DICASTERIO PARA LA DOCTRINA DE LA FE
DICASTERIO PARA LA PROMOCIÓN DE LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS
DICASTERIO PARA EL DIÁLOGO INTERRELIGIOSO
NOTA
UN
CAMINO DE ESPERANZA
Sesenta años de diálogo y fraternidad interreligiosa
a la luz de la Declaración conciliar
Nostra aetate
Índice
I. Introducción
Origen y alcance de
Nostra aetate. Una
respuesta al Holocausto
La especificidad del diálogo con los judíos
II. Desarrollo posconciliar: una continuidad enriquecida por
los Papas sucesivos
San Pablo VI
San Juan Pablo II
Benedicto XVI
Francisco
León XIV
III. Los frutos y los retos de la Declaración Nostra
aetate hoy
Frutos visibles y silenciosos
Resistencias y malentendidos persistentes
Una pedagogía del diálogo que hay que profundizar
IV. Perspectivas y orientaciones para el futuro del diálogo
interreligioso
V. Conclusión
I. Introducción
1. El 28 de octubre de 1965,
la Declaración del Concilio Vaticano II Nostra aetate,
«sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no
cristianas», abría un nuevo capítulo en la historia de las
relaciones entre católicos, judíos y creyentes de otras
confesiones y tradiciones espirituales. Mucho más que un
simple texto, supuso un cambio profundo en la comprensión y
la expresión de la relación de la Iglesia con los creyentes
de otras religiones. En
dicha Declaración,
la Iglesia afirmaba, explícitamente, que «no rechaza nada de
lo que en estas religiones es verdadero y santo», invitando
a los fieles a considerar con estima y respeto esos «modos
de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas»[1].
Redactada en el contexto de la vitalidad creativa y fraterna
del Concilio, mantiene una gran actualidad en un mundo
marcado, por un lado, por actitudes generalizadas de
aislamiento y, por otro, por una búsqueda de la convivencia
en el marco de una ciudadanía universal basada en la
fraternidad y el reconocimiento mutuo.
2. Desde esta perspectiva,
Nostra aetate se
inscribe en la misma línea que
la otra Declaración conciliar Dignitatis humanae,
centrada en el derecho a la libertad religiosa. Ninguna
relación respetuosa con las demás religiones es sincera ni
viable sin un respeto simultáneo por la libertad religiosa
ajena: «Esta exigencia de libertad en la sociedad humana se
refiere sobre todo a los bienes del espíritu humano,
principalmente a los que afectan al libre ejercicio de la
religión en la sociedad»[2].
Esta convicción nos lleva a reclamar la misma libertad para
los cristianos en los países donde son minoría[3].
3. Sesenta años después de su publicación,
Nostra aetate
sigue
inspirando las decisiones pastorales y teológicas de la
Iglesia y alimentando ese diálogo que es la forma misma del
darse de la vida humana y que se ha vuelto cada vez más
indispensable en las sociedades de nuestro tiempo. Sin
embargo, dicho diálogo constituye también un desafío
permanente: ¿cómo conjugar la fidelidad a la identidad
cristiana y la apertura sincera a la alteridad? ¿Cómo vivir
concretamente la llamada a una fraternidad universal en
sociedades marcadas por una creciente diversidad cultural y
religiosa, por la guerra y la violencia, y caracterizadas
por un impulso cada vez mayor hacia la secularización? Este
documento conmemorativo pretende repasar las etapas
esenciales del diálogo interreligioso tras
Nostra aetate,
evaluar sus logros y retos, y esbozar algunas perspectivas
para el futuro.
Origen y alcance de
Nostra aetate.
Una respuesta al Holocausto
4. La Declaración
Nostra aetate
surgió
tras la Segunda Guerra Mundial e inicialmente no se refería
al diálogo con las otras religiones, sino que se planteaba
como respuesta a las trágicas consecuencias del
antisemitismo que culminó con el Holocausto.
San Juan XXIII,
que ya era muy sensible a esta temática, tras un encuentro
con el judío Jules Isaac, que fue posible gracias a la
mediación de la fundadora del Secretariado de Actividades
Ecuménicas, María Vingiani, encargó al cardenal Augustin Bea
la redacción de un texto conciliar destinado a sanar y
renovar la relación entre la Iglesia y el pueblo judío.
Dicho proyecto se desarrolló en las sesiones del
Concilio Vaticano II y
encontró su forma concreta en un texto que, como la semilla
de mostaza del Evangelio (cf. Mc 4,31-32), ha crecido
más allá de toda previsión, hasta convertirse en un gran
árbol que ha abarcado, además de la relación con el
judaísmo, el diálogo con las distintas religiones. En él se
reconoce el designio de una acogida cada vez más universal,
que la Iglesia desea ofrecer a los hermanos y hermanas de
otras tradiciones religiosas, en el respeto y en la búsqueda
compartida de la verdad.
5. El diálogo católico-judío, en su forma oficial e
institucional, hunde sus raíces en el n.º 4 de la
Declaración.
Se trata de la primera expresión magisterial que reconoce
claramente las raíces judías del cristianismo. En ella se
hace referencia al pasaje de Rm 9,4-5, en el
que se afirma que a los israelitas pertenecen los patriarcas
y que Cristo procede de ellos según la carne. La
Declaración afirma
también que «los Apóstoles, cimientos y columnas de la
Iglesia, nacieron del pueblo judío, así como muchísimos de
aquellos primeros discípulos que anunciaron al mundo el
Evangelio de Cristo»[4].
A este respecto, al hablar de la persona de Jesús, un
documento de la Comisión para las Relaciones Religiosas
con el Judaísmo del Secretariado para la Unión de los
Cristianos (hoy
Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos)
especifica que: «Jesús era judío y no ha dejado nunca de
serlo […]. Jesús era plenamente un hombre de su tiempo y de
su ambiente judío palestino del siglo primero, cuyas
angustias y esperanzas ha compartido. Esta afirmación no es
más que una acentuación de la realidad de la Encarnación, y
del sentido mismo de la historia de la salvación, como nos
ha sido revelado en la Biblia (cf. Rom 1,3-4; Gál
4,4-5)»[5].
Por decirlo con palabras del evangelista Juan (cf. Jn
1,14), según la reinterpretación del teólogo protestante K.
Barth, el Verbo se hizo «carne judía»[6] y
vino a habitar entre nosotros. Esta morada de Jesús es el
judaísmo de su tiempo, que constituye el terreno originario
a partir del cual se desarrolló la Ecclesia ex
circumcisione y, posteriormente, la Ecclesia ex
gentibus (véase al respecto el mosaico de la basílica de
Santa Sabina en Roma).
El diálogo con las religiones
6. Desde la apertura del
Concilio Vaticano II,
en 1962, san Juan XXIII, considerado el «precursor del
diálogo»[7],
invitó explícitamente a promover no solo la unidad de los
cristianos, sino también una fraternidad más amplia con los
creyentes de otras religiones, basada en la «estima y el
respeto»[8] recíprocos.
Esta visión, auténticamente humana y profundamente
evangélica, se impuso progresivamente con evidencia
teológica y pastoral: el encuentro respetuoso con el otro es
una condición indispensable para vivir plenamente el
Evangelio. Pocos meses después, en la encíclica
Pacem in
terris, el Pontífice invitó a todos a respetar la
dignidad de cada uno[9].
7.
San Pablo VI confirmó
esta orientación en la
encíclica Ecclesiam suam,
invitando a la Iglesia a «entablar un diálogo con el mundo
en el que le toca vivir»[10].
Según dicha encíclica, la Iglesia está llamada a emprender
con renovado fervor un «diálogo con todos los hombres de
buena voluntad, tanto dentro como fuera de su ámbito propio»[11],
sin excluir a nadie, pero respetando las particularidades y
las dinámicas propias de los distintos contextos del
diálogo. La visión de un diálogo estructurado
metodológicamente en distintos círculos —el diálogo por la
paz, el diálogo con los creyentes en Dios y el diálogo con
los hermanos cristianos separados[12]—
ha resultado ser programática para el desarrollo del diálogo
ecuménico, interreligioso e intercultural en el período
posconciliar. Este enfoque se considera un componente
esencial de la misión de la Iglesia, basado en la claridad
doctrinal, en la escucha sincera y en un profundo respeto
hacia los interlocutores de los cristianos[13].
Así, la Iglesia afirma con claridad: el camino del
diálogo no es ni una estrategia circunstancial ni una
renuncia a la propia identidad, sino un auténtico camino
evangélico.
8. La singularidad de la contribución de
Nostra aetate fue
subrayada por
san Pablo VI con
motivo de la clausura del
Concilio Vaticano II:
«Y queremos, ante esta manifestación del rostro embellecido
de la Iglesia católica, dirigir nuestra mirada hacia
nuestros queridos hermanos cristianos, que aún se encuentran
separados de su plena comunión; queremos asimismo dirigir
nuestra mirada hacia los seguidores de otras religiones,
entre todos aquellos a quienes nos une el parentesco con
Abraham, especialmente los judíos, no como objeto de
reprobación o desconfianza, sino de respeto, amor y
esperanza. De hecho, la Iglesia avanza en la firmeza de la
verdad y de la fe, y en la expansión de la justicia y de la
caridad. Así vive la Iglesia»[14] .
9.
Nostra aetate pone
de relieve un principio esencial. El respeto y la estima son
los fundamentos imprescindibles del diálogo interreligioso y
de las relaciones con el judaísmo, que permiten superar las
actitudes de exclusión, desprecio o indiferencia que durante
mucho tiempo habían prevalecido: «No podemos invocar a Dios,
Padre de todos, si nos negamos a comportarnos fraternalmente
con algunos hombres, creados a imagen de Dios. […] La
Iglesia, por consiguiente, reprueba como ajena al espíritu
de Cristo cualquier discriminación o vejación por motivos de
raza o color, de condición o religión»[15].
