La Biblia

La Biblia

 

SAGRADA BIBLIA

VERSIÓN OFICIAL DE LA
CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA

BIBLIOTECA DE AUTORES CRISTIANOS
MADRID

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INTRODUCCIÓN
 

La Biblia, Palabra de Dios en palabras humanas

¿Qué es la Biblia? Parece necesario plantear la pregunta en esta introducción porque puede haber lectores que no conozcan, o no conozcan exactamente, la respuesta; y, en todo caso, porque siempre es bueno refrescar algunas ideas fundamentales sobre este libro tan antiguo y sin embargo tan nuevo.

La Biblia, un conjunto de libros

Respondiendo, pues, a la pregunta planteada, lo primero que hay que decir es que, a pesar de que Biblia pertenece en nuestra lengua al número singular, esta obra la componen un conjunto de setenta y tres libros; de hecho Biblia es un término griego que significa libros y que ha pasado prácticamente sin cambios a la mayoría de las lenguas modernas. El carácter plural de la Biblia lo revela en primer lugar el hecho de que los libros que la componen se distribuyen en dos grandes bloques: Antiguo Testamento y Nuevo Testamento. Por otro lado, esos dos bloques los forman, no uno sino varios libros o conjuntos de libros, que, en el caso del AT, son el Pentateuco, los libros históricos, los proféticos, los poéticos y los sapienciales; y en el del NT, los Evangelios, el libro de los Hechos de los Apóstoles, las Cartas y el Apocalipsis. Pero, además de la pluralidad numérica, los nombres de los libros o conjuntos de libros de la Biblia manifiestan que estos pertenecen a géneros literarios muy diversos, como el narrativo, poético, sapiencial o apocalíptico, entre otros.

Que los libros que forman la Biblia no son, en modo alguno, uniformes, lo revela la división, ya referida, entre Antiguo y Nuevo Testamento. La diferencia establecida por estos dos adjetivos no es solo cronológica, sino también cualitativa. En efecto, lo que nosotros llamamos «testamento» traduce un término hebreo y griego que significa también «alianza». Ello quiere decir que los libros pertene- cientes a uno y otro Testamento tienen que ver, respectivamente, con la Alianza sellada por Dios con el pueblo de Israel —Antiguo Testamento— y con la que ha concluido en la plenitud de la historia con todos los pueblos a través de la sangre de su Hijo Jesucristo. Ambas alianzas están estrechamente relacionadas entre sí, de modo que la Nueva es la realización, el cumplimiento de la Antigua (o Primera). Esto es lo que ha reiterado el papa Benedicto XVI en la Exhortación apostólica Verbum Domini: «Las Escrituras, que para los primeros cristianos comprendían únicamente lo que nosotros llamamos “Antiguo Testamento”, contienen el testimonio de la larga historia que Dios realizó con su pueblo en virtud de la Alianza sellada primero con Abrahán y luego, a través de Moisés, en el Sinaí; dicha Alianza ha alcanzado su plenitud en Jesucristo, que ha sellado con su sangre la Nueva Alianza y del cual dan testimonio los libros del Nuevo Testamento» (VD 13).

De aquí se desprende la necesidad de leer ambos Testamentos de forma unitaria; así lo ha enseñado la Iglesia desde los orígenes, y lo ha reafirmado Benedicto XVI: «Es importante, pues, que tanto en la pastoral como en el ámbito académico se ponga bien de manifiesto la relación íntima entre los dos Testamentos, recordando con san Gregorio Magno que todo lo que “el Antiguo Testamento ha prometido, el Nuevo Testamento lo ha cumplido; lo que aquel anunciaba de manera oculta, este lo proclama abiertamente como presente. Por eso, el Antiguo Testamento es profecía del Nuevo Testamento; y el mejor comentario al Antiguo Testamento es el Nuevo Testamento”» (VD 41).

