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DICASTERIO PARA LA DOCTRINA DE LA FE
VENITE AD ME
Consideraciones sobre la transmisión de la fe en el cambio de época
Índice
Introducción
Capítulo I
El anuncio del amor del Padre
Capítulo II
La luz de la fe
Formas de transmisión de la fe
La familia
La comunidad eclesial
Capítulo III
El cambio de época
La crisis de la transmisión de la fe
Una nueva cultura generalizada
Las tecnologías digitales
Nuevas fronteras de la evangelización
Capítulo IV
La centralidad del kerygma
Suscitar una experiencia de fe
La cuestión del lenguaje
La formación cristiana
Capítulo V
La transmisión de la fe en las comunidades
Liturgia
El papel del testimonio
Arte y belleza
Las etapas de la vida
Capítulo VI
Fe y cultura
Capítulo VII
Algunas atenciones específicas
Capítulo VIII
Testimonios
Del abismo de la adicción a la libertad del encuentro con Cristo
El “despertar” del kerygma: el papel de la familia y de la oración
El testimonio de la caridad, de la cultura y de la belleza
Conclusión
1. [Venite ad me] «Venid a mí todos los que estáis cansados y
agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28). El Señor Jesucristo se presenta
a sí mismo como fuente de alivio profundo frente a los cansancios y las fatigas
del corazón humano. Desde esta perspectiva, la transmisión de la fe se presenta
como un encuentro, en el que Cristo se acerca a cada persona en la realidad
concreta de su vida, dándole esa paz verdadera que solo en Él es posible
encontrar.
Introducción
2 Jesús es la luz verdadera del mundo y quien cree en Él, el Resucitado
vivo, vence las tinieblas de la muerte y vive gracias a la luz de la vida (cf.
Jn 1, 6-9; 8, 12). Esta es la fe de la Iglesia y esta es la fe que todo
creyente está llamado a difundir hasta los confines de la tierra. Este
compromiso —el de la transmisión de la fe, declinado bajo las condiciones
socioculturales actuales— ocupa un lugar central en las presentes
Consideraciones.
3. Esta responsabilidad de todo creyente en Cristo, luz verdadera del
mundo, constituye un argumento de gran actualidad para la vida y la misión de la
Iglesia. El Dicasterio había sido instado en varias ocasiones por el Papa
Francisco a ofrecer una reflexión al respecto y había puesto en marcha el
procedimiento habitual para llegar a las presentes Consideraciones. Los acontecimientos recientes, especialmente la llegada al solio pontificio
del Papa León XIV, la celebración del Jubileo, así como la perspectiva del
próximo Jubileo de la Redención de 2033, son como un estímulo adicional para
proceder con mayor celeridad en la redacción del documento.
4. Las presentes Consideraciones querrían, fundamentalmente,
relanzar a toda la comunidad eclesial la invitación que el Santo Padre León XIV
dirigió a los obispos italianos, en el encuentro con ellos en junio de 2025:
“Ante todo, es necesario un impulso renovado en el anuncio y la transmisión de
la fe. Se trata de poner a Jesucristo en el centro tanto del anuncio como de la
existencia y, siguiendo el camino indicado por
Evangelii gaudium, ayudar
a las personas a vivir una relación personal con Él, para descubrir la alegría
del Evangelio. En una época de gran fragmentación, es necesario volver a los
fundamentos de nuestra fe, al kerygma. Este es el primer gran compromiso
que motiva todos los demás”[1]. Por
lo tanto, como señala también el Santo Padre, «la evangelización debe enfrentarse hoy, de manera particular, también a las
condiciones y dinámicas cambiadas en la transmisión de la fe de generación en
generación. En algunas regiones del mundo, esta transmisión se ha interrumpido
casi por completo, lo que exige la capacidad de asumir nuevos desafíos»[2]
. El objetivo específico del documento es, por eso, ofrecer tanto una reflexión
específica como sugerir caminos concretos para el anuncio del kerygma en
el cambio de época que estamos atravesando.
5. Este anuncio debe ser capaz de reavivar la fe en quienes hace tiempo
que ya no la practican (pensemos, en particular, en el mundo de los adultos y de
las nuevas generaciones) o de promover una experiencia de fe (fides qua)
en quienes aún no han conocido a Cristo, sin entrar en la labor específica de la
catequesis y de la formación de los creyentes, ambas llamadas a ofrecer también
una introducción ordenada y gradual a la doctrina de la Iglesia (fides quae).
La reflexión contenida en las presentes Consideraciones sobre la fides
qua precede a la cuestión relativa a la transmisión del depositum fidei,
que este documento no pretende afrontar de manera exhaustiva.
6. A lo largo de la redacción de estas Consideraciones, ha
resultado realmente valiosa la contribución de numerosas Conferencias
Episcopales Nacionales, que han respondido con gran diligencia a la solicitud
del Dicasterio de enviar materiales relacionados con el tema de la transmisión
de la fe.
7. Revisten una especial relevancia los testimonios, que nos han enviado
los obispos, de quienes han descubierto o redescubierto —ya sea en su juventud o
en la edad adulta— al Señor Jesús y su Evangelio. Muchos de ellos se recogen en
el último capítulo de las presentes Consideraciones.
8. Una última puntualización se refiere al género del documento, que es el
de las Consideraciones y no el de una Nota doctrinal. De hecho, su
finalidad es principalmente la de estimular la reflexión eclesial y el
compromiso pastoral en torno a la transmisión de la fe. Por ello, en el texto se
examinan una pluralidad de puntos de vista, sin pretender, sin embargo, cerrar
la cuestión, que permanece abierta a nuevos análisis y desarrollos. Esto
significa que estas Consideraciones no se caracterizan, como otros textos
del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, por la precisión del lenguaje y el
carácter sistemático del tratamiento, sino que admiten un estilo más discursivo, como se aprecia sobre todo en la sección, ya citada,
dedicada a los testimonios[3].
Capítulo I
El anuncio del amor del Padre
9. Al hablar de la misión del Bautista, el evangelista Juan lo califica
como el testigo de la luz, como aquel que debe dar su testimonio de la luz
verdadera, de aquella luz que es la única que tiene el poder de iluminar a todo
ser humano (cf. Jn 1,6-9). Esta luz verdadera se llama Jesús, el Cristo,
el Hijo de Dios hecho hombre para la salvación del mundo. Él es, en definitiva,
la “luz verdadera del mundo” y quien siga sus pasos nunca se perderá en las
tinieblas, sino que siempre encontrará en su interior la luz plena de la vida
(cf. Jn 8,12). Este es el núcleo de todo el cristianismo y es también el
impulso que lleva a los creyentes a transmitir en todo tiempo —también en el
nuestro— la fe que viven.
10. Jesús es realmente la luz verdadera que ilumina a todo ser humano,
porque lo que nadie había visto ni podía ver, Él lo reveló: el amor
incondicional que habita en el corazón de Dios-Trinidad. Esta es la buena
nueva del Evangelio del Hijo: Dios es amor para siempre y para todos (cf.
1 Jn 4,8). Es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta buena nueva, desconocida
hasta Jesús, es ahora capaz de conducirnos a la salvación y felicidad plenas y,
al mismo tiempo, por la gracia del Espíritu Santo, de poner de manifiesto y
purificar todo lo que pueda ser un obstáculo para la vida nueva que ella abre.
11. De manera aún más radical, Jesús anuncia la verdad de que, por este amor
del Padre, no existe ningún espacio humano marcado por el fracaso o el pecado
que no pueda ser reintegrado a su destino original. Es más, gracias a la acción
continua del Espíritu Santo, que actúa de maneras que solo Él conoce[4],
la luz y el poder de ese amor están siempre a disposición de todos, en cualquier
momento y lugar. Quien acoge esta revelación abandona para siempre el reino de
las tinieblas, abriéndose por fin a la luz de la vida y a una vida de luz.
12. Precisamente por esta razón, toda la existencia de Jesús está marcada
por el deseo de iluminar a cada ser humano con la buena nueva de Dios, que es
amor para siempre. Así, él va al encuentro de los demás con el corazón abierto y
libre, y se deja alcanzar por ellos. Se adecúa a los pasos de los hombres y
mujeres de su tiempo y se deja encontrar por ellos. Quien lo busca, lo
encuentra, y si lo busca es porque ya ha sido alcanzado por Cristo (cf. Fil
3,12). Jesús no pone obstáculos entre Él y la gente. Está siempre atento,
siempre presente, nunca distraído. Y su palabra nunca resulta abstracta. Quiere
dirigir continuamente el corazón y la mente de todos, sin excluir a nadie, hacia
la luz verdadera del amor del Padre, de su misericordia, que son, simplemente,
un amor y una misericordia para la vida buena de todos. La vida de cada uno es
digna de ser vivida en plenitud.
13. Además, aquellos que se abren a la luz de la revelación del amor de Dios
reciben de Jesús una palabra de perdón, una palabra de liberación, una palabra
de amor, una palabra de libertad, una palabra de vida, una palabra de esperanza
(cf. Lc 4,18-19). Jesús despierta en todos aquellos que van a su
encuentro, y se abren a Él con corazón sincero, un impulso de renovado interés y
amor por la vida: por la propia vida, por la de los demás y por la vida de todo
lo que existe (cf. Jn 14,6). El amor de Dios reconduce a cada hombre y a
cada mujer a las buenas razones de su propio ser en el mundo.
14. Con esto en la mente y en el corazón, el Jesús que narran los
evangelistas está siempre en camino. No espera. No crea un santuario propio ni
una escuela. Se mueve, viaja. Entra en las aldeas y ciudades de su pueblo y de
su tiempo. Se relaciona con la gente sencilla, pero también con quienes ocupan
cargos de poder público, religioso o político. A través de estos gestos y estas
palabras, Jesús lleva a cumplimiento la revelación confiada al pueblo de Israel
(cf. Mt 4,12-17; Mc 1,14-15; Lc 3,21-22).
15. Llama especialmente la atención la forma en que Jesús proclama el
evangelio del Dios que es amor para siempre y para todos. En su predicación son
numerosas las referencias a la vida cotidiana de la gente, al reino de los
animales y al mundo de los árboles, las plantas y las flores, al igual que
abundan las referencias a los oficios de su época, a la preparación de la comida
y a los juegos de los niños. Jesús muestra también un notable conocimiento del
uso de los números y recurre con frecuencia a la construcción de edificios o a
los fenómenos meteorológicos; conoce las monedas de su época y está
profundamente familiarizado con los distintos grupos religiosos presentes en
aquel momento y vinculados de diversas maneras al judaísmo. Es, sin duda, un
hombre que “mira” con plena atención e invita constantemente a todos a “mirar”
con la misma mirada el entramado de la creación y de la historia humana. Esta
es, en verdad, su certeza inquebrantable; cuando el corazón está libre de todo
egoísmo y de preocupaciones inútiles, se pueden reconocer las huellas del amor
de Dios incluso en el acontecimiento más pequeño y aparentemente insignificante
(cf. Lc 12,22-34), y es precisamente este mismo amor el que lo lleva a
expresarse a través del lenguaje de la vida cotidiana de la gente.
16. No es de extrañar, pues, que una predicación así, mientras conquista
fácilmente el corazón de la gente sencilla, que la siente tan cercana y
familiar, desconcierte y, en cierta medida, inquiete a quienes ostentan el poder
político y religioso del momento. Es como una luz capaz de poner de manifiesto
todo posible uso y abuso de ese poder: «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen.No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea
vuestro servidor» (Mt 20,25-26); «¡Ay de vosotros también, maestros de la ley, que cargáis a los hombres cargas
insoportables!» (Lc 11,46).
17. Al cumplir su misión, Jesús no se limita únicamente a anunciar el amor
incondicional de Dios. Da testimonio concreto de ese amor mediante una
predilección especial por todos aquellos que ya casi no esperan nada de nadie;
ni de sus familiares, ni de sus amigos, ni de sus compatriotas, ni de sus
correligionarios y tal vez ni siquiera del Dios de la Alianza de los Padres.
Debido a su situación de sufrimiento, provocada por enfermedades incurables o
por trágicos reveses del destino, estas personas suelen ser consideradas “los
últimos” de la sociedad. Sin embargo, son precisamente ellos quienes se
convierten en “los primeros” en el corazón del Señor Jesús (cf. Mt
20,16). De hecho, son estos “últimos/primeros” a quienes, más que a ningún otro,
Jesús invita a acercarse a la luz que ilumina a cada hombre y a cada mujer, es
decir, a la luz del amor del Padre. Así es como, con su cercanía, con sus
palabras y con sus milagros, Jesús reaviva en ellos la esperanza de poder seguir
teniendo esperanza, la confianza de poder seguir confiando, la posibilidad de
seguir teniendo posibilidades. Realiza en ellos el prodigio de poder seguir
creyendo en un milagro para su propia existencia.
18. A lo largo de su predicación, Jesús entra entonces, casi
inevitablemente, en su fundamento estructural, pero en cuya aplicación concreta
solían prevalecer actitudes de división y exclusión. Mientras que su Padre, que
está en los cielos, hace salir el sol sobre unos y otros (cf. Mt 5,45) y
hace llover sobre unos y otros, la discriminación y la separación entre las
personas constituían un rasgo muy extendido en el ámbito político y religioso de
su tiempo, al igual que en el nuestro. Al llevar la luz de un amor divino que
quiere reconectar a cada uno con su existencia, por muy atribulada que sea, con
las demás personas de su entorno y, en última instancia, con Dios mismo, con
vistas a una fraternidad de justicia y paz, Jesús no puede evitar chocar con los
poderes de su tiempo, dado que su mensaje tiene la fuerza de una autoridad (cf.
Mc 1,27). Al anunciar el rostro de amor de Dios, Jesús priva de todo
fundamento a ese ejercicio despótico del poder religioso y político de su época,
que ha olvidado su propia naturaleza de servicio y de unidad. Dios no bendice la
división, ni mucho menos la discriminación. Él es Padre y ama a todo ser vivo
(cf. Sab 1,13-14). Ninguna ley ni autoridad humana o religiosa podrá
jamás declarar a nadie indigno de su amor o del de los demás seres
humanos.
19. La tensión entre las palabras y los gestos de Jesús y las
incomprensiones con el poder de su tiempo alcanza su punto álgido con la
decisión de las autoridades religiosas y políticas de condenarlo a muerte. Su
predicación, acompañada de signos extraordinarios, debe ser detenida y reducida
al silencio para siempre. Así se decide su muerte en la cruz, a la que el poder
romano da su respaldo.
20. Pero esa condena a muerte no tiene la fuerza para apagar la “luz
verdadera del mundo”. Ese patíbulo injusto se convierte, en la economía de la
salvación, en el trono más elevado desde el que resuena con absoluta claridad el
mensaje evangélico y se manifiesta ante el mundo entero el poder iluminador del
Evangelio del Hijo. Y ese Evangelio es este: Dios es amor para todos,
Dios es misericordia para todos. Lo es verdaderamente para todos, y por eso
lo es también para aquellos que condenan y dan muerte al Hijo. El “sí” que Dios,
en Jesús, dice al ser humano y que mantiene ardientemente encendida la luz
verdadera del mundo, que es su Hijo, nunca puede transformarse en un “no”. El
amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo hacia la humanidad es un amor sin
reservas, sin límites, sin medida y, en definitiva, sin límites (cf. 1 Jn
4,7-8).
21. En los instantes finales de la vida terrenal de Jesús, encuentran su
pleno cumplimiento las maravillosas palabras del antiguo y maravilloso libro del
Cantar de los Cantares: «Las aguas caudalosas no podrán apagar el amor, ni anegarlo los ríos»
(8,7). La incomprensión y la obstinación que llevan a los líderes del pueblo a
condenar a Jesús, con la plena complicidad de las autoridades romanas, no logran
apagar su deseo de sacar a la humanidad de las tinieblas y de encender en ella
la luz de la vida. Es más, la buena y gran noticia del cristianismo es
precisamente esta: ni siquiera el poder de la muerte ha podido apagar la
verdadera luz del mundo.
22. Una es, por tanto, la certeza fundamental de los cristianos, sin la
cual, como dice el apóstol Pablo, todo sería vano: «Pero si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también
vuestra fe» (1 Cor 15,14). Esta misma conciencia se expresó también con
motivo del Sínodo de los jóvenes: «Vive Cristo, esperanza nuestra, y Él es la más hermosa juventud de este mundo.
Todo lo que Él toca se vuelve joven, se hace nuevo, se llena de vida»[5].Esto es lo que los discípulos del Señor, en todo tiempo, creen, anuncian y dan
testimonio con su vida: Cristo está vivo y quiere que todo ser humano esté vivo.
Él está siempre con nosotros y no nos abandona (cf. Mt 28,20). Por mucho
que una persona se aleje de Él, Jesús nunca se alejará de ella. A través de su
Iglesia, el Resucitado permanece en todo momento junto a cada uno, dispuesto a
iluminar con amor divino su existencia, llenándola de vida, de fuerza y de
esperanza. La comunión eclesial es hoy el lugar privilegiado en el que Cristo
sigue dejándose encontrar a través de hombres y mujeres transformados
progresivamente por su propia vida.
23. Para hacer posible su misión de ser luz del mundo, la Iglesia celebra
con alegría el cumplimiento de la gran promesa de Cristo: «El Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien
os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho» (Jn
14,26); «Él dará testimonio de mí;y también vosotros daréis testimonio» (Jn
15,26-27). Sin su acción en lo más íntimo de los corazones, resulta imposible
transmitir la verdadera luz de Cristo, como nos recuerda también la Secuencia de
Pentecostés: «Ven, […] Padre amoroso del pobre […] Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro». En Él depositamos nuestra confianza, mientras nos dispusimos a buscar los
diversos modos de cooperar con su gracia en la evangelización de nuestro tiempo.
A Él le pedimos el fervor y la alegría necesarios para responder con fidelidad a
esta llamada.
Capítulo II
La luz de la fe
24. A la luz de lo dicho hasta ahora, se comprende mejor el fundamento del
cristianismo tal y como lo expresó Benedicto XVI: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por
el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a
la vida y, con ello, una orientación decisiva»[6].
Un horizonte nuevo y una dirección decisiva son los de la alegría, como recuerda
el Papa Francisco al comienzo de
Evangelii gaudium: «La
alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se
dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío
interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría»[7] .
25. Señor Jesús, que nos pone en contacto con la luz verdadera del amor
divino, hace que no nos perdamos en las tinieblas y nos conduce a la vida. Es
precisamente en este sentido en el que se puede hablar de la luz de la fe,
tal y como se afirma en la homónima primera Carta encíclica del Papa Francisco,
y en cuya redacción también había contribuido Benedicto XVI: «La luz de la fe: la tradición de la Iglesia ha indicado con esta expresión el
gran don traído por Jesucristo, que en el Evangelio de san Juan se presenta con
estas palabras: “Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no
quedará en tinieblas” (Jn 12,46). También san Pablo se expresa en los mismos términos: «Pues el Dios que
dijo: “Brille la luz del seno de las tinieblas”, ha brillado en nuestros
corazones» (2 Co 4,6). En el mundo pagano, hambriento de luz, se había desarrollado el culto al
Sol, al Sol invictus, invocado a su salida. Pero, aunque renacía cada día, resultaba claro que no
podía irradiar su luz sobre toda la existencia del hombre. Pues el sol no
ilumina toda la realidad; sus rayos no pueden llegar hasta las sombras de la
muerte, allí donde los ojos humanos se cierran a su luz. “No se ve que nadie
estuviera dispuesto a morir por su fe en el sol”, decía san Justino mártir.
Conscientes del vasto horizonte que la fe les abría, los cristianos llamaron a
Cristo el verdadero sol, “cuyos rayos dan la vida”. A Marta, que llora la muerte
de su hermano Lázaro, le dice Jesús: “¿No te he dicho que si crees verás la
gloria de Dios?” (Jn 11,40). Quien cree ve; ve con una luz que ilumina todo el trayecto del camino,
porque llega a nosotros desde Cristo resucitado, estrella de la mañana que no
conoce ocaso»[8] .
26. La experiencia de la fe puede, así, imaginarse como el encuentro vital y
decisivo con ese “sol verdadero” que es Cristo, quien libera de las tinieblas y
llena de luz la existencia humana. Es una experiencia de luz que, por su propia
naturaleza, se irradia hacia otras vidas para iluminarlas con la misma luz;
estas, resplandeciendo a su vez, ampliarán el radio de propagación de la luz
originaria: la verdadera luz del mundo, que es Cristo. ¿Cómo no recordar, a este
respecto, las palabras del mismo Jesús dirigidas a sus discípulos: «Vosotros
sois la luz del mundo» (Mt 5,14)?
27. Es precisamente a este dinamismo al que debemos referirnos cuando
reflexionamos sobre el delicado tema de la transmisión de la fe en el contexto
contemporáneo, al que aquí se evoca como un tiempo de cambio de época. Así lo
confirma con extrema precisión el texto de la
Lumen fidei: «Quien se ha abierto al amor de Dios, ha escuchado su voz y ha recibido su luz,
no puede retener este don para sí. La fe, puesto que es escucha y visión, se
transmite también como palabra y luz. El apóstol Pablo, hablando a los
Corintios, usa precisamente estas dos imágenes. Por una parte dice: “Pero
teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: Creí, por eso
hablé,también nosotros creemos y por eso hablamos” (2 Co 4,13). La palabra recibida se convierte en respuesta, confesión y, de este modo,
resuena para los otros, invitándolos a creer. Por otra parte, san Pablo se
refiere también a la luz: “Reflejamos la gloria del Señor y nos vamos
transformando en su imagen” (2 Co 3,18). Es una luz que se refleja de rostro en rostro, como Moisés reflejaba la
gloria de Dios después de haber hablado con él: “[Dios] ha brillado en nuestros
corazones, para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios reflejada
en el rostro de Cristo” (2 Co 4,6). La luz de Cristo brilla como en un espejo en el rostro de los cristianos,
y así se difunde y llega hasta nosotros, de modo que también nosotros podamos
participar en esta visión y reflejar a otros su luz, igual que en la liturgia
pascual la luz del cirio enciende otras muchas velas. La fe se transmite, por
así decirlo, por contacto, de persona a persona, como una llama enciende otra
llama. Los cristianos, en su pobreza, plantan una semilla tan fecunda, que se
convierte en un gran árbol que es capaz de llenar el mundo de frutos»[9].