En este sentido, la
Declaración se
inscribe en la antropología de la relación de
Gaudium et spes,
en la que el otro no es percibido como una amenaza, sino que
se le reconoce como un interlocutor con el que construir, en
un espíritu de reciprocidad, una sociedad más justa y
fraterna.
La especificidad del diálogo con los judíos
10. Tanto el judaísmo actual como el cristianismo
contemporáneo se basan en la Palabra revelada en el Antiguo
Testamento y tienen sus raíces en el judaísmo de la época de
Jesús. Este último, tras la destrucción del templo de
Jerusalén en el año 70 d. C., se transformó con el tiempo
sobre todo en judaísmo rabínico, mientras que el
cristianismo primitivo se desarrolló a partir del movimiento
iniciado por Jesús y sus discípulos, distinguiéndose de las
diversas formas de judaísmo a lo largo del tiempo. Con
Jesús, que era judío, los primeros cristianos adoptaron
efectivamente principios del judaísmo de la época y los
adaptaron a la nueva situación post-pascual. La
Declaración Nostra aetate afirma:
«Por consiguiente, como el patrimonio espiritual común a
cristianos y judíos es tan grande, este Sagrado Concilio
quiere fomentar y recomendar el conocimiento y la estima
mutuos, que son resultado, sobre todo, de los estudios
bíblicos y teológicos y de los diálogos fraternos»[16].
Este rico patrimonio común constituye una base sólida, un
verdadero tesoro para el diálogo judeocristiano.
11. Pero lo que Jesús aportó al cristianismo como herencia
judía forma parte de la estructura teológica del propio
cristianismo. En la sección titulada Temas fundamentales
de las Escrituras del pueblo judío y su acogida en la fe en
Cristo (nn. 19-65), el
documento de
la
Pontificia Comisión Bíblica del
24 de mayo de 2001, El pueblo judío y sus Sagradas
Escrituras en la Biblia cristiana, hace referencia a los
principales aspectos bíblicos y a su interpretación. Se
trata de un texto de gran valor.
12. De hecho, que el Dios de Israel se haya revelado en su
Palabra, dirigiéndose así a los seres humanos, es una
convicción común entre judíos y cristianos. Que Dios, como
creador del cielo y de la tierra, haya creado el espacio
vital para el ser humano, que delimite y preserve dicho
espacio, que el ser humano, en cuanto «imagen de Dios» (cf.
Gn 1,26-27), sea su administrador y deba asumir la
debida responsabilidad frente a la creación, y que sea
responsable del bien de sus hermanos, especialmente de los
pobres, son verdades comunes tanto al judaísmo como al
cristianismo[17].
Toda enseñanza ética sobre la relación correcta del ser
humano con Dios, con el mundo que le rodea y con el prójimo
tiene su origen en Dios mismo y en la dignidad de cada
persona, derivada de ser “imagen de Dios”: al igual que el
judaísmo rabínico, también el cristianismo ha adoptado los
“Diez Mandamientos”. Estos se han convertido asimismo en un
patrimonio moral reconocido por muchas personas. El doble
mandamiento del amor de Jesús, es decir, amar a Dios con
todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con
todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo (cf.
Mc 12,30-31; Mt 22,37-39; Lc 10,27), se
extrae del Primer Testamento, aunque allí los dos
mandamientos no hayan sido explícitamente puestos en
relación (cf. Dt 6,5 y Lv 19,18). Por ello, el
Papa Benedicto XVI consideraba
a los judíos como nuestros «padres en la fe»[18] y
subrayaba que el diálogo entre las dos religiones debe
comenzar por la gratitud de los cristianos hacia los judíos,
ya que, a pesar de las dificultades por las que han pasado,
han conservado la fe en el Dios único. Por lo tanto, el
entonces cardenal Ratzinger podía afirmar que «el diálogo,
para ser fructífero, debe comenzar con una oración a nuestro
Dios para que nos conceda, ante todo a nosotros los
cristianos, una mayor estima y amor hacia este pueblo, los
israelitas»[19] .
13. Teniendo en cuenta este rico patrimonio espiritual común
a judíos y cristianos, es fácil comprender que el diálogo
judeocristiano no puede considerarse una práctica secundaria
para los cristianos, cuyo único objetivo sea solamente
conocer mejor el judaísmo, o cultivar relaciones
diplomáticas o incluso simplemente la amistad con el pueblo
judío: se trata más bien de tomar plena conciencia de la
propia identidad originaria. La alianza de Dios con el
pueblo judío es irrevocable[20] y
esto interpela constantemente a la Iglesia. Esto no
significa para los cristianos que existan dos caminos de
salvación[21] ni
que la alianza con el pueblo judío sea paralela al camino de
salvación cristiano: la Iglesia enseña que Cristo es el
único redentor[22].
Sin embargo, dicha alianza irrevocable tiene un significado
teológico. Cuanto más conoce y ama un cristiano las raíces
judías de su propia tradición, mejor se comprende a sí mismo
en su práctica de la fe y se fortalece su identidad
religiosa, aunque, para que esto suceda, es esencial que el
cristiano conozca bien su propia tradición de fe y esté bien
arraigado en ella. Cuando, en referencia al judaísmo,
afirmamos que no podemos prescindir unos de otros, ello
implica que, también, la religiosidad de los judíos actuales
—y no solo la vinculada al Primer Testamento— es relevante
para los cristianos. Así se expresaba el
Papa Francisco:
«Dios sigue obrando en el pueblo de la Antigua Alianza»[23].
La religiosidad judía, de hecho, puede considerarse como
un efecto de la Palabra revelada, siempre viva y eficaz,
que ellos han acogido, y por esta razón se trata de un valor
actual y dinámico, que siempre puede enriquecernos (cf.
Rm 11,29). Por lo tanto, reviste una importancia
fundamental la profundización bíblica, exegética, litúrgica
y teológica de la relación con el judaísmo, según los
principios expuestos en las constituciones conciliares
Dei Verbum y
Lumen gentium.
14. Esa solidaridad con el pueblo judío incluye también la
lucha común contra el antisemitismo. Ya
Nostra aetatedeclara
claramente que la Iglesia «deplora los odios, persecuciones
y manifestaciones de antisemitismo de que han sido objeto
los judíos de cualquier tiempo y por parte de cualquier
persona»[24],
confirmando y, al mismo tiempo, dando un paso más allá de lo
ya declarado por la Suprema Sagrada Congregación del Santo
Oficio el 25 de marzo de 1928[25].
El antisemitismo se ha manifestado de formas crueles a lo
largo de la historia, incluso en nuestros tiempos, pero su
momento más oscuro lo representa sin duda el acontecimiento
del Holocausto. A este respecto, siguen siendo muy
precisas y contundentes las palabras pronunciadas por
Benedicto XVI durante
la
Audiencia General del 28 de enero de 2009,
al día siguiente de la celebración anual del Día de la
Memoria: «En estos días en los que recordamos el Holocausto,
me vienen a la memoria las imágenes recogidas en mis
repetidas visitas a Auschwitz, uno de los campos de
concentración en los que se consumó la brutal matanza de
millones de judíos, víctimas inocentes de un ciego odio
racial y religioso. A la vez que renuevo con afecto la
expresión de mi plena e indiscutible solidaridad con
nuestros hermanos destinatarios de la Primera Alianza,
espero que la memoria del Holocausto impulse a la humanidad
a reflexionar sobre el imprevisible poder del mal cuando
conquista el corazón del hombre. Que el Holocausto
sea, para todos, una advertencia contra el olvido, la
negación o el reduccionismo, porque la violencia hecha
contra un solo ser humano es violencia contra todos. Ningún
hombre es una isla, escribió un conocido poeta. Que el
Holocausto enseñe, tanto a las personas mayores como a las
nuevas generaciones, que sólo el fatigoso camino de la
escucha y del diálogo, del amor y del perdón, conduce a los
pueblos, las culturas y las religiones del mundo a la
anhelada meta de la fraternidad y de la paz en la verdad.
¡Que la violencia nunca más humille la dignidad del hombre!»[26] .
15. Los conflictos que han estallado en los últimos años en
Oriente Medio también han dejado su huella en el diálogo
judeocristiano. Muchos puentes de comunicación se han
tambaleado y siguen siendo puestos a prueba por las
diferentes interpretaciones de los acontecimientos
sucedidos, a menudo no unívocas incluso dentro de las
respectivas comunidades religiosas. Sin embargo, los pilares
del diálogo entre creyentes, erigidos a lo largo de sesenta
años de trabajo conjunto, se han mantenido firmes. Sobre
ellos es posible y necesario seguir construyendo,
inspirándonos una vez más en las recomendaciones de los
Padres conciliares de crecer en el conocimiento y el aprecio
mutuos mediante «sobre todo, de los estudios bíblicos y
teológicos y de los diálogos fraternos»[27].
II. Desarrollo posconciliar: una continuidad enriquecida por
los Papas sucesivos
San Pablo VI
16. La nueva actitud de la Iglesia hacia las demás
confesiones y tradiciones religiosas surgida del
Concilio Vaticano II,
es situada por
san Pablo VI en
el marco del «diálogo con el mundo» esbozado en la encíclica
Ecclesiam suam, y viene posteriormente desarrollada en el
magisterio sucesivo. Como recuerda el Pontífice en la
encíclica Populorum progressio,
«el desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico.
Para ser auténtico, debe ser integral, es decir, promover a
todos los hombres y a todo el hombre»[28].