… que son Palabra de Dios

Las últimas afirmaciones que hemos hecho muestran a las claras que, junto con su dimensión literaria y con su importancia en este y en otros campos, como el histórico, geográfico, etc., los libros de la Biblia tienen una innegable y principal dimensión religiosa. Esta dimensión marca tanto los contenidos como el origen y la transmisión de los libros que la componen. Estos hablan, en efecto, de las relaciones de Dios con la humanidad desde los orígenes hasta la plenitud de los tiempos, que ha irrumpido en Jesucristo y avanza en el presente hacia su consumación definitiva. Por otra parte, las páginas de la Biblia ponen de manifiesto una y otra vez que los acontecimientos y las palabras que han configurado aquellas relaciones han estado conducidas por Dios, son palabra suya; lo son hasta el punto de que, lo mismo que había creído Israel para los libros del Antiguo Testamento, lo cree la Iglesia también para los del Nuevo Testamento, a saber, que han sido «escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo» y «tienen a Dios como autor» (conc. Vaticano I, Constitución dogmática Dei Filius, 2; conc. Vaticano II, Constitución dogmática Dei Verbum, 11). Finalmente, esta condición sagrada es la que ha determinado la transmisión de esos libros en la Iglesia: así lo afirman expresamente los concilios Vaticano I y Vaticano II en el lugar que acabamos de citar, que concluye precisamente con las siguientes palabras: «Como tales», es decir, como libros que fueron «escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo» y «tienen a Dios como autor», «han sido transmitidos a la Iglesia».

La transmisión y el canon de los libros bíblicos

Ya antes de la era cristiana, los que llegaron a ser libros sagrados de Israel y luego de la Iglesia circularon junto a otras obras literarias altamente estimadas y muy difundidas entre el pueblo, que, sin embargo, no expresaban siempre de manera adecuada los acontecimientos configuradores de la historia de la salvación y la fe fundada y explicitada en ellos. La necesidad de distinguir entre unas y otras obras contribuyó, con otros factores, a la formación del canon de los libros santos, es decir, la lista de aquellos libros que fueron considerados, primero por Israel y también por la Iglesia, punto de referencia o norma de la fe y de la vida del judaísmo y del cristianismo.

En dicho proceso jugaron un papel importante tanto la irrupción del cristianismo, como comunidad de fe que se fue diferenciando cada vez más del judaísmo, como la caída y destrucción de Jerusalén por las tropas romanas de Tito en el año 70. La ruina de Jerusalén marcó lógicamente la historia del judaísmo y provocó en el seno de este último un movimiento de autoafirmación y de consiguiente clarificación de la propia identidad. Este proceso se consolidó con la determinación del canon judío de libros sagrados, del que quedaron excluidos algunos muy difundidos y apreciados sobre todo entre los judíos de la diáspora de habla griega. Los textos sagrados de Israel se habían traducido al griego en la diáspora, dando lugar a esa colección de libros sagrados, más amplia que la Biblia hebrea, que se conoce con el nombre de los LXX. El caso es que esa traducción, popular entre los judíos helenistas, se convirtió en la Biblia corriente de buena parte de las comunidades cristianas que fueron surgiendo en las principales ciudades del Mediterráneo. De este modo, el conjunto más extenso de libros contenido en los LXX llegó a constituir el canon cristiano del AT, que fue determinado como tal de manera oficial por el Concilio de Florencia (año 1441).

El rechazo que hicieron los protestantes del carácter sagrado de los libros que no formaban parte del canon judío determinó que el Concilio de Trento declarara en su Sesión IV (año 1546) lo siguiente: «El sacrosanto, ecuménico y general Concilio de Trento…, siguiendo los ejemplos de los Padres ortodoxos, recibe y venera todos los libros tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento con el mismo sentimiento de piedad y respeto, porque el mismo Dios es el autor de ambos».