28. El mismo documento, en el número siguiente, recuerda además que «la transmisión de la fe, que brilla para todos los hombres en todo lugar, pasa
también por las coordenadas temporales, de generación en generación. Puesto que
la fe nace de un encuentro que se produce en la historia e ilumina el camino a
lo largo del tiempo, tiene necesidad de transmitirse a través de los siglos»[10].
Así pues, si por un lado la transmisión de la fe se asemeja al encendido de una
llama a partir de otra llama, en un contacto que podríamos calificar de
personal, por otro lado, la comunidad de los discípulos siempre se ha
sentido llamada a crear ocasiones en las que la fe pudiera transmitirse;
ocasiones en las que fuera posible para todos entrar en contacto con la
verdadera luz de la vida, aquella que libera de toda oscuridad y que se
encuentra en el Señor Jesús. Los discípulos sintieron, pues, el deber de
transmitir la fe; un deber que debe ser custodiado y honrado de generación en
generación.
29. La transmisión de la fe tiene su fundamento último en la iniciativa de
Dios, que en Cristo reveló su rostro y confió a los apóstoles la tarea de
anunciar el Evangelio a todos los pueblos. Esta misión, sin embargo, no concluyó
con la predicación apostólica, sino que continúa en la historia a través de la
Iglesia. El Concilio Vaticano II afirma, de hecho, que «la Iglesia, en su
doctrina, en su vida y en su culto, perpetúa y transmite a todas las
generaciones todo lo que ella es, todo lo que cree»[11].
La Iglesia es, así, el sujeto histórico y vivo en el que el Evangelio se
escucha, se custodia, se celebra y se actualiza continuamente bajo la acción del
Espíritu Santo. Por esta razón, la fe no se transmite, en primer lugar, como un
conjunto de contenidos doctrinales o de información religiosa, sino como una
forma de vida eclesial en la que el creyente se va introduciendo
progresivamente. El sujeto principal de la transmisión de la fe es, por tanto,
la Iglesia en su totalidad[12], la
cual, al tiempo que recibe incesantemente el don de la Palabra divina, lo
comunica y da testimonio de él mediante la predicación, la liturgia, la caridad
y la experiencia concreta de la comunión. Se puede afirmar, pues, con razón que
la Iglesia «es una Madre que nos enseña a hablar el lenguaje de la fe»[13].
Formas de transmisión de la fe
30. Conviene afirmar con claridad que la fuerza más auténtica de la misión
evangelizadora de la comunidad de los discípulos del Señor sigue siendo siempre
la de la atracción, como recordaba Benedicto XVI en la homilía de la Santa Misa de inauguración de la V Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano y del Caribe: «La misión de Cristo se realizóen el amor. Encendió
en el mundo el fuego de la caridad de Dios (cf. Lc 12, 49). El Amor es el
que da la vida; por eso la Iglesia es enviada a difundir en el mundo la
caridad de Cristo, para que los hombres y los pueblos “tengan vida y la tengan
en abundancia” (Jn 10, 10). […] La Iglesia se siente discípula y
misionera de este Amor: misionera sólo en cuanto discípula, es decir, capaz
de dejarse atraer siempre, con renovado asombro, por Dios que nos amó y nos ama
primero (cf. 1 Jn 4, 10). La Iglesia no hace proselitismo. Crece mucho más
por “atracción”: como Cristo “atrae a todos a sí” con la fuerza de su amor, que
culminó en el sacrificio de la cruz, así la Iglesia cumple su misión en la
medida en que, asociada a Cristo, realiza su obra conformándose en espíritu y
concretamente con la caridad de su Señor»[14]. Esta reflexión la ha hecho
suya también el Papa León XIV: «Hoy, con alegría, la retomo y la comparto con ustedes. Y los invito a ustedes y
a mí a prestar mucha atención a lo que elPapa Benedictoseñalaba como la “fuerza” que preside este movimiento de atracción: esa fuerza
es la Charis, es el Ágape, es el Amor de Dios que se encarnó en Jesucristo y que en el Espíritu Santo se
dona a la Iglesia y santifica todas sus acciones. En efecto, no es la Iglesia la
que atrae, sino Cristo, y si un cristiano o una comunidad eclesial atrae, es
porque a través de ese “canal” llega la savia vital de la caridad que brota del
Corazón del Salvador»[15].
La familia
31. Entre los ámbitos en los que la Iglesia está llamada a comunicar y a
hacer resplandecer la luz de Cristo, la familia constituye el primer y más
esencial lugar de transmisión de la fe. Ya en el Nuevo Testamento se pone de
manifiesto el papel de los familiares en la transmisión de la fe. A Timoteo, por
ejemplo, el apóstol Pablo se dirige diciendo: «Evoco el recuerdo de tu fe sincera, la que arraigó primero en tu abuela Loide y
en tu madre Eunice, y estoy seguro que también en ti» (2 Tim 1,5). Este
aspecto también lo subrayó el Papa León XIV: «En la familia, la fe se transmite junto con la vida, de generación en
generación: se comparte como el pan de la mesa y los afectos del corazón. Esto
la convierte en un lugar privilegiado para encontrar a Jesús, que nos ama y
siempre quiere nuestro bien»[16].
32. A lo largo de las décadas, además, con la formación y la consolidación
de las comunidades cristianas, surge también su papel activo en la tarea de
transmitir la fe. En particular, con la difusión de la práctica del bautismo de
los niños, la comunidad y la familia se sienten unidas en la responsabilidad
común de introducir a los más pequeños en el encuentro con el Señor Jesús. Se
trata de la conciencia de que, si los niños reciben la vida de sus padres, en el
bautismo obtienen «el sentido para vivirla: la fe. Cuando sabemos que un bien es esencial,
enseguida lo buscamos para aquellos a quienes amamos. ¿Quién de nosotros, en
efecto, dejaría a los recién nacidos sin ropa o sin alimento, esperando que de
mayores elijan cómo vestirse y qué comer? […S]i el alimento y el vestido son
necesarios para vivir, la fe es más que necesaria, porque con Dios la vida
encuentra la salvación»[17] .
33. En cualquier caso, sigue existiendo la necesidad de una profunda
integración entre la Iglesia y la familia, como recuerda claramente también la
Lumen fidei: «la estructura del bautismo destaca la importancia de la sinergia entre la
Iglesia y la familia en la transmisión de la fe. A los padres corresponde, según
una sentencia de san Agustín, no sólo engendrar a los hijos, sino también
llevarlos a Dios, para que sean regenerados como hijos de Dios por el bautismo y
reciban el don de la fe. Junto a la vida, les dan así la orientación fundamental
de la existencia y la seguridad de un futuro de bien, orientación que será
ulteriormente corroborada en el sacramento de la confirmación con el sello del
Espíritu Santo»[18]. A este respecto, resulta interesante el vínculo que se puede vislumbrar en la
Iglesia latina entre la liturgia del encendido del cirio pascual, preludio de la
gran celebración de la Pascua, centro y culmen de la fe cristiana, y la
celebración del Bautismo, puerta de esa misma fe, sobre todo en la referencia a
Cristo Luz, que debe ser acogido en la existencia de todo creyente.
34. En este contexto, cobra especial relevancia lo que el mismo documento
magisterial afirma más adelante: «En la familia, la fe está presente en todas las etapas de la vida, comenzando
por la infancia: los niños aprenden a fiarse del amor de sus padres. Por eso, es
importante que los padres cultiven prácticas comunes de fe en la familia, que
acompañen el crecimiento en la fe de los hijos. Sobre todo los jóvenes, que
atraviesan una edad tan compleja, rica e importante para la fe, deben sentir la
cercanía y la atención de la familia y de la comunidad eclesial en su camino de
crecimiento en la fe»[19].
35. Por el jesuita Aimé Duval, en la que se puede divisar la obra silenciosa
y casi natural del testimonio cristiano vivido por los padres frente a sus
hijos. Escribe el padre Duval, en el contexto del relato de su turbulenta
trayectoria humana y religiosa: «Era el quinto de una familia de nueve hijos.
Por delante de mí: Lucie, Marie, Hélène, Marcel; y después de mí: René, Raymond,
Suzanne y André. En esta familia, no aprendí la piedad de una manera efusiva ni
extraordinaria. Solo había la oración diaria de la noche, rezada juntos. Pero de
ella me recuerdo bien y la recordaré hasta que mis ojos se cierren
definitivamente. Mi hermana. Mi hermana Hélène recitaba las oraciones,
que eran largas para unos niños (un cuarto de hora). Se apresuraba, balbuceaba y
se saltaba partes hasta que mi padre le decía en dialecto: “Vuelve a empezar…
empieza de nuevo…”. Así aprendí, en aquel momento, que era necesario hablar con
el buen Dios con lentitud, seriedad y amable paciencia. Mi padre. Lo que
hoy me emociona es el recuerdo de la actitud de mi padre. Él, que siempre estaba
cansado por sus labores en el campo o por el transporte de los bueyes, él, que
mostraba sin vergüenza que estaba cansado al volver del trabajo, he aquí que,
después de cenar, se arrodillaba, con los codos apoyados en el asiento de una
silla, la frente entre las manos, sin mirar en absoluto a sus hijos a su
alrededor, sin moverse, sin toser, sin perder la paciencia. Y yo pensaba para
mis adentros: “Mi padre, que es tan fuerte, que manda en la casa y sobre sus dos
grandes bueyes, que se muestra orgulloso ante los reveses de la suerte y tan
poco tímido ante el alcalde, los ricos y los malvados, he aquí que se hace tan
pequeño ante el buen Dios. De verdad que hablar con Dios lo cambia. De verdad,
el buen Dios debe de ser alguien muy grande si mi padre se arrodilla ante él,
pero también alguien muy cercano si se le puede hablar con la ropa de trabajo…”.
Mi madre. En cuanto a mi madre, nunca la vi de rodillas. Demasiado
cansada, se sentaba en medio de la habitación, con el benjamín en brazos, el
vestido negro hasta los talones, su bonito pelo castaño suelto sobre el cuello y
todos los niños a su alrededor, apoyados en ella. Seguía con los labios las
oraciones de principio a fin, no quería perderse ni una pizca, las recitaba por
su cuenta. Lo más curioso es que no dejaba de mirarnos fijamente, cada uno de
nosotros estaba bajo su mirada. Una mirada más prolongada para los más pequeños.
Nos miraba fijamente, pero no decía nada, ni siquiera cuando los más pequeños se
retorcían y murmuraban, ni siquiera cuando el trueno estallaba sobre la casa, ni
siquiera cuando el gato tiraba una olla. Y yo pensaba para mis adentros: “La
verdad es que el buen Dios es muy amable si se puede hablar con él con un niño
en brazos y llevando puesto el delantal de trabajo. De verdad, el buen Dios es
alguien importante si el gato o el trueno ya no tienen ninguna importancia”. Las
manos de mi padre, los labios de mi madre, son estas cosas las que me han
enseñado sobre el buen Dios más que el catecismo. Él es Alguien, es Alguien
cercano. Con él se puede hablar incluso cuando has estado trabajando»[20].
36. Este conmovedor relato de una iniciación sencilla y alegre de los más
pequeños al misterio de Dios, hecha posible gracias al testimonio de los padres,
confirma plenamente la intuición a la que ha hecho referencia en repetidas
ocasiones el Papa Francisco: la fe debe transmitirse, en el seno de la familia,
“en dialecto”. Con motivo de la fiesta del Bautismo del Señor, el 7 de enero de
2018, así se dirigía a los padres que habían llevado a sus hijos al bautismo:
«Quisiera deciros solo una cosa, que se refiere a vosotros [padres]: la
transmisión de la fe se puede hacer solo “en dialecto”, en el dialecto de la
familia, en el dialecto de papá y mamá, del abuelo, de la abuela.Después
llegarán los catequistas para desarrollar esta primera transmisión con ideas,
con explicaciones... Pero no os olvidéis de esto: se hace “en dialecto” y si
falta el dialecto, si en casa no se habla entre los padres en la lengua del
amor, la transmisión no es tan fácil, no se podrá hacer»[21].
Este punto también lo reafirmó el Papa León XIV: «Los primeros catequistas son nuestros padres, aquellos que hablaron con nosotros
primero y nos enseñaron a hablar. Así como aprendimos nuestra lengua materna,
del mismo modo el anuncio de la fe no puede delegarse a otros, sino que se
realiza allí donde vivimos, principalmente en nuestras casas, alrededor de la
mesa. Cuando hay una voz, un gesto, un rostro que lleva a Cristo, la familia
experimenta la belleza del Evangelio»[22].
37. Así, hasta hace poco, la transmisión de la fe encontraba precisamente en
el ámbito familiar el lugar principal para el relevo entre generaciones. Son
sobre todo los padres quienes constituyen ese primer “tabernáculo” en el que los
pequeños pueden vislumbrar toda la belleza y la fuerza de ser discípulos del
Señor Jesús. Este testimonio se materializa en un entramado de gestos sencillos
y cotidianos: la oración personal y en pareja, la lectura del Evangelio, el
recuerdo de las palabras y los gestos de Jesús, la memoria de los santos
patronos, la invocación constante de la protección maternal de la Virgen María,
la participación en la misa dominical, la visita a los santuarios y las diversas
formas de piedad popular, la atención a los más pobres y desfavorecidos, pero
también a través de la oración de acción de gracias antes de las comidas y la
bendición del Señor con motivo de los cumpleaños de alguno de los miembros de la
familia, así como la devota preparación del belén con motivo de las fiestas
navideñas.
38. Sin embargo, hay que constatar que esta situación favorable se está
perdiendo progresivamente. De hecho, como se verá más adelante con mayor
detalle, uno de los rasgos característicos de nuestra época es el hecho de que,
aunque mantiene su importancia en algunas regiones de África y Asia, la
transmisión de la fe en el ámbito familiar se ha interrumpido en muchas partes
del mundo[23]. En consecuencia, la
transmisión a las nuevas generaciones de la experiencia de la fe cristiana ya no
se produce de manera, por así decirlo, “automática”.
La comunidad eclesial
39. Solo en este punto, y en una segunda etapa, la comunidad eclesial entra
en el proceso de transmisión de la fe. Lo que una persona ha recibido de sus
padres —el testimonio creyente de Jesús, que reveló plenamente el rostro del
amor infinito de Dios, liberando a los seres humanos de las tinieblas y
abriéndolos a la verdadera luz de la vida— encuentra en la Iglesia los
instrumentos y las ocasiones para que se convierta en el principio fundamental
de su forma de ver el mundo. A través de la catequesis, la celebración de los
sacramentos, los diversos espacios que favorecen una participación activa en la
vida comunitaria —tal y como propone el actual camino sinodal—, el compromiso
con los más desfavorecidos y el encuentro en la casa del Señor los domingos, se
alcanza esa madurez de la fe que consiste, en última instancia, en mirar todo
“con los ojos de Jesús”.
40. De hecho, gracias a la acción coordinada entre los padres y la comunidad
eclesial, cada uno aprende que en «la fe, Cristo no es sólo aquel en quien creemos, la manifestación máxima del
amor de Dios, sino también aquel con quien nos unimos para poder creer. La fe no
sólo mira a Jesús, sino que mira desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos:
es una participación en su modo de ver»[24]. Esta es la plena realización del proceso que aquí denominamos transmisión de la
fe: permitir que cada uno alcance tal intimidad con el Señor Jesús que pueda,
por fin, mirarse a sí mismo, a los demás, al mundo y al misterio de Dios con los
mismos ojos de Jesús. Así se percibe que el acompañamiento de la comunidad es
esencial no solo para acoger el Evangelio, sino también para permanecer fieles
al don recibido, ya que es muy difícil perseverar en soledad.
41. Hay que constatar asimismo que, en los países de antigua tradición
cristiana, este contexto de transmisión de la fe parece hoy comprometido, ya que
se caracteriza cada vez más por la presencia de «“personas bautizadas que no
viven las exigencias del Bautismo”, no tienen una pertenencia cordial a la Iglesia y ya no experimentan el
consuelo de la fe. La Iglesia, como madre siempre atenta, se empeña para que
vivan una conversión que les devuelva la alegría de la fe y el deseo de
comprometerse con el Evangelio»[25]. Además, crece, sobre todo entre los jóvenes, el número de quienes no conocen a
Jesús ni el Evangelio.
42. Precisamente por esta razón, la transmisión de la fe exige hoy, de
manera especial, la evangelización de los adultos y que se supere una acción
pastoral centrada únicamente en la catequesis de los niños y adolescentes.
Capítulo III
El cambio de época
43. Merece una atención especial el contexto de la transmisión de la fe
objeto de las presentes Consideraciones, expresado a través de la categoría de “cambio de época”. Como es sabido, fue
el Papa Francisco quien dio a conocer esta expresión en su discurso a la Curia
romana con motivo del intercambio de felicitaciones navideñas, el 21 de
diciembre de 2019, al afirmar que: «No estamos viviendo simplemente una época de
cambios, sino un cambio de época. Por tanto, estamos en uno de esos momentos en que los cambios no son más
lineales, sino de profunda transformación; constituyen elecciones que
transforman velozmente el modo de vivir, de interactuar, de comunicar y elaborar
el pensamiento, de relacionarse entre las generaciones humanas, y de comprender
y vivir la fe y la ciencia»[26].
Como ya recordaba hace más de diez años el Documento final de la V
Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, celebrada en
mayo de 2007 en Aparecida (Brasil), de ese cambio «cuyo nivel más profundo es el
cultural. Se desvanece la concepción integral del ser humano, su relación con el
mundo y con Dios»[27].
44. Esta situación está vinculada fundamentalmente a la crisis del modelo
cultural de la modernidad, que afecta de manera especial al contexto europeo.
Cabe preguntarse, por tanto, si hablar de “cambio de época”, en singular, hace
plena justicia a los procesos a los que se enfrentan las Iglesias en todas
partes del mundo. La respuesta a esta pregunta es sin duda afirmativa, al menos
si nos mantenemos en un plano general, por razones relacionadas con el conocido
fenómeno de la globalización, que ha favorecido la difusión efectiva del influjo
de la cultura occidental en todas las regiones del planeta. Por otra parte, es
innegable que algunas experiencias, como la tragedia de la pandemia del
COVID-19, han reforzado la conciencia generalizada de pertenecer a una única
familia, aunque no faltan tendencias que se mueven en dirección opuesta[28].
45. La urgencia de abordar las cuestiones surgidas por este cambio de época
también fue puesta de manifiesto por el Papa León XIV en su primera Carta
encíclica
Magnifica humanitas: «Estamos viviendo una rápida fase de transición, un “cambio de época” en el que
—mientras algunos se disputan el futuro de las nuevas tecnologías y otros se
dedican a reflexionar sobre ellas— la mayoría de las personas permanece a la
espera, observa desde lejos y simplemente aguarda a que todo salga bien.
Precisamente por eso se imponen en nuestra conciencia preguntas decisivas, que
ya no pueden eludirse: ¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia qué meta deseamos orientarnos?
¿Qué dirección elegir como comunidad humana y como pueblos?»[29].
El Santo Padre ha destacado los rasgos generales de dicho cambio: «La
inteligencia artificial y otras innovaciones están remodelando nuestra
concepción del trabajo y de las relaciones, e incluso planteando preguntas sobre
la identidad humana. La degradación ecológica amenaza nuestra casa común. Los
sistemas políticos a menudo no responden al clamor de los pobres. El populismo y
la polarización ideológica agravan las divisiones entre las naciones. Muchos se
ven afectados por el consumismo, el individualismo y la indiferencia»[30].
A ello se puede sumar también la creciente brecha económica, que, con
frecuencia, conduce a la desestabilización de regiones enteras. Se trata de
factores globales que conllevan profundos cambios sociales. Estas
transformaciones afectan prácticamente a todos los contextos culturales y no
dejan de lado ni siquiera a la Iglesia, ya que esta está encarnada en la
historia y participa en la vida de los pueblos.
46. Por un lado, de hecho, el atractivo que ejerce un estilo de vida
económicamente acomodado y la legítima aspiración a unas mejores condiciones de
existencia, favorecida también por el mencionado desarrollo tecnológico,
contribuyen a la difusión de mentalidades materialistas e individualistas en
todos los continentes. Esto, junto con otros factores, alimenta a nivel global
el fenómeno de las migraciones, a menudo marcado por aspectos dramáticos. Por
otro lado, estos mismos procesos, incluso en los países de antigua
evangelización, han favorecido la formación de contextos multiculturales en los
que, junto al secularismo, conviven las instancias culturales propias de pueblos
diversos, llamados a afrontar el reto de una convivencia pacífica. Por lo tanto,
es necesario reconocer que estas dinámicas no se viven de manera uniforme en las
distintas regiones del planeta. Del mismo modo, cabe destacar que la relación
con la modernidad occidental —que caracteriza sobre todo a un perfil concreto de
Iglesia— se manifiesta de formas diferentes según las culturas a las que
pertenecen las distintas comunidades cristianas. Esta realidad es reconocida por
el Papa León XIV: «El Pueblo de Dios no sólo está compuesto por muchos pueblos, sino que en su
interior está tejido de funciones, vocaciones, culturas y tradiciones diversas,
llamadas a apoyarse y enriquecerse mutuamente. […] La tensión fecunda entre la universalidad de la misión y el arraigo local forma
parte íntima de la vida de la Iglesia: ella lleva en su aliento el horizonte del
mundo entero, pero asume las preguntas de cada contexto como el lugar real en el
que el Evangelio cobra vida»[31].
Se puede concluir, por tanto, que uno de los aspectos más relevantes del
cambio de época se refiere al establecimiento de una nueva relación entre la fe
—y, por tanto, su transmisión— y las culturas.
La crisis de la transmisión de la fe
47. Un aspecto característico del cambio de época que afecta, por diferentes
motivos, sobre todo a Occidente —es decir, a aquellos países en los que la fe
cristiana ha tenido también una relevancia sociológica mayoritaria— se refiere a
la crisis de la transmisión generacional de la fe cristiana. Esto es lo
que ya había señalado
Evangelii gaudium: «Tampoco podemos ignorar que en las últimas décadas se ha producido una ruptura
en la transmisión generacional de la fe cristiana en el pueblo católico. Es
innegable que muchos se sienten desencantados y dejan de identificarse con la
tradición católica, que son más los padres que no bautizan a sus hijos y no les
enseñan a rezar, y que hay un cierto éxodo hacia otras comunidades de fe»[32].