De ello se deriva una firme invitación a la fraternidad,
respaldada por un diálogo constante con las culturas, las
religiones y las conciencias, con vistas a un desarrollo
solidario, abierto a la trascendencia y orientado a la
fraternidad universal[29].
En esta perspectiva,
san Pablo VI dio
un impulso decisivo al diálogo interreligioso, integrándolo
en las propias estructuras de la
Curia Romana.
17. Por ello, ya en 1964, el Papa había instituido el
Secretariado para los No Cristianos, que hoy se ha
convertido en el
Dicasterio para el Diálogo Interreligioso[30].
Surgido en pleno período conciliar, antes incluso de la
promulgación de
Nostra aetatey
de la
carta encíclica Ecclesiam suam,
este organismo se encargó de orientar, apoyar y coordinar
las relaciones de la Iglesia con los seguidores de otras
religiones. Aún hoy se dedica a promover «entre todos los
hombres una verdadera búsqueda de Dios»[31].
18.
San Pablo VI subrayó
con firmeza que las religiones no cristianas ya no debían
percibirse como adversarias, sino como compañeras de camino
y «de una amistad futura y ya iniciada»[32].
En la misma línea, una década más tarde se crearon dos
comisiones específicas: una para las relaciones religiosas
con el judaísmo y otra para las relaciones con el islam[33],
con el objetivo de profundizar en el encuentro con judíos y
musulmanes y reforzar la colaboración, también en relación
con las demás confesiones cristianas[34].
Por voluntad de
san Pablo VI,
el diálogo se ha arraigado en las instituciones de la
Iglesia, pero también en su corazón misionero. Se ha
convertido en un componente relevante de la vida
cristiana: un auténtico estilo de testimonio evangélico, en
armonía con un mundo cada vez más marcado por la pluralidad
de creencias y culturas.
San Juan Pablo II
19.
San Juan Pablo II dio
gran visibilidad a la intuición conciliar del diálogo
interreligioso. Su labor para poner en práctica los
principios de
Nostra Aetate fue
determinante, en particular con la organización del
histórico encuentro de Asís, el 27 de octubre de 1986.
Por primera vez, líderes religiosos de todo el mundo se
reunieron, cada uno expresando su propia fe, para orar por
la paz. Este momento, profundamente simbólico, fue un
llamamiento claro y contundente a considerar las religiones
ya no como fuentes de división, sino como actores esenciales
de una paz duradera, basada en el respeto mutuo y la
cooperación fraterna[35].
Al término de aquella Jornada Mundial de Oración, ante los
representantes de las distintas religiones, el Papa declaró:
«Quizá nunca antes en la historia de la humanidad haya
resultado tan evidente para todos el vínculo intrínseco
entre una actitud auténticamente religiosa y el gran bien de
la paz […] La humanidad ha entrado en una era de mayor
solidaridad y de aspiración a la justicia social»[36].
20. En cuanto al diálogo con los judíos,
san Juan Pablo II,
cuando visitó la sinagoga de Roma el 13 de abril de 1986,
pudo afirmar ante sus interlocutores judíos que «la religión
judía no nos es ajena, sino que, en cierto modo, es
intrínseca a nuestra religión. Por lo tanto, mantenemos con
ella unas relaciones que no tenemos con ninguna otra
religión. Sois nuestros hermanos predilectos y, en cierto
modo, se podría decir que sois nuestros hermanos mayores»[37].
Dado que Jesús era judío, la Iglesia y el judaísmo mantienen
una relación única, una relación que no existe con respecto
a las demás religiones.
21. Además, san
Juan Pablo II,
al promover lo que más tarde se denominó «la lógica de Asís»[38],
compartía con
san Pablo VI la
conciencia de la necesidad de aclarar algunos aspectos de la
relación entre diálogo y evangelización. Su pontificado
estuvo marcado por la publicación de varios documentos
fundamentales, como
Diálogo y misión
(1984) del
Secretariado para los No Cristianos[39] y
la
carta encíclica Redemptoris missio (1990),
que reafirma el valor permanente del mandato misionero,
seguida de Diálogo y anuncio (1991), redactado por el
Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso en
colaboración con la Congregación para la Evangelización de
los Pueblos[40].
22. En consonancia con el
Concilio Vaticano II,
estos textos articulan dos exigencias inseparables, cuya
actualidad sigue vigente. A quienes se vean tentados a
insistir exclusivamente en la obligación de anunciar a
Cristo, se les recuerda que
la Declaración Nostra aetate incluye
la necesidad del diálogo con las demás tradiciones
religiosas, ya que este «forma parte de la misión
evangelizadora de la Iglesia»[41].
A quienes, por el contrario, tienden a relativizar su
identidad, la misma
Declaración les
recuerda la exigencia de fidelidad a Jesucristo, «el camino,
la verdad y la vida» (Jn 14,6)[42].
El diálogo presupone, por tanto, una clara conciencia de la
propia identidad religiosa y cultural, junto con una
apertura real a la alteridad, condición indispensable para
la convivencia en las sociedades pluralistas. Debe estar
libre de ambigüedades, evitando el relativismo y el
sincretismo, en el respeto a la máxima identidad y en el
compromiso con el máximo diálogo.
23. Una de las principales preocupaciones del pontificado de
san
Juan Pablo II fue,
sin duda, la promoción de un verdadero «diálogo entre las
culturas»[43]al
servicio de la paz en el mundo, sobre todo ante los cada vez
más numerosos episodios de violencia cometidos en nombre de
Dios. A principios del año 2000, el Pontífice reiteró con
firmeza que corresponde a las personas de fe demostrar que
las religiones no son un obstáculo para la paz, sino que
constituyen un elemento esencial de la misma. Toda
instrumentalización de la religión con fines violentos es
una grave distorsión de su esencia. La religión nunca debe
ser un pretexto para los conflictos: «La religión y la paz
van juntas: desencadenar una guerra en nombre de la religión
es una contradicción evidente»[44].
De ahí el claro llamamiento a los responsables religiosos:
les corresponde a ellos dar testimonio, con hechos y con
compromiso, que es su propia fe la que les impulsa a
trabajar por la paz.
Benedicto XVI
24. Siempre en el espíritu de
Nostra aetate
y
con motivo del vigésimo aniversario del encuentro de Asís,
en 2006, el
Papa Benedicto XVI reiteró
que «no podemos invocar a Dios como Padre de todos si nos
negamos a comportarnos como hermanos con algunos hombres
creados a imagen de Dios»[45],
porque la fe en Dios no puede sino fomentar relaciones de
fraternidad universal entre todos los seres humanos[46].
La perseverancia en el diálogo interreligioso pretende ser
la demostración de que el fundamentalismo es una
falsificación de las religiones, que se opone a su vocación
más profunda. En un conocido discurso, retomando las
palabras de un emperador bizantino, afirmó que «la difusión
de la fe mediante la violencia es algo irracional. La
violencia está en contradicción con la naturaleza de Dios y
la naturaleza del alma»[47].
25. Al vincular estrechamente la búsqueda de la paz con las
exigencias de la razón y la verdad,
Benedicto XVI afirmó
con constancia que ninguna religión o cultura puede
justificar legítimamente el fanatismo o el recurso a la
violencia. Por ello, los creyentes deben seguir
encontrándose y tienen el deber común de servir a la verdad
y, por tanto, a la humanidad. En particular, «el diálogo
interreligioso e intercultural entre cristianos y musulmanes
no puede reducirse a una opción temporánea. En efecto, es
una necesidad vital, de la cual depende en gran parte
nuestro futuro»[48].
26. Por otra parte, el diálogo debe desarrollarse también
con las culturas, las ciencias y las instituciones
políticas, con vistas a una comprensión más profunda del ser
humano en toda su complejidad. Este diálogo “ampliado” tiene
como finalidad el desarrollo integral de la persona y la
armonía de la sociedad. Porque, en realidad, el verdadero
peligro no reside tanto en el enfrentamiento entre bloques
religiosos, sino el que se produce entre culturas incapaces
de comprenderse y de dialogar.
Francisco
27. El
Papa Francisco ha
continuado con la aplicación de
Nostra aetate
siguiendo
las enseñanzas de sus predecesores, afirmando que «el
diálogo puede ser favorecido si se conjugan bien tres
indicaciones fundamentales: el deber de la identidad, la
valentía de la alteridad y la sinceridad de las
intenciones»[49].
El diálogo con las demás tradiciones religiosas debe
caracterizarse por una actitud de apertura en la verdad y en
la caridad[50],
«a pesar de los diversos obstáculos y dificultades». Y ha
reiterado que dicho diálogo es «una condición necesaria para
la paz en el mundo, y por lo tanto es un deber para los
cristianos, así como para otras comunidades religiosas»[51].
28. Y en cuanto a las características específicas del
diálogo con los judíos, el
Papa Francisco,
desde el inicio de su pontificado, se ha referido al
fundamento teológico del diálogo judeocristiano, cuando
afirmó, basándose en
Nostra aetate:
«Este fundamento es teológico, y no simplemente una
expresión de nuestro deseo de respeto y estima recíprocos;
por lo tanto, es importante que nuestro diálogo esté siempre
profundamente marcado por la conciencia de nuestra relación
con Dios»[52].
29. Revisten una gran importancia los tres párrafos
dedicados a la relación con el judaísmo en la
exhortación apostólica Evangelii gaudium[53],
que constituye el documento fundamental para interpretar su
pontificado. Algunos de los temas que el Pontífice ha
querido destacar para definir la comprensión de la relación
entre la Iglesia católica y el judaísmo son: la acogida de
la Palabra revelada junto con el pueblo judío, para
ayudarnos «mutuamente a desentrañar las riquezas de la
Palabra»[54],
el diálogo y la amistad como parte de la vida de los
discípulos de Jesús, el malestar por las terribles
persecuciones de las que fue objeto el pueblo judío,
especialmente aquellas en las que participaron los
cristianos, así como el hecho de compartir muchas
convicciones éticas y la preocupación común por la justicia
y el desarrollo de los pueblos.