La aceptación más o menos temprana o generalizada de los libros de la Biblia ha determinado una clasificación ulterior de los mis- mos en protocanónicos y deuterocanónicos: los primeros, que son la mayoría, son aquellos cuyo carácter canónico fue afirmado desde siempre; los segundos, aquellos cuya canonicidad no fue admitida desde siempre por todas las Iglesias, aunque fueron considerados como sagrados en un segundo momento; el grupo de estos últimos lo forman los siguientes libros o partes de libros: Tobías, Judit, 1 y 2 Macabeos, Ester 10-16, Baruc, Daniel 3,24-90 y 13-14, Sabiduría, Eclesiástico y la llamada «Carta de Jeremías» (que corresponde a Baruc 6). Esta división se aplica también a algunos libros del NT. Con algunos de sus libros ocurrió efectivamente lo mismo que con los deuterocanónicos del AT, es decir, no fueron aceptados desde el principio y por todas las Iglesias; es el caso de Hebreos, Santiago, Judas, 2 Pe, 2 y 3 Juan y Apocalipsis, así como de los textos evangélicos de Mc 16,9-20 y Jn 7,53-8,11.

 

ANTIGUO TESTAMENTO

INTRODUCCIÓN

En la introducción general ha quedado señalado que «Testamento» es uno de los significados de un término hebreo (berit) y de su traducción griega (diazeke) que originariamente significa «Alianza». En este sentido, el Antiguo y el Nuevo Testamento, como conjunto de libros, tienen que ver directa y estrechamente con la Alianza, establecida por Dios con el pueblo de Israel, en Abrahán primero, a través de Moisés después en el Sinaí, y cumplida finalmente en plenitud por la sangre de Cristo. Es decir, los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento están estrechamente relacionados con la historia de Israel y de la Iglesia.

Los libros del Antiguo Testamento

La primera impresión que recibe quien emprende la lectura de la Biblia es que su contenido fundamental es el de una historia, que se remonta hasta los mismos orígenes del mundo y de la humanidad, pero que poco a poco se va concentrando en los descendientes de Abrahán y, entre estos, en el pueblo de Israel, heredero de la promesa hecha por Dios al gran Patriarca. A estos descendientes se dedica la parte principal del conjunto de libros que va desde Génesis hasta el Segundo libro de las Crónicas y, más allá de estos testimonios de la época primera, hasta los libros de los Macabeos. Con todo, pese al carácter eminentemente narrativo y a los contenidos principalmente históricos de este conjunto, estos mismos contenidos y otros elementos más estrictamente literarios impiden subsumirlos todos en un grupo uniforme.

De hecho, ya desde antiguo se ha señalado el carácter peculiar de los cinco primeros libros de la Biblia, que los cristianos llaman «El Pentateuco» (es decir, «Los Cinco Estuches/libros»), y los judíos «La Torá» (es decir, «La Ley»), debido a la importancia indudable que tiene en ellos la ley santa revelada por Dios a su pueblo a través de Moisés. Más allá de las prescripciones legales contenidas en Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio, y de los relatos que dedica Génesis, primer libro de la Biblia, a los orígenes tanto del mundo (Gén 1-11) como del pueblo (Gén 12-50), los cuatro últimos libros del Pentateuco mencionados más arriba se centran en el acontecimiento del éxodo, que va desde la situación de esclavitud del pueblo en Egipto hasta la contemplación de la Tierra de la Promesa.