48. Esto tiene mucho que ver, sobre todo en Europa, Estados Unidos de
América y Canadá, pero también en Australia y Nueva Zelanda, con una fase
avanzada de secularización, que ha provocado una crisis relevante del
cristianismo vivido en el ámbito doméstico. En realidad, cada vez son menos los
padres que cumplen con la tarea de poner a sus hijos en contacto con la luz viva
del mensaje evangélico. Es precisamente de estos contextos familiares de donde
procede la mayoría de los jóvenes, hombres y mujeres, que, a pesar de haber
frecuentado los ambientes católicos de la parroquia, acaban viviendo la
transición a la edad adulta con una actitud de indiferencia religiosa
sustancial. Para estas personas que, a pesar de haber recibido el bautismo, han perdido el sentido
cristiano de la vida, Jesús, su mensaje de amor, esa luz que vino a irradiar en la historia humana, ya
no representa ni un elemento esencial de su propia identidad ni un recurso
fiable para discernir lo que es justo hacer con vistas a una vida humanamente
digna.
49. Sin embargo, esto no afecta únicamente al llamado Occidente avanzado. En
Europa del Este, por ejemplo, que ha sufrido la grave prueba de los regímenes
totalitarios comunistas y la consiguiente instauración de una sociedad basada en
el ateísmo de Estado —cuyos efectos, no obstante, no han sido los mismos en
todas partes— fue la generación de los actuales padres la que sufrió la
interrupción de la transmisión de la fe. Así lo atestiguan, en particular, los
obispos de los territorios de la antigua Unión Soviética, quienes han podido
constatar «que la fe había pasado de las abuelas […] a los nietos, pero sin la
implicación directa de la generación intermedia. Como consecuencia de ello, la
generación de los “nietos” no ha encontrado en sus padres una fe vivida en la
experiencia cotidiana»[33]. Los
obispos de Albania también ofrecen testimonios similares[34].
Por ello, concluyen los obispos de la Iglesia greco-católica de Hungría, «ya no
podemos dar por sentado que los padres transmitan automáticamente la fe a sus
hijos. Lo que en el pasado resultaba eficaz, en la situación actual ya no
produce los mismos frutos»[35].
50. Esta ruptura en la transmisión de la fe en la familia también se observa
en América Latina y el Caribe, donde se manifiesta sobre todo como una
interrupción de la continuidad orgánica entre la familia y la sociedad. De
hecho, como señalan los obispos de Chile: «Durante décadas se dio por descontado
que existía una cierta continuidad entre familia, escuela, cultura y comunidad
eclesial. En ese marco, la fe podía ser descrita como algo que se transmitía
relativamente de manera orgánica de una generación a otra»[36].
A este respecto, los obispos de las Antillas observan un debilitamiento de la
continuidad generacional[37], sobre
todo en lo que se refiere a la catequesis y la práctica sacramental. En otro
contexto, como el de Panamá, donde la fe sigue estando muy presente en las
manifestaciones populares y en los momentos importantes de la vida, se percibe
que la fe «ya no se transmite de manera natural dentro de las familias»[38].
En Colombia, como en otros lugares del planeta, son los abuelos quienes suplen
las carencias de la catequesis doméstica, en paralelo a la parroquial[39];
en otras zonas, en cambio, por motivos relacionados con la cultura local, se
llega incluso a posponer el bautismo de los hijos hasta una edad más adulta,
como ocurre en la Amazonía peruana[40].
En definitiva, todos estos testimonios muestran que ha dejado de existir una
especie de “automatismo” en la transmisión de la fe.
51. Un problema similar afecta también a la mayoría de las Iglesias de Asia,
sobre todo en las regiones más avanzadas tecnológicamente. En estos casos, sin
embargo, se trata de un cristianismo que siempre ha sido minoritario a nivel
social y que solo recientemente está experimentando algunas dificultades en la
transmisión familiar de la fe. En Corea, por ejemplo, los obispos observan que,
debido a la preocupación de los padres, sobre todo por la carrera académica y
profesional de sus hijos, la tarea de la catequesis de los más jóvenes recae
principalmente en los abuelos[41].
También los obispos de Malasia, Singapur y Brunei denuncian que se da prioridad
a las exigencias de la carrera profesional, mientras que la formación espiritual
se reduce progresivamente al uso personal de los medios de comunicación modernos[42].
En Bangladés se observa una situación análoga, agravada aún más por un contexto
social de mayoría musulmana[43]. En
Japón, en cambio, se encuentran dificultades en ciertos aspectos similares a las
del mundo occidental, sobre todo en lo que se refiere a la catequesis parroquial
y a la gran difusión de los matrimonios entre miembros de tradiciones religiosas
diferentes que, de alguna manera, obstaculizan la transmisión de la fe en el
ámbito doméstico[44]. Esto también
ocurre en los países de Asia Central, que en su día formaron parte del bloque
soviético, en los que la Iglesia sigue siendo, no obstante, una realidad
minoritaria y vive condiciones análogas a las de las comunidades de Europa del
Este, donde durante varias décadas sobrevivió, bajo regímenes totalitarios, una
«Iglesia del silencio»[45].
52. A pesar de la gran variedad de contextos, ni siquiera África está exenta
de dinámicas que interrumpen la transmisión generacional de la fe. En primer
lugar, esto se debe a una cierta secularización de las costumbres provocada por
la influencia de un estilo de vida occidental, que han hecho suyo sobre todo las
generaciones más jóvenes. Sin embargo, existen también otros factores,
relacionados principalmente con la relación con las culturas locales. En
particular, se observa que una labor de inculturación del Evangelio que no se ha
llevado a cabo plenamente, a pesar de las manifestaciones públicas de la
religión aún muy extendidas en la vida social, conduce a una fe superficial,
desprovista de raíces y más expuesta a influencias externas. Así lo atestiguan,
por ejemplo, los obispos del África del Sur: «a pesar de que el cristianismo
está ampliamente difundido, a menudo se queda en un nivel superficial, por lo
que necesita una encarnación más profunda del Evangelio en la espiritualidad
africana»[46]. Por lo tanto, uno de
los principales retos para la transmisión de la fe, que caracteriza de manera
transversal al continente africano, se refiere a la creciente competencia, cada
vez más agresiva, ejercida por movimientos religiosos de diversa procedencia y
el retorno a las prácticas religiosas tradicionales incluso después de haber
recibido el bautismo[47].
53. Sin entrar en la complejidad de las causas que han dado lugar a tales
transformaciones, es dentro de este contexto de verdadera reescritura de las
condiciones fundamentales de la existencia humana donde debe colocarse la crisis
de la transmisión generacional de la fe y el reto que esta representa para la
Iglesia. En el pasado, dichas condiciones se interpretaban sobre todo desde la
perspectiva del cristianismo, tanto en la sociedad en su conjunto como en el
seno de las comunidades particulares. En términos más generales, hay que
reconocer que no solo está en crisis la transmisión de la fe, sino también una
determinada visión del ser humano y de sus valores fundacionales y
fundamentales, que había encontrado precisamente en el Evangelio su plenitud. La
crisis de la modernidad, símbolo del cambio de época, ha contribuido así al
nacimiento de una nueva cultura, que ha entrado en competencia con las
estructuras tradicionales de transmisión de la fe. Esto ha llevado, a su vez, a
la crisis del llamado modelo de cristiandad, acompañada de la percepción
generalizada, en diversas partes del mundo, de que la tarea de los sacerdotes se
limita a menudo al “mantenimiento” de las estructuras existentes, mientras que
el mundo que les rodea ha cambiado radicalmente.
Una nueva cultura extendida
54. Partiendo de esta situación,
Evangelii gaudium
invita a la
siguiente constatación: «Nuevas culturas continúan gestándose en estas enormes geografías humanas [las
metrópolis] en las que el cristiano ya no suele ser promotor o generador de
sentido, sino que recibe de ellas otros lenguajes, símbolos, mensajes y
paradigmas que ofrecen nuevas orientaciones de vida, frecuentemente en contraste
con el Evangelio de Jesús. Una cultura inédita late y se elabora en la ciudad.
El Sínodo [de 2012 sobre la Nueva Evangelización] ha constatado que hoy las
transformaciones de esas grandes áreas y la cultura que expresan son un lugar
privilegiado de la nueva evangelización. Esto requiere imaginar espacios de
oración y de comunión con características novedosas, más atractivas y
significativas para los habitantes urbanos. Los ambientes rurales, por la
influencia de los medios de comunicación de masas, no están ajenos a estas
transformaciones culturales que también operan cambios significativos en sus
modos de vida»[48].
55. Se trata, por tanto, de plantearse la cuestión de la transmisión de la
fe en el contexto de esa cultura inédita que hoy se expande desde el corazón de
las ciudades hacia las periferias y se extiende a las zonas rurales. Se trata de
una cultura omnipresente y profundamente influyente, como señalan los obispos de
los Estados Unidos de América: hoy en día, los fieles «tienden a estar más
absortos en la cultura que en la fe. La cultura, a través de los medios de comunicación y el discurso
público, moldea la forma de pensar de los católicos [...] más de lo que lo hacen
la fe, la tradición y la devoción»[49].
El mismo fenómeno se observa en muchos otros contextos, sobre todo en aquellos
marcados mayormente por la cultura occidental y por un estilo de vida urbano.
Tal y como denuncian los obispos de Rumanía, la rápida secularización de dichas
sociedades hace que «la falta de práctica religiosa ya no se perciba socialmente
como una ausencia que haya que justificar»[50]. Por lo tanto, en el caso de los países de antigua evangelización, ya se puede
hablar de sociedades post-cristianas.
56. La tendencia de esta cultura inédita parece consistir en la exaltación
de la “soberanía del yo”, que pretende sentirse autónomo y libre para gestionar
todos los aspectos de su propia existencia, sometiendo a sus propias necesidades
a los demás seres humanos y a la misma realidad que le rodea. Se trata de la
difusión de un individualismo cada vez más acentuado, que genera separación,
división, envidia, celos, abuso de poder, narcisismo y egolatría. Me vienen a la
mente las contundentes palabras de la encíclica
Fratelli tutti: «El individualismo no nos hace más libres, más iguales, más hermanos. La mera
suma de los intereses individuales no es capaz de generar un mundo mejor para
toda la humanidad. Ni siquiera puede preservarnos de tantos males que cada vez
se vuelven más globales. Pero el individualismo radical es el virus más difícil
de vencer. Engaña. Nos hace creer que todo consiste en dar rienda suelta a las
propias ambiciones, como si acumulando ambiciones y seguridades individuales
pudiéramos construir el bien común»[51].
57. Este individualismo generalizado es quizás uno de los efectos más
evidentes de ese largo proceso de secularización que ha invadido la conciencia
humana contemporánea, especialmente en los contextos occidentales, privándola
del aliento y del horizonte de la trascendencia. Como afirma
Evangelii gaudium, «el proceso de secularización tiende a reducir la fe y la Iglesia al ámbito de lo
privado y de lo íntimo. Además, al negar toda trascendencia, ha producido una
creciente deformación ética, un debilitamiento del sentido del pecado personal y
social y un progresivo aumento del relativismo, que ocasionan una desorientación
generalizada, especialmente en la etapa de la adolescencia y la juventud, tan
vulnerable a los cambios»[52].
58. Todo ello tiene, naturalmente, repercusiones en el proceso de
transmisión de la fe. Entre los fenómenos señalados por los obispos, además de
las dificultades ya mencionadas relativas a la familia, se encuentra la
separación sustancial entre el individuo y la comunidad, tal y como observan los
obispos españoles: «Persona y familia sufren las consecuencias en la crisis
cultural y social que acompaña a este proceso, y, a su vez, se convierten en
causa de su avance, por su debilitamiento en la transmisión de la fe y en el
consiguiente agrietamiento de vínculos imprescindibles para la vida en sociedad»[53]. Esto significa que al individuo le cuesta integrarse en una tradición que le
precede, en un “nosotros” que da forma no solo a su forma de pensar y de sentir,
sino también a su forma de creer. De ello se deduce que, sobre todo los más
jóvenes, quedan a merced de las modas del momento, como observan los obispos de
Brasil: «La progresiva pérdida del sentido de pertenencia a la Iglesia, unida a
la difusión de formas subjetivas de religiosidad, ha debilitado los procesos
tradicionales de iniciación cristiana. En este contexto, ya no se puede dar por
sentado que el bautismo conduzca automáticamente a una fe madura e integrada en
la vida de la comunidad»[54]. Como consecuencia, en tales contextos la fe se percibe sobre todo como un
asunto privado, tal y como subrayan los obispos austriacos: «La religión se
privatiza cada vez más en nuestra sociedad, con la tendencia a excluirla del espacio público. [...] No es posible, por así
decirlo, enterrar la experiencia cristiana en el corazón sin que ello tenga
repercusiones en la realidad del mundo y de la sociedad»[55] . Todo ello se ve agravado aún más en aquellos países, como Francia y
Canadá, en los que el laicismo se plasma también en el ámbito legislativo,
limitando la libertad de manifestar la propia fe en los lugares públicos.
Las tecnologías digitales
59. Uno de los signos más evidentes del cambio de época que estamos viviendo
es, sin duda, la difusión de las tecnologías digitales. Estas últimas, como
observa el Papa León XIV en
Magnifica humanitas, han dado lugar al
afianzamiento de «una situación nueva, en la que el poder y la omnipresencia de las tecnologías
emergentes se entrelazan con el tejido de la vida cotidiana, moldean los
procesos de toma de decisiones e inciden profundamente en el imaginario
colectivo»[56]. En particular,
prosigue el documento, «la omnipresencia de los medios digitales genera una cultura de la inmediatez y
la sobreestimulación, que alimenta el cansancio, el aburrimiento y la apatía
ante el esfuerzo que supone buscar la verdad»[57].
Como ya señalaba el Sínodo sobre la sinodalidad en el Informe de Síntesis
de la primera sesión de 2023, «la cultura digital representa un cambio
fundamental en el modo con que concebimos la realidad y nos relacionamos con
nosotros mismos, entre nosotros, con el ambiente que nos rodea e, incluso, con
Dios»[58]. Sobre todo, en las
nuevas generaciones, dicha cultura se caracteriza no solo, como a menudo se
subraya, por un mayor acceso al conocimiento, sino también por una mutación de
las mismas categorías de pensamiento y, en última instancia, de la forma de
relacionarse con la realidad. Si, además, consideramos los escenarios que abre
la irrupción de la inteligencia artificial, se perfila el riesgo, cada vez más
concreto —como ha recordado el Santo Padre—, de que dicha cultura conduzca a
«modificar radicalmente algunos de lospilares fundamentales de la civilización
humana, que a veces damos por descontado. Simulando voces y rostros humanos,
sabiduría y conocimiento, conciencia y responsabilidad, empatía y amistad, los
sistemas conocidos como inteligencia artificial no solo interfieren en los
ecosistemas informativos, sino que también invaden el nivel más profundo de la
comunicación, el de la relación entre las personas. El desafío, por tanto, no es
tecnológico sino antropológico»[59].
Esto tiene importantes consecuencias para la inculturación de la fe.
60. La difusión de las tecnologías digitales y los avances en inteligencia
artificial, como es natural, también afectan a la fe y a la religión. Si, por un
lado, en el mundo digital no faltan las ocasiones para compartir testimonios de
vida y experiencias espirituales, además de permitir una difusión más amplia de
los contenidos de la catequesis en comparación con los medios disponibles en el
pasado, las nuevas tecnologías ofrecen sin duda posibilidades inéditas de
evangelización. Por otro lado, sin embargo, en algunos contextos la propuesta de
fe corre el riesgo de quedar desencarnada, desvinculada de la vida concreta o
ligada a ideologías promovidas por minorías ruidosas. Esto puede dar lugar a
deformaciones de la propia fe o de la conciencia, o bien inducir a las personas
a construirse una supuesta fe “a su medida”, modelada según sus propios gustos y
preferencias, en lugar de la enseñanza de la Iglesia.
61. Además, se ha observado que la cultura digital tiende a remodelar
algunas categorías fundamentales del pensamiento, como el espacio, el tiempo y
la autoridad, que constituyen elementos esenciales del propio concepto de
tradición. Por lo tanto, al cambiar la forma de concebir esta última, la
transmisión de la fe no puede sino verse transformada desde sus cimientos. En
cuanto al espacio, como ya se ha mencionado, se atenuaría, aunque sin
desaparecer, el sentido de pertenencia a un contexto local y concreto, ya que
las personas están al mismo tiempo integradas en una red global, en la que las
distancias físicas parecen relativizarse, si no superarse por completo. En
cuanto al tiempo, cambiaría, por el contrario, el significado mismo de la
memoria: el hecho de que todos los contenidos subidos a la red permanezcan
indefinidamente, junto con la rapidez que caracteriza los intercambios entre las
personas, contribuye a que se pierda un sentido genuino de la historia y del
pasado, ya que todo queda aplanado en una especie de presente eterno. Esto hace
que los usuarios de la red sean especialmente sensibles a las modas del momento.
62. En lo que respecta a la autoridad, hay que prestar mucha atención a la
advertencia del Papa León XIV en su primera Encíclica
Magnifica humanitas:
«Herramientas que podrían favorecer el debate y la participación se utilizan a
menudo para construir narrativas sesgadas y difuminar los límites entre lo
verdadero y lo falso, mezclando datos y opiniones. La desinformación no surge
con la IA, pero encuentra hoy en ella un potente multiplicador. La posibilidad
de manipular contenidos, imágenes y vídeos expone a los ciudadanos a
perspectivas parciales o engañosas. El problema afecta a la dimensión cultural y
moral, ya que la calidad de la comunicación pública depende directamente de la
confianza social y repercute en ella. Una información veraz, de hecho, no surge
de un control centralizado o automatizado. En el discurso público, la verdad de
los hechos tiene una dimensión racional, ya que requiere verificación, cotejo de
fuentes y responsabilidad argumentativa; pero es aún más relacional: se
construye a través de vínculos de confianza y prácticas compartidas, en un
diálogo honesto con los demás y con el mundo»[60].
Por lo tanto, el acceso generalizado a múltiples fuentes de conocimiento y, al
mismo tiempo, la presencia de un gran número de voces situadas todas en el mismo
plano, cuyo único criterio de discriminación es la eficacia comunicativa, ponen
en grave crisis la credibilidad de las instituciones tradicionales, ya que para
muchos ya no está claro quién es realmente capaz de ofrecer una palabra
autorizada sobre las cuestiones fundamentales de la vida humana.
Nuevas fronteras de la evangelización
63. Sin embargo, una visión realista de esta situación no debe llevarnos a
desesperarnos por el futuro de la Iglesia. Entre las oportunidades que ofrece el
Espíritu Santo en el contexto actual de cambio de época, se encuentra, de hecho,
la de una adhesión a la fe más consciente y convencida, tal y como sostienen los
obispos belgas: se trata de «una ocasión positiva para permitir que las personas elijan conscientemente profundizar en su propia fe»[61]. Una actitud similar se observa también en un contexto geográficamente lejano,
como el de Chile, cuyos obispos señalan que «la fe ya no puede ser presupuesta como herencia cultural estable ni como
adhesión espontánea a un universo simbólico compartido. Más bien, aparece como
una propuesta que debe ser acogida en libertad, acompañada en procesos y
validada existencialmente»[62].
Además, no podemos olvidar un fenómeno que está afectando a las zonas más
secularizadas de Europa y América, a saber, el número creciente de conversiones
y retornos a la Iglesia, sobre todo por parte de jóvenes y adultos jóvenes. Es
especialmente relevante el caso de Francia, donde, frente a un descenso
generalizado de los bautismos infantiles y de la práctica religiosa, se registra
un crecimiento excepcional y constante de las solicitudes para recibir el
sacramento del Bautismo por parte de jóvenes y adultos. Según los resultados de
una encuesta realizada por encargo de la Conferencia Episcopal Francesa, el
número de adultos que recibieron el bautismo en 2026 aumentó un 28 % con
respecto al año anterior, hasta el punto de que se ha más que triplicado en
comparación con la cifra de 2016. Como ya se ha mencionado, este fenómeno afecta
sobre todo a las nuevas generaciones: la gran mayoría tiene menos de 40 años y,
de ellos, aproximadamente la mitad se sitúa en el grupo de edad comprendido
entre los 18 y los 25 años. Según los testimonios recopilados, entre los motivos
que llevan a solicitar el sacramento se encuentran el acercamiento a la fe tras
un momento de crisis (por ejemplo, un duelo o una enfermedad), haber vivido
experiencias espirituales y de belleza, o el contacto con otros creyentes, tanto
a nivel personal como en las redes sociales[63].
64. A nivel estadístico general, este fenómeno sigue afectando a porcentajes
relativamente limitados en comparación con la población total; sin embargo, esto
no quita que se trate, en cualquier caso, de acontecimientos nada desdeñables y
siempre motivo de alegría. No obstante, cabe señalar que una visión más amplia
de la situación sugiere adoptar una actitud prudente a la hora de evaluar esta
realidad. De hecho, si bien, por un lado, se registra un aumento efectivo en la
demanda de los sacramentos de la iniciación cristiana en esas zonas altamente
secularizadas, por otro lado, se observa una dificultad paralela en la
perseverancia de los neófitos, quienes a menudo, poco tiempo después de recibir
el bautismo, vuelven a un estado de indiferencia práctica. Por esta razón,
aunque conviene evitar actitudes triunfalistas al respecto, no se puede negar
que estos fenómenos constituyen signos concretos de esperanza y de vitalidad
evangélica. Al mismo tiempo, la situación descrita invita a redescubrir la
importancia de la comunidad en la acogida y el acompañamiento de los nuevos
fieles.