30. Con el
Papa Francisco,
el diálogo interreligioso ha entrado en una nueva fase,
profundamente impregnada de la visión de la «fraternidad
universal»[55],
en el sentido propio de fraternidad que se encuentra en san
Francisco de Asís. Como se lee en la
encíclica Fratelli tutti,
«la fe colma de motivaciones inauditas el reconocimiento del
otro, porque quien cree puede llegar a reconocer que Dios
ama a cada ser humano con un amor infinito»[56].
En continuidad con el principio según el cual «la unidad es
superior al conflicto»[57],
el Pontífice afirma: «la cultura del diálogo como camino; la
colaboración común como conducta; el conocimiento recíproco
como método y criterio»[58].
Ante la tentación de fragmentar el mundo en universos
culturales y religiosos herméticos, el
Papa Francisco ha
exhortado a derribar los «muros de separación»[59] y
a optar decididamente por el encuentro: «El aislamiento, no;
cercanía, sí. Cultura del enfrentamiento, no; cultura del
encuentro, sí»[60].
31. Las personas y los pueblos solo pueden dar buenos frutos
si aceptan abrirse a los demás con creatividad y
generosidad. En esta perspectiva, el
Papa Francisco ha
recordado también que es imposible comprenderse plenamente a
uno mismo, o captar en profundidad la realidad de su propio
país, de su propia Iglesia o de su propia comunidad, sin un
diálogo respetuoso con quien es diferente. La alteridad se
convierte entonces en una fuente de enriquecimiento mutuo, a
condición de que las otras confesiones o tradiciones
espirituales y culturas no se perciban como amenazas.
32. Sin embargo, hay que recordar que el «“diálogo” no es
una fórmula mágica»[61].
No surge por sí solo, y quienes se comprometen con él no
deben ser ingenuos ni idealistas ciegos: están llamados a
ser los «héroes del futuro»[62].
Al rechazar tanto el repliegue identitario como la lógica de
la agresividad, emprenden un camino intermedio, exigente
pero fecundo: el de la construcción paciente de la
fraternidad humana[63].
Un principio fundamental debe guiar siempre su actuación: la
conciencia de que creer en Dios y adorarlo no garantiza
necesariamente una vida conforme a su voluntad[64].
De ahí la importancia de un criterio de discernimiento
universal que puede encontrarse en los textos sagrados de
las distintas religiones: la acogida o el rechazo de la
persona herida al borde del camino. La atención
concreta a los más vulnerables es el indicador esencial para
evaluar la corrección de cualquier proyecto, ya sea
político, económico, social, académico, religioso o
cultural. El pobre —en todas sus formas de precariedad— es
la brújula que nos permite saber si avanzamos en la
dirección correcta[65].
León XIV
33. En su
primer mensaje al Cuerpo Diplomático,
el Papa León XIV recordó las tres palabras clave que deben
acompañar toda forma de diálogo: paz, justicia y verdad[66].
Siguiendo los pasos de sus predecesores, el Papa León XIV
conmemoró a continuación el sexagésimo aniversario de la
declaración
Nostra aetate,
afirmando que, con este documento, «se plantó una semilla de
esperanza para el diálogo interreligioso»[67].
El Pontífice también recordó que ha habido mártires del
diálogo, que dieron su vida para oponerse a la violencia y
al odio[68].
Además, subrayó que «podemos guiar a nuestros pueblos para
que se conviertan en profetas de nuestro tiempo: voces que
denuncien la violencia y la injusticia, que sanen las
divisiones y proclamen la paz para todos nuestros hermanos y
hermanas»[69].En
la
audiencia general del 29 de octubre de 2025,
dedicada a
Nostra aetate,
el Santo Padre reiteró finalmente: «Este luminoso documento
nos enseña a tratar a los seguidores de otras religiones no
como extraños, sino como compañeros de viaje en el camino
hacia la verdad; a honrar las diferencias afirmando nuestra
humanidad común; y a discernir, en toda búsqueda religiosa
sincera, un reflejo del único Misterio divino que abarca
toda la creación»[70].
34. El
Papa León XIV,
en
su primer discurso ante los representantes de otras Iglesias
y comunidades eclesiales, así como de otras religiones, el
19 de mayo de 2025,
resume la esencia del diálogo judeocristiano y subraya
también la importancia del diálogo teológico: «Debido a las
raíces judías del cristianismo, todos los cristianos tienen
una relación particular con el judaísmo. La Declaración
conciliar Nostra
aetate (cf.
n. 4) subraya la grandeza del patrimonio espiritual común
entre cristianos y judíos, alentando al conocimiento y la
estima mutuos. El diálogo teológico entre cristianos y
judíos sigue siendo siempre importante y es muy valioso para
mí. Incluso en estos tiempos difíciles, marcados por
conflictos y malentendidos, es necesario continuar con
entusiasmo este diálogo tan valioso»[71].
Cristianos y judíos, al no poder prescindir unos de otros,
deberían recorrerlo juntos hasta el fin de los tiempos
terrenales. Y juntos deberían esperar el día, «conocido solo
por Dios, en el que todos los pueblos con una sola voz
invocarán al Señor y “le servirán bajo un mismo yugo” (Sof
3,9)»[72].
35. El tema del diálogo con las distintas religiones, que
hay que promover y cultivar, viene claramente recogido,
entre otros, en
la declaración conjunta con el Patriarca Ecuménico Bartolomé
I del 29 de noviembre de 2025:
«rechazamos cualquier uso de la religión y del nombre de
Dios para justificar la violencia. Creemos que el auténtico
diálogo interreligioso, lejos de ser causa de sincretismo y
confusión, es esencial para la coexistencia de pueblos de
distintas tradiciones y culturas. Conscientes del 60
aniversario de la Declaración Nostra
aetate,
exhortamos a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a
trabajar juntos para construir un mundo más justo y
solidario, y a cuidar la creación que Dios nos ha confiado.
Sólo así la familia humana podrá superar la indiferencia, el
afán de dominación, la codicia de lucro y la xenofobia»[73].
En esta perspectiva, el diálogo que se abre en la estela de
Nostra aetate no
es un ejercicio meramente teórico, sino un compromiso ético
y espiritual compartido, orientado a la paz, a la justicia y
a la custodia de la casa común.
36. Sobre todo en el contexto internacional actual,
lamentablemente marcado por numerosas guerras que causan
cada día numerosas víctimas y situaciones de enorme e
injusto sufrimiento, el
Papa León XIV ha
querido reiterar el papel decisivo del diálogo entre las
religiones a la hora de rechazar la lógica de la violencia:
«Quien utiliza el nombre de Dios para legitimar el
terrorismo, la violencia o la guerra traiciona su rostro;
luchar en nombre de la religión significa, en realidad,
golpear a la religión misma. El “espíritu de Asís”,
promovido por san Juan
Pablo II y
continuado en el compromiso del Papa Francisco —por
ejemplo, en el diálogo con el Gran Imán de al-Azhar—,
muestra que los creyentes pueden volver a beber de las
fuentes más auténticas de sus tradiciones espirituales,
donde no hay lugar para el odio sacralizado»[74].
III. Los frutos y los retos de la Declaración
Nostra aetate hoy
Frutos visibles y silenciosos
37. Sesenta años después de su promulgación, son evidentes
los frutos que
Nostra aetate
ha
aportado a las relaciones con el judaísmo y al diálogo con
el islam y las demás religiones. En lo que respecta a estas
últimas, por citar algunos ejemplos, durante este tiempo la
Iglesia católica ha dialogado y colaborado —en diversos
ámbitos y a distintos niveles— con los seguidores del
hinduismo, el budismo, el jainismo, el sijismo, el
sintoísmo, el taoísmo, el confucianismo y el zoroastrismo,
además de con las religiones tradicionales, en particular
las africanas.
38. Uno de los efectos más significativos de
Nostra aetate
ha
sido, sin duda, una transformación de la mirada que ha
tenido importantes consecuencias. Se han establecido
relaciones duraderas de amistad entre responsables
religiosos, se han puesto en marcha proyectos educativos y
sociales conjuntos y se han publicado declaraciones comunes
ante tragedias humanitarias, guerras o crisis
medioambientales[75].
Donde hace un tiempo reinaban el rechazo, la desconfianza o
la ignorancia, estos gestos concretos han contribuido a
construir una cultura del diálogo y una «cultura del
encuentro»[76].
La revista Pro Dialogo, publicada por el
Dicasterio para el Diálogo Interreligioso,
se hace eco regularmente de estas numerosas iniciativas,
recogiendo y difundiendo los múltiples frutos de estos
encuentros en todo el mundo. Por otra parte, el Dicasterio
para el Diálogo Interreligioso envía mensajes de
felicitación a los amigos de otras tradiciones religiosas
con motivo de sus principales fiestas, con el fin de
revitalizar y fortalecer los lazos de estima mutua y
colaboración. Lo mismo hace la Comisión para las Relaciones
Religiosas con el Judaísmo.