Los libros que siguen al Pentateuco, que los cristianos conocen como «históricos» y los judíos denominan «Profetas anteriores», abarcan un extenso período que inicia con el paso del Jordán y, en la Biblia cristiana, alcanza hasta la época helenista, pasando por la toma de posesión de la tierra, el establecimiento de la monarquía, la división del reino, la caída de Samaría y de Jerusalén, el destierro y los avatares que acompañaron a la vuelta de aquellos años de singular prueba en Babilonia. En tiempos recientes se ha resaltado la singularidad de los primeros libros de este extenso conjunto, queriendo descubrir en ellos el sello de la teología representada en el Deuteronomio; por esta razón el conjunto se ha denominado «historia deuteronomista». Esta «historia» incluiría Josué, Jueces, 1-2 Samuel y 1-2 Reyes. Los libros de 1-2 Crónicas, Esdras y Nehemías, que siguen a los referidos, representarían la «historia del Cronista», que alcanza desde Adán hasta la restauración del templo y de Jerusalén en la época persa; el Cronista vuelve a leer toda la historia de Israel, resaltando la identidad de este último como pueblo de Dios, el culto en el templo y la observancia de la ley. En relación con estos dos grandes conjuntos encontramos otra serie de libros narrativos centrados en algunos personajes: Rut, Ester, Tobías, y Judit; más allá del pretendido carácter histórico de estos libros, en ellos se descubre una orientación marcadamente didáctica: sus protagonistas encarnaron en circunstancias pasadas de especial dificultad las grandes virtudes religiosas y morales que deben ser el santo y seña de todo Israel. Completan el conjunto de «los libros históricos» 1 y 2 Macabeos, dedicados a la actividad de los Macabeos en el período, también difícil, de la helenización de Palestina.

A los libros históricos siguen en las ediciones católicas de la Biblia los llamados libros poéticos y sapienciales, ordenados en las citadas ediciones por la supuesta antigüedad de cada uno de ellos: Job, que es presentado como un antiguo patriarca; los Salmos, atribuidos en términos generales a David; Proverbios, Eclesiastés, Cantar de los Cantares y Sabiduría, que la tradición atribuye a Salomón, y, finalmente, el Eclesiástico, compuesto por un maestro judío de comienzos del siglo II a.C. llamado Jesús Ben Sira. Aunque algunas de las piezas recogidas en estos libros —salmos, proverbios— son evidentemente antiguas, la redacción actual de los mismos hay que situarla entre los siglos V y I a.C. La atribución de estas obras a grandes figuras del pasado e incluso la eventual mención expresa de tales figuras en ellas debe entenderse, pues, como una forma de señalar la relación entre la enseñanza que transmiten y la gran tradición de Israel. En algunos de estos libros, la poesía, popular o más elaborada, se convierte en vehículo adecuado para derramar el alma ante Dios en la oración/meditación privada o pública (Salmos), o bien para cantar el amor y la atracción entre el hombre y la mujer, creados por Dios al principio (Cantar de los Cantares).

El AT lo completa un tercer grupo de obras que los cristianos llaman «libros proféticos», y los judíos, «Nebiim» («Profetas»). Se incluyen en este grupo un total de dieciséis obras, distinguiéndose entre las cuatro primeras, denominadas «Profetas mayores» (Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel), y las doce restantes, conocidas como «Profetas menores» (Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahún, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías). Dejando de lado el hecho de que los personajes a quienes se atribuyen los libros de los profetas mayores corresponden a grandes nombres de la tradición profética de Israel, la consideración de mayores o menores es de origen cristiana y tuvo que ver únicamente con la mayor o menor extensión de los libros pertenecientes a uno u otro grupo. Los judíos consideran que los Profetas son un comentario a la Torá y, por esta razón, los incluyen inmediatamente después del Pentateuco; frente a ello, los cristianos vieron principalmente en los profetas a anunciadores de la salvación futura, razón por la cual incluyeron los libros vinculados a ellos inmediatamente antes de los escritos del NT.