65. Se puede constatar cómo, en estos casos, el anuncio evangélico, llevado
a cabo de las formas más diversas —desde el boca a boca hasta la invitación a
una peregrinación, pasando por una presencia activa en los nuevos medios de
comunicación—, permite acoger una auténtica búsqueda de sentido que renace en
medio de la asfixia de la inmanencia. Dicha búsqueda puede presentarse de muchas
formas, que no deben menospreciarse: la búsqueda de una mayor amplitud de
corazón, la necesidad de paz y armonía con el mundo, el deseo de consuelo y
sanación, las experiencias de ruptura y de conflicto que empujan a empezar de
nuevo, nuevas formas de belleza, una cierta recuperación de lo antiguo y de las
tradiciones, además de muchos otros ejemplos que podrían multiplicarse. Se trata
de realidades a las que hay que mirar con gratitud, reconociendo en ellas la
obra del Espíritu Santo, que sigue actuando en los corazones de las personas.
66. Se vuelve a proponer, por tanto, sustancialmente, la necesidad de
transmitir la fe partiendo del kerygma. Esto es válido tanto en los
países secularizados de antigua tradición cristiana como en aquellos en los que
la Iglesia se caracteriza generalmente por ser una minoría, por ejemplo, en
Asia. De hecho, muchos países asiáticos también se ven afectados por la
secularización y el individualismo, sobre todo en las regiones que experimentan
un rápido crecimiento económico. Sin embargo, el impacto de estas influencias
culturales en las comunidades de fieles es diferente al que se observa en las
sociedades de tradición cristiana. Precisamente el hecho de ser con frecuencia
minoritarias a nivel social (con algunas notables excepciones como las Filipinas
y Timor Oriental) ha llevado a las Iglesias de Asia a desarrollarse como
comunidades bien definidas desde el punto de vista sociológico; esto ha
favorecido la consolidación de una fuerte identidad, que les ha permitido
atravesar la historia a pesar de contextos a veces hostiles o marcados por
auténticas persecuciones. En la actual situación de cambio de época, este hecho
presenta, desde el punto de vista de la transmisión de la fe, un doble orden de
consecuencias: por un lado, las comunidades cristianas no son inmunes a la
ampliamente difundida cultura secularizada anteriormente descrita, que provoca,
por tanto, una erosión de la práctica religiosa, sobre todo en las nuevas
generaciones; por otro lado, están llamadas a superar una adhesión al
cristianismo basada en la mera inercia de la pertenencia social[64],
para que se convierta en una elección personal y consciente, capaz de orientar
las propias decisiones de vida. Esto es válido, en particular, para regiones que
se caracterizan por la presencia de culturas milenarias, como la India o China,
en las que el esfuerzo por encarnar el anuncio evangélico en la vida de las
personas debe enfrentarse al modo particular con el que una determinada cultura
se relaciona con ámbitos como la verdad, el bien y la belleza. A ello se suma la
necesidad de replantearse el modo mismo de anunciar el Evangelio, dando
prioridad a las formas narrativas frente a la mera transmisión de conceptos
abstractos. Este esfuerzo es imprescindible para preparar el terreno del corazón
de cada ser humano (cf. Mt 13,3-8) para el encuentro auténtico con la
Buena Nueva.
67. A pesar de la variedad de situaciones que caracterizan a este vasto
continente, también África se enfrenta al problema de la secularización y del
individualismo de origen occidental, que afectan sobre todo a los contextos
urbanos y a las nuevas generaciones. En las Iglesias africanas, sin embargo, la
respuesta a tales influencias culturales sobre la transmisión de la fe se
inscribe en el marco de dos retos igualmente exigentes, a los que ya se ha hecho
referencia: la inculturación del Evangelio en las culturas locales y la
“competencia” del proselitismo por parte de otras religiones. La importancia del
primer aspecto viene atestiguada por los obispos de Nigeria: «La presencia
significativa de clero autóctono ha facilitado la transmisión de la fe en el
seno de las culturas locales, ya que actúan como modelos de referencia con los
que es posible identificarse y como guías espirituales, salvando eficazmente la
brecha entre los valores tradicionales nigerianos y las enseñanzas católicas»[65].
Otra iniciativa valiosa son las «Pequeñas Comunidades Cristianas» (Small
Christian Communities), las cuales, tal y como señalan los obispos de
Tanzania, «funcionan como unidades básicas para la oración, la catequesis y la
vida comunitaria. La fe se transmite a menudo a través de un enfoque que
considera a la comunidad como una familia»[66].
68. Como ya se ha mencionado, la transmisión de la fe en África (pero
también en otros lugares) sufre por la actividad antagonista de grupos
religiosos que proponen un “Evangelio de la prosperidad”, aprovechando las
necesidades materiales inmediatas. En regiones como Costa de Marfil, por
ejemplo, se asiste, por un lado, a la búsqueda de movimientos que garanticen el
bienestar y la felicidad, mientras que, por otro, se registra el retorno de
muchos bautizados a las prácticas tradicionales y esotéricas[67].
69. Hay que reconocer que, a menudo, el atractivo de una propuesta de este
tipo se deriva de ciertas carencias objetivas en las modalidades de anuncio del
Evangelio, que no siempre logran tener en cuenta de manera adecuada las
necesidades reales y concretas de las familias. Esto implica que las comunidades
cristianas están llamadas a buscar modos sanos de presentar el Evangelio como
una respuesta eficaz incluso a las necesidades más tangibles, siguiendo el
ejemplo de Jesús, que recorría la tierra de Israel «haciendo el bien y curando a
todos» (Hch 10,38), demostrando así que sabía responder no sólo a las
preguntas últimas, sino también a las “penúltimas”. De hecho, no siempre esos
deseos tienen un origen egoísta (por ejemplo, la preocupación por el bienestar
de los hijos, el cuidado de la salud, el deseo de sanar los lazos familiares,
etc.). Descubrir que la Iglesia puede ofrecer una ayuda espiritual concreta ante
estas preocupaciones predispone el corazón a acoger el anuncio kerigmático con
renovado vigor.
70. En otros contextos africanos, en cambio, como la República Democrática
del Congo, además de las presiones ejercidas por grupos fundamentalistas, las
comunidades cristianas sufren también la amenaza de una expansión agresiva de
formaciones islamistas[68]. Todos
estos factores ejercen su influencia en muchos fieles que no han recibido una
formación sólida en la fe o que no han experimentado de primera mano el efecto
transformador del kerygma en sus vidas.
71. Por último, no podemos pasar por alto el hecho de que, en muchas partes
del mundo, los creyentes en Jesús siguen siendo víctimas de auténticas
persecuciones por parte de grupos religiosos extremistas. A este respecto, es
urgente reiterar que toda forma de violencia ejercida por motivos de credo es
una violación inadmisible de la dignidad humana, ya que «quien utiliza el nombre de Dios para legitimar el terrorismo, la violencia o la
guerra traiciona su rostro; luchar en nombre de la religión significa, en
realidad, golpear a la religión misma»[69].
Se trata de perversiones del mensaje religioso que deben denunciarse
abiertamente y que toda autoridad política está llamada a reprimir sin vacilar.
Capítulo IV
La centralidad del kerygma
72. Ante la situación descrita anteriormente, resulta del todo natural que,
para los creyentes, se trate de recomenzar una gran etapa de anuncio del
Evangelio, dando por fin respuesta a lo que pedía el Papa Francisco en
Evangelii gaudium
respecto a la urgencia de que toda la Iglesia dé vida a
una nueva etapa evangelizadora. Esta invitación ha sido retomada por el Papa
León XIV, quien reconoce la necesidad de «una misión cristocéntrica y kerigmática, que nace de un encuentro con Cristo capaz de transformar la vida y que se
difunde por atracción más que por conquista. Es una misión integral, que aúna el
anuncio explícito, el testimonio, el compromiso y el diálogo, sin ceder a la
tentación del proselitismo ni a una lógica de mera conservación o expansión
institucional»[70]. No lo hacemos,
ante todo, para responder a un nuevo desafío trascendental, sino por fidelidad a
la propia identidad cristiana, que no puede dejar de incluir el don de sí mismo
en la transmisión de la luz de Cristo. En vista de todo ello, conviene
reflexionar sobre el tema del anuncio del kerygma y sobre cómo este
reorienta la vida y la misión de la Iglesia.
73. La revelación divina, como enseña el Concilio Vaticano II, no es una
simple transmisión de verdades doctrinales ni una “instrucción” de Dios a la
humanidad, sino un diálogo de alianza: «Dios invisible movido por su desbordante
caridad, habla a los hombres como a amigos y trata con ellos, para invitarlos y
admitirlos a la comunión consigo y recibirlos en ella»[71].
Esto hace que el kerygma, el anuncio fundamental de la fe, exija en quien
lo acoge una respuesta que no se limita al nivel intelectual, sino que
involucra toda la existencia en la acogida de la llamada que Dios hace a la
persona a compartir Su propia vida. Precisamente porque no se limita al ámbito
meramente cognitivo, sino que está dotada, por así decirlo, de un alcance
existencial (cf. Jn 17,3), dicha respuesta es, por su propia naturaleza,
un acontecimiento de salvación: «Si profesas con tus labios que Jesús es Señor, y crees con tu corazón que Dios
lo resucitó de entre los muertos, serás salvo» (Rom 10,9).
74. La verdad evangélica, por tanto, es salvífica, es viva; es más, es una
persona: Cristo mismo (cf. Jn 14,6). Esto se refleja en la estructura del
acto de fe, que se caracteriza, al mismo tiempo, por «la entrega total»[72]
a Cristo del ser humano individual iluminado por su gracia (fides qua), y
por las “cosas creídas” (fides quae), que explicitan el contenido de
dicho acto deentrega[73]. La corrección de la exposición de la fe y la búsqueda humana de sentido, que
nunca se agota por completo (cf. 1 Cor 15,28), son inseparables.
Suscitar una experiencia de fe
75. A este respecto, por lo tanto, sigue siendo válido lo que podemos leer
en
Evangelii gaudium: «En la catequesis tiene un rol fundamental el primer anuncio o “kerygma”, que debe ocupar el centro de la actividad evangelizadora y de todo intento de
renovación eclesial. El kerygma es trinitario. Es el fuego del Espíritu que se dona en forma de lenguas y nos
hace creer en Jesucristo, que con su muerte y resurrección nos revela y nos
comunica la misericordia infinita del Padre. En la boca del catequista vuelve a
resonar siempre el primer anuncio: “Jesucristo te ama, dio su vida para
salvarte, y ahora está vivo a tu lado cada día, para iluminarte, para
fortalecerte, para liberarte”. Cuando a este primer anuncio se le llama
“primero”, eso no significa que está al comienzo y después se olvida o se
reemplaza por otros contenidos que lo superan. Es el primero en un sentido
cualitativo, porque es el anuncio principal, ese que siempre hay que volver a escuchar de diversas maneras y ese que
siempre hay que volver a anunciar de una forma o de otra a lo largo de la
catequesis, en todas sus etapas y momentos»[74].
76. La primera reflexión que nos sugieren las palabras que acabamos de
escuchar es que el anuncio de la verdad fundacional y fundamental del
cristianismo —Jesucristo, que está vivo, te ama y ha dado su vida para
salvarte— debe llevarse a cabo de tal manera que provoque una experiencia
de fe, capaz de iniciar un proceso de formación de la propia identidad
cristiana. Se perfila así un triple itinerario que debe caracterizar una
transmisión de la fe recentrada en el kerygma: en primer lugar, el
anuncio central de la presencia y el amor de Cristo Resucitado; la experiencia
interior de su presencia y de su amor, suscitada por ese anuncio; por último, el
inicio de un camino de conocimiento y de amor a Cristo, hecho posible por la
acogida del anuncio por parte de quien lo recibe con un corazón libre y sincero.
77. No se trata, por tanto, de una mera transmisión de contenidos, por muy
importantes que sean, aunque se refieran a la salvación de cada ser humano. Debe
ser un anuncio “performativo”, capaz de tocar realmente el corazón de quienes lo
reciben y de impulsar sus pasos hacia el corazón del Señor Jesús, donde es
posible contemplar y entrar en contacto con ese fuego de amor que Él vino a
arrojar sobre la tierra (cf. Lc 12,49). El anuncio del kerygma
debe inflamar los corazones de aquellos a quienes va dirigido, según el modelo sublime que el
mismo Jesús pone en práctica con los discípulos de Emaús:«Y se dijeron el uno al otro: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por
el camino y nos explicaba las Escrituras?”» (Lc 24,32).
78. El vínculo entre kerygma y catequesis, en el contexto de un
cambio de época, es muy estrecho, hasta el punto de que la segunda «no siempre
se puede distinguir del primer anuncio», por lo que «está llamada a ser, en
primer lugar, un anuncio de la fe»[75].
Precisamente a este respecto, puede resultar útil recordar una situación que ya
resulta frecuente. Como ya se ha señalado, ocurre cada vez con más frecuencia
que los padres cristianos ya no logren transmitir la fe a sus hijos; sin
embargo, el mero hecho de pedir el bautismo para sus hijos o de acompañarlos a
la catequesis ya pone de manifiesto cierta presencia de la fe y un testimonio
frágil, pero verdadero, que no deben menospreciarse. En estos casos, es incluso
posible que los niños o adolescentes que llegan a la catequesis aún no hayan
recibido un primer anuncio explícito del Evangelio. Precisamente por ello, la
catequesis se convierte en el lugar en el que este anuncio puede volver a
proponerse, lo que confirma la necesidad de una profunda renovación kerigmática
de la catequesis misma, ya que, no pocas veces, esta no logra provocar una
experiencia intensa de encuentro con Cristo, que pueda perdurar en el tiempo[76].
79. Por otra parte, es un hecho que el elevado número de niños y
adolescentes que se alejan de la Iglesia y de los sacramentos inmediatamente
después de haber completado el itinerario de iniciación cristiana, o el que
ofrece la escuela católica, indica que la catequesis sigue teniendo dificultades
para encontrar los caminos más adecuados que motiven un encuentro personal
sólido y duradero con Cristo.
La cuestión del lenguaje
80. En el contexto de este cambio de época, el verdadero reto para la
Iglesia es que la palabra del Evangelio se asuma «como criterio vivo para orientar elecciones concretas, inspirar caminos de
conversión personal y comunitaria, promover reformas de las estructuras y apoyar
nuevas formas de testimonio evangélico en la vida pública»[77]. En este sentido,
aprovechando los numerosos documentos y recursos que el Dicasterio para la
Evangelización ha elaborado[78],
hoy resulta más urgente que nunca analizar con mirada sapiencial las formas
actuales de organizar la catequesis, para que la transmisión de la fe no quede
confinada a lenguajes que puedan calificarse de “escolásticos”, “dogmáticos” o
“moralistas”. De hecho, con demasiada frecuencia, una comunicación repetitiva y
autorreferencial del mensaje evangélico corre el riesgo de no llegar al corazón
de los fieles. Por eso, el lenguaje de la fe no debe limitarse a una fría
exposición de conceptos; sin duda debe poseer esa claridad que facilita la
comprensión, pero sobre todo debe caracterizarse como una llamada del corazón,
recordando que «el Señor nos salva hablando a nuestro corazón desde su Corazón
sagrado»[79] y que «el programa del
cristiano [...] es “un corazón que ve”»[80].
Solo así será un lenguaje que realmente provoque un cambio en la vida de las
personas, porque será expresión de la propia voz del Señor, el único que puede
tocar verdaderamente el corazón de las personas: «Habla tú verdaderamente en mi
corazón; solo tú hablas así»[81] .
81. En resumen, para que la transmisión de la fe sea realmente eficaz, debe
configurarse como una relación interpersonal que involucra. Para ello,«se debe privilegiar el idioma de la proximidad, el lenguaje del amor
desinteresado, relacional y existencial que toca el corazón, llega a la vida,
despierta esperanza y deseos»[82]. Una comunicación de este
tipo no pretende hablar primero, sino que nace ante todo de la escucha, haciendo
posible un verdadero intercambio de dones entre quien anuncia y quien acoge el
anuncio, facilitando así el encuentro con Cristo, que camina con nosotros.
82. Esto significa que la transmisión de la fe puede realizarse allí donde
el lenguaje se convierte en testimonio, transformándose él mismo en un
acontecimiento del Espíritu. Como dice san Alberto Hurtado, citado en la
Exhortación apostólica
Christus vivit: «“Ser apóstol no es llevar una antorcha en la mano, poseer la luz, sino ser la luz
[...]. El Evangelio [...] más que una lección es un ejemplo. El mensaje
convertido en vida viviente”»[83]. De este modo, la Iglesia podrá ofrecer también hoy una palabra que sea, a la
vez, memoria y profecía, capaz de hacer arder de nuevo el corazón de los
discípulos a lo largo del camino, acompañados por el Maestro, permitiendo a la
gracia que suscite esa adhesión mística a la fe[84],
respecto a la cual siguen siendo insuperables las palabras del profeta Jeremías:
«Pero había en mis entrañas como fuego, algo ardiente encerrado en mis huesos. Yo
intentaba sofocarlo, y no podía» (Jr 20,9).
La formación cristiana
83. De lo anterior se desprende que las comunidades de creyentes están
firmemente llamadas a promover, tanto en el momento oportuno como en el
inoportuno, una renovación del anuncio del kerygma. Por otra parte,
también en
Evangelii gaudium se destacaba otro aspecto realmente
importante al respecto: «No hay que pensar que en la catequesis el kerygma es abandonado en pos de una formación supuestamente más “sólida”. Nada hay más
sólido, más profundo, más seguro, más denso y más sabio que ese anuncio. Toda
formación cristiana es ante todo la profundización del kerygma que se va haciendo carne cada vez más y mejor, que nunca deja de iluminar la
tarea catequística, y que permite comprender adecuadamente el sentido de
cualquier tema que se desarrolle en la catequesis. Es el anuncio que responde al
anhelo de infinito que hay en todo corazón humano. La centralidad del kerygma demanda ciertas características del anuncio que hoy son necesarias en todas
partes: que exprese el amor salvífico de Dios previo a la obligación moral y
religiosa, que no imponga la verdad y que apele a la libertad, que posea unas
notas de alegría, estímulo, vitalidad, y una integralidad armoniosa que no
reduzca la predicación a unas pocas doctrinas a veces más filosóficas que
evangélicas»[85].
84. Aquí vuelve a surgir la gran enseñanza del Concilio Vaticano II sobre la
jerarquía de las verdades entre los misterios cristianos. De hecho, en el número
11 de
Unitatis redintegratio se lee que «los teólogos católicos,
afianzados en la doctrina de la Iglesia, deben seguir adelante en el diálogo
ecuménico con amor a la verdad, con caridad y humildad, investigando juntamente
con los hermanos separados sobre los misterios divinos. Al comparar las
doctrinas, deben recordar que existe un orden o “jerarquía” de las verdades de
la doctrina católica, puesto que es diversa su conexión con el fundamento de la
fe cristiana»[86]. Esta perspectiva
ha sido ampliada por
Evangelii gaudium
al ámbito del anuncio del
Evangelio, de la teología y de la propuesta moral[87].
Por esta razón, en el cambio de época que nos toca vivir, no parece oportuno, en
el ámbito de la comunicación de la fe a las nuevas generaciones, a los
catecúmenos adultos y a los llamados “reconvertidos”, dispersarse en tantos
ámbitos de la doctrina católica —por muy importantes que sean— y perder de vista
lo que en ella hay «de más sólido, de más profundo, de más seguro, de más
consistente»[88]: el amor de Dios,
que es como una llama capaz de volver a donar vida, alegría, esperanza y
confianza a toda existencia humana. A esta llama, gracias a la acción del
Espíritu, se accede mediante el encuentro —con fe y en la fe— con el Señor
Jesús.
85. Es precisamente anunciando el kerygma de un modo renovado y
renovador, apasionado y apasionante, como la comunidad creyente podrá cumplir la
tarea de transmitir, de generación en generación, la luz que Jesús vino a traer
a la tierra.
86. En concreto, para que pueda suscitar verdaderamente una experiencia de
fe, el anuncio del kerygma deberá adoptar un estilo, un lenguaje y un
tono capaces de llegar a las personas allí donde se encuentran, con sus deseos y
sus sueños, con sus fatigas y sus tribulaciones. Deberá, por tanto, ser capaz de
presentar la bella noticia del amor y la misericordia de Dios de tal manera que
quienes la reciban puedan comprender de verdad que ese amor y esa misericordia
se dirigen precisamente a ellos. Este es el estilo que caracteriza a las
parábolas del Señor Jesús, que aún hoy cautivan los corazones de quienes las
escuchan.
Capítulo V
La transmisión de la fe en las comunidades
87. Partiendo de esta reflexión general sobre la centralidad del kerygma,
se pueden formular algunas observaciones más específicas. La primera, y más
esencial, se refiere a la calidad de la vida comunitaria de los
discípulos del Señor. Esta debe transparentar un amor sincero entre los
hermanos, el hacerse cargo los unos de los otros, una generosa disponibilidad
hacia todos, en particular hacia los más desfavorecidos, un clima de alegría y
de fiesta y, por último, ese vivir con un solo corazón y una sola alma (cf.
Hch 4,32), propio de una comunidad acogedora y hospitalaria, capaz, incluso
en este tiempo de cambio de época, de llamar la atención de cualquiera y de
atraerlo hacia la experiencia de la fe cristiana. En un mundo cada vez más
fragmentado, en el que los únicos vínculos entre los seres humanos que parecen
tener cabida son los mediados por las infraestructuras digitales, resulta cada
vez más evidente en muchas personas una necesidad y un deseo de pertenencia. No
nos bastamos a nosotros mismos y los medios sociales no colman nuestro
carácter original de “animales sociales”. Como creyentes, no podemos dejar de
mantener el corazón y las puertas abiertas a estas nuevas situaciones de las
personas. Por otra parte, la primera forma de evangelización tiene lugar siempre
“de persona a persona”[89].
88. En esta dirección, resulta absolutamente urgente, sobre todo en los países
de antigua evangelización, insistir en la importancia de promover, en cada
comunidad eclesial, grupos de escucha, de meditación, de compartir y de oración
de la Palabra, en cuya convocatoria se dediquen momentos específicos y fijos,
que complementen la celebración de la Eucaristía dominical. Que nos sirvan de
estímulo las palabras del Papa Francisco: «El contacto frecuente con la Sagrada Escritura y la celebración de la Eucaristía
hace posible el reconocimiento entre las personas que se pertenecen. Como
cristianos somos un solo pueblo que camina en la historia, fortalecido por la
presencia del Señor en medio de nosotros que nos habla y nos nutre. […] nos urge la necesidad de tener familiaridad e intimidad con la Sagrada Escritura
y con el Resucitado, que no cesa de partir la Palabra y el Pan en la comunidad
de los creyentes. Para esto necesitamos entablar un constante trato de
familiaridad con la Sagrada Escritura, si no el corazón queda frío y los ojos
permanecen cerrados, afectados como estamos por innumerables formas de ceguera»[90].