39. Como consecuencia de la reflexión teológica y de la
evolución pastoral del diálogo interreligioso, siguiendo la
intuición original de
san Pablo VI,
el diálogo[77] se
lleva a cabo ahora en diversos ámbitos, recogidos en el
documento titulado Diálogo y Anuncio: el diálogo en
la vida, que abarca la cotidianidad multi-religiosa, tanto
en los pueblos como en las ciudades, grandes y pequeñas; el
diálogo en la acción, con iniciativas comunes que los
seguidores de las distintas religiones pueden emprender de
común acuerdo; el diálogo teológico —llevado a cabo por
expertos—, que consiste en el intercambio de conocimientos
religiosos en un plano predominantemente doctrinal; por
último, el diálogo de la experiencia religiosa, impulsado
sobre todo por los monjes y monjas adheridos al Diálogo
Interreligioso Monástico[78].
40. Entre los frutos del diálogo iniciado con
Nostra aetate
cabe
destacar la Red de Mujeres para el Diálogo Interreligioso,
promovida por el
Dicasterio para el Diálogo Interreligioso
con el fin de ampliar la participación de las mujeres, y la
colaboración de varias décadas entre dicho Dicasterio y la
Comisión para el Diálogo Interreligioso del Consejo
Ecuménico de Iglesias, que ha dado lugar a documentos
importantes como Testimonio cristiano en un mundo
multi-religioso: Recomendaciones de conducta (2011).
41. Estos frutos a menudo se viven también en el silencio y
la discreción, arraigados en la vida cotidiana. Sacerdotes,
religiosos y laicos viven hoy en barrios multi-religiosos
donde el simple hecho de convivir en paz, de estar presentes
los unos para los otros —como vecinos— ya es un testimonio.
Las parejas interreligiosas, los grupos de jóvenes y las
comunidades locales inventan constantemente nuevas formas de
convivencia. Todos estos resultados, a veces embrionarios,
invisibles pero fecundos, encarnan la intuición de
Nostra aetate:
vivir en el mundo como testigos del amor de Dios, en diálogo
con todos.
42. En continuidad con la intuición de
Nostra aetate y
con la enseñanza del Magisterio reciente, se auspicia la
promoción, con renovado discernimiento, de conversaciones y
formas de colaboración también con miembros de los “nuevos
movimientos religiosos” y con los representantes de las
nuevas experiencias religiosas. Estos encuentros fraternos,
que no pueden entenderse ni como diálogo ecuménico ni como
diálogo interreligioso, basados en la claridad de la propia
identidad y en el respeto mutuo, pueden ofrecer
oportunidades concretas para trabajar juntos en la promoción
de valores compartidos y en la búsqueda del bien común.
Además, pueden contribuir a una comprensión más profunda de
las aspiraciones espirituales contemporáneas, ampliando los
espacios de testimonio, de conocimiento mutuo y de
cooperación al servicio de la dignidad humana, la paz social
y el cuidado de la creación.
43. Por último, cabe destacar la creciente conciencia
crítica ante las manifestaciones de islamofobia, que no
distinguen adecuadamente los casos de fundamentalismo y
violencia de la convivencia pacífica de los otros creyentes
musulmanes que se integran y trabajan en los países que los
acogen. Debemos dar las gracias a las comunidades cristianas
que han crecido en un espíritu de acogida y también de mejor
conocimiento y estima hacia los creyentes musulmanes que,
como recuerda
Nostra aetate,
«adoran al único Dios vivo y subsistente, misericordioso y
omnipotente, Creador del cielo y de la tierra, que habló a
los hombres, a cuyos ocultos designios procuran someterse
por entero, como se sometió a Dios Abrahán, a quién la fe
islámica se refiere de buen grado. […]. Aprecian, por tanto,
la vida moral y veneran a Dios sobre todo con la oración,
las limosnas y el ayuno»[79].
Resistencias y malentendidos persistentes
44. A pesar de estos progresos, las dificultades del diálogo
permanecen. En algunos ambientes se sigue dudando de su
conveniencia, temiendo un relativismo doctrinal o a una
dilución de la identidad religiosa. Persisten, incluso
después del documento Diálogo y Anuncio,
incomprensiones sobre la naturaleza misma del diálogo.
Algunos aún se preguntan si se trata de un problema
pastoral, de un acto de caridad, de un intercambio teológico
o de la necesidad de un compromiso político por el bien
común.
45. Fuera de los límites eclesiales, los malentendidos no
son menores. En algunas regiones, las relaciones entre
creyentes de diferentes religiones son históricamente
conflictivas, y el recuerdo de antiguas heridas dificulta la
confianza mutua, a pesar de la exhortación de la Declaración
Nostra aetate
«a
que, olvidando lo pasado, ejerzan sinceramente la
comprensión mutua»[80],
en particular entre cristianos y musulmanes. A este
respecto, cabe recordar las palabras del
Papa Francisco:
«Para sostener el diálogo con el Islam es indispensable la
adecuada formación de los interlocutores, no sólo para que
estén sólida y gozosamente radicados en su propia identidad,
sino para que sean capaces de reconocer los valores de los
demás, de comprender las inquietudes que subyacen a sus
reclamos y de sacar a luz las convicciones comunes. Los
cristianos deberíamos acoger con afecto y respeto a los
inmigrantes del Islam que llegan a nuestros países, del
mismo modo que esperamos y rogamos ser acogidos y respetados
en los países de tradición islámica. ¡Ruego, imploro
humildemente a esos países que den libertad a los cristianos
para poder celebrar su culto y vivir su fe, teniendo en
cuenta la libertad que los creyentes del Islam gozan en los
países occidentales!»[81].
Por otra parte, el auge de los fundamentalismos, la
permanencia de los prejuicios, la manipulación política de
las pertenencias religiosas o la violencia en nombre de Dios
socavan los propios cimientos del diálogo. En las sociedades
secularizadas, la palabra religiosa se ve a veces marginada
o instrumentalizada, reducida a folclore, a opinión
subjetiva o totalmente oscurecida.
46. El camino sigue siendo exigente: requiere humildad,
valentía y discernimiento. Para el cristiano, esta exigencia
no es sorprendente, porque el verdadero creyente no se deja
llevar por la arrogancia; «al contrario, la verdad lo hace
humilde, sabiendo que, más que poseerla nosotros, es ella la
que nos abraza y nos posee. Lejos de volvernos rígidos, la
seguridad de la fe nos pone en camino y hace posible el
testimonio y el diálogo con todos»[82].
Este diálogo requiere a menudo una «paciencia inagotable»[83] y
no puede reducirse a un simple consenso genérico. Arraigado
en la misión evangelizadora de la Iglesia —de la que es una
dimensión esencial—, presupone un compromiso sincero, un
conocimiento profundo del otro y el reconocimiento de la
libertad de conciencia como fundamento de toda relación
auténtica[84].
No se trata, por tanto, de renunciar a la verdad, sino de
anunciarla de manera evangélica: con estima, escucha y
caridad. Es un verdadero compartir de lo que habita en el
propio corazón: «Hablar de Cristo, con el testimonio o la
palabra, de tal manera que los demás no tengan que hacer un
gran esfuerzo para quererlo, este es el mayor deseo de un
misionero de alma. No hay proselitismo en esta dinámica de
amor, son las palabras del enamorado que no molestan, que no
imponen, que no obligan, sólo mueven a los otros a
preguntarse cómo es posible tal amor. Con el máximo respeto
ante la libertad y la dignidad del otro, el enamorado
sencillamente espera que le permitan narrar esa amistad que
le llena la vida»[85].
47. Por último, pero sin duda no por ello menos importante,
es necesario poner de relieve las persecuciones que sufren
los cristianos en diversas partes del mundo a manos de
grupos religiosos extremistas. Toda persecución por motivos
religiosos constituye siempre una violación de la dignidad
humana, ante la cual es urgente encontrar una respuesta
común que, en el espíritu de
Nostra aetate,
promueva en todos y hacia todos respeto, diálogo y
convivencia pacífica.
Una pedagogía del diálogo que hay que profundizar
48. Ante los retos actuales, la Iglesia está llamada a
renovar e intensificar su pedagogía del diálogo. Esto
supone, ante todo, una formación profunda en los seminarios,
en los institutos teológicos y en los itinerarios
pastorales. Ya no basta con proclamar la importancia del
diálogo: ahora hay que vivirlo, proporcionar a los fieles
las herramientas para participar en él de manera informada,
crítica y serena. El conocimiento de las religiones, la
historia de las relaciones interreligiosas, la elaboración
de directrices para el diálogo y la promoción de la
alfabetización religiosa (religious literacy) son
factores que favorecen y sostienen el encuentro y el diálogo
interreligioso, del mismo modo que es necesario integrar la
comprensión de las cuestiones culturales y geopolíticas
contemporáneas en la formación cristiana.
49. Paralelamente, hay que valorar las iniciativas concretas
llevadas a cabo en las Iglesias locales, que están en
primera línea. Son ellas las que, sobre el terreno,
desarrollan las formas más creativas y valientes de
encuentro: comisiones de diálogo, proyectos comunes,
acciones educativas o humanitarias, celebraciones
compartidas. Al recopilar, compartir y poner en red estas
experiencias, la Iglesia universal no solo puede
enriquecerse, sino también identificar y orientar nuevos
caminos pastorales.
50. También debe prestarse especial atención a la dimensión
espiritual del diálogo. Porque lo que se persigue no es un
simple ejercicio intelectual, sino un encuentro auténtico,
un encuentro con una alteridad creyente, en un espíritu de
paz, amistad y búsqueda compartida de la verdad y del bien[86].
El diálogo sincero excluye toda forma de
instrumentalización. Su objetivo es el entendimiento mutuo,
el descubrimiento de lo que es justo y auténtico para todos.
Dialogar, en el espíritu de
Nostra aetate,
presupone, por tanto, una mirada contemplativa dirigida al
“otro diferente”: «Acercarse, expresarse, escucharse,
mirarse, conocerse, tratar de comprenderse, buscar puntos de
contacto, todo eso se resume en el verbo “dialogar””»[87].
