esto es una parte fundamental de la misión de la Iglesia: contribuir a la formación de las conciencias mediante el anuncio del Evangelio y la propuesta de criterios morales y principios éticos auténticos, respetando la libertad de cada persona y la autonomía de los pueblos y sus gobiernos. El objetivo de la doctrina social es educar para afrontar los problemas, que siempre son diferentes, ya que cada generación es nueva, con nuevos retos, nuevos sueños y nuevos interrogantes.
Más concretamente, nos enfrentamos a cuestiones que sacuden los cimientos de la experiencia humana. Como ya he señalado, al comparar nuestra época con aquella en la que el Papa León XIII promulgó la Rerum novarum, hoy «la exclusión es la nueva cara de la injusticia social. La brecha entre una “pequeña minoría” —el 1% de la población— y la gran mayoría se ha ampliado de manera dramática. […] Cuando hablamos de exclusión, también nos encontramos ante una paradoja. La falta de tierra, alimentos, vivienda y trabajo digno coexiste con el acceso a las nuevas tecnologías que se difunden por todas partes a través de los mercados globalizados. Los teléfonos celulares, las redes sociales e incluso la inteligencia artificial están al alcance de millones de personas, incluidos los pobres» (Discurso a los Movimientos populares, 23 octubre 2025). Por consiguiente, es una tarea ineludible de las autoridades civiles y de la buena política eliminar los obstáculos al desarrollo humano integral, cuyos principios fundamentales son la destinación universal de los bienes y la solidaridad.
No se puede ocultar, por ejemplo, que la rapidísima evolución tecnológica a la que asistimos ha acelerado una especulación conectada a la necesidad de materias primas, que parece hacer olvidar necesidades fundamentales como la salvaguardia de la creación, los derechos de las comunidades locales, la dignidad del trabajo y la protección de la salud pública. A este respecto, hago mío el llamamiento del Papa Francisco, que hace justo un año dejaba este mundo: «Hoy tenemos que decir “no a una economía de la exclusión y la inequidad”. Esa economía mata» (Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium, 53). De hecho, hoy en día es aún más evidente con respecto a algunos años atrás que uno de los principales motivos de la proliferación de los conflictos armados es la colonización de yacimientos petrolíferos y mineros, sin tener en cuenta el derecho internacional ni el derecho de los pueblos a la autodeterminación.
Las mismas nuevas tecnologías parecen concebidas y utilizadas principalmente con fines bélicos y en contextos que no permiten vislumbrar un aumento de oportunidades para todos. Por el contrario, sin un cambio de rumbo en la asunción de la responsabilidad política y sin respeto por las instituciones y los acuerdos internacionales, el destino de la humanidad corre el riesgo de verse trágicamente comprometido. Dios no quiere esto. Su Santo Nombre no puede ser profanado por la voluntad de dominio, la prepotencia y la discriminación; sobre todo, nunca debe ser invocado para justificar decisiones y acciones que causan la muerte. Que este país no dude en revisar sus propias trayectorias de desarrollo y las oportunidades positivas de situarse en la escena internacional al servicio del derecho y la justicia.
Este es un país joven. Estoy seguro, por tanto, de que en la Iglesia encontrarán ayuda para formar conciencias libres y responsables, para avanzar juntos hacia el futuro. En un mundo herido por la prepotencia, los pueblos tienen hambre y sed de justicia. Hay que valorar a quienes creen en la paz, y atreverse a aplicar políticas que vayan a contracorriente, centradas en el bien común. Se necesita urgentemente el valor de nuevas visiones y de un pacto educativo que dé a los jóvenes espacio y confianza. La ciudad de Dios, ciudad de la paz, debe ser acogida, en efecto, como un don que viene de lo alto y hacia el cual dirigir nuestro deseo y todos nuestros recursos. Es una promesa y una tarea. Sus habitantes «con sus espadas forjarán arados y podaderas con sus lanzas» (Is 2,4) y, enjugada toda lágrima, participarán en el banquete, ya no reservado a una élite, porque viandas exquisitas, vinos añejados y manjares suculentos (cf. Is 25,6) se repartirán entre todos.
Señor Presidente, señoras y señores, caminemos juntos, con sabiduría y esperanza, hacia la Ciudad de Dios, que es la ciudad de la paz. Gracias!
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