Con el fin de facilitar esa relación de confianza de los creyentes con la
Sagrada Escritura, en estos grupos bíblicos se podrán adoptar fácilmente la
antigua práctica de la lectio divina y las modernas metodologías
narrativas.
89. A pesar de todos los cambios de época, los principales canales de
transmisión de la fe siguen siendo los encuentros “persona a persona”. Por ello,
entre los ámbitos en los que se transmite la fe, la amistad adquiere especial
relevancia, como atestiguan también los casos más recientes de conversión. La
tradición de la Iglesia siempre ha reconocido el valor educativo de las genuinas
relaciones fraternas[91], como
también ha destacado el Magisterio reciente, sobre todo en referencia al camino
de fe de las jóvenes generaciones, y como afirma, por ejemplo, el Papa
Francisco: «La amistad es un regalo de la vida y un don de Dios. A través de los amigos el
Señor nos va puliendo y nos va madurando»[92].
La amistad, de hecho, constituye un espacio privilegiado en el que el testimonio
personal, la ayuda mutua y el compartir las alegrías y las dificultades de la
vida hacen posible un intercambio de fe capaz de abarcar toda la existencia.
Junto con la familia, una amistad sana representa el contexto por excelencia de
las relaciones auténticas y bien podría decirse también que es una escuela de
humanidad[93], donde los creyentes
pueden acompañarse y apoyarse mutuamente en el seguimiento de Cristo.
Liturgia
90. La segunda consideración relacionada con el redescubrimiento de la
centralidad del kerygma se refiere a la liturgia. Si el corazón del
anuncio cristiano es el encuentro con el amor salvífico de Dios en Cristo, la
liturgia constituye el lugar privilegiado en el que este misterio se celebra y
se comunica sacramentalmente. Precisamente por ello, ocupa un papel central en
la transmisión de la fe, configurándose como el corazón palpitante de la vida
eclesial en la que la comunidad se nutre de la Palabra de Dios y del Pan de vida
eterna. A este respecto, es necesario superar una visión reduccionista que la
considere un mero marco ritual de la vida eclesial. La liturgia, de hecho, es
ante todo una experiencia de fe, incluso antes que una enseñanza, ya que permite
al fiel participar en gestos, palabras, silencios y símbolos, haciendo una
experiencia viva del misterio de Cristo. Como se afirma en
Evangelii gaudium,
«la Iglesia evangeliza y se evangeliza a sí misma con la belleza de la liturgia»[94].Precisamente
a través de su fuerza simbólica y de su capacidad para involucrar íntegramente a
la persona, la liturgia se convierte en un auténtico lugar de anuncio y de
encuentro con el Señor. En la acción litúrgica, y en particular en la
Eucaristía, se nos introduce cada vez más profundamente en el misterio pascual,
al tiempo que se hace visible el carácter sacramental de la Iglesia, llamada a
ser signo del amor de Dios por la humanidad. En este acontecimiento sacramental,
el encuentro con el Resucitado se convierte en un gesto compartido y vital que
educa al creyente no solo “informándole”, sino moldeándolo desde dentro para que
se convierta en partícipe del misterio celebrado. Por eso, en la liturgia la fe
se transmite de manera performativa: no solo se habla de Dios, sino que se entra
en relación con Él. La liturgia es memoria y tradición viva, que genera y moldea
a cristianos capaces de dar testimonio de la salvación encontrada; al participar
en la oración litúrgica se entra, de hecho, en una historia, en una memoria
compartida que atraviesa los siglos. Por lo tanto, celebrar significa, ante
todo, recibir una fe que ha sido creída, vivida y rezada por otros antes que
nosotros.
91. Además, esta dinámica pone de relieve la dimensión eminentemente comunitaria
de la liturgia. La fe, de hecho, no se transmite solo a través del anuncio o la
enseñanza individual, sino en el seno de un pueblo que celebra. En la liturgia,
el creyente nunca está aislado, es introducido en un “nosotros” que le precede,
le acompaña y le supera. Esta dimensión comunitaria constituye un potente
antídoto contra el atractivo de un estilo de vida egoísta e individualista, hoy
tan extendido en muchos contextos, como ya se ha podido observar. Precisamente
por ser una experiencia eclesial y popular, la celebración de la fe está
estrechamente vinculada a los procesos de inculturación, es decir, al esfuerzo
por «comunicar mejor la verdad del Evangelio en un contexto determinado, sin
renunciar a la verdad, al bien y a la luz que pueda aportar cuando la perfección
no es posible»[95]. Aplicada a la
liturgia, esta perspectiva exige custodiar la riqueza de la tradición simbólica
de la Iglesia, haciéndola al mismo tiempo accesible y significativa para los
hombres y mujeres de su tiempo, en una tensión sana y fecunda entre la fidelidad
a la tradición y la comprensibilidad del mensaje celebrado.
92. Desde el punto de vista de la transmisión de la fe, por tanto, la liturgia
reviste una importancia crucial según el antiguo adagio lex orandi, lex
credendi[96]. De ello se deduce
que la celebración litúrgica no puede reducirse a una mera ejecución formal,
sino que debe ser una acción en la que los signos hablen realmente a la mente y
al corazón de los fieles, expresando de manera viva y concreta la única fe de la
Iglesia y reforzando en cada creyente la conciencia de ser miembro del Cuerpo de
Cristo. Solo a través de una participación plenamente consciente, que presupone
una educación adecuada en el lenguaje litúrgico, la fe puede transmitirse no
como una doctrina abstracta, sino como una vida nueva que se comunica “por
atracción” en lo cotidiano. El joven Agustín también fue testigo de esta
eficacia de la liturgia, y años después de aquella experiencia pudo escribir:
«¡Cuántas lágrimas derramé con tus himnos y tus cánticos, mientras las voces de
tu Iglesia resonaban dulcemente! Aquellas voces penetraban en mis oídos, y tu
verdad se fundía en mi corazón; de ella brotaba un ardiente sentimiento de
piedad, y corrían las lágrimas, y me hacía bien llorar con ellas»[97].
A través de la belleza de los signos y la fuerza de la Palabra, pues, la acción
litúrgica se convierte así en la fuente generadora de la misión eclesial,
capacitando a la comunidad para dar razón de la esperanza que la habita a través
de la credibilidad de una vida transfigurada por la gracia. Por este motivo es
necesario un cuidado especial de las celebraciones y un acompañamiento
mistagógico de las nuevas generaciones, para que puedan comprender y vivir
plenamente lo que celebran en la liturgia.
93. Además de esto, la liturgia puede vivirse de diversas maneras. De hecho,
existe también una forma propia de la piedad popular de manifestar una
sensibilidad litúrgica, que se declina en diferentes formas según las distintas
culturas. Para comprender este hecho, cabe citar un bonito relato de Romano
Guardini, en el que narra su viaje a Sicilia: «Hoy he visto algo grandioso:
Monreale. […] Cuando llegamos —era Jueves Santo—, la misa solemne ya había
pasado la consagración. […] ¿Qué podría decir del esplendor de este lugar? […]
La multitud estaba sentada y miraba. […] Casi nadie leía. Todos vivían en la
mirada, todos se inclinaban para contemplar. Entonces me quedó claro cuál es el
fundamento de una verdadera piedad litúrgica: la capacidad de captar lo “santo”
en la imagen y en su dinamismo. Monreale, Sábado Santo. […] De vez en cuando, un
rayo de sol penetraba en la bóveda y, entonces, una sonrisa dorada inundaba el
espacio en lo alto. […] Pero lo más bello era el pueblo. […] La ceremonia
sagrada se prolongó durante más de cuatro horas y, sin embargo, siempre hubo una
participación viva. Hay diferentes formas de participación en la oración. Una se
lleva a cabo escuchando, hablando, gesticulando. La otra, en cambio, se
desarrolla mirando. La primera es buena, y nosotros, en el norte de Europa, no
conocemos otra. Pero hemos perdido algo que en Monreale aún existía: la
capacidad de vivir-en-la-mirada, de permanecer en la visión, de acoger lo
sagrado a través de la forma y del acontecimiento, contemplando»[98].
94. Se deberá prestar especial atención, en cada diócesis, para permitir a los
fieles y quienes se acercan o vuelven a acercarse a la comunidad de creyentes
entrar en contacto con las diversas sensibilidades litúrgicas presentes en la
tradición de la Iglesia católica. Respetando las normas litúrgicas vigentes, los
pastores están llamados a poner en valor la riqueza del patrimonio litúrgico
católico —pensemos, por ejemplo, en la variedad de estilos musicales que lo
caracterizan— de tal manera que puedan entrar en contacto con las diversas
sensibilidades de sus contemporáneos. Además, deberá prestarse una atención
específica a un acompañamiento capaz de bendecir las etapas más destacadas de la
vida humana. En Occidente, sobre todo, se está produciendo una pérdida
progresiva de la memoria colectiva de los ritos y las prácticas rituales, en
favor de un individualismo muy radical, pero esto no suprime la necesidad
antropológica de la ritualidad, a la que el ser humano siempre ha sabido
responder de diversas maneras. La comunidad cristiana crece y se edifica a
través de las prácticas rituales, y el rico patrimonio espiritual de la Iglesia
representa, en este sentido, un recurso precioso e inagotable.
El papel del testimonio
95. La tercera consideración esencial se refiere al testimonio de los creyentes.
Este se articula en tres dimensiones fundamentales: el testimonio de la
santidad, el de la cercanía y el de la opción preferencial por los pobres. En
todas las épocas, quienquiera que se haya encontrado con el testimonio de un
cristiano ejemplar se ha visto siempre estimulado a descubrir el secreto de esa
vida tan particular y diferente respecto a la mayoría de sus semejantes. Un
creyente que vive hasta el fondo las exigencias del mensaje cristiano es, en sí
mismo, una referencia constante a la luz verdadera del mundo, que es Cristo
Jesús. Como afirma el Papa Francisco, en efecto, «la santidad es el rostro más
bello de la Iglesia»[99]. Bastaría
aquí recordar únicamente las figuras de san Francisco de Asís y de santa Teresa
de Calcuta. Hay que reconocer, de hecho, que nada como la santidad de sus
miembros hace a la Iglesia más creíble en el anuncio y la transmisión de la fe.
Por esta razón, haciéndose eco del mensaje sobre la santidad del Concilio
Vaticano II[100], el Papa
Francisco ha querido reiterar con insistencia que la santidad es la vocación
ordinaria de todo cristiano: «Para ser santos no es necesario ser obispos, sacerdotes, religiosas o
religiosos. Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está
reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las
ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así. Todos
estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio
testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra.
¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Estás
casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo
hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y
competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o
abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes
autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses
personales»[101].
96. Junto al testimonio de la santidad, los creyentes son llamados a ofrecer, en
el día a día de su vida, el testimonio de una cercanía hacia todos. Se trata de
una cercanía construida con los ladrillos de la hospitalidad, la amabilidad, la
escucha, la mansedumbre y la ternura. Según la antigua frase del autor latino
Terencio: «Homo sum, humani nil a me alienum puto»[102]—para
los creyentes, nada de lo verdaderamente humano debería resultarles ajeno. Todo
cristiano está llamado a ayudar a las personas a releer su propia historia
dentro de la gran historia de la salvación, descubriendo que su propia vida
forma parte del relato de Dios. Esta cercanía se convierte en testimonio cuando
se ejerce hacia personas que viven en situaciones de grave sufrimiento, ya sea
físico o mental. En estos casos, un gesto de escucha y ternura, unido a una
palabra de fe, puede abrir amplios espacios para acoger esa luz verdadera de
Cristo que tiene el poder de liberar de las tinieblas a quienes están envueltos
en ellas. El Papa León recuerda, de hecho, que «la finitud, cuando se acoge en la verdad, no empobrece al ser humano, sino que
lo abre al reconocimiento del rostro de Dios y del otro»[103].
97. Llegamos así a ese testimonio concreto del amor de Dios que los creyentes
dan al hacerse cargo, de manera preferencial, de los pobres, los desfavorecidos
y los excluidos. Como recordó el Papa León XIV, siguiendo los pasos de su
predecesor, los creyentes no deberían olvidar nunca «la fuerte conexión que existe entre el amor de Cristo y su llamada a acercarnos
a los pobres»[104]. En verdad, «el cristiano no puede considerar a los pobres sólo como un problema social;
estos son una “cuestión familiar”, son “de los nuestros”. Nuestra relación con
ellos no se puede reducir a una actividad o a una oficina de la Iglesia»[105].
En esa cercanía activa y práctica hacia los hermanos y hermanas que viven en la
pobreza, la Iglesia hace brillar de manera eminente esa llama del amor de Dios
por todos que Jesús vino a arrojar sobre la tierra y que aún hoy logra conmover,
a menudo en silencio, el corazón de muchos. Un testimonio especialmente valioso
en este sentido nos lo ofrecen los obispos de Myanmar, recogido en ocasión de su
Visita ad Limina a este Dicasterio el 2 de junio de 2026: en ese país,
que lleva sobre sí las heridas de múltiples conflictos, la Iglesia muestra su
cercanía a los más pobres, incluso simplemente en el silencio de la escucha, sin
distinción alguna de pertenencia religiosa —se trata, de hecho, de una nación de
mayoría budista—. Precisamente esa cercanía suscita en quienes no comparten la
fe cristiana el deseo de profundizar en los motivos de esta forma de afrontar el
sufrimiento, ofreciendo así a los fieles la oportunidad de hablar explícitamente
de su experiencia de Jesús. En esta unidad entre la caridad y el anuncio
evangélico, por tanto, se pone de manifiesto aún más claramente la belleza
integral de la propuesta cristiana.
Arte y belleza
98. Una cuarta observación específica se refiere, además, a la necesidad de dar
cabida —en el discurso sobre la transmisión de la fe— también a las múltiples
expresiones de la creatividad humana, a través de las cuales se ha intentado dar
forma a esa tensión hacia la belleza, el amor y la trascendencia que habita, a
menudo de manera atormentada, en el corazón humano. ¿Cómo no pensar, a este
respecto, en tantas obras de literatura y poesía capaces de suscitar un encanto
sublime, capaz de cautivar incluso a las mentes más distraídas por las modernas
tecnologías de la comunicación? Precisamente en la importancia de abrirse a la
belleza insistió de manera especial Hans Urs von Balthasar: «En la forma
luminosa de lo bello, el ser se hace patente como en ninguna otra parte. Por
eso, todo conocimiento o tendencia espiritual tiene que ir acompañado de un
momento estético»[106].
99. Desde esta perspectiva, hay que prestar especial atención a la música, la
cual, como expresión privilegiada de la via pulchritudinis, constituye un
lenguaje esencial para la transmisión de la fe, capaz de tocar las fibras más
profundas del corazón humano y de comunicar la verdad del Evangelio a través de
la belleza[107]. No se trata de
un mero adorno estético de las celebraciones, sino de un instrumento misionero
que actúa por atracción, haciendo perceptible la gloria del Resucitado sobre
todo allí donde las palabras tienen dificultades para llegar. De hecho, como
observó el Papa León XIV, «la música es como un puente que nos lleva a Dios. Es capaz de transmitir
sentimientos, emociones, hasta los movimientos más profundos del alma,
elevándolos, transformándolos en una escalera ideal que conecta la tierra y el
cielo»[108]. A través de la
música, la fe encuentra vías particulares de expresión que un anuncio puramente
verbal, por sí solo, no siempre logra alcanzar. Estas consideraciones nos impulsan a exhortar a los artistas y escritores creyentes a realizar un
esfuerzo creativo especial, para manifestar la belleza de la fe y de la
experiencia espiritual cristiana.
Las etapas de la vida
100. Una última observación se refiere a las distintas etapas de la existencia
de cada ser humano (infancia, adolescencia, juventud, edad adulta, vejez). Estas
constituyen, de hecho, una especie de continua “reapropiación” del don del
propio nacimiento al mundo y, al igual que este, son experiencias a la vez
sorprendentes y desafiantes. La comunidad eclesial deberá, por tanto,
desarrollar un anuncio del Evangelio más atento a las distintas edades de la
vida, teniendo debidamente en cuenta las diversas situaciones de crecimiento y
novedad que cada una de ellas conlleva. Al mismo tiempo, hay que recordar que
muchas personas se acercan a la Iglesia únicamente con motivo de las
celebraciones que acompañan algunos momentos fundamentales de la vida: bautizos,
bodas y funerales. Por ello, es indispensable reconocer que, en tales
circunstancias, se ofrece una valiosa oportunidad para llegar a ellas con un
anuncio del kerygma capaz de conmover sus corazones, evitando palabras
que no logran generar ningún encuentro.
101. Adquiere especial relevancia la cuestión, ya tratada, de la brecha
generacional en la transmisión de la fe. A este respecto, la comunidad de
creyentes encuentra en la pastoral de los adultos —que son también los padres de
las nuevas generaciones— un terreno nuevo y un contexto lleno de retos
especialmente complejos. De hecho, si en el pasado, al menos en los países de
antigua tradición cristiana, el anuncio del kerygma se dirigía casi
exclusivamente a los más jóvenes, hoy en día surge cada vez con mayor urgencia
la necesidad de acompañar a personas —incluso a aquellas bautizadas en la
infancia— que viven alejadas de la comunidad eclesial y que, aunque sienten una
llamada interior a una vida evangélica, tienen dificultades para comprender y
hacer suyo el lenguaje de la Iglesia. En estos casos, la transmisión de la fe a
las nuevas generaciones pasa por la evangelización de los adultos. De hecho,
¿cómo pueden los adultos transmitir la fe a las nuevas generaciones si ellos
mismos no la viven primero a nivel personal? Además, pueden surgir dificultades
adicionales en situaciones marcadas por diversas formas de pobreza existencial,
sobre todo en contextos urbanos caracterizados por una marcada fragmentación o
en zonas rurales aisladas. Todo ello interpela a la Iglesia en su conjunto,
impulsándola a ser cada vez más sinodal y misionera, sobre todo mediante la
puesta en valor de los carismas que el Espíritu Santo suscita en el pueblo de
Dios.
Capítulo VI
Fe y cultura
102. Ampliando ahora el horizonte de la reflexión sobre la transmisión de la fe
más allá de la dimensión propiamente eclesial, es necesario abordar la cuestión
de la relación entre fe y cultura. Una primera observación se refiere al hecho
de que muchos estudiosos subrayan cómo, en nuestra época, se está produciendo
una crisis más general de la transmisión del saber y de los valores, que abarca
también lo que constituye el objeto específico de las presentes
Consideraciones. Una segunda observación puede extraerse de algunas palabras
de san Juan Pablo II, que subrayan la importancia, de cara a la transmisión de
la fe, de realizar una síntesis entre fe y cultura: «La síntesis entre cultura y
fe no es solo una exigencia de la cultura, sino también de la fe. Como enseñó mi
predecesor Pablo VI, “lo que importa es evangelizar —no de una manera decorativa, como un barniz
superficial, sino de manera vital, en profundidad y hasta sus mismas raíces— la
cultura y las culturas del hombre […] tomando siempre como punto de partida la
persona y teniendo siempre presentes las relaciones de las personas entre sí y
con Dios”. Si, de hecho, es cierto que la fe no se identifica con ninguna
cultura […] no es menos cierto que, precisamente por eso, la fe está llamada a
inspirar, a impregnar toda cultura. Es todo el hombre, en la realidad concreta
de su existencia cotidiana, el que es salvado en Cristo y, por lo tanto, es todo
el hombre el que debe realizarse en Cristo. Una fe que no se convierte en
cultura es una fe que no se ha acogido plenamente, que no se ha pensado en su
totalidad, que no se ha vivido fielmente»[109]
.
103. Lo anteriormente dicho nos lleva a reconocer que la labor de transmisión de
la fe es, en cierto modo, inseparable de su inculturación en un contexto
determinado, entendiendo aquí la “cultura” tanto en su sentido antropológico más
amplio —como conjunto de estilos de vida, creencias, valores e instituciones que
caracterizan a una sociedad determinada— como en su sentido más restringido,
como conjunto de conocimientos intelectuales desarrollados sobre todo en el
ámbito académico.
104. Tomando, antes que nada, en consideración este primer significado de
“cultura”, conviene recordar que la inculturación de la fe constituye un paso
necesario en su transmisión, ya que el mensaje evangélico debe hacerse
comprensible para personas que comparten valores y categorías que no coinciden
perfectamente con los helenístico-semíticos, en los que se formuló originalmente
el texto bíblico. En el contexto de la transmisión de la fe, la inculturación
significa «la encarnación del evangelio en las culturas autóctonas— y, a la vez, la
introducción de éstas en la vida de la Iglesia»[110].
En este caso, por lo tanto, la inculturación de la fe se convierte en una
verdadera evangelización, aunque no se realice de manera plena y perfecta, ya
que se trata de «un camino lento que acompaña toda la vida misionera y requiere la aportación de
los diversos colaboradores de la misión ad gentes, la de las comunidades cristianas a medida que se desarrollan, la de los pastores
que tienen la responsabilidad de discernir y fomentar su actuación»[111].
Esto hace que la propia cultura se convierta, a su vez, en un medio de
transmisión de la fe, porque «cuando en un pueblo se ha inculturado el Evangelio, en su proceso de transmisión
cultural también transmite la fe de maneras siempre nuevas; de aquí la
importancia de la evangelización entendida como inculturación»[112].
105. No obstante, hay que recordar que no se evangeliza un “lugar”, sino siempre
a las personas, a las que no hay que aislar de su contexto: «Se trata de llevar el Evangelio a las personas que cada uno trata, tanto a los
más cercanos como a los desconocidos»[113].
A ello se suma la tarea de los fieles —necesaria también en los países de
antigua tradición cristiana— de traducir la Buena Nueva a las diversas formas
culturales particulares que caracterizan a las sociedades modernas o que surgen
en determinados sectores sociales, como el mundo juvenil o el de los pobres.