51. En este sentido, el diálogo interreligioso puede
convertirse en una ocasión para una mayor fidelidad al amor
universal de Dios, manifestado en Jesucristo. Transforma a
las personas, a las comunidades y, a veces, incluso a las
estructuras eclesiales. Lejos de ser un tema marginal, es un
ámbito teológico, donde el Espíritu Santo quiere hacerse
sentir, a través del encuentro con el otro[88].
IV. Perspectivas y orientaciones para el futuro del diálogo
interreligioso
52. El futuro del diálogo interreligioso exige hoy una
reflexión renovada y compromisos especialmente claros. Si
bien las décadas posteriores al
Concilio Vaticano II permitieron
establecer relaciones más serenas entre las distintas
tradiciones religiosas, los cambios geopolíticos, culturales
y ecológicos de los últimos años plantean retos sin
precedentes. Las tensiones identitarias, el aislamiento de
las comunidades, las ideologías fundamentalistas, los
conflictos con connotaciones religiosas, la manipulación
política del hecho religioso, pero también la creciente
indiferencia en muchos países hacia cualquier forma de
espiritualidad, obligan a renovar las formas del diálogo en
un mundo en rápida transformación.
53. En realidad, no se trata de fundar una gran religión
mundial en la que todas las creencias queden niveladas. Esa
posibilidad debe descartarse por respeto a uno mismo y a los
demás. Se trata, en cambio, de construir una sociedad
fraterna capaz de aceptar las diferencias. Esta intención
sigue siendo el núcleo del diálogo interreligioso, tal y
como ya lo era en la Declaración
Nostra aetate y
en los esfuerzos en este sentido que han caracterizado las
décadas posteriores a su promulgación. Dialogar no consiste
solo en exponer las propias doctrinas o en comparar las
propias visiones del mundo; hoy, frente a quienes fomentan
divisiones y preparan conflictos, los creyentes de las
distintas tradiciones y, en primer lugar sus líderes,
conscientes de sus diferencias irreconciliables, están
llamados a buscar, con lucidez y esperanza, las condiciones
para una convivencia pacífica.
54. Para alcanzar ese objetivo, es necesario llevar a cabo
una verdadera transformación de las mentalidades: abandonar
las lógicas de defensa, hostilidad o conquista, para adoptar
una actitud abierta, benévola y valiente. Los modelos
monolíticos y aislados, que fomentan una visión cerrada de
la realidad, resultan cada vez más inadecuados y, en última
instancia, son fuente de violencia y sufrimiento para los
más débiles. La defensa intransigente de la propia posición
y el proselitismo, como única forma de encuentro con “el
otro”, ya no tienen sentido en un mundo que se asemeja cada
vez más a una aldea global interconectada y en continuo
fermento. Así lo recordó el
Papa Francisco en
2019, en la Universidad Chulalongkorn de Bangkok, ante
responsables religiosos budistas, musulmanes, hindúes, sijs
y cristianos: «Se acabaron las épocas donde la lógica de la
insularidad podía predominar en la concepción del tiempo y
del espacio, e imponerse como mecanismo válido para la
resolución de conflictos. Hoy es tiempo de atreverse a
imaginar la lógica del encuentro y del diálogo mutuo como
camino, la colaboración común como conducta y el
conocimiento recíproco como método y criterio. Y, de este
modo, ofrecer un nuevo paradigma para la resolución de
conflictos, contribuir al entendimiento entre las personas y
salvaguardar la creación. Creo que, en este campo, las
religiones, así como las universidades, sin necesidad de
renunciar a las propias notas esenciales y dones
particulares, tenemos mucho para aportar y ofrecer; todo lo
que hagamos en este sentido es un paso significativo para
garantizar a las generaciones más jóvenes su derecho al
futuro, y será también un servicio a la justicia y un
servicio a la paz»[89].
55. En las antípodas de esas actitudes rígidas que pretenden
resolver los conflictos por la fuerza, es el momento de
promover una nueva ética del diálogo: una cultura de la
complejidad, de la flexibilidad y de la amistad. Ya no se
trata de temer o de mantener a distancia al “otro creyente”,
a la otra civilización, a la otra forma de pensar, sino de
atreverse al encuentro. Aquel que antes se percibía como una
amenaza, un enemigo al que temer, respetar desde la
distancia o incluso destruir, puede convertirse en un
interlocutor, un aliado, un amigo, incluso un «peregrino de
la verdad»[90] con
quien compartir un tramo del camino. Las civilizaciones y
las religiones pueden, sin duda, entrar en tensión, pero
también pueden entrar en resonancia, en una dinámica
creativa, sabiendo transformar la diversidad en solidaridad.
La alteridad ya no debe vivirse como un obstáculo, sino como
un reto que afrontar. En un mundo encerrado en la asfixia de
la inmanencia, los creyentes, pertenecientes a diferentes
religiones, no quieren renunciar a presentar al mundo la
verdad de la trascendencia y el amor de Dios por todos los
seres humanos. Esto es importante especialmente en una época
en la que, a veces, «se desprecian los escritos que han
surgido en el ámbito de una convicción creyente, olvidando
que los textos religiosos clásicos pueden ofrecer un
significado para todas las épocas, tienen una fuerza
motivadora que abre siempre nuevos horizontes, estimula el
pensamiento, amplía la mente y la sensibilidad»[91].
56. Un modelo de diálogo más rico y articulado no solo es,
por tanto, deseable para el futuro, sino que ya se encuentra
en germen, tanto en el seno de la Iglesia como en sus
relaciones con otras tradiciones religiosas. Este modelo, de
múltiples facetas, podría compararse con un poliedro: exige
confrontarse con varias dimensiones al mismo tiempo, mostrar
paciencia, lucidez, pero también imaginación y creatividad[92].
Es en esta interacción donde se construye un futuro común,
en el que la paz y la amistad ya no son utopías, sino frutos
maduros del encuentro.
V. Conclusión
57. Sesenta años después de la Declaración
Nostra aetate,
la Iglesia católica contempla el camino recorrido con
profunda gratitud. En seis décadas, este texto, breve pero
audaz, ha transformado radicalmente el rostro de las
relaciones interreligiosas. La Iglesia ha pasado de una
actitud a menudo reservada o distante a un valiente camino
de diálogo sincero, de encuentro respetuoso y de cooperación
fraterna. Este legado constituye ya un patrimonio vivo e
irrenunciable, que sigue interpelando a los creyentes de hoy
y los compromete a continuar esta aventura humana y
espiritual, tan vital para nuestro tiempo.
58. En un mundo a la vez profundamente interconectado y
fragmentado, el mensaje de
Nostra aetate
sigue
siendo, por tanto, de gran actualidad. La fraternidad entre
creyentes de diferentes tradiciones religiosas no es un
simple ideal, sino una exigencia moral, espiritual y social.
Ante los retos actuales —extremismos religiosos, migraciones
globales, secularización, crisis ecológicas y sociales—, las
religiones están llamadas a transformar el mundo y la
sociedad para que se conviertan en expresiones fraternas
de la voluntad de Dios. Esta tarea pasa necesariamente
por una educación renovada en el diálogo, especialmente
entre las generaciones más jóvenes, para superar los miedos
y los prejuicios y arraigar una verdadera cultura del
encuentro.
59. Al celebrar el 60 aniversario de la Declaración
Nostra aetate,
la Iglesia reafirma con convicción su determinación de
proseguir este exigente camino, a la escucha del Espíritu
Santo, siempre activo en la historia de la humanidad y en
las diversas culturas y religiones de los pueblos, en las
que, según modalidades que solo Él conoce, enciende la llama
de la sabiduría y dispensa sus múltiples dones. La Iglesia
invita a todos a convertirse en «constructores de puentes,
no de muros»[93] ,
artesanos de la paz y de la fraternidad, capaces de acoger
al otro en su diferencia, de reconocer sus riquezas
espirituales y de colaborar en la construcción de una
sociedad más justa y más humana. Tal y como deseó el Papa
León XIV: «El testimonio de nuestra fraternidad, que espero
podamos mostrar con gestos eficaces, contribuirá sin duda a
edificar un mundo más pacífico, tal y como desean en lo más
profundo de su corazón todos los hombres y mujeres de buena
voluntad»[94] .
60. Hoy más que nunca, es necesario avanzar con
determinación en esta dirección, sostenidos por la gracia de
Dios y por el tesoro espiritual de las tradiciones
religiosas.
Nostra aetate,
hace sesenta años, «trajo esperanza al mundo que salía de la
Segunda Guerra Mundial. Hoy estamos llamados a refundar esa
esperanza en nuestro mundo devastado por la guerra y en
nuestro entorno natural degradado»[95].
Este camino de esperanza sigue abierto, y todos estamos
invitados a recorrerlo juntos, con valentía.
El Sumo Pontífice León XIV, en la Audiencia concedida el día
22 de junio de 2026 a los suscritos, Prefectos y Secretarios
del
Dicasterio para la Doctrina de la Fe,
del
Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y
del
Dicasterio para el Diálogo Interreligioso,
ha aprobado la presente
Nota y ha ordenado su publicación.
Dado en Roma, en las sedes del
Dicasterio para la Doctrina de la Fe, del
Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y
del
Dicasterio para el Diálogo Interreligioso,
el 16 de septiembre de 2026, memoria litúrgica de los santos
Cornelio, Papa, y Cipriano, Obispo, mártires.
|
Víctor Manuel Card. Fernández
Prefecto
|
Kurt Card. Koch
Prefecto |
|
George Jacob Card. Koovakad
Prefecto
|
|
Mons. Armando Matteo
Secretario
|
S.E. Mons. Flavio Pace
Secretario |
|
Mons. Indunil Janakaratne Kodithuwakku Kankanamalage
Secretario
|
Ex Audientia Die 22 de junio de 2026
León PP XIV
[1] Conc.