La formación del AT en el marco de la historia de Israel

Lo que los cristianos conocemos como AT no parece haber existido como tal antes del siglo II o I a.C.; en esos siglos hay que fechar los libros más recientes del conjunto, es decir, Sabiduría y 1-2 Macabeos. Antes fueron apareciendo libros o tradiciones que, en su expresión literaria, hay que situar en algunos casos en la época monárquica, es decir, entre el siglo X y, con mayor probabilidad, los siglos VII-VI a.C. En diversos momentos de ese largo período fueron tomando cuerpo las diversas tradiciones sobre los orígenes de Israel que serían recogidas luego en los distintos libros del Pentateuco, se recopilaron los grupos más antiguos de proverbios, se recogieron o compusieron los primeros Salmos, vinculados muy probablemente desde el principio al culto del templo, y, tras la división del reino, resonó la voz de los profetas Amós y Oseas, en el Norte, e Isaías, Miqueas, Sofonías, Nahún, Habacuc y Jeremías, en el Sur. El descubrimiento del libro de la ley en Jerusalén en tiempos del rey Josías y el movimiento reformador promovido por este rey (siglo VII a.C.) impulsaron muy posiblemente la relectura de la historia que, por su relación con la corriente religiosa representada en el libro del Deuteronomio, se ha dado en llamar «deuteronomista».

En el período comprendido entre el final de la monarquía y la vuelta del exilio en Babilonia, es decir, los años 597-538 a.C., el pueblo de Dios de la Primera Alianza vivió experiencias que marcaron profundamente su existencia. En estos años y en relación con la conquista de Jerusalén y la deportación a Babilonia hay que situar la redacción sacerdotal del Pentateuco y la forma final de la historia deuteronomista, así como las profecías de Ezequiel y del Segundo Isaías (Is 40-55). Los autores implicados en esta actividad y las obras salidas de sus manos o de las de sus discípulos ayudaron al pueblo a leer de otro modo la alianza de Dios con su pueblo y su acción en la historia.

La actividad literaria que adquirirá su forma final en el AT tuvo otro momento sobresaliente en los tres siglos que siguieron al exilio, conocidos como época persa (538-333 a.C.). Fue en estos años cuando se redactó el Pentateuco, en su versión definitiva, se compusieron el libro de Job, algunos Salmos y «la historia del Cronista», y desarrollaron su actividad el llamado Trito-Isaías (Is 56-66), Ageo, Zacarías y Malaquías.

En la época helenista, comprendida entre los años 333 y 63 a.C., hay que situar la redacción final del Salterio y la de la mayoría de los libros deuterocanónicos: 1-2 Macabeos, Tobías, Judit y el Eclesiástico o Sirácida. La confrontación de la fe de Israel con la cultura y el pensamiento griegos dejó su impronta en el singular libro de Qohélet o Eclesiastés; en esta misma época helenista, y más concretamente a mediados del siglo II a.C., hay que datar el libro de Daniel.

Producto del influjo de la filosofía helenista en el judaísmo de la diáspora es el libro de la Sabiduría, último del AT cristiano, escrito directamente en griego en Alejandría de Egipto probablemente en el siglo I a.C.

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NUEVO TESTAMENTO

INTRODUCCIÓN

 

Además de los cuarenta y seis libros del AT, la Biblia cristiana contiene otros veintisiete escritos, algunos con un solo capítulo y todos ellos compuestos directamente en griego, la principal de las lenguas habladas en la parte oriental del Imperio Romano durante los primeros años de expansión del cristianismo. El contenido fundamental de todos estos escritos es Jesucristo, el Hijo de Dios nacido de María, enviado por Dios en la plenitud de los tiempos como Mesías de Israel, Señor y Salvador de todos los pueblos, creído y anunciado a judíos y a griegos por los primeros testigos. Este contenido principal se hace más o menos expreso de acuerdo con los géneros, muy diversos, de cada uno de los libros o grupos de libros. Así, los Evangelios son relatos ordenados de los dichos y hechos de Jesús enmarcados geográfica y cronológicamente; en ellos el testimonio sobre el Maestro de Nazaret ocupa el primer plano. Los otros escritos, sin embargo, contienen: un relato del testimonio que dieron los discípulos tras la resurrección de Jesús (Hechos de los Apóstoles), veintiuna cartas (Romanos, 1-2 Corintios, Gálatas, Efesios, Filipenses, Colosenses, 1-2 Tesalonicenses, 1-2 Timoteo, Tito, Filemón, Hebreos, Santiago, 1-2 Pedro, 1,2 y 3 Juan y Judas) y un texto apocalíptico (Apocalipsis). En todos ellos se percibe una vinculación muy fuerte con diversas circunstancias de diferentes comunidades cristianas y, por esta razón, la temática relativa a Jesús, o más bien a la fe en él anunciada y acogida, no ocupa propiamente hablando el centro, sino que aparece mayormente como el punto de partida irrenunciable desde el que se intenta responder del mejor modo posible a aquellas circunstancias.