Esto requiere, sin duda, una puesta en valor de los carismas presentes en todo
el pueblo de Dios en un auténtico espíritu de sinodalidad, ya que, en última
instancia, son obra del Espíritu Santo. En este proceso, la aportación de la
piedad popular puede resultar sin duda muy valiosa.
106. La presencia de diversos grupos sociales dentro de nuestras ciudades, con
culturas y lenguajes específicos y a menudo autónomos, exige un esfuerzo
especial de inculturación de la fe. Es decir, existe la urgencia de que el
anuncio del Evangelio llegue a todos los rincones: no podemos conformarnos con
dirigirnos únicamente a la cultura de algunos grupos mayoritarios, sino que es
necesario aprender a entablar un diálogo con las más diversas situaciones y
condiciones de vida que existen hoy en día. Se trata, por tanto, de llegar a lo
que, en lenguaje técnico, a menudo se denomina el ámbito de las subculturas (por
ejemplo, los jóvenes de las periferias urbanas, las diversas comunidades de
migrantes, los trabajadores temporeros, los habitantes de pequeños pueblos,
etc.). A este respecto, cabe recordar que la Comisión Teológica Internacional
dedicará una parte de su labor durante el próximo quinquenio a las formas culturales de transmisión de la fe y aportará valiosos estímulos a la labor aquí solo brevemente mencionada.
107. En resumen, habrá que reiterar la importancia decisiva de la inculturación
de la fe hoy. Cuando la fe se conecta con las raíces y las expresiones
culturales de un pueblo, en verdad, su transmisión se vuelve más fácil y
fecunda.
108. Por otra parte, en lo que se refiere a la cultura en sentido
académico-intelectual, cabe recordar las palabras del Papa Francisco: «El anuncio a la cultura implica también un anuncio a las culturas profesionales,
científicas y académicas. Se trata del encuentro entre la fe, la razón y las
ciencias, que procura desarrollar un nuevo discurso de la credibilidad, una
original apologética que ayude a crear las disposiciones para que el Evangelio
sea escuchado por todos»[114]. Es
cierto que lo que realiza la investigación intelectual es, como mucho, una
preparación que introduce a la fe, al estilo de lo que tradicionalmente se
ha denominado praeambula fidei, y no una transmisión de la misma en
sentido estricto. Sin embargo, está claro que una presentación razonable de los
contenidos de la fe y de sus exigencias constituye una ayuda innegable para el
anuncio del kerygma, ya que, en particular, contribuye a despertar las
grandes preguntas en la mente y en el corazón de las personas[115].
109. Un ejemplo especialmente significativo al que miraren la construcción de
dicha presentación razonable de la fe es, sin duda, la Doctrina social de la
Iglesia, gracias a la cual los creyentes entablan un diálogo abierto con la
sociedad y también con los no creyentes. Aunque se mantiene dentro del ámbito
del saber teológico, la Doctrina social de la Iglesia recurre ampliamente a las
categorías propias de las ciencias políticas, económicas y sociales, logrando a
menudo mostrar toda la pertinencia de la propuesta cristiana para la
construcción de una sociedad más justa y fraterna. En este sentido, también las
enseñanzas sociales de la Iglesia pueden desempeñar una función análoga a la de
los praeambula fidei. De hecho, la Doctrina social de la Iglesia «se fundamenta en la Sagrada Escritura y en la Tradición y, en diálogo con las
ciencias, nos ayuda a leer con lucidez los desafíos del presente, identificando
caminos adecuados para vivir un testimonio cristiano límpido, con alegría y al
servicio del mundo»[116].
Capítulo VII
Algunas atenciones específicas
110. Una comunidad profundamente comprometida en el transmitir de generación en
generación esa luz y ese fuego del amor de Dios, que Jesús quiso llevar en medio
de la humanidad y que ha llegado hasta nuestros días, deberá, además de lo
expuesto hasta ahora, prestar atención a algunas cuestiones específicas en
relación con el tema de las presentes Consideraciones. Lo que sigue es
una lista a modo de ejemplo, que podrá ampliarse aún más y ordenarse según un
orden de prioridades diferente.
111. La primera de estas atenciones se refiere al cultivo de la piedad popular.
En este ámbito, como es sabido, hay también aspectos que requieren un proceso de
maduración y enriquecimiento; sin embargo, sigue siendo evidente la gran fuerza
de la que dispone este recurso de la tradición católica. Nadie podrá negar jamás
que precisamente la piedad popular sigue siendo hoy un medio importante de
transmisión de la fe. Por ello es necesario promover en lo que a ella respecta
un compromiso renovado de inteligencia y de corazón. Por lo demás, su gran
plasticidad le permite renovarse constantemente y adquirir estilos muy
diferenciados a lo largo de los siglos, logrando incluso sobrevivir a los
ataques que la cultura —y a veces incluso los propios miembros de la Iglesia— le
han lanzado a menudo.
112. En lo que respecta a la fuerza evangelizadora de la piedad popular y, por
tanto, a su importante papel en el ámbito de la transmisión de la fe, resultan
muy valiosas las indicaciones que figuran en los números
122-126 de
Evangelii gaudium. En ellas se puede leer, de hecho, que «en la piedad popular puede percibirse el modo en que la fe recibida se encarnó
en una cultura y se sigue transmitiendo»[117]. En verdad, toda inculturación auténtica de la fe produce siempre una forma de
expresión popular de la misma. El ser humano vive de palabras y gestos que
constituyen el horizonte en el que puede desarrollarse a sí mismo y crear las
condiciones para el encuentro con el otro. Toda cultura se traduce en prácticas
concretas y se refleja y se transmite a través de ellas. Lo mismo ocurre con la
experiencia creyente. Toda inculturación de la fe crea prácticas religiosas
específicas que la reflejan y le permiten transmitirse entre las generaciones.
Por eso «en la piedad popular, por ser fruto del Evangelio inculturado, subyace una fuerza
activamente evangelizadora que no podemos menospreciar: sería desconocer la obra
del Espíritu Santo. Más bien estamos llamados a alentarla y fortalecerla para
profundizar el proceso de inculturación que es una realidad nunca acabada. Las
expresiones de la piedad popular tienen mucho que enseñarnos y, para quien sabe
leerlas, son un lugar teológico al que debemos prestar atención, particularmente a la hora de pensar la nueva
evangelización»[118] y en la
cuestión de la transmisión de la fe.
113. En este contexto, es útil recordar el poder de atracción que ejercen entre
las nuevas generaciones las peregrinaciones de antigua y reciente creación, así
como el deseo de pertenecer a alguna cofradía, como está ocurriendo
recientemente en España[119].
Para muchos jóvenes, sobre todo en los contextos occidentales, la búsqueda de un
sentido en un mundo cada vez más encerrado en sí mismo y la búsqueda de una
pertenencia religiosa capaz de dar alguna configuración a su propia necesidad de
identidad, en un mundo cada vez más individualizado, representan necesidades muy
importantes, que encuentran su respuesta precisamente en la participación en las
peregrinaciones y en el deseo de formar parte de una cofradía. En el contexto
del tema principal de las presentes Consideraciones, resulta urgente
preguntarse cómo “aprovechar” al máximo estas preguntas y estas necesidades de
nuestros contemporáneos más jóvenes para convertirlas en un canal a través del
cual la luz de Cristo pueda inundar sus existencias, a menudo atribuladas.
114. Una segunda atención debe dirigirse a la homilía. El Papa Francisco le ha
dedicado un amplio espacio en la Exhortación apostólica
Evangelii gaudium[120],
como testimonio de su importancia para el anuncio y la transmisión de la fe; se
remite a ella para un análisis más profundo. Una homilía bien preparada puede
desempeñar un papel decisivo a la hora de presentar los contenidos de la fe de
forma narrativa, capaz de reinterpretar la Palabra de Dios a la luz de la vida
concreta del pueblo y, por tanto, de suscitar una experiencia viva de encuentro
con Cristo. El propio Jesús aparece en los Evangelios, ante todo, como un gran
narrador. Rara vez comienza sus discursos con conceptos abstractos: recurre, en
cambio, a imágenes, metáforas y parábolas; a menudo hace referencia a la vida
cotidiana de las personas, proponiendo relatos capaces de abrir la imaginación
de quien escucha, incluso antes de tocar la inteligencia. Las parábolas, de
hecho, no se limitan a informar: son capaces de formar y transformar a sus
oyentes. Las historias contadas por Jesús no sirven simplemente para hacer más
interesante el discurso, sino que constituyen la clave hermenéutica a través de
la cual el oyente es introducido en el misterio del Reino. En este caso, la gran
tradición homilética de los Padres de la Iglesia, tanto de Oriente como de
Occidente, puede ofrecer una valiosa contribución a los pastores.
115. Una tercera atención nace del deseo de un compromiso que muchos,
especialmente entre los más jóvenes, manifiestan a través de actividades de
voluntariado. La búsqueda concreta de ese compromiso suele ser una ocasión para
acercarse a la realidad de la Iglesia. Estas personas sienten la necesidad
sincera y profunda de dar algo a los demás; por lo tanto, sienten la urgencia de
salir de su recinto individual y de la lógica del poseer como criterio último de
la felicidad. Es evidente que esto no implica de inmediato un interés por la fe,
pero representa una buena ocasión para el anuncio y para proponer la amistad con
el Señor Jesús, quien ofrece motivaciones aún más profundas para ese compromiso.
Toda la comunidad de creyentes está llamada a acoger a estos “buenos
samaritanos” de nuestro tiempo y a acompañarlos con amabilidad y pasión hacia
ese encuentro con el fuego del amor de Dios que la comunidad custodia como un
tesoro precioso de su propio camino en medio del mundo.
116. Una cuarta atención se refiere a la necesidad de ampliar los espacios de
presencia de las mujeres en la guía de los procesos eclesiales. En la Iglesia
católica, en general, los fieles más presentes y activos en la vida de las
comunidades son, en gran parte, mujeres. En los últimos años, sin embargo, se ha
hecho más evidente la necesidad de permitir a las mujeres que accedan a aquellos
ámbitos en los que se toman las decisiones importantes para la vida de la
comunidad. Se trata de un tema que el Dicasterio ha estudiado ampliamente y
cuyas conclusiones han sido remitidas, a través de la Secretaría del Sínodo, al
Santo Padre.
117. Un aspecto específico de nuestra época requiere una atención especial. De
hecho, no se debería subestimar la necesidad que expresan hoy en día muchísimas
personas de participar en grandes eventos (festivales musicales y otros). Esto
pone de manifiesto también que un uso intensivo de las tecnologías digitales no
es suficiente para colmar todas las necesidades del sujeto humano. Surge, por
tanto, también en nuestra época, la necesidad de compañía, la necesidad y el
deseo de compartir. Aunque somos conscientes de que la fe se transmite de manera
privilegiada de “tú” a “tú”, deberíamos acoger este rasgo de la contemporaneidad
como una buena ocasión para el anuncio del Evangelio, intentando imaginar
ocasiones de unión entre las personas, haciéndose eco de los grandes temas de
actualidad, como, por ejemplo, el de la paz.
118. El estudio de la historia de la Iglesia ofrece otros puntos para la
reflexión, en particular aquellos momentos en los que la Iglesia supo responder
positivamente a los cambios de época con los que se topó a lo largo de su
trayectoria histórica. Entre ellos, cabe citar la crisis que siguió al colapso
de las instituciones romanas en Europa occidental, con el consiguiente abandono
de las ciudades, donde el cristianismo estaba más arraigado. En este contexto,
el surgimiento del monacato irlandés, que floreció en la segunda mitad del
primer milenio cristiano, resultó decisivo; no solo salvaguardó y profundizó la
comprensión de la fe, sino que también dio origen a nuevas formas de
evangelización y, al mismo tiempo, contribuyó a desarrollos significativos en la
práctica sacramental, como la difusión de la confesión auricular. Un segundo
ejemplo lo ofrece la crisis doctrinal y pastoral provocada por la difusión de
los cátaros y de los diversos movimientos pauperistas, a menudo en oposición a
la Iglesia, durante los siglos medievales. En respuesta a dicha situación, las
órdenes mendicantes, entre las que se cuentan las fundadas por santo Domingo y
san Francisco, encarnaron una renovada vitalidad evangélica a través de la
pobreza radical, la predicación itinerante y la enseñanza teológica ejercida en
plena comunión con la Iglesia. Otro ejemplo lo constituye el impulso hacia una
reforma católica de gran alcance, suscitado por la profunda ruptura eclesial
introducida por la Reforma protestante, en la que destacaron figuras como santa
Teresa de Ávila y san Ignacio de Loyola. Esta renovación coincidió con la
expansión misionera de la Iglesia hacia tierras recién descubiertas y abiertas
al anuncio del Evangelio, lo que contribuyó a darle un nuevo impulso. Por
último, conviene recordar la respuesta de la Iglesia, en el siglo XIX, a los
profundos cambios provocados por la cuestión obrera y las consecuencias de la
revolución industrial, que la llevaron a reelaborar de manera sistemática su
Doctrina social. En cada uno de estos casos, un momento de crisis se convirtió
en una oportunidad para iniciativas creativas que resultaron decisivas para la
evangelización y que coincidieron también con una transición más amplia entre
épocas históricas.
119. En la actualidad, resulta necesario realizar un estudio específico sobre el
repentino declive del catolicismo en los países en los que estaba profundamente
arraigado, con el fin de comprender sus causas y elaborar una respuesta pastoral
adecuada.
120. Debe prestarse una atención adicional y decisiva al mundo de los colegios y
universidades católicas, así como al de otras instituciones católicas,
especialmente a aquellas dedicadas a la caridad. Como atestiguan los obispos de
Ghana: «La transmisión de la fe católica viene significativamente reforzada a
través de la educación católica, que constituye un importante canal para la
formación continua de niños, jóvenes e incluso adultos»[121].
En otros países, como Venezuela, el programa de educación religiosa prevé una
integración entre la actividad escolar y la parroquial, lo que confirma el valor
también pastoral de los colegios católicos[122].
Sobre todo, en países en los que el catolicismo representa una minoría —a veces
extremadamente reducida—, estas instituciones constituyen a menudo el único
punto de contacto de gran parte de la población con la Iglesia católica. Sin
embargo, cabe señalar que en varias regiones existen restricciones a la
enseñanza de la religión en las escuelas, por lo que, en esos contextos, son las
parroquias las que asumen toda la carga de la catequesis.
121. En comparación con los lugares tradicionales de la acción pastoral, las
escuelas ofrecen un contacto más institucional y casi profesional, pero no por
ello menos capaz de transmitir al menos una pequeña chispa de ese fuego de amor
que ha atravesado los siglos y que, desde Jesús, ha llegado hasta nuestros días.
De hecho, se ofrece un testimonio casi transparente de la caridad intelectual y
material, capaz de orientar espontáneamente hacia la belleza del Evangelio y su
fuerza humanizadora. Así lo atestiguan también los obispos de Francia: «La
enseñanza católica es un lugar fundamental para el primer anuncio a los niños,
los jóvenes y las familias, que puede llevar a los jóvenes, pero también a sus
padres, a solicitar la iniciación cristiana»[123].
En un horizonte más amplio, se invita, por tanto, a los creyentes a defender
siempre el papel central de la escuela, como lugar «donde las nuevas generaciones pueden aprender a buscar y amar la verdad, a
cuestionarse el sentido de la vida y la dignidad de cada persona»[124].
122. Concluimos con una mención sobre el compromiso ecuménico, que constituye
una dimensión intrínseca de la misión evangelizadora de la Iglesia y, por lo
tanto, también de la transmisión de la fe. De hecho, como señala el Decreto
Unitatis redintegratio del Concilio Vaticano II, la división entre los
cristianos «contradice clara y abiertamente la voluntad de Cristo, es un
escándalo para el mundo y perjudica a la causa santísima de predicar el
Evangelio a toda criatura»[125].
Lejos de representar una alternativa al anuncio, el diálogo ecuménico constituye
una modalidad propia del mismo, en la que la búsqueda común de la verdad, la
escucha recíproca y el testimonio de la caridad hacen más creíble la
proclamación del kerygma ante un mundo cada vez más secularizado y
pluralista. Como recuerda san Juan Pablo II, de hecho, «los mismos esfuerzos por la unidad constituyen de por sí un signo de la obra de
reconciliación que Dios realiza en medio de nosotros»[126],
manifestando concretamente que el Padre es, para siempre y para todos, amor.
Esto invita a la comunidad de los creyentes a hacer suyo el apelo confiado del
Papa Francisco: «Si realmente creemos en la libre y generosa acción del Espíritu, ¡cuántas cosas
podemos aprender unos de otros! No se trata sólo de recibir información sobre
los demás para conocerlos mejor, sino de recoger lo que el Espíritu ha sembrado
en ellos como un don también para nosotros»[127],
de modo que «podremos caminar decididamente hacia expresiones comunes de anuncio, de servicio
y de testimonio»[128].
123. En este mismo sentido, hay que reconocer que algunos miembros de otras
religiones y movimientos religiosos se esfuerzan por dar testimonio de la fe en
Dios en un contexto cultural que tiende a encerrarse en la inmanencia más vacía.
Del mismo modo, algunos miembros de otras Iglesias cristianas y comunidades
eclesiales buscan nuevos caminos para anunciar el Evangelio y el amor de Cristo
en nuestro tiempo. También de sus experiencias positivas y de sus esfuerzos
creativos es posible aprender algo, para que nuestro compromiso con la
transmisión de toda la riqueza del tesoro de la fe, recibido como don, sea
siempre fecundo.
Capítulo VIII
Testimonios
124. Llegados a este punto, tal y como se adelantaba en la
Introducción a las presentes Consideraciones, se ofrecen algunos testimonios
ejemplares de personas que han podido experimentar en su vida el encuentro con
Cristo o el redescubrimiento de una relación viva con Él. Por razones de
confidencialidad, no se indicarán sus nombres, sino sólo su procedencia,
asegurando que se trata de testimonios auténticos, compartidos de forma sincera
para la edificación de la Iglesia universal. A quienes han ofrecido su relato,
así como a las Conferencias Episcopales que han remitido dicho material, va
dirigida la sincera gratitud del Dicasterio para la Doctrina de la Fe. En muchos
casos no se narran grandes hazañas ni acontecimientos prodigiosos, sino simples
sucesos en los que se manifiesta la acción de la gracia en la trama de la vida
cotidiana, lo que permite a cada uno reconocer en ellos algo de su propia
existencia. Muestran cómo cada circunstancia, incluso la más pequeña y
aparentemente insignificante, puede convertirse en una ocasión de encuentro con
el Eterno y en una etapa de esa historia de salvación que Dios construye con
nosotros y para nosotros. Por razones de espacio, no es posible recoger todos
los testimonios recibidos; por lo tanto, ha sido necesaria una selección
relacionada con los temas del documento y a la exigencia de evitar repeticiones.
Sin embargo, cada uno de ellos representa un tesoro de gracia que da testimonio
de cómo el Señor, incluso en el actual cambio de época, no deja de asistir y
acompañar a su Iglesia. Las páginas que siguen pretenden traducir en el lenguaje
de la vida algunos de los aspectos desarrollados en los capítulos precedentes.
Del abismo de la dependencia a la libertad del encuentro con Cristo
125. El primer testimonio[129]
procede de Colombia y muestra cómo, incluso en las situaciones de más profunda
degradación moral y existencial, Dios no cesa de llamar a la persona a través de
la voz de la conciencia y de ofrecerle su salvación a través de la labor de los
hermanos: «Más o menos a la edad de 13, 14 años empecé con el consumo de drogas
y andar en bandas; andar en bandas por ahí, en peleas, manejando armas,
extorsionando, robando, vendiendo drogas. Y esa fue mi vida. Mi familia se cansó
conmigo hasta que terminé viviendo en la calle. Yo le decía a mi mamá: “Ma, yo
quiero cambiar”. Ella me decía: “No, usted está enfermo, primero necesita
aliviarse”. Y yo le decía: “¿Qué va? Yo soy capaz de salir solo”. Pero sí
necesitaba la ayuda; mi orgullo, mi soberbia, todo no me permitía. Y yo sentía
un deseo muy profundo en mi corazón de algo más, algo maravilloso, algo bueno,
de amar, de sentirme amado. No tenía dónde vivir, dónde bañarme, dónde
alimentarme, nada. Por gracia y misericordia de Dios [a través de mi familia
encontré un centro de rehabilitación gestionado por una fundación cristiana],
allí no se da terapia de choque ni medicamentos, allí lo que se vive es la
oración: el Santo Rosario, la lectio divina, la Santa Eucaristía… Allí
empezó mi camino de conversión. Allí en aquel lugar, el Señor empezó a
transformar mucho mi vida, porque empecé a ver cuántas heridas y cuántos vacíos
había en mi corazón y cuánta necesidad de amor, de perdón y de la misericordia
de Dios. Después me quedé como misionero durante dos años y medio, formándome,
sirviendo en retiros y dando charlas. Después de allí me vine a la fundación
donde yo había estado. Estuve allí un año acompañando a los muchachos como
educador, compartiéndole un poco de lo que el Señor había hecho en mí. Ahora
tengo mi empleo y también estoy en una comunidad que se dedica a la oración, a
la misión y a la evangelización. Dios ha transformado mi vida, mi corazón y me
ha hecho un hombre nuevo».
126. Otros testimonios muestran cómo, a veces, basta una circunstancia muy
sencilla, como el scrolling por los mensajes de una red social,
para que la gracia haga posible un encuentro capaz de transformar la vida, tal y
como cuenta un joven de Bélgica: «Cuando tenía unos 17 años, quería bautizarme,
pero no sabía dónde acudir. Pasé por desengaños amorosos, una adicción al
alcohol, derramé lágrimas. Un día, mientras navegaba por TikTok, me topé con una
oración. Fue como una descarga eléctrica y un consuelo. No era creyente y vivía
todo esto con serenidad. Si hoy estoy aquí, es en respuesta a la llamada más
significativa de mi vida. No se trata de una reflexión intelectual, sino de un
encuentro personal en el que Jesús me habló. Me acerqué a la Iglesia sin creer
realmente en ella, sobre todo por respeto a mis abuelos y por el deseo de
preservar las tradiciones. Desde que tengo fe, tengo realmente otra visión del
mundo. Siento que todo va bien, mientras que mi vida, antes del encuentro con
Cristo, era complicada».