Ecum. Vat. II, Decl.
Nostra aetate
(28
octubre 1965), 2: AAS 58 (1966), 741.
[2] Id.,
Decl. Dignitatis humanae (7 diciembre 1965),
1: AAS 58 (1966), 929-930.
[3] Cf.
Francisco,
Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013),
253: AAS 105 (2013), 1121.
[4]
Conc. Ecum. Vat.
II,
Decl.
Nostra aetate(28
octubre 1965), 4: AAS 58 (1966), 742.
[5] Comisión
para las Relaciones Religiosas con el Judaísmo, Notas
para una correcta presentación de los judíos y el Judaísmo
en la predicación y la catequesis de la Iglesia Romana
(24 junio 1985), III, 1: EV 9, 1639.
[6] Cf.
K. Barth, Die Kirchliche Dogmatik, IV/1, 1953, 181.
[7] J.-L.
Tauran, «Cinquant’anni di dialogo interreligioso»: Pro
Dialogo 151-52 (2016), 71.
[8]
Juan XXIII,
Discurso con motivo de la apertura solemne del Concilio
Ecuménico Vaticano II
(11 octubre 1962), 8.2:
AAS 54 (1962), 794.
[9] Cf.
Juan XXIII,
Carta enc. Pacem
in terris
(11 abril 1963),
158: AAS 55 (1963), 299.
[10]
Pablo VI,
Carta Ecclesiam suam (6 agosto 1964),
34: AAS 56 (1964), 639.
[11]
Ibíd.,
43: AAS 56 (1964), 649.
[12] Cf.
ibíd.,
48-52: AAS 56 (1964), 654-657.
[13] Cf.
ibíd.,
38: AAS 56 (1964), 644-645: Como afirma el Santo
Padre, el diálogo es «un modo de ejercitar la misión
apostólica; es un arte de comunicación espiritual». El
Pontífice define también las características: en primer
lugar, la claridad; después, la dulzura: «El diálogo no es
orgulloso, no es hiriente, no es ofensivo. Su autoridad es
intrínseca por la verdad que expone. […] Es pacífico, evita
los modos violentos, es paciente, es generoso». Luego está
la confianza; y, por último, la prudencia pedagógica para
tener en cuenta las condiciones psicológicas y morales del
oyente.
[14] Id.,
Homilía con motivo de la promulgación de cinco documentos
conciliares del Vaticano II (28 octubre 1965): AAS
57 (1965), 903.
[15]
Conc. Ecum. Vat. II,
Decl.
Nostra aetate (28
octubre 1965), 5: AAS 58 (1966), 743-744.
[16]
Ibíd.,
4: AAS 58 (1966), 743.
[17] Cf.
N. Hofmann, «Nella “Giornata dell’ebraismo”.
Tradizioni, valori e impegni comuni»: L’Osservatore
Romano, 17 enero 2023, 5.
[18] Cf.
Benedicto XVI,
Discurso a los miembros de la Conferencia de Presidentes de
las principales organizaciones judías estadounidenses
(12 febrero 2009):
Insegnamenti, V/1 (2009), 235;
Benedicto XVI –
P. Seewald, Luz del mundo. El Papa, la Iglesia y los
signos de los tiempos, Barcelona 2010, 95.
[19] J.
Ratzinger, «L’eredità d’Abramo: dono di Natale»:
L’Osservatore Romano, 29 diciembre 2000, 1.
[20] Cf.
Catecismo de la Iglesia Católica,
121.
[21] Cf.
Comisión para las Relaciones Religiosas con el Judaísmo, Notas
para una correcta presentación de los judíos y el Judaísmo
en la predicación y la catequesis de la Iglesia Romana
(24 junio 1985), I, 7: EV 9, 1623.
[22] Véase:
Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los
Cristianos,
«Porque los dones y la llamada de Dios son irrevocables»
(Rom 11,29). Reflexiones sobre cuestiones teológicas
relativas a las relaciones entre católicos y judíos con
motivo del 50º aniversario de
Nostra aetate (n.
4) (10 diciembre 2015), 35: EV 31, 2055;
Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl.
Dominus Iesus
(6 agosto 2000): AAS 92 (2000) 742-765.
[23]
Francisco,
Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013),
249: AAS 105 (2013), 1120.
[24]
Conc. Ecum. Vat.
II,
Decl.
Nostra aetate
(28
octubre 1965), 4: AAS 58 (1966), 743.
[25] Cf.
AAS 20 (1928), 103-104.
[26]
Benedicto XVI,
Audiencia General (28 enero 2009), Insegnamenti,
V/1 (2009), 157.
[27]
Conc. Ecum. Vat. II,
Decl.
Nostra aetate
(28
octubre 1965), 4: AAS 58 (1966), 743.
[28]
Pablo VI,
Carta enc. Populorum progressio (26 marzo 1967),
14: AAS 59 (1967), 264.
[29] Cf.
ibíd.,
42: AAS 59 (1967), 278.
[30] El
Secretariado para los No Cristianos fue instituido por
san Pablo VI el
19 de mayo de 1964 mediante la Carta apostólica en forma de
“Motu proprio” Progrediente Concilio (cf. AAS
56 [1964], 560), con el fin de prestar atención «a quienes
carecen de la religión cristiana, y a quienes también
parecen referirse las palabras del Señor: “Tengo, además,
otras ovejas que no son de este redil; también a esas las
tengo que traer” (Jn 10,16)» (ibíd.). Su
creación se hace necesaria «sobre todo en estos tiempos en
los que se están desarrollando múltiples relaciones entre
los hombres de todas las razas, lenguas y religiones» (ibíd.).
En 1988, la Secretaría pasó a denominarse
Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso (cf.
Juan Pablo II,
Const. ap. Pastor Bonus [28 junio 1988],
arts. 159-162: AAS 80 [1988], 902) y, posteriormente,
en 2022, el de
Dicasterio para el Diálogo Interreligioso (cf.
Francisco,
Const. ap. Praedicate Evangelium [19 marzo 2022],
arts. 147-152: AAS 114 [2022], 426-427).
[31]
Francisco,
Const. ap. Praedicate Evangelium (19 marzo 2022),
art. 149 §1: AAS 114 (2022), 426.
[32]
Pablo VI,
Alocución de apertura de la III Asamblea General del Sínodo
de los Obispos
(27 septiembre 1974): AAS
66 (1974), 561.
[33] La
Comisión para las Relaciones Religiosas con el Judaísmo y la
Comisión para las Relaciones Religiosas con los Musulmanes
se crearon el mismo día, el 22 de octubre de 1974.
[34] Cf.
P. Rossano, «Le cheminement du dialogue interreligieux de
Nostra aetateà
nos jours»: Pro Dialogo 74 (1991), 131-142; S.
Schmidt, «Cardinal Bea and Interreligious Dialogue»: Pro
Dialogo 74 (1991), 143-149.
[35] Véase
Juan Pablo II,
Audiencia general
(22 octubre 1986),
5: Insegnamenti, IX/2 (1986), 1147: «Después de haber
sido muchas veces causa de divisiones, todas quisieran ahora
tener un papel decisivo en la construcción de la paz
mundial».
[36]
Juan Pablo II,
Discurso a los representantes de las Iglesias cristianas,
de las comunidades eclesiales y de las religiones del mundo
reunidos en Asís (27 octubre 1986), 6.8: Insegnamenti,
IX/2 (1986), 1268.1269.
[37] Id.,
Discurso con motivo del encuentro con la comunidad judía
en la sinagoga de la ciudad de Roma (13 abril 1986), 4:
Insegnamenti, IX/1 (1986), 1027.
[38] Id.,
Mensaje con motivo de la XXI Jornada Mundial de la Paz
(1 enero 1988),
4: AAS 80 (1988), 284-285.
[39] El
documento Diálogo y misión constituye una referencia
esencial para comprender la visión de la Iglesia sobre el
diálogo interreligioso. En él se afirma que el diálogo es
una dimensión integrante de la misión evangelizadora de la
Iglesia, precisando, no obstante, que no sustituye al
anuncio explícito de Cristo, sino que lo acompaña y lo
enriquece. El documento distingue cuatro niveles
complementarios: el diálogo de la vida, que consiste en una
convivencia respetuosa y fraterna entre creyentes de
diferentes religiones; el diálogo de las obras, basado en
una colaboración concreta al servicio de la justicia y la
paz; el diálogo teológico, que favorece los intercambios
intelectuales y doctrinales entre especialistas y
responsables religiosos; y, por último, el diálogo
espiritual, basado en un auténtico encuentro de las
tradiciones religiosas en la oración y la contemplación. Al
precisar estos niveles, el texto sienta así las bases para
un compromiso concreto y diversificado de la Iglesia en el
seno de las sociedades pluralistas.
[40] El
documento Diálogo y anuncio profundiza en la
reflexión sobre la relación entre el diálogo interreligioso
y el anuncio explícito del Evangelio. Aunque recuerda
claramente que el anuncio de Cristo sigue siendo el corazón
de la misión cristiana, subraya que el diálogo
interreligioso no solo es compatible con este anuncio, sino
que constituye una dimensión esencial y complementaria del
mismo. El diálogo se presenta como un auténtico recorrido
espiritual, un medio privilegiado para que los cristianos
den testimonio de su fe en el respeto y la escucha sincera
del otro. El documento insiste en que el diálogo y el
anuncio nunca están en oposición: son más bien dos vías
complementarias de una única misión eclesial, arraigada en
el amor de Dios y en el profundo reconocimiento de la
dignidad y la libertad de cada persona.