Los libros del Nuevo Testamento

Los escritos del NT son, en su conjunto, un testimonio de la Nueva Alianza, sellada en la sangre de Cristo. Así, pues, lo mismo que ocurría con el AT, y precisamente por la unión que existe entre ambos testamentos, también en el Nuevo se da una relación estrechísima entre los escritos de que consta y la alianza salvadora de Dios con su pueblo en Cristo.

Esa relación se manifiesta de diversa forma en los distintos libros o grupos de libros, que no vieron la luz como resultado de un proyecto literario unitario, sino como respuesta a los problemas o nuevas cuestiones que se iban planteando en el seno de las diferentes comunidades cristianas. La primera respuesta se concretó en las cartas que escribieron Pablo, antes que nadie, y, siguiéndolo a él, otros personajes significativos del cristianismo naciente. Según la opinión más común, dos de estas cartas marcan el principio y el final de la literatura neotestamentaria: 1 Tesalonicenses, escrita sobre el año 49/50, y 2 Pedro, que habría que datar en fecha no muy lejana al cambio del primer siglo de la era cristiana.

Conviene tener en cuenta, sin embargo, que en algunos de los escritos neotestamentarios —por ejemplo, en el Apocalipsis— se pueden detectar estratos redaccionales de distintas épocas, siendo los más antiguos, lógicamente, anteriores a la versión canónica; en otros escritos, principalmente en las cartas, es posible individuar unidades literarias menores que existían como tales antes de la redacción de los escritos en los que han sido insertadas.

Por lo que respecta a las obras que abren las ediciones del NT, es decir, los cuatro Evangelios, también en su caso se puede suponer un proceso que va desde el ministerio público de Jesús, su muerte y su resurrección, hasta la redacción definitiva de los mismos; en medio habría que situar la transmisión, oral primero y muy pronto escrita, de las tradiciones sobre Jesús en unidades literarias más o menos extensas, que en el último estadio del citado proceso habrían entrado a formar parte del relato ordenado y continuado de los dichos y hechos de Jesús de Nazaret; es decir, de los cuatro Evangelios canónicos.

Más allá de la cronología, es evidente que el orden de referencia a los escritos neotestamentarios no coincide con el que ofrecen las ediciones al uso. En realidad, este orden no ha sido siempre el mismo: los Hechos de los Apóstoles, por ejemplo, forman una unidad literaria y teológica con el Evangelio según san Lucas, y estos dos escritos circularon como partes de una misma obra; las dos cartas que se atribuyen a Pedro presiden en ciertos manuscritos occidentales el grupo de las denominadas «cartas católicas» (seguramente por el testimonio unánime del NT sobre la primacía de Pedro entre los discípulos de Jesús). En todo caso, desde que se reunieron en un solo libro todos los escritos de que consta el NT, el conjunto lo ha presidido «el Evangelio cuadriforme», «testimonio principal de la vida y doctrina del Verbo Encarnado, nuestro Salvador» (Dei Verbum 18). A tres de estos evangelios (Mateo, Marcos, Lucas) se les da el nombre de sinópticos; este adjetivo procede del sustantivo griego sinopsis y significa «visión conjunta» o «simultánea», alude al hecho de que, más allá de sus diferencias y frente al Evangelio según san Juan, estos tres ofrecen entre sí tales semejanzas que pueden ser reconducidos a un esquema común y permitir una visión de conjunto en columnas paralelas. Por otra parte, para marcar la relación entre el ministerio de Jesús y el de sus discípulos, se incluía, inmediatamente después de los evangelios, el libro de los Hechos de los Apóstoles, al cual seguían las cartas apostólicas. El conjunto lo cerraba el libro del Apocalipsis, con cuya lectura el creyente quedaba situado en la perspectiva de la manifestación gloriosa (Ap 22,20) del que se había hecho Dios con nosotros (Mt 1,23).