127. Siguiendo con el tema de la redención y la liberación, un testimonio
significativo de la eficacia liberadora del kerygma nos lo ofrece el
relato de un capellán que ejerce su ministerio en las cárceles de una diócesis
de Canadá: «El contexto carcelario constituye a menudo un lugar de crisis y de
relectura de la vida. La privación de libertad favorece el confrontarse con uno
mismo, con las propias acciones y con el sentido de la propia existencia. En
este contexto, la petición del bautismo se presenta con frecuencia como la
búsqueda de un nuevo comienzo, es más, de la redención. Las personas con las que
me encuentro expresan a menudo una búsqueda de sentido, más allá de los
contextos anteriores de su vida. Los intercambios catequéticos abren un espacio
donde las grandes cuestiones —sufrimiento, culpa, perdón, esperanza— pueden
abordarse de manera estructurada. Resulta evidente que la conversión no brota
únicamente a partir de un contenido doctrinal, sino también a partir de una
relación de confianza y de escucha. El acompañamiento pastoral, vivido a lo
largo del tiempo, constituye una mediación esencial a través de la cual la fe se
vuelve concebible y aceptable. Un elemento central de las conversiones
observadas es el encuentro con la imagen de un Dios que perdona y levanta. Esto
resulta especialmente significativo en un contexto marcado por la culpa y la
condena. Se observa así un resurgimiento del interés por la dimensión espiritual
y existencial de la fe. La conversión se presenta a menudo como una experiencia
personal fuerte».
El “despertar” del kerygma: el papel de la familia y de la oración
128. En las familias, no solo el cambio de época, sino también los eventos
trágicos pueden poner a dura prueba la fe personal. Sin embargo, incluso en
estas situaciones, el Señor no abandona a sus hijos, como atestigua este relato
procedente de Chile: «Mi fe se debilitó tanto que llegué a declararme ateo. Mi esposa, con una
paciencia admirable, jamás dejó de perseverar, y aunque yo no creía, la apoyaba
en la transmisión de la fe para nuestras hijas porque valoraba los principios de
la Iglesia. En medio de ese desierto ocurrió un golpe devastador: la muerte de
mi madre. Durante cinco años cargué un dolor inconsolable; la lloraba cada día
sin encontrar respuestas. Fue entonces cuando Dios, que tiene planes perfectos,
utilizó el pretexto más sencillo: la catequesis de mi hija menor. Asistí a las
reuniones sólo por compromiso. Fue en ese proceso donde ocurrió lo inesperado: a
través de la Eucaristía, tuve un encuentro —o más bien, un reencuentro— personal
con Jesucristo. Sentí a Jesús resucitado en mi corazón; Él tomó mi dolor, secó
mis lágrimas por mi madre y me entregó una paz que el mundo no puede dar».
129. Otro testimonio, relativo a los obstáculos para la transmisión de la fe en
la familia, procede de una mujer, madre de familia, de Eslovaquia: «Mi padre era
alcohólico. Nos destrozó a mi madre y a mí durante mi infancia... Cuando bebía,
se ponía agresivo, maldecía, blasfemaba, rompía los muebles de casa… cualquier
cosa que tuviera a su alcance; a menudo teníamos que huir de casa. Con el paso
de los años se había acumulado en mí un sentimiento de falta de perdón y quizá
incluso de odio hacia él. Solo en la comunidad, a través de la Palabra de Dios y
la formación, comprendí que estaba juzgando a mi padre por lo que era, y que
también estaba juzgando a Dios por haberme dado un padre así. Cuando reuní el
valor, a la luz de la Palabra de Dios, fui a ver a mi padre y le pedí perdón.
Fue una experiencia muy intensa para mí y, aunque mi padre no logró comprender
bien lo que le estaba diciendo, vi que por fin había encontrado la paz interior
y que nuestra relación también había mejorado. Aunque mi padre no practicaba de
ninguna manera la vida religiosa, partió hacia la eternidad reconciliado conmigo
y con mi madre, tras haberse confesado. [Hoy] junto con mi marido nos esforzamos
por transmitir la fe a nuestros cuatro hijos. Les enseñamos también contándoles
nuestra experiencia, no como moralismo (en el sentido de que tú también tienes
que verlo o hacerlo así). Les decimos que Dios actuará de manera especial
también en sus vidas, que es importante acoger todo lo que la Iglesia les ofrece
como ayuda, para que puedan vivir una vida que tenga sentido».
130. Otras veces es el miembro creyente de una pareja quien involucra al otro en
un camino de fe, como atestigua esta experiencia procedente de los Estados
Unidos de América: «Mi camino hacia la Iglesia católica comenzó gracias a mi
novia. Se crio como católica y su fe siempre ha sido importante para ella.
Mientras nos preparábamos para el matrimonio, expresó su deseo de celebrar una
boda católica. Con el fin de comprender mejor algo tan significativo para ella,
decidí explorar la fe. Me encontré con una comunidad acogedora y un grupo de
enseñantes comprometidos que hicieron que el proceso de aprendizaje fuera
atractivo y significativo. Me impresionó la comunidad parroquial y el bien que
hace en la comunidad local. La gente de allí imprimió sobre mí el valor no sólo
de tener fe, sino de vivirla. Mientras espero recibir el Bautismo y la
Confirmación en la Vigilia Pascual, lo hago con gratitud y expectación».
131. En la misma línea se sitúa un testimonio procedente de Japón: «Un hombre
entró en contacto con la Iglesia a través de su matrimonio con una esposa
católica. Al principio asistió a los cursos de preparación matrimonial
simplemente para prepararse para la boda, pero poco a poco se sintió atraído por
la cálida acogida de la comunidad parroquial y por la serenidad de la liturgia.
Tras el nacimiento de su hijo, comenzó a preguntarse qué deseaba transmitirle en
la vida y, tras emprender un estudio más profundo de la fe, se bautizó unos años
más tarde. Para él, la Iglesia a la que se había acercado inicialmente por el
bien de su familia se convirtió en el lugar donde se puso en tela de juicio su
propia forma de vivir».
132. También el sacramento del matrimonio puede convertirse en una ocasión para
redescubrir la fe, como lo atestigua una experiencia transmitida por los obispos
de Angola: «Una pareja de novios: ella católica, de una familia con una
transmisión generacional de la fe muy viva; él indiferente a Dios y a la
religión. Ella le informó de que la evolución de su relación debería tener como
condición sine qua non el matrimonio católico. [Durante una reunión
familiar,] un sacerdote, pariente de la familia del prometido, se enfrentó a la
prometida católica por su intención de unirse a un hombre que solo estaba
dispuesto a concederle el placer de la ceremonia católica del matrimonio, pero
que despreciaba el valor intrínseco de dicho matrimonio. [El sacerdote] se
dirigió de igual modo al prometido, que se limitaba únicamente a la parte carnal
y menospreciaba cualquier otro aspecto del valor del matrimonio. Al recapacitar,
el prometido se avergonzó de sus contradicciones… sin tener el más mínimo
conocimiento de la cultura cristiana, aquella que, ahora, empezaba a cobrar
sentido para él. Esta experiencia incómoda despertó en él la curiosidad por la
fe católica; comenzó a asistir a la catequesis, recibió el bautismo, hizo el
curso prematrimonial, se casó por la Iglesia y se volvió asiduo a la liturgia y
activo en la vida pastoral de la parroquia».
133. Otras veces, el despertar de la fe nace de experiencias de oración y de
compartir, como en el caso de una mujer laica de Polonia, que cuenta haber
redescubierto una fe viva a través de una iniciativa promovida por el movimiento
carismático católico: «Todo comenzó con la decisión de participar en un retiro
de varias semanas del Seminario de Renovación de la Fe. En aquel momento me
parecía que tenía una vida bastante buena, normal y ordenada. Sin embargo, cada
vez con más frecuencia, en lo más profundo de mi corazón sentía que aquello
sobre lo que construía mi vida no era duradero. El vacío que aparecía cada vez
con más frecuencia en mi corazón no podía ser llenado por nada. Me di cuenta de
que la fe que tenía estaba muerta. No era más que el cumplimiento de ciertos
deberes y prácticas religiosas que me habían enseñado. Durante el Seminario
conocí a un Dios que ama gratuitamente, que es Padre, que cuida, que espera, que
busca a los perdidos para regalarles amor, felicidad y alegría. Fue mi encuentro
personal con Jesús, quien “tocó” concretamente mi corazón para sacarme de la
oscuridad en la que llevaba años viviendo. Tras las lágrimas purificadoras llegó
una gran alegría, libertad, fuerza y esperanza que llenaron todo mi corazón y mi
ser. Mi fe dejó de ser un complemento de la vida para convertirse en el único
sentido de mi existencia. Dejó de estar muerta y cobró vida. Por fin me sentí
segura, libre y serena. Las palabras de san Agustín —“El corazón del hombre está
inquieto hasta que descansa en Dios”— se han cumplido al 100 % en mi vida».
134. Otro testimonio especialmente intenso en este sentido proviene de una
estudiante francesa: «Hija de un padre libanés chiita que se hizo ateo y de una
madre francesa católica no practicante, crecí en una especie de vagabundeo
espiritual. Mis padres deseaban dejarnos libres en nuestra elección religiosa,
pero ese silencio fue durante mucho tiempo una carencia. Sin embargo, desde los
8 años, encontré una Biblia... ese primer impulso se vio alimentado por mis años
de colegio en Chartres, donde encontraba refugio y paz bajo las columnas de la
catedral después de clase. El verdadero punto de inflexión tuvo lugar en 2004,
durante mis cursos preparatorios [para la universidad]. Sola, lejos de mi
familia y agobiada por la presión de las oposiciones, viví una auténtica
revelación. Una noche, sentada ante mi escritorio, la evidencia se impuso: Dios
existía, estaba allí, justo a mi lado, con una presencia casi palpable. Ese
inmenso alivio transformó mi soledad en un camino en compañía. El Señor puso
entonces testigos en mi camino… [entre ellos] un cristiano maronita, [que]
llevaba en sí una fe radiante. Un día, al ver una imagen del Sagrado Corazón de
Jesús que guardaba en su cartera, lo comprendí: era Él, Jesús, quien me había
visitado aquella noche en mi habitación de estudiante. Sin embargo… el ritmo
frenético de mi trabajo me llevó al agotamiento (burnout) en 2019.
En ese colapso, sólo Jesús me salvó. Entonces emprendí un peregrinaje de
sanación… cambié radicalmente de vida. Hoy mi vida es estable y feliz, siento
que por fin ha llegado el momento de cumplir mi promesa. Al recibir los
sacramentos de la iniciación cristiana, deseo sellar para la eternidad mi
alianza con Cristo, que nunca me ha abandonado».
135. Otras veces es la fuerza de la oración y de los sacramentos la que nos
sostiene en situaciones de crisis, como atestigua la experiencia de una mujer
procedente de Jamaica: «Soy católica “desde la cuna” criada por una madre que
era una fiel católica. De niña, en un pueblecito de Jamaica, leía y hasta servía
en el altar, porque muchos feligreses tenían poca formación y muchos no sabían
leer. Le daba a Dios lo que sentía que debía darle. Había veces en las que daba
el 90%, y otras en las que era el 20%. Hace unos 15 años, a pesar de que rezaba
fervientemente para salir de [una cierta] situación, parecía que Dios no
respondía. Llegué a un punto en el que sentí que Dios simplemente no me estaba
escuchando… llegué a la conclusión de que no tenía sentido rezar. Dejé de rezar
por completo… a esto le siguió una gran crisis de fe. Empecé a cuestionarme y a
dudar de todo. Me sentía verdaderamente como una impostora. De hecho, estaba
enseñando el catecismo a los niños, cuando ni siquiera estaba segura de creer en
lo que enseñaba. [Pero] Dios siempre sabe dónde encontrarnos y cómo llegar a
nosotros. Mi mente empezó a comprender el verdadero poder de los sacramentos… y,
sobre todo, de la Eucaristía: que Jesús está precisamente ahí. Los retos con los
que luchaba y que provocaron mi crisis de fe siguen existiendo, pero lo que ha
cambiado es mi forma de rezar. El objetivo de mis oraciones ya no es lo que Dios
puede darme a mí. En cambio, me pregunto qué puedo yo dar a Dios».
El testimonio de la caridad, de la cultura y de la belleza
136. Como ya se ha mencionado anteriormente, una vía importante de acceso a la
fe es la belleza (via pulchritudinis), esa belleza que, como enseñaban
los doctores medievales, es síntesis de verdad y bondad. En una palabra, es la
belleza del amor, que se manifiesta en una multiplicidad de formas. Precisamente
a partir del tema de la belleza, capaz de unir el rigor intelectual con la
experiencia estética, se sitúa el testimonio de un estudiante de neurobiología
procedente de Suiza: «Crecí en una familia atea; en mi casa, entre nosotros
“cartesiano” era la consigna; a menudo se presentaba como una antítesis evidente
de la fe. La presencia de Dios en mi vida se manifestó como un susurro de viento
en la lejanía. La primera vez que experimenté esa sensación de plenitud fue
mientras asistía a una extraordinaria interpretación de una pieza de Chopin.
Luego vino aquella noche en la que, desde la cima de una montaña de Crimea,
contemplé la inmensidad del mar Negro y las montañas que se extendían a mis
pies. Pensaba que sentía esa paz porque estaba contemplando la belleza de la
Humanidad. [Luego] un día crucé la puerta de la catedral de Chartres. La
cuestión ya no se planteaba: la fuente estaba allí, ante mis ojos. No sé cuándo
comenzó mi camino con Dios, pero estoy seguro de que lo acogí la primera vez que
me arrodillé para rezar. Fue un baño de paz, un bálsamo para el alma. Cuando me
di cuenta del camino que estaba emprendiendo, decidí mantenerme al margen. En
los círculos científicos, cualquier alusión al tema va acompañada de largos
debates, críticas denigrantes e incluso de auténticas blasfemias. Mis primeras
oraciones, mis primeros rosarios, mis primeras misas los viví a solas. Pensaba
incorporarme a la comunidad una vez que hubiera adquirido los conocimientos
suficientes. Para mi gran sorpresa, fue la comunidad la que me acogió. Tuve la
suerte de ser bautizado gracias a la insistencia de mis abuelos maternos. Creo
que ha llegado el momento de cerrar el capítulo del descubrimiento y avanzar de
pleno derecho en mi vida como católico. Por eso he emprendido mi camino hacia la
confirmación».
137. Otras veces es la sencillez de la caridad, manifestada en la amabilidad y
la acogida, la que abre las puertas de la fe, como en el testimonio de un
catecúmeno vietnamita, transmitido por los obispos de Malasia: «Nací en una
familia budista. Crecí sin prestar mucha atención a la religión. Vine a Malasia
porque quería estudiar inglés. En Vietnam estos cursos son caros, pero encontré
un curso de inglés gratuito impartido por cristianos filipinos. Todos me
acogieron con calidez. Enseñaban con sinceridad e incluso nos ofrecían comida y
bebida. Pude comprobar su amabilidad y generosidad. Trataban a todos por igual.
Durante una de las clases, proyectaron un vídeo sobre la Pasión y la
Resurrección de Jesús, que terminaba con una sencilla pregunta: “¿Dónde está
Dios?”. Pero sentí algo. Fue una pequeña emoción, pero se quedó dentro de mí.
Años más tarde, conocí a un [cristiano] malasio a través del trabajo y empecé a
asistir a misa con él. En la iglesia, la gente era amable y las homilías me
conmovieron. Pero la vieja pregunta volvió: ¿quién es Dios? Con la ayuda de mi
amigo, me inscribí en los cursos de catecumenado y este año me bautizaré. Me
siento más fuerte, menos asustado ante los retos de la vida. No solo estoy
preparado para convertirme en católico, sino también para formar parte del
milagro de Dios».
Conclusión
138. El Dicasterio para la Doctrina de la Fe recibió del Papa Francisco, en los
últimos momentos de su vida, el encargo de ofrecer a la Iglesia una reflexión
sobre la transmisión de la fe; dicha petición fue posteriormente renovada por el
Papa León XIV. El Dicasterio ha asumido esta tarea en el espíritu de la
renovación misionera exigida a todo el pueblo de Dios, incluidas las
instituciones curiales. De hecho, su servicio no se limita a la custodia de un
depósito de doctrinas que hay que creer (credere Deum), sino que abarca
también la promoción de todo aquello que favorece la implicación personal y
activa en la acogida de la luz de la fe (credere Deo y credere in Deum).
En particular, esto concierne a la Sección Doctrinal del Dicasterio, que está
llamada a fomentar «los estudios destinados a hacer crecer la inteligencia y la
transmisión de la fe al servicio de la evangelización, para que su luz sea
criterio para comprender el sentido de la existencia»[130].
La cuestión de la transmisión de la fe, por tanto, no nos aleja del depositum
fidei, ni implica reducir el tratamiento a la mera dimensión subjetiva de la
fides qua. Se trata, sencillamente, de un llamamiento a los fieles para que
vuelvan al corazón del patrimonio de la fe cristiana: el kerygma es, de
hecho, su contenido central, que atraviesa como un hilo de oro la armoniosa
jerarquía de las «verdades de la doctrina católica»[131]
e ilumina todos los contenidos del depositum fidei, atrayendo hacia la
experiencia de un encuentro personal y comunitario con Cristo vivo.
139. En el curso de la reflexión desarrollada en el presente documento, el
Dicasterio para la Doctrina de la Fe ha acogido con alegría la generosa
respuesta de numerosas Conferencias Episcopales, que han compartido su sincera
preocupación por este tema. La riqueza de las aportaciones recibidas supera los
límites de un único documento; por lo tanto, la cuestión abordada en las
presentes Consideraciones permanece abierta a posteriores
profundizaciones y a nuevos desarrollos. Este Dicasterio reconoce que dicho
ámbito es competencia de otro Dicasterio, el Dicasterio para la Evangelización
—Sección para las Cuestiones Fundamentales de la Evangelización en el Mundo—,
que desde hace tiempo está inmerso en un proceso de investigación y diálogo no
solo sobre la transmisión de la fe, sino también sobre otros temas relacionados
con ella: el catecumenado, las diversas formas de catequesis, la formación de
los fieles, los contextos comunitarios de acogida y crecimiento de los nuevos
creyentes, etc.
140. Quisiéramos, ahora, sellar estas Consideraciones sobre la
transmisión de la fe en el contexto del cambio de época con una imagen muy
querida por todos los fieles, capaz de representar un símbolo de esperanza para
el futuro. Se trata de la imagen de la liturgia del encendido del cirio pascual
y de su colocación en el altar, tras la procesión a lo largo de la nave de la
iglesia, durante la solemne Vigilia Pascual en el rito latino. Como es sabido,
tras el encendido del cirio comienza la procesión: a excepción del diácono que
lleva el cirio, todos avanzan con las velas apagadas en las manos. A
continuación, primero el celebrante y, después, los demás participantes reciben
del cirio pascual —o de velas encendidas a partir de él— la llama con la que
encienden su propia vela y, a su vez, pueden transmitirla a otros.
141. Por tres veces, con la proclamación “Luz de Cristo” (o bien, en algunos
países, con una fórmula alternativa), el diácono anuncia al mundo la presencia
de la luz de Cristo, que se hace visible en el encendido progresivo de las
candelas. Así, a partir de la única llama del cirio pascual, se encienden lenta
y ordenadamente todas las velas de los fieles y, al término de la procesión, se
encienden también las luces de la iglesia.
142. Nos gustaría, pues, imaginar el impulso que estas Consideraciones
desean ofrecer a la Iglesia en este cambio de época. Quieren recordar con fuerza
que Cristo es la luz verdadera. Él ilumina porque libera de las tinieblas
e introduce en la plenitud de la vida, cumplimiento de la acogida del amor
incondicional de Dios en nuestro corazón. A nosotros, los creyentes, ya se nos
ha concedido el don de encontrar la luz y de dejar que nuestra vida sea
iluminada por la «luz verdadera» del mundo (cf. Jn 1,9). Ahora nos toca a
nosotros transmitir ese mismo don a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, que
quizá, aunque no siempre de modo consciente, también esperan poder encender su
existencia con esa misma fuente de toda gracia, luz que resplandece en el mundo.
143. Por último, no podemos pasar por alto el testimonio de tantos laicos evangelizadores que, en
tiempos recientes, han alcanzado la santidad. Muchos jóvenes han admirado la
pasión por la evangelización de san Carlos Acutis, así como el admirable ejemplo
de santa María Antonia de Paz y Figueroa, conocida como Mama Antula, en su largo
peregrinaje evangelizador. Además, numerosos laicos han entregado su vida al
compromiso de llevar la luz de Cristo: san Sebastián, san Pablo Chông Hasang,
san Pedro to Rot. Junto a ellos, las contemplativas y los contemplativos
alimentan el fuego de la fe a través de la oración y la intercesión, pues sin la
acción del Espíritu Santo todos nuestros esfuerzos resultan vanos. Invitamos,
por tanto, a todas las comunidades a promover en su seno momentos de oración e
intercesión que apoyen la transmisión de la luz de la fe.
144. María, que se ha hecho presente entre los distintos pueblos a través de las
más variadas formas de su fe y devoción, haciendo así más reconocible su
cercanía maternal, lleva siempre consigo la luz y el amor del Señor. El
Evangelio cuenta que así lo hizo desde el principio, cuando llevó a Jesús a
Isabel (cf. Lc 1,39-45). Y sigue haciéndolo también hoy, ofreciendo la
belleza del Evangelio. María, en efecto, meditó atentamente y guardó en su
corazón todo lo que Cristo hizo y dijo (cf. Lc 2,19.51). Ella fue la gran
testigo de la encarnación y del nacimiento del Señor hasta su muerte en la cruz
y su resurrección, acompañándolo a lo largo de toda su vida terrenal. Por eso,
ante el rostro de María, el pueblo fiel reconoce «en esa imagen maternal todos los misterios del Evangelio»[132].
Quien contempla la fe mariana de los sencillos con una actitud exclusivamente
intelectual, corre el riesgo de no comprender que, muchas veces, el Evangelio de
Cristo se transmite de forma mistagógica, a través de símbolos, experiencias,
confianza y afecto. A María, Maestra de la transmisión de la fe, le pedimos que
interceda por nosotros en el renovado compromiso de llevar la luz de Cristo a
las nuevas generaciones.