[41]
Juan Pablo II,
Carta enc. Redemptoris missio (7 diciembre 1990),
55: AAS 83 (1991), 302.
[42] Cf.
Conc. Ecum. Vat. II, Decl.
Nostra aetate
(28
octubre 1965), 2: AAS 58 (1966), 741.
[43]
Juan Pablo II,
Mensaje con motivo de la XXXIV Jornada Mundial de la Paz
(1 enero 2001):
AAS 93 (2001), 234-247.
[44] Id.,
Discurso a los participantes en la ceremonia de clausura de
la Asamblea interreligiosa
(28 octubre 1999), 3:
Insegnamenti, XXII/2 (1999), 653.
[45] Conc.
Ecum. Vat. II, Decl.
Nostra aetate(28
octubre 1965), 5: AAS 58 (1966), 743.
[46] Cf.
Benedicto XVI,
Carta a Su Excelencia Monseñor Domenico Sorrentino con
motivo del XX aniversario del Encuentro interreligioso de
oración por la paz
(2 septiembre 2006):
AAS 98 (2006), 750.
[47] Id.,
Discurso con motivo del encuentro con los representantes del
mundo científico
(12 septiembre 2006): Insegnamenti,
II/2 (2006), 259.
[48] Id.,
Discurso a los representantes de algunas comunidades
musulmanas (20 agosto 2005): Insegnamenti, I
(2005), 448. Cf. id.,
Discurso a los embajadores de los países de mayoría
musulmana acreditados ante la Santa Sede y a algunos
representantes de las comunidades musulmanas en Italia
[25 septiembre 2006]:
AAS 98 [2006], 705.
[49]
Francisco,
Discurso a los participantes en la Conferencia Internacional
por la Paz
(28 abril 2017): AAS
109 (2017), 495.
[50] Cf.
Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso,
Diálogo en la verdad y caridad. Orientaciones pastorales
para el diálogo interreligioso (19 mayo 2014): EV
30, 843-928.
[51]
Francisco,
Exhort. ap.
Evangelii gaudium
(24 noviembre 2013),
250: AAS 105 (2013), 1120.
[52] Id.,
Discurso a la delegación del “American Jewish Committee”
(13 febrero 2014): Insegnamenti, II/1 (2014),
166.
[53] Cf.
Id.,
Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013),
247-249: AAS 105 (2013), 1119-1120.
[54] Ibíd.,
249: AAS 105 (2013), 1120.
[55] Cf.
Documento firmado por el Papa Francisco y Ahmad Al-Tayyeb
sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la
convivencia común
(4 febrero 2019):
AAS 111 (2019), 349-356.
[56]
Francisco,
Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020),
85: AAS 112 (2020), 998.
[57] Id.,
Carta enc. Lumen Fidei (29 junio 2013),
55: AAS 105 (2013), 592. Cf. id., Exhort. ap.
Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 226-230: AAS
105 (2013), 1112-1113.
[58] Id.,
Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020),
285: AAS 112 (2020), 1073, que cita el
Documento firmado por el Papa Francisco y Ahmad Al-Tayyeb
sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la
convivencia común
(4 febrero 2019):
AAS 111 (2019), 350.
[59] Id.,
Discurso con motivo del coloquio “La Teología después de
Veritatis Gaudium en el contexto del Mediterráneo”
(21 junio 2019):
AAS 111 (2019), 1098.
[60] Id.,
Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020),
30: AAS 112 (2020), 980.
[61] Id.,
Discurso con motivo del coloquio “La Teología después de
Veritatis Gaudium en el contexto del Mediterráneo”
(21 junio 2019):
AAS 111 (2019), 1101.
[62] Id.,
Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020),
202: AAS 112 (2020), 1041.
[63] Cf.
ibíd.,
199: AAS 112 (2020), 1040.
[64] Cf.
ibíd.,
74: AAS 112 (2020), 995.
[65] Cf.
ibíd.,
69: AAS 112 (2020), 993.
[66] Cf.
León XIV,
Audiencia al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa
Sede
(16 mayo 2025): L’Osservatore Romano, 16 mayo 2025,
1-3.
[67] Id.,
Discurso con motivo del 60º aniversario de
Nostra aetate “Caminando juntos en la esperanza”
(28 octubre 2025): L’Osservatore Romano, 29 octubre
2025, 4.
[68]Cf.
ibíd.,4-5.
[69] Ibíd.,
5.
[70] Id.,
Audiencia general.
Catequesis con motivo del 60º aniversario de la
Declaración conciliar Nostra aetate (29 octubre 2025):
L’Osservatore Romano, 29 octubre 2025, 2.
[71] Id.,
Discurso a los representantes de otras Iglesias y
comunidades eclesiales y de otras religiones
(19 mayo 2025):
L’Osservatore Romano, 19 mayo 2025, 6.
[72] Conc.
Ecum. Vat. II,
Decl.
Nostra aetate
(28
octubre 1965), 4: AAS 58 (1966), 743.
[73]
Declaración conjunta firmada por el Papa León XIV y el
Patriarca ecuménico (Estambul,
29 noviembre 2025): L’Osservatore Romano, 29
noviembre 2025, 3.
[74] León
XIV,
Carta enc. Magnifica humanitas (15 mayo 2026),
223, que cita a Francisco,
Llamamiento a la paz en Asís con motivo de la Jornada
Mundial de Oración por la Paz. “Sed de paz. Religiones y
culturas en diálogo”
(20 septiembre 2016):
AAS 108 (2016), 1124.
[75] Cf.
Documento firmado por el Papa Francisco y Ahmad Al-Tayyeb
sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la
convivencia común (Abu Dabi, 4 febrero 2019);
Declaración final del VII Congreso de líderes de las
religiones mundiales y tradicionales (Nur-Sultán, 15
septiembre 2022); Declaración conjunta de Istiqlal
firmada por el Papa Francisco y el gran imán Nasaruddin Umar
(Yakarta, 5 septiembre 2024). Todos estos textos dan
testimonio del compromiso continuo con el entendimiento
mutuo, la colaboración concreta y la convivencia pacífica
entre personas de diferentes tradiciones religiosas.
[76]
Francisco,
Discurso en la sesión de clausura de los “Encuentros del
Mediterráneo”
(23 septiembre 2023):
AAS 115 (2023), 1146.
[77] Hablando
del contexto del pluralismo religioso, el diálogo significa
«“el conjunto de las relaciones inter-religiosas, positivas
y constructivas, con personas y comunidades de otras
confesiones tendentes a un conocimiento y enriquecimiento
recíproco” en la obediencia a la verdad y el respeto a la
libertad» (Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso
– Congregación para la Evangelización de los Pueblos, Instr.
Diálogo y anuncio [19 mayo 1991], 9: AAS 84
[1992], 417-418; que cita al Secretario para los No
Cristianos, La actitud de la Iglesia hacia los seguidores
de otras religiones: Reflexiones y orientaciones sobre el
diálogo y la misión: Boletín del Secretariado para
los No Cristianos 56 [1984/2], 13).
[78] Cf.
Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso –
Congregación para la Evangelización de los Pueblos, Instr.
Diálogo y anuncio (19 mayo 1991), 42: AAS 84
(1992), 428.
[79] Conc.
Ecum. Vat. II,
Decl.
Nostra aetate
(28
octubre 1965), 3: AAS 58 (1966), 741.
[80] Ibíd.,
3: AAS 58 (1966), 742.
[81]
Francisco,
Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013),
253: AAS 105 (2013), 1121.
[82] Id.,
Carta enc. Lumen Fidei (29 junio 2013),
34: AAS 105 (2013), 577.
[83] G.
C. Anawati, O. P., «Excursus on Islam», en H. Vorgrimler,
ed., Commentary on the Documents of Vatican II, vol.
III (Londres 1969), 154.
[84] Cf.
Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso –
Congregación para la Evangelización de los Pueblos, Instr.
Diálogo y anuncio (19 mayo 1991), 77: AAS 84
(1992), 441-442.
[85]
Francisco,
Carta enc. Dilexit nos (24 octubre 2024),
210: AAS 116 (2024), 1435-1436.
[86] Cf.
id.,
Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020),
271: AAS 112 (2020), 1066.
[87] Ibíd.,
198: AAS 112 (2020), 1039.
[88] Cf.
Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso –
Congregación para la Evangelización de los Pueblos, Instr.
Diálogo y anuncio (19 mayo 1991), 38: AAS 84
(1992), 427.
[89]
Francisco,
Discurso en el encuentro con líderes cristianos y de otras
religiones
(22 noviembre 2019):
AAS 111 (2019), 1957.
[90]
Benedicto XVI,
Intervención en la Jornada de reflexión, diálogo y oración
por la paz y la justicia en el mundo “Peregrinos de la
verdad, peregrinos de la paz”
(Asís, 27 octubre 2011):
Insegnamenti, VII/2 (2011), 514.
[91]
Francisco,
Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013),
256: AAS 105 (2013), 1123.
[92] Cf.
ibíd.,
236: AAS 105 (2013), 1115.
[93] Id.,
Mensaje
Urbi et orbi (21 abril 2019):
AAS 111 (2019), 731.
[94] León
XIV,
Discurso a los Representantes de otras Iglesias y
comunidades eclesiales y de otras religiones
(19 mayo 2025):
L’Osservatore Romano, 19 mayo 2025, 6.
[95] Id.,
Audiencia general.
Catequesis con motivo del 60º aniversario de la
Declaración conciliar Nostra aetate (29 octubre 2025):
L’Osservatore Romano, 29 octubre 2025, 3.