La formación del canon del Nuevo Testamento

Dado que los escritos del NT fueron compuestos para responder a circunstancias particulares de las primeras comunidades cristianas, resulta evidente que la pretensión primera de sus autores no fue integrarlos en un conjunto literario más amplio. Con todo, la naturaleza misma de aquellos escritos y, sobre todo, sus contenidos, contribuyeron no poco a la formación del conjunto que, como Nuevo Testamento, se unió al que los cristianos llamaron Antiguo Testamento, y constituyó con este último la Biblia cristiana. Los distintos libros del NT son, en efecto, un testimonio vivo, antes que nada, de la fe en que las promesas que Dios había hecho «a nuestros padres por medio de sus santos profetas» se cumplieron realmente en nuestro Señor Jesucristo; pero, lo mismo que los del AT, los escritos del NT testimonian igualmente las vicisitudes y las dificultades del pueblo de la Nueva Alianza en relación con la vivencia de las exigencias de aquella fe; de ahí que las instrucciones concretas a los creyentes relativas a la fe en Cristo y a la vida en él ocupan no pocas de sus páginas.

Se puede suponer que, además de esta dinámica interna, la recopilación de los escritos atribuidos a algunos de los primeros grandes testigos de la fe la impulsaron también ciertas indicaciones o detalles que aparecen en esos libros. Así 2 Pe 3,15-16 permite suponer que, cuando se compuso esta carta, existía ya una colección de las atribuidas a Pablo, que, de acuerdo con ello, habrían sido los primeros escritos del NT que fueron reunidos en un grupo uniforme.

Siendo esto así, no es nada extraño que hacia finales del siglo ii se conociera ya en Occidente una colección de trece cartas paulinas; esta lista circulaba también en Oriente, por la misma fecha, aunque ampliada con la Carta a los Hebreos, que también se atribuía al Apóstol de los gentiles. Con la misma evidencia, y tal vez un poco antes (mitad del siglo II), se constata la existencia de «memorias de los Apóstoles», es decir, obras que, también sobre esa fecha, comenzaron a llamarse «evangelios»; en relación con estos últimos señala el gran san Ireneo (años 130-202) que eran cuatro y solamente cuatro. En los siglos siguientes (III y IV) se fue haciendo universal el catálogo del resto de libros sagrados que componen el canon del NT. El Concilio de Trento en su sesión IV (año 1546) fijó finalmente la lista completa: «Los cuatro Evangelios, según Mateo, Marcos, Lucas y Juan; los Hechos de los Apóstoles, escritos por el evangelista Lucas, catorce Epístolas del apóstol Pablo: a los Romanos, dos a los Corintios, a los Gálatas, a los Efesios, a los Filipenses, a los Colosenses, dos a los Tesalonicenses, dos a Timoteo, a Tito, a Filemón, a los Hebreos; dos del apóstol Pedro, dos del Apóstol Juan, una del apóstol Santiago, una del apóstol Judas y el Apocalipsis del apóstol Juan». Quedó así concluido el proceso singularísimo por el que la Tradición viva dio a conocer a la Iglesia el canon de los libros sagrados del AT y del NT, que, en cuanto inspirados por Dios, contienen la palabra divina «en modo muy singular» (cf. Benedicto XVI, Verbum Domini 17).