El Sumo Pontífice León XIV, en la Audiencia concedida al suscrito Prefecto junto
con el Secretario para la Sección Doctrinal del Dicasterio para la Doctrina de la
Fe, el día 21 de agosto de 2026, memoria litúrgica de san Pío X, Papa, aprobó el
presente documento, deliberado en la Sesión ordinaria de este Dicasterio el 24
de junio de 2026, solemnidad de la Natividad de san Juan Bautista, y ordenó su
publicación.
Dado en Roma, en la sede del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, el 22 de
octubre de 2026, memoria litúrgica de san Juan Pablo II.
Víctor Manuel Card. Fernández
Prefecto
Monseñor
Armando Matteo
Secretario
para la Sección
Doctrinal
Ex Audientia Die: 21 Augusti 2026
Leo PP. XIV
[1] Cf. León XIV, Discurso a los obispos de la Conferencia Episcopal Italiana (17 junio 2025): L’Osservatore Romano, 17 junio 2025, 2.
[2] Id.,
Discurso a los participantes en la Sesión Plenaria del Dicasterio para la
Evangelización – Sección para las Cuestiones Fundamentales de la Evangelización
en el Mundo (28 mayo 2026): L’Osservatore Romano, 28 mayo 2026, 2.
[3] Para ayudar al lector a orientarse a lo largo del recorrido de las presentes
Consideraciones, que se desarrolla a lo largo de los diferentes capítulos,
puede resultar útil ofrecer desde ya una breve indicación de su recorrido
temático. Los capítulos I y II establecen sus fundamentos teológicos, partiendo
del anuncio del amor del Padre manifestado en la persona y en las obras de Jesús
de Nazaret, para llegar a sus principales contextos de transmisión en la
Iglesia, es decir, la familia y la comunidad. El capítulo III se detiene en los
retos del cambio de época, cuya característica principal es una dificultad sin
precedentes para continuar con las formas tradicionales de transmisión de la fe,
a lo que responde el capítulo IV señalando el corazón palpitante de dicha obra,
es decir, el anuncio del kerygma. El capítulo V expone diversas
reflexiones prácticas sobre la transmisión de la fe en la vida de las comunidades en sus
variados aspectos, mientras que los capítulos VI y VII, respectivamente,
profundizan en la relación entre fe y cultura e indican algunas atenciones
pastorales específicas. Por último, el capítulo VIII recoge algunos testimonios
concretos que muestran la transmisión de la fe en el contexto de la vida
cotidiana de las personas.
[4] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.
Gaudium et spes (7 diciembre 1965), 22: AAS 58 (1966), 1043.
[5] Francisco, Exhort. ap.
Christus vivit
(25 marzo 2019), 1: AAS 111 (2019),
391.
[6] Benedicto XVI, Carta enc.
Deus caritas est (25 diciembre 2005), 1: AAS 98 (2006), 217.
[7] Francisco, Exhort. ap.
Evangelii gaudium
(24 noviembre 2013), 1: AAS 105
(2013), 1019.
[8] Francisco, Carta enc.
Lumen fidei (29 junio 2013), 1: AAS 105 (2013),
555-556.
[9] Id., Carta enc.
Lumen fidei (29 junio 2013), 37: AAS 105 (2013), 580.
[10]
Ibíd., 38: AAS 105 (2013), 580.
[11] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Dei Verbum (18 noviembre 1965), 8: AAS 58 (1966),
821.
[12] Cf. XIII Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos,
Instrumentum laboris (2012), n. 105.
[13] Francisco, Carta enc.
Lumen fidei (29 junio 2013), 38: AAS 105 (2013), 581.
[14] Benedicto XVI,
Homilía en la Santa Misa de inauguración de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe
(13 mayo 2007): Insegnamenti III, 1 (2007), 848-849.
[15] León XIV,
Discurso con motivo del Consistorio Extraordinario
(7
enero 2026): L’Osservatore Romano, 8 enero 2026, 2.[16] Id.,
Homilía con motivo del Jubileo de las Familias, los Niños, los Abuelos
y los Mayores (1 de junio de 2025): L’Osservatore Romano, 2 de junio
de 2025, 2.
[17] Id.,
Homilía en la fiesta del Bautismo del Señor
(11 enero 2026):
L’Osservatore Romano, 12 enero 2026, 4.
[18] Francisco, Carta enc.
Lumen fidei (29 junio 2013), 43: AAS 105 (2013), 584.
[19]
Ibíd., 53:
AAS 105 (2013), 591.
[20] Testimonio del P. Duval disponible en la página web
http://pierre.aime.duval.free.fr/priere.htm (original en francés, traducción a
cargo del Dicasterio).
[21] Francisco,
Homilía con motivo de la fiesta del Bautismo del Señor y la
celebración del bautismo de algunos niños (7 enero 2018): L’Osservatore
Romano, 8-9 enero 2018, 8.
[22] León XIV,
Homilía con motivo del Jubileo de los Catequistas
(28
septiembre 2025): L’Osservatore Romano, 28 septiembre 2025, 2.
[23] Cf. Francisco, Exhort. ap.
Evangelii gaudium
(24 noviembre 2013), 70: AAS 105 (2013), 1049-1050.
[24] Id., Carta enc.
Lumen fidei (29 junio 2013), 18: AAS 105 (2013), 565.
[25] Francisco, Exhort. ap.
Evangelii gaudium
(24 noviembre 2013), 14:
AAS 105 (2013), 1025, que cita a Benedicto XVI,
Homilía en la Santa Misa de conclusión de la XIIIAsamblea General Ordinaria del Sínodo de Obispos
(28 octubre 2012),
AAS 104 (2012), 890. Énfasis en el original.
[26] Id.,
Discurso a la Curia Romana en ocasión de las felicitaciones navideñas
(21 diciembre 2019): AAS 112 (2020), 43. Para ser precisos, la expresión
“cambio de época” no apareció por primera vez en dicho discurso, sino que fue
introducida por el Papa Francisco con motivo de su entrevista del 29 de junio de
2014 para el diario italiano Il Messaggero.
[27] Consejo Episcopal Latinoamericano y del Caribe,
Documento final de
la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (13-31 mayo 2007),
44.
[28] Cf. Francisco, Carta
enc.
Fratelli tutti (3 octubre 2020), 30: AAS 112 (2020),
979-980.
[29] León XIV, Carta enc.
Magnifica humanitas (15 mayo 2026), 6.
[30] Id., Discurso a los Superiores mayores de la Compañía de Jesús
(24
octubre 2025): L’Osservatore Romano, 24 de octubre de 2025, 5.
[31] Id., Carta enc.
Magnifica humanitas (15 mayo 2026), 26.
[32] Francisco, Exhort. ap.
Evangelii gaudium
(24 noviembre 2013), 70: AAS 105 (2013), 1049.
[33] Conferencia de Obispos Católicos de la Federación Rusa,
Informe sobre
la transmisión de la fe en el territorio de la Conferencia Episcopal, 30
marzo 2026, en el Archivo del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
[34] Cf. Conferencia Episcopal de Albania,
Informe y testimonios sobre la
transmisión de la fe en el territorio de la Conferencia Episcopal, 19 marzo
2026, en el Archivo del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
[35] Iglesia Metropolitana Greco-Católica Húngara,
Informe y testimonios
relativos a la transmisión de la fe en el territorio de la Iglesia sui
iuris, 7 abril 2026, en el Archivo del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
[36] Conferencia Episcopal de Chile,
Informe y testimonios relativos a la
transmisión de la fe en el territorio de la Conferencia Episcopal, 11 abril
2026, en el Archivo del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
[37] Cf. Conferencia Episcopal de las Antillas, Carta past.
Un mandato para el Reino: misión y evangelización en el Caribe,
9 enero 2018, 30.
[38] Conferencia Episcopal Panameña,
Informe y testimonios relativos a la
transmisión de la fe en el territorio de la Conferencia Episcopal, 14 de
abril de 2026, en el Archivo del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
[39] Cf. Conferencia Episcopal de Colombia,
Informe y testimonios relativos
a la transmisión de la fe en el territorio de la Conferencia Episcopal, 16
abril 2026, en el Archivo del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
[40] Cf. Conferencia Episcopal Peruana,
Informe y testimonios sobre la
transmisión de la fe en el territorio de la Conferencia Episcopal, 30 marzo
2026, en el Archivo del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
[41] Cf. Conferencia de Obispos Católicos de orea,
Informe sobre la
transmisión de la fe en el territorio de la Conferencia Episcopal, 31 marzo
2026, en el Archivo del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
[42] Cf. Conferencia de Obispos Católicos de Malasia, Singapur y Brunei,
Informe y testimonios sobre la transmisión de la fe en el territorio de la
Conferencia Episcopal, 3 abril 2026, en el Archivo del Dicasterio para la
Doctrina de la Fe.
[43] Cf. Conferencia de Obispos Católicos de Bangladés,
Informe sobre la
transmisión de la fe en el territorio de la Conferencia Episcopal, 15 mayo
2026, en el Archivo del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
[44] Cf. Conferencia Episcopal de Japón,
Informe y testimonios relativos a
la transmisión de la fe en el territorio de la Conferencia Episcopal, 20
abril 2026, en el Archivo del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
[45] Cf. Conferencia de Obispos Católicos de Asia Central,
Informe y
testimonios relativos a la transmisión de la fe en el territorio de la
Conferencia Episcopal, 3 abril 2026, en el Archivo del Dicasterio para la
Doctrina de la Fe.
[46] Conferencia de Obispos Católicos de África del Sur,
Informe y
testimonios relativos a la transmisión de la fe en el territorio de la
Conferencia Episcopal, 4 mayo 2026, en el Archivo del Dicasterio para la
Doctrina de la Fe.
[47] Cf. Conferencia de Obispos Católicos de Zambia,
Informe y testimonios
relativos a la transmisión de la fe en el territorio de la Conferencia Episcopal,
10 abril 2026, en el Archivo del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
[48] Francisco, Exhort. ap.
Evangelii gaudium
(24 noviembre 2013), 73: AAS 105 (2013), 1050-1051.
[49] Conferencia Episcopal de los Estados Unidos,
Informe y testimonios
sobre la transmisión de la fe en el territorio de la Conferencia Episcopal,
30 marzo 2026, en el Archivo del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
[50] Conferencia Episcopal de Rumanía,
Informe sobre la transmisión de la fe
en el territorio de la Conferencia Episcopal, 14 abril 2026, en el Archivo
del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
[51] Francisco, Carta enc.
Fratelli tutti (3 de octubre de 2020), 105:
AAS 112 (2020), 1005.
[52] Id., Exhort. ap.
Evangelii gaudium
(24 noviembre 2013), 64: AAS
105 (2013), 1047.
[53] Conferencia Episcopal Española,
Informe y testimonios relativos a la transmisión de la fe en el territorio
de la Conferencia Episcopal, 14 abril 2026, en el Archivo del Dicasterio
para la Doctrina de la Fe.
[54] Conferencia Nacional de Obispos de Brasil,
Informe sobre la transmisión
de la fe en el territorio de la Conferencia Episcopal, 31 marzo 2026, en el
Archivo del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
[55] Conferencia Episcopal Austriaca,
Informe y testimonios relativos a la
transmisión de la fe en el territorio de la Conferencia Episcopal, 31 marzo
2026, en el Archivo del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
[56] León XIV, Carta enc.
Magnifica humanitas (15 mayo 2026), n. 4.
[57]
Ibíd., 139.
[58] XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos,
Informe de
síntesis de la primera sesión (28 de octubre de 2023), n. 17 a). Cf. León
XIV, Discurso a los participantes en la conferencia “Artificial Intelligence
and Care of Our Common Home” (5 diciembre 2025): L’Osservatore Romano,
5 diciembre 2025, 2.
[59] León XIV,
Mensaje para la LX Jornada Mundial de las Comunicaciones
Sociales (24 enero 2026): L’Osservatore Romano, 24 enero 2026, 2.
[60] Id., Carta enc.
Magnifica humanitas (15 mayo 2026), 132.
[61] Conferencia Episcopal de Bélgica,
Informe y testimonios relativos a la
transmisión de la fe en el territorio de la Conferencia Episcopal, 3 abril
2026, en el Archivo del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
[62] Conferencia Episcopal de Chile,
Informe y testimonios relativos a la
transmisión de la fe en el territorio de la Conferencia Episcopal, 11 abril
2026, en el Archivo del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
[63] Para más detalles sobre la investigación, puede consultarse la dirección
https://eglise.catholique.fr/approfondir-sa-foi/la-celebration-de-la-foi/les-sacrements/le-bapteme/baptemes-adultes/.
[64] Cf. Patriarcado Maronita de Antioquía,
Informe y testimonios relativos
a la transmisión de la fe en el territorio del Patriarcado, 1 abril 2026, en
el Archivo del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
[65] Conferencia de Obispos Católicos de Nigeria,
Informe sobre la
transmisión de la fe en el territorio de la Conferencia Episcopal, 6 mayo
2026, en el Archivo del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
[66] Conferencia Episcopal de Tanzania,
Informe sobre la transmisión de la
fe en el territorio de la Conferencia Episcopal, 26 marzo 2026, en el
Archivo del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
[67] Cf. Conferencia Episcopal de Costa de Marfil,
Informe sobre la
transmisión de la fe en el territorio de la Conferencia Episcopal, 15 abril
2026, en el Archivo del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
[68] Cf. Conferencia Episcopal Nacional del Congo,
Informe sobre la
transmisión de la fe en el territorio de la Conferencia Episcopal, 30 marzo
2026, en el Archivo del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
[69] León XIV, Carta enc.
Magnifica humanitas (15 mayo 2026), 223.
[70] Id.,
Carta a los Cardenales
(14 abril 2026): L’Osservatore
Romano, 14 abril 2026, 7. Cf. Id.,
Discurso con motivo del Jubileo
de los misioneros digitales y de los influencers (29 julio 2025): L’Osservatore Romano, 29 julio 2025, 2.
[71] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Dei verbum (18 noviembre 1965), 2, AAS 58 (1966), 818.
[72] Cf.
ibíd.,
5, AAS 58 (1966), 819.
[73] Cf. Comisión Teológica Internacional,
La interpretación de los dogmas
(1990), 2.1.1.
[74] Francisco, Exhort. ap.
Evangelii gaudium
(24 noviembre 2013), 164: AAS 105 (2013), 1088-1089.
[75] Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización,
Directorio para la catequesis (2020), n. 57.
[76] Cf. ibíd., 56-57.
[77] León XIV, Carta enc.
Magnifica humanitas (15 mayo 2026), 22.
[78] Cf.
https://www.evangelizatio.va/content/pcpne/it/attivita/catechesi.html.
[79] Francisco, Carta enc.
Dilexit nos (24 octubre 2024), 26: AAS
116 (2024), 1377.
[80] Benedicto XVI, Carta enc.
Deus caritas est (25 diciembre 2005), n. 31: AAS 98 (2006), 245.0
[81] Agustín, Confessionum libri tredecim, XII, 16, 23:
PL 32, 834.
[82] Francisco, Exhort. ap.
Christus vivit
(25 marzo 2019), 211: AAS 111 (2019),
450.
[83] Francisco, Exhort. ap.
Christus vivit (25 marzo 2019), 175: AAS 111 (2019), 440.
[84] Id., Exhort. ap.
Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 70: AAS 105
(2013), 1089.
[85]
Ibíd.,
165: AAS 105 (2013), 1089.
[86] Conc. Ecum. Vat. II, Decreto
Unitatis redintegratio (21 noviembre
1964), 11: AAS 57 (1965), 99.
[87] Cf. Francisco, Exhort. ap.
Evangelii gaudium
(24 noviembre 2013),
36-37: AAS 105 (2013), 1035.
[88]
Ibíd.,
165: AAS 105 (2013), 1089.
[89] Cf.
ibíd., 127-129:
AAS 105 (2013), 1073.
[90] Id., Carta ap.
Aperuit illis
(30 septiembre 2019), 8: AAS 111 (2019),
1500.
[91] Cf. Aelredo de Rievaulx,
De spiritali amicitia: CCCM, 1,
279-350.
[92] Francisco, Exhort. ap.
Christus vivit
(25 marzo 2019), 151: AAS 111 (2019),
432.
[93] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.
Gaudium et spes (7 diciembre 1965), 52: AAS 58 (1966), 1073.
[94] Francisco, Exhort. ap.
Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 24: AAS 105
(2013), 1030.
[95] Francisco, Exhort. ap.
Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 45: AAS 105
(2013), 1039.
[96] Cf. Próspero de Aquitania,
Indiculus, c. 8: PL 51, 209.
[97] Agustín de Hipona,
Confessionum libri tredecim,IX, 6,14: PL 32, 769-770.
[98] R. Guardini, Spiegel und Gleichnis. Bilder und Gedanken,
Maguncia-Paderborn 1990, 158-161.
[99] Francisco, Exhort. ap.
Gaudete et exsultate (19 marzo 2018), 9: AAS 110 (2018), 1113.
[100] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium (21 noviembre
1964), 11: AAS 57 (1965), 15-16.
[101] Francisco, Exhort. ap.
Gaudete et exsultate (19 marzo 2018), 14: AAS 110 (2018), 1115.
[102] Terencio, Heautontimorumenos, I, 1, 25.
[103] León XIV, Carta enc.
Magnifica humanitas (15 mayo 2026), 122.
[104] Id., Exhort. ap.
Dilexi te (4 octubre 2025), 3: AAS 117 (2025), 1240.
[105]
Ibíd., 104:
AAS 117 (2025), 1280-1281.
[106] H. U. von Balthasar,
Gloria. Una estética teológica. La percepción de
la forma, vol. 1, Madrid 1985, 142. A esto se puede añadir: «Si al verum
le falta aquel esplendor que, para Tomás, es el signo
distintivo de lo bello, el conocimiento de la verdad permanecerá tan pragmático
como formalista. […] Y si al bonum le falta aquella voluptas que,
para Agustín, es el signo de su belleza, la referencia a lo bueno permanecerá
tan utilitarista como hedonista» (ibíd.).
[107] Cf. Francisco, Exhort. ap.
Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 167: AAS 105 (2013), 1090.
[108] León XIV,
Discurso de bienvenida a los participantes en el “Concierto con los pobres”
(6 diciembre 2025): L’Osservatore Romano, 9 diciembre 2025, 4.
[109] Juan Pablo II,
Discurso a los participantes en el Congreso Nacional del Movimiento
Eclesial de Compromiso Cultural (16 enero 1982), 2: Insegnamenti V, 1
(1982), 131, que cita a Pablo VI, Exhort. ap.
Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 20:
AAS 68
(1976), 18. Cf. Consejo Pontificio de la Cultura,
Para una pastoral de la
cultura (23 mayo 1999).
[110] Juan Pablo II, Carta enc.
Slavorum apostoli (2 junio 1985), 21: AAS 77 (1985),
802.
[111] Juan Pablo II, Carta enc.
Redemptoris missio (7 diciembre 1990), 52: AAS 83
(1991), 300.
[112] Francisco, Exhort. ap.
Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 122: AAS 105 (2013), 1071.
[113]
Ibíd., 127:
AAS 105 (2013), 1073.
[114]
Ibíd., 132:
AAS 105 (2013), 1075.
[115] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.
Gaudium et spes (7 diciembre 1965), cap. I: AAS 58 (1966), 1034-1044.
[116] León XIV, Carta enc.
Magnifica humanitas (15 mayo 2026), 3.
[117] Francisco, Exhort. ap.
Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 123: AAS 105
(2013), 1071.
[118]
Ibíd., 126:
AAS 105 (2013), 1073.
[119] Se trata de un fenómeno que, desde hace algunos años, registra una
participación cada vez mayor de los jóvenes en las cofradías religiosas o en
grupos juveniles vinculados al mundo católico. Además de la participación en la
vida de las propias cofradías, que culmina, a nivel público, en las
tradicionales procesiones con motivo de las principales solemnidades, cabe
destacar también las concentraciones nacionales que registran una presencia cada
vez mayor de participantes, tal y como ya se señaló en 2016 en la revista
digital de la Archidiócesis de Madrid: cf.
https://alfayomega.es/las-cofradias-se-han-convertido-en-puerta-de-entrada-a-la-iglesia-para-muchos-jovenes/.
[120] Cf. Francisco, Exhort. ap.
Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 135-144: AAS 105 (2013), 1076-1080.
[121] Conferencia de los Obispos de Ghana,
Informe sobre la transmisión de la fe en el territorio de la Conferencia
Episcopal, 27 abril 2026, en el Archivo del Dicasterio para la Doctrina de
la Fe.
[122] Cf. Conferencia Episcopal Venezolana,
Informe y testimonios relativos a
la transmisión de la fe en el territorio de la Conferencia Episcopal, 2
abril 2026, en el Archivo del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
[123] Conferencia de los Obispos de Francia,
Informe y testimonios relativos a la transmisión de la fe en el territorio
de la Conferencia Episcopal, 5 junio 2026, en el Archivo del Dicasterio para
la Doctrina de la Fe.
[124] León XIV, Carta enc.
Magnifica humanitas (15 mayo 2026), 143.
[125] Conc. Ecum. Vat. II, Decreto
Unitatis redintegratio (21 noviembre 1964), 1: AAS 57
(1965), 90. Cf. Id., Decreto
Ad gentes (7 diciembre 1965), 6: AAS
58 (1966), 954-955.
[126] Juan Pablo II, Carta enc.
Redemptoris missio (7 diciembre 1990), 50: AAS 83
(1991), 297.
[127] Francisco, Exhort. ap.
Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 246: AAS 105 (2013), 1119.
[128]
Ibíd.
[129] Los resúmenes que siguen son síntesis elaboradas a partir de extractos de
los textos originales de los testimonios. Para facilitar la lectura, no se
indican las omisiones. Las posibles adiciones resumidas se recogen entre
corchetes.
[130] Francisco, Carta ap. en forma de “Motu proprio”
Fidem servare (11 febrero 2022),
2: AAS 114 (2022), 288.
[131] Conc. Ecum. Vat. II, Decreto
Unitatis redintegratio (21 noviembre 1964), 11: AAS 57
(1965), 99.
[132] Francisco, Exhort. ap.
Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 285: AAS 105 (2013), 1135. Cf. Dicasterio para la Doctrina de la Fe,
Nota doctr.
Mater populi fidelis (4 noviembre 2025), 77